martes, 9 de marzo de 2010

El dentista

Era una de esas consultas de rutina,
la boca abierta, la luz inquisitiva,
y el ruido del taladro
como una prefiguración del dolor.
Tal vez era mi baba burbujeando
o esa atmósfera de asepsia demencial
en que todo parece rendirse
al dios del cloro,
pero el caso es que allí entendí
de golpe (mientras un grito imaginario
hacía estallar los matraces, las jeringas,
el florero de la recepcionista),
que él no luchaba contra el sarro,
no combatía la muerte ni siquiera
bajo la forma ladina de las caries,
sino que era su sombra, su sonriente emisario:
con qué tesón sacaba brillo a los molares,
qué minuciosidad para pulir mi calavera.

sábado, 27 de febrero de 2010


A pie es un poema largo o más bien un recorrido —el montaje de un recorrido— por las calles de la ciudad de México.

En breve comenzará su caminata en librerías.

domingo, 17 de enero de 2010

Exabruptos contra la prisa

La adrenalina de la prisa está diluida en congoja.

Aun sin nada concreto que hacer, el hombre de acción ejecuta la pantomima de la prisa, pues con ella debe impresionar en primer lugar su propia imaginación.

Tanta premura quizá no se explica por el ansia de llegar, sino por la urgencia de alejarse de uno mismo.

Los artificios para ahorrar tiempo, para dominarlo, nos tienen demasiado ocupados con su sarcasmo.

Llegar tarde y tener prisa son desatinos engendrados el uno al otro.

Vivir a contrarreloj produce el espejismo de estar alcanzando logros.

La prisa introduce la negación del paisaje, o cuando menos su ubicación en el lado ciego.

A veces basta caminar con suma lentitud para alcanzar la ilusión de que hemos cambiado de camino.

La prisa ha consagrado la moral de la línea recta.

¡Qué lejanas esas épocas en que las distancias se medían por la duración de la pipa del caminante!

Dar rodeos es una forma concupiscente de postergar el desencanto.

sábado, 26 de diciembre de 2009

La papa caliente del elogio

Pocas cosas se dilapidan más que el elogio. Aquí y allá vemos a escritores y artistas lanzarse flores unos a otros sin el menor recato, como si se tratara de un juego en el que la papa caliente del halago no debe caer jamás al suelo. En una de mis pesadillas recurrentes me encuentro en una fiesta en la que los invitados me dedican alabanzas desproporcionadas, rimbombantes, casi diría cósmicas, y yo, empequeñecido por tanta desmesura —que es lo que secretamente se propone el clan de los elogiadores—, no logro corresponder, ponerme a la altura de las circunstancias, pues las loas y ditirambos se niegan a formarse en mi boca cada vez más pastosa y seca a causa de la enrevesada humillación, así que, asediado por el estruendo de los aplausos, lo único que de verdad consigo es que se incremente mi rabia universal contra el género humano.

En el mundo de cabeza en que vivimos, mientras más elevado sea el elogio más sospechas despierta. Los superlativos entusiastas se diría que esconden segundas o terceras intenciones: favores que se pagan, guiños tristemente arribistas, súplicas de atención. De tan manoseado y enrarecido, se trata de un estado de ánimo al que es cada vez más difícil ceder por escrito, pues está claro que comenzar un texto con un anuncio del tipo: “los elogios que se incluyen a continuación son todos sinceros” resultaría tan desconcertante como estampar al margen una leyenda que dijera: “este escrito no incluye risas grabadas”.

Al igual que la propia sombra, que por más que se alargue y suba por las paredes no puede modificar nuestro cuerpo, las lisonjas parecen haber perdido todo efecto sobre quien las recibe (por insustanciales y huecas y a veces intercambiables); a lo sumo comunican un alivio agridulce, la tranquilidad anticlimática de comprobar que no se trató de un insulto atinado o de un KO técnico por la vía del derechazo crítico.

Leo en el explosivo Tratado del estilo de Louis Aragon una definición perfecta del payaso: “Un señor que quiere estar a la altura de los acontecimientos.” Han pasado más de ochenta años desde que se escribieron esas palabras y, al parecer, las cosas han cambiado muy poco. Quizá sólo lo suficiente para que, en lugar de payaso, ese señor que quiere estar a la altura de los acontecimientos se haya convertido en un malabarista, en el esforzado malabarista que no debe dejar caer al suelo la papa caliente del elogio.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Villancico negativo

Los buenos deseos me sacan ronchas. Los villancicos me hacen amar el heavy metal. Me gustaría que aparecieran dinosarios tras las colinas de papel maché de los nacimientos, y que devoraran al niño dios y a los pastores y las ovejas los destruyeran por completo. Ya sé que este sentimiento antinavideño está tan extendido que incluso tiene un nombre entre las enfermedades del fin de los tiempos, por ello, en vez de destilar rabia como espuma de sidra santoclós, copiaré un villancico de Sánchez Ferlosio, escrito cerca del año de mi nacimiento, un villancico para cantar secretamente mientras se brinda por la felicidad y la salud:

Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.

Si amanece la arrogancia
de la fuerza y el valor,
niño débil y cobarde,
niño noche y deserción.

Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.

Si relumbran los fusiles
de la blanca afirmación,
niño oscuro, niño inerme,
niño niebla y evasión.

Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.

Si los médicos prescriben
la alegría y la salud,
niño triste, niño enfermo,
sin niñez ni juventud.

Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.

Si en el quicio de la carne
la palabra se escindió,
niño niño, niño niña,
niño luna, niño sol.

Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.

Si a la luz de la justicia
toda culpa se aclaró,
niño bueno, niño malo,
sembrador de confusión.

Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.

Si la lógica decide
de la verdad y el error,
niño cierto, niño falso,
blanco de contradicción.

Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.

Si entre la carne y el verbo
imposible fue el amor,
niño nadie, niño nunca,
miño nada, niño no.

lunes, 30 de noviembre de 2009

El sustito

Sonó el teléfono, era una grabación: “Si ve algo sospechoso o sabe de algún ilícito, denúncielo”. Me sentí poderoso como un espía. Un furor malsano se encendió en mí: ¿a quién le puedo meter un sustito? Empezaba a repasar mentalmente la lista de mis odios, cuando advertí que estaba cayendo en la trampa del gobierno. Con el pretexto de la guerra a las drogas, ahora cualquiera puede ser el enemigo. Pero, ¿y si esa llamada era el verdadero sustito? Sentí a mis espaldas la mirada de los vecinos. El que se sabe vigilado se convierte en un vigilante feroz.

Visita La Comunidad inconfesable.

jueves, 19 de noviembre de 2009

La acústica del cráneo

Estética de larvas
Muchas veces la larva de una idea impresiona más que su desarrollo, y entonces clavamos un alfiler en su cuerpo para así capturar la posibilidad en estado puro, esa fase de promesa, de inminencia, que precede a la mosca y su fastidio habitual.

El rasero de Hugo Ball
Estar dispuestos a que todo lo que damos a la imprenta pueda también ser tatuado en nuestra piel.

Leyes contrarias
Distintas y aun contrarias son a veces las leyes que rigen dentro y fuera de la caja del cráneo. Mientras más ahuecado y vacío sea el recinto que acoge las palabras, menor será la resonancia y la durabilidad de su eco.

La condena del juicio
No decidir, no comprometerse, ni siquiera calificar… A tal grado pesa sobre nuestros hombros la condena del juicio que nos rebelamos fingiendo una suerte de vacío evaluativo, una parálisis de nuestras facultades, una neutralidad babeante.

Uroboros
¿Por qué una idea se contenta con morderse la cola, cuando podría continuar su labor hasta indigestarse de sí misma y alcanzar la perfección de desaparecer?

La decadencia de la queja
La queja es la forma más elemental del pensamiento, hasta el punto de que no se distingue del bufido. Al artista de la queja, en consecuencia, sólo le quedan los aspavientos del mimo.

El embotamiento de la ligereza
La debilidad del juicio, la pereza en el discernimiento, el cinismo en la improvisación, han hecho que rindamos tributo a los olvidos rápidos. En vez de detenernos a experimentar el paso de las cosas por nuestro paladar crítico —o bien apurarlas con el trago de la mala leche— preferimos saltar cuanto antes a lo que sigue y de allí a lo que sigue y de allí...

Agonía de la polémica
Aun las posiciones más encontradas entre sí recurren a las mismas palabras y estrategias argumentativas como si se trataran de talismanes. Y no hay que esperar mucho para que acaben hermanadas en el espejo del aburrimiento.

Hartazgo de la significación
Esa expresión lerda y desdeñosa a la que llegan, al final del día, las manos de los mudos.

Apariencia de lo definitivo
Una publicación puede parecer redonda y acabada, pues se la juzga con la misma distancia con la que juzgamos a los muertos. Pero para el autor esa misma obra, como la vida antes del retoque de la muerte, era algo imperfecto, vacilante, un lugar en el que reinaba la promesa.

Duelos en verdad sentidos
La burla es un vínculo más poderoso que el odio. La desaparición del blanco de nuestros sarcasmos amputa una parte importante en nosotros.

Distancia artificial
Escribo hoy con el pie para alejarme de lo que pienso.

Dar la espalda a la melodía
Con sonidos distantes y dispersos no puede aspirarse a una melodía. La ruptura del discurso, el rechazo de la linealidad e incluso la tensión interna que se crea mediante la acumulación de unidades autónomas, produce un efecto parecido al de las percusiones, al estruendo aislado de un platillo, de un triángulo, de un gong, o, tal vez mejor, al efecto inesperado y a veces risible del triángulo después del gong.

Sentimientos fraternales
¡Oh lector, mi semejante, mi hermano. No sabes cuánto me satisface no tener que conocerte!

miércoles, 21 de octubre de 2009

La librery(a) de Babel

La babélica iniciativa de Google Libros, que tiene algo de borgesiano e infinito en su raíz (es lo más cercano a la biblioteca universal de la humanidad), con la cual se pretende digitalizar y poner en línea todos los libros disponibles que ha publicado el hombre, ya sea en copia virtual íntegra o en vista parcial, y hasta hace unos meses con independencia de lo que opinaran los titulares de los derechos de autor, ha dado lugar a toda clase de interpretaciones sobre sus propósitos. Que si en el fondo persiguen el lucro puro y duro, no sólo a través de la publicidad súperdirigida (dado el historial que deja cada quien, como si de una estela se tratara, al navegar), sino también a través de la comercialización directa; que si son los adalides de lo que se ha dado en llamar “la democratización de la cultura”; que si se trata de la infracción a los derechos de autor más descarada y sistemática…

El problema de fondo con la iniciativa de Google, más allá de cómo se resuelvan las demandas de derechos que ha recibido en cascada, es que sería una empresa privada trasnacional la que tendría en su poder todo el acervo libresco de la humanidad, con los peligros que ello conlleva en cuanto a su explotación comercial monopólica o, por qué no, la eventual bancarrota del hoy muy firme emporio. Al comienzo no estaba claro si el proyecto de Google Libros apuntaba hacia una inmensa librería donde se gestionarían libros sobre demanda, o bien hacia una Biblioteca de Babel en el Ciberespacio, de allí que hubiera voces que no sin candidez lo consideraran un gran proyecto altruista. El hecho de que se descubriera que el consorcio de los motores de búsqueda ya tenía listas las imprentas de tirajes cortos para producir ejemplares en cuestión de minutos, y el reciente anuncio, en la Feria de Frankfurt, del lanzamiento de una librería digital en la naciente rama de Google Editions, han despejado el panorama: lo que se está construyendo es la librería (digital y en papel) más grande y variada que se haya conocido jamás. Será apetitosa, sin duda, pero eso no tiene mucho que ver con las expectativas un tanto románticas que había generado, expectativas según las cuales, por ejemplo, la literatura por fin circularía libremente en la red. (El caso es que entre biblioteca y librería hay una diferencia sustancial, no importa si creemos que "library" se traduce como librería.)

Las imprentas para libros sobre demanda de Google

Pero una vez que Google ha esclarecido sus propósitos, la idea de esa biblioteca virtual sigue en el aire. La UNESCO, por ejemplo, ya ha lanzado al ciberespacio una Biblioteca Digital Mundial con el objetivo de permitir al mayor número posible de personas acceder gratuitamente, mediante Internet, a los fondos de las grandes bibliotecas del mundo en varios idiomas. Proyectos de esta naturaleza, si fueran impulsados y sostenidos a largo plazo, sin duda crearían un contrapeso al ejército de escáneres codiciosos de Google.

Sin embargo, creo que la creación de una biblioteca de esas características colosales podría realizarse si se emprende colectivamente, por todos y para el beneficio de todos (un poco como funciona, desde sus comienzos, el Proyecto Gutenberg), un esquema en el que todo aquel que esté interesado podría subir a la red, cumpliendo ciertos requisitos en los que haya previo consenso sobre su digitalización, los libros, partituras o revistas que le apasionan y que no están incluidos en la base de datos, de forma que el proyecto se universalizara gracias al compromiso común y, a la vez, su incesante robustecimiento no dependiera de una empresa determinada. Quizá bajo una lógica de participación y mejora en el espíritu del procomún, la biblioteca atraería más y más obras, al alcance de más personas y con la garantía de que no se perdería su accesibilidad.

El acervo podría ser considerable aun si se limitara, por respeto a las legislaciones vigentes en materia de derechos de autor, a obras de dominio público, por un lado, y a obras con algún tipo de licencia copyleft, por el otro (o sea: obras que sus autores consienten que circulen libremente sin ánimo de lucro); pero ya entrados en materia, no estaría mal que bajo la presión de bibliotecas digitales gestionadas colectivamente, de una vez se sometiera a examen la vigencia del derecho patrimonial (que en México, según decreto de 2003, alcanza los cien años post mortem auctoris, uno de los más dilatados y quizá insensatos del mundo), así como la sospechosa tendencia a incrementar cada tanto ese plazo en beneficio de unos pocos. Gracias a Internet, el dominio público cada vez se vuelve más y más público; en esta nueva realidad para "las obras del espíritu", cien años de plazo se antojan tan nocivos como cien años de soledad.

sábado, 17 de octubre de 2009

Las ofensas de los enchufados

Es curioso cómo la crítica a las redes sociales y a las interfaces del ciberespacio despierta tanta animadversión; pareciera que la gente se siente agraviada cuando se señala su forma de perder el tiempo. Con un afán de provocación, he escrito alguna vez en contra del Twitter (aquí mismo), y no he dejado pasar la oportunidad de lanzar alguna frase pretendidamente mordaz cuando mis amigos hacen notar su pasión por el Facebook, una baja pasión a la que suelen dedicar horas y horas. La mayoría de las veces se ofenden porque les parece que me estoy metiendo con su forma de emplear el tiempo, y entonces me llaman airadamente “moralista”, quizá creyendo que la palabra misma es insultante. Desde luego mi crítica tiene un componente "moral", pero no veo que eso sea reprobable per se, como si todo juicio moral fuera moralino. El ocio, la discusión de qué hacer con el tiempo libre, siempre ha tenido un trasfondo moral que es fácil percibir en la raíz del "leisure" inglés, que proviene de "licere": lo que es lícito hacer. Toda la columna de "The Idler", del Dr. Johnson (por cierto, un gran moralista), parte de esta preocupación de qué hacer con el tiempo libre, pues según él estamos muy poco preparados para no trabajar.

Como la televisión, como cualquier medio, todo depende de cómo se usa, y es verdad que Twitter y Facebook, al igual que el papel impreso, se utilizan para una gran variedad de cosas. Pero eso no cancela la posibilidad de criticar lo que allí abunda. Habrá siempre la oportunidad de “pescar” lo que valga la pena, de darle la vuelta, de sacarle jugo —como a la televisión—, pero es legítimo lamentarse de la mala calidad de la programación general, sobre todo después de un maratón de zappeo sin encontrar nada o muy poco, que lo único que nos ha dejado es la esclerosis del dedo pulgar. Por supuesto una crítica así se basa en una generalización, pero ¿cómo podríamos hablar sin generalizaciones? También se puede comentar, no sé, la decadencia del cine, a pesar de que haya por allí películas valiosas, que uno debe aprender a rastrear en medio de una cartelera escalofriante.

No se sabe si Twitter será sólo una moda pasajera o no, pero hasta ahora sus mismos inventores están desesperados buscando cuál pueda ser su utilidad. Se ha visto —los propios desarrolladores lo han visto— que la gente se inscribe a Twitter, lo usa unas semanas y luego lo abandona. Tal vez porque no es la gran cosa, tal vez por su iridiscente banalidad. Si estadísticamente se publica en él menos bazofia que en los libros de filosofía o en la prensa, eso es una cuestión empírica que habría que establecer, pero la cuestión importante es que también la prensa y los libros de filosofía ameritan una buena crítica por los bodrios que publican en avalancha.

En última instancia, cada quien elige sus juguetes (tecnológicos o no), y cada quien pierde su tiempo como puede y quiere. (Yo, por ejemplo, confieso que puedo perder horas jugando ajedrez o viendo despaciosos partidos de beisbol, pasatiempos que a otros les parecerán indignos, mediocres, cuestionables, demodé.) Pero no veo por qué el intento de hacer una lectura de esos juguetes, de las prácticas que fomentan, de las nuevas formas de sociabilidad que pregonan, sea desencaminada o reprobable, o por qué haya de inscribirse en una corriente de bucolismo anarquizante (con algo de nostalgia rupestre a la Walden) por lo visto tan insufrible y ofensiva.

En todo caso, una crítica de esta naturaleza es sólo la contraparte o contramarea al entusiasmo bobalicón que rodea a las interfaces del siglo XXI, a esa defensa a ultranza que hacen quienes a duras penas pueden desenchufarse y entonces les hierve la sangre cuando alguien disiente o toma distancia y les pregunta: ¿pero de verdad esos twitters y facebooks valen tanto la pena?


Bocetos enchufados para la trilogia de KAYA.

miércoles, 14 de octubre de 2009