domingo, 26 de diciembre de 2010

Lejos de la peluquería

No me simpatizan los peluqueros, mucho menos en su versión audaz y un tanto estridente conocida como “estilistas”. Me gustan, siempre me han gustado, “esos raros peinados nuevos” de la canción de Charly García, pero no los encargados oficiales de ponerlos en circulación. Los peluqueros, lo mismo los de las viejas barberías que los de salón de belleza, son demasiado parlanchines y sociables, y eso llega a ser particularmente incómodo cuando ocupan su lugar natural en el mundo, que es justo detrás de nuestras orejas, armados con sus tijeras bien entrenadas y su lengua inquieta y de escaso filo, deslizándose a la manera de una sombra extrovertida, invisibles pero inequívocos, como si la voz de la conciencia se hubiera vuelto de golpe un cuchicheo efusivo. A diferencia de los sastres, que tienen inclinación al carácter taciturno y escueto (como descubrió Charles Lamb), los peluqueros son tan desenfadados que serían capaces de cantar mientras emparejan un fleco, y aunque desde luego atraviesan momentos de inacción y languidez y no escapan al embrujo de la melancolía, todo ello lo compensan, tan pronto ha aparecido un cliente, con un parloteo insustancial, incontenible y desmedido, que parece activarse mediante un interruptor.

Pese a que nunca faltan temas de conversación con los peluqueros, rara vez tengo de qué hablar con ellos. Mi enmudecimiento comienza cuando me preguntan cómo quiero el corte, cuestión siempre peliaguda y hasta cierto punto abstracta y para mí indecidible, que por lo regular resuelvo alzándome de hombros o, si estoy en verdad comunicativo, diciendo que igual que como está pero tres o cuatro dedos más corto. No sé por qué esa pregunta me resulta tan odiosa y paralizante; quizá porque supone que uno tiene claro lo que quiere —o lo que le conviene a una cara modelada por un largo repertorio de muecas y vicios—, que pasa horas frente al espejo meditando cuál será el corte perfecto que se oculta bajo esa maraña indomable. Es posible que ellos, al igual que Miguel Ángel veía la escultura en el bloque de mármol, hayan desarrollado un sexto sentido para intuirlo, para que se les presente con toda nitidez entre los mechones; pero entonces que no pregunten. Yo sólo puedo darles indicaciones vagas y balbucientes, de esas que suelen arrojar consecuencias lamentables.

Las pocas ocasiones en que, después del tropiezo de la pregunta inicial, he conseguido sostener una conversación con algún peluquero, me ha parecido que les falta pasión al hablar, que no se comprometen ni exaltan (como sí sucede con los taxistas, otro oficio propenso a la verborrea), de modo que es inútil tocar temas que saquen chispas, a no ser que versen sobre la farándula y sus desaguisados o su inminente ruina —de lejos su tema preferido. Hablan por hablar, de esto o lo otro, para pasar el rato, para dejar de oír el bisbiseo mortal de las tijeras. No hablan por convicción, sino por los codos. Lo suyo decididamente es la cháchara. Paul Léautaud, el casi olvidado autor de ese Diario literario que consta de más de siete mil páginas, escribió que para gustar a las mujeres hay que tener algo de peluquero en el espíritu y en las maneras. Como personalmente tengo muy poco que decir sobre la ondulación del cabello o el contorno de las cejas, y menos aun sobre el cosmos cambiante de los champús y las cremas, es posible que eso explique mi más bien escasa fortuna en la materia.

Este recelo mío hacia la estirpe de los peluqueros, que por supuesto no llega a convertirse en aversión, me obliga a visitarlos muy poco, cuando mucho una o dos veces al año. Periodos tan prolongados de inasistencia me privan de establecer un trato íntimo con ellos —que a fin de cuentas están a cargo de una parte crucial de mi imagen, de mi rostro—, lo cual probablemente tenga repercusiones en esa ligera decepción que me acompaña al abandonar sus locales. Sobre este punto he llegado a pensar que si los tratara con más regularidad tal vez podríamos conversar mejor, alcanzar alguna forma de complicidad que por lo menos obrara a favor de mi apariencia; es posible que el principal obstáculo que me separa de los peluqueros sea tener que romper el hielo cada vez. Si los visitara con frecuencia, si acudiera a ellos para el cuidado de mi barba, lo más seguro es que lograríamos una relación entrañable, quién sabe si al grado de la confidencia, pero que al menos, en esas sillas elevadas que algo tienen de nave espacial, recostado y mirando al techo, se podría confundir con una forma de terapia.

Así que no descarto que estas reflexiones sean injustas de principio a fin, pues nacen del desconocimiento de un gremio respetable y útil, por lo que entiendo milenario, que se ha extendido a todo el orbe. Quizá yo me he perdido de uno los placeres que nos tiene reservado este planeta: estar allí, confiado a las manos de un hombre armado con navaja, escuchando dócilmente su chismorreo. De hecho no excluyo que aparezca alguien con más suerte que yo que enaltezca su oficio, su lengua fácil y frívola, sus tijeras convertidas en un sexto y séptimo dedo; alguien que sienta la necesidad de ensayar un sincero elogio de los peluqueros. Creo recordar que fue Ramón Gómez de la Serna quien escribió que el mejor lugar para escuchar música son las sillas reclinables de las peluquerías (aunque no necesariamente con la cara embadurnada de espuma); si en un futuro esos sillones peluqueriles alcanzan gran demanda entre los melómanos y las salas de concierto vanguardistas empiezan a preferirlas a las butacas rígidas, aceptaría de buena gana que esa contribución a la humanidad basta para justificar su oficio. Lo importante, para los efectos de este escrito, es que intimidado por esa incomprensión del peluquero que sospecho es proporcional y recíproca, por esa incompatibilidad de temperamentos y casi podría decir de visiones del mundo, pospongo todo lo que puedo la cita fatal.

Antes de continuar aclararé que los dioses menores de la capilaridad han sido benévolos conmigo, y que además siento predilección por las melenas, por esas greñas desbocadas que se estilaban en los años setenta, pero sobre todo por las antiguas y un tanto desaliñadas (o acaso simplemente naturales), como las que lucían los filósofos modernos, Descartes a la cabeza, ignoro si como sustituto o más bien como rechazo a las pelucas (tal vez yo me confundo y eran todas pelucas). No me detendré aquí a elucubrar sobre las razones de esta inclinación, y ni siquiera creo que sea el momento para adelantar hipótesis sobre la simbología del pelo largo en los varones; baste decir que, con independencia de las asociaciones consabidas y tercas que lo vinculan al sentimiento de libertad o al carácter indómito (cuando no a la pura y llana mariconería), dejarse el pelo largo trae aparejadas ciertas comodidades, entre las que se cuenta, y no en un lugar despreciable, la de abstenerse de entregar una ofrenda bimestral, en dinero sonante, a esos dioses de la capilaridad antes mencionados. Pero la mayor de todas, que más que una comodidad se antoja una bendición, es que nos exime de tener trato con peluqueros.


Confieso que por superchería o necedad o, como me gustaría que quedara establecido aquí, por extensión —pues no descarto la posibilidad de un nexo animista que contagie a estos objetos de los males del peluquero—, también me desconciertan los peines. Hace décadas que no empleo uno y su sola aparición imprevista, como cuando alguno asoma del bolsillo trasero del pantalón de un caballero, me pone literalmente los pelos de punta. No sólo me parecen adminículos de una era ya enterrada, mucho más relamida y tiesa que la nuestra, comparables al monóculo o al corsé, sino que los encuentro del todo prescindibles y quién sabe si hasta incluso dañinos y contra natura. ¡Como si no contáramos ya con diez dedos largos! Si acaso, en alguna época, he sentido interés por aquel peine de un solo diente ideado por Macedonio Fernández, que siempre me he preguntado si se confundiría con un lápiz o con un palillo chino —¡qué enigma la de ese diente soltero, antisocial, sin duda anacoreta, útil tal vez para los peinados a raya!—, pero nunca por los peines ni por los cepillos. Hay quienes sostienen que esos utensilios estimulan el cuero cabelludo, sobre todo una serie de diminutas glándulas que se alojan en los folículos; en mi fuero interno me pregunto cuántas calvicies prematuras no se deberán directamente a la afición viciosa y condenable del peine.

Dejarse el pelo largo, en especial cuando a uno no le molesta que crezca desmañadamente, a su propio ritmo disparejo y caprichoso, tiene la ventaja de que mantiene a buena distancia la conjura de los peines; después de todo, si no hay un corte de pelo al cual hacerle justicia, un peinado que sirva de causa final a nuestro afanes, ¿qué sentido tiene esmerarse con el peine y ya ni se diga con las tenazas o la gomina? Es cierto que entonces nos ronda la amenaza de los nudos, pero sobra decir que no hay ninguno que resista la cirugía de una navaja, la cual uno mismo puede llevar a buen término en la comodidad de su hogar, y que, llegado el caso, siempre contamos con el recurso de elevar esa aparente molestia a la categoría de rastas, con lo que de paso rendimos tributo a Bob Marley.

Ahora que lo pienso, una buena razón para planear un viaje a Jamaica, además de sus playas y música, y más allá de la calidad legendaria de su cannabis, sería la animadversión que con toda seguridad sienten sus habitantes por los peluqueros; no se requiere de gran perspicacia para comprender que allí no es demasiado próspero ese negocio y que cruzarse con uno de sus oficiantes podría incluso ser de mal agüero. Pero no me tocó en suerte vivir en un lugar donde el pelo pueda crecer a su aire como las palmeras y, pese a mis esfuerzos, no he logrado esparcir aquí la superstición de que el trato con peluqueros es más desaconsejable que romper un espejo. De manera que, a riesgo de terminar confundido con un cavernícola, no me queda más remedio que traspasar una vez al año el umbral de la peluquería, ese umbral que antes solía anunciarse con un cilindro hipnótico —¿de qué otra manera atraer a la clientela?— con los colores de Francia.

He intentado convencer a mi mujer de que ella misma se encargue de podar mi mata, pues con ella sí que podría hablar animadamente de cosas aun demasiado elevadas para la circunstancia, pero se ha negado de tajo. El argumento que esgrime es que, en caso de fallar, en caso de dejarme como príncipe valiente o, peor aún, como señora, se lo reprocharía durante semanas y se convertiría en una nueva amenaza para el equilibrio conyugal; el argumento que se calla, pero que sospecho que está detrás del otro, es que ella podría desquitarse inconscientemente con las tijeras de alguna vieja rencilla, quizá dejándome como príncipe valiente o como señora, resultado que yo le reprocharía infinitamente y así hasta el divorcio.

Una vez en la silla neumática, mudo y desencajado como si fuera el día de mi ejecución, el peluquero en turno suele hacer toda clase de insinuaciones y preguntas para saber cuándo fue la última vez que requerí los servicios de alguno de sus colegas. En realidad, lo que le interesa es mostrar su repudio frente a alguien que puede andar por las calles con una greña como la mía, que a sus ojos es casi como portar un estandarte que anuncia el declive de su modus vivendi. Yo, que he descubierto que mantener mi cabellera de esta forma, a buena distancia de las tijeras y el peine, resulta benéfico para sobrevivir en una ciudad como el D.F. (estoy convencido de que al darme una apariencia un tanto astrosa, un halo de vagabundaje y desorden, me ha puesto a buen resguardo de los asaltos y secuestros que abundan en la urbe[1]), eludo entrar en demasiadas aclaraciones y, en vez de perder el tiempo intentando convencer a un fundamentalista, invento alguna excusa que no lo sobresalte demasiado, que no contravenga sus valores más básicos, no vaya a ser que mis orejas sufran las consecuencias.

Como sé que no me conoce, y en caso de que me haya visto un año antes es poco probable que me recuerde, le digo que me desenvolví como extra en una película de piratas, o que vengo de un largo viaje por Sri Lanka, donde está prohibido cortarle el pelo a los extranjeros, o que en mi religión así se expresa el duelo por la muerte de un ser querido. El peluquero sonríe y asiente, casi siempre queda satisfecho con estas salidas, no importa qué tan descabelladas sean —para él lo más inverosímil, lo más aberrante, sería que le contara la verdad: que no me gustan las peluquerías y ni siquiera los peines—, y entonces se agarra de algún detalle que yo haya dicho para hacerme plática y empezar a perorar sin descanso de aquella vez que estuvo a punto de convertirse en el peluquero de una película de época, o de cuando viajó a Belice y se quedó horrorizado de no encontrar una sola estética unisex, o del duelo que hizo cuando pasó a mejor vida su perrita Rebeca, que era una de esas pug que ahora están tan de moda, originaria de China, aunque ella nació en México, no vaya uno a creer; una raza muy cariñosa, de perros fieles y juguetones, a los que les interesa más estar con humanos que con otros perros, de tan falderos y arrimados que son, perorata ante la cual no me queda más remedio que cerrar los ojos, llenar una y otra vez de aire los pulmones para no impacientarme, y entonces transportarme lejos, muy lejos, de la peluquería.


[1] No me extrañaría que una investigación sobre los patrones de la criminalidad que prestara atención a los cortes de pelo, terminaría por descubrir que son precisamente los acicalados, y ya ni se diga si están recién salidos de la peluquería, quienes corren más riesgo de caer víctimas de un robo o un secuestro, desde luego con violencia.

martes, 23 de noviembre de 2010

Jueves literarios

Dentro del ciclo “Leer, viajar, escribir..." de la Casa Refugio Citlaltépetl, conversaré este próximo jueves sobre:

El viaje estático y los clastronautas
(los viajeros entre cuatro paredes)


Jueves 25 de noviembre, 2010.
19:30 hrs.
Entrada libre.
http://www.casarefugio.com/programa/juevesliterarios.html


La roulotte de Raymond Roussel,
con la que viajaba sin poner un pie fuera de ella.


La cita es en:
Citlaltépetl No. 25
entre Ámsterdam y Campeche
Colonia Hipódromo Condesa
06170 Delegación Cuauhtémoc
México, D.F.

Las experiencias del viaje y de la literatura son muy cercanas, y al buscar en "otra parte" se reúnen esas dos actividades. Este ciclo presentará las posturas de escritores que analizarán las relaciones entre la literatura y el viaje.

sábado, 6 de noviembre de 2010

El llano de las avestruces (o variaciones sobre el mismo tema)

Primero fue un dedo en el buró,
un dedo huérfano
al apagar la lámpara de noche;
después la oreja que colgaba
como un pendiente macabro
de tu lóbulo;
más tarde eran cabezas,
cabezas rodando en el boliche
insospechado del pasillo,
cabezas servidas en bandeja
con todo y jugo de naranja,
cabezas tras la puerta no cerrada
de una frase.

Debíamos continuar, fingimos
que no estaba la lengua
envuelta en el periódico,
que las manchas de las sábanas
no eran mensajes con faltas de ortografía,
que no había un cuerpo en la cajuela
tras las bolsas del súper.
(En los actos oficiales se citaba
sorprendentemente a Kawabata:
“Cualquier clase de inhumanidad
se convierte, con el tiempo, en humana.”)

Fue entonces que empezamos a perder
la cabeza:
niños jugando con muñecos sin cabeza,
plazas llenas de estatuas sin cabeza,
edificios sin cabeza, árboles sin cabeza,
moscas volando sin cabeza, cabezas sin cabeza.
(El lápiz con que escribo se quedó también
sin cabeza.)

Y ahora, mientras quiero girar
mi falta de cabeza,
veo que alrededor todos esconden
bajo tierra la cabeza.


Salta a: Nuestra aparente rendición.

martes, 26 de octubre de 2010

Caja Negra //// Poemas de la vida cotidiana


Poemas de la vida cotidiana


Laboratorio de poesía en el PEC

(Programa de Escritura Creativa del Claustro de Sor Juana)

A partir de acercamientos como el de “lo infraordinario” de Georges Perec y la “revolución de la vida cotidiana” de la Internacional Situacionista, buscaremos ampliar el espectro de “lo poético” hacia zonas se diría más prosaicas (o menos consagradas por la tradición), de modo que el material del poema sea el entorno inmediato, lo familiar y sin embargo extraño.


No hace ver nada extraordinario. Ya es mucho lo que se ve. (Robert Walser)

Que la imaginación poética ponga al menos un pie en la tierra en donde se impulse para saltar. (Frank O'Hara)


Imparte: Luigi Amara
Martes de 6 a 8pm
Inicia: 9 de noviembre de 2010

Programa de Escritura Creativa
Universidad del Claustro de Sor Juana


Informes:
escrituraclaustro@gmail.com
Tel. 51303300 Ext. 3461, 3310 y 3311
http://escrituraclaustro.blogspot.com/

lunes, 18 de octubre de 2010

Nicolás Gómez Dávila o el antimoderno recalcitrante


En contraste con el revuelo que despertó en Italia y Alemania, donde filósofos y escritores de la talla de Ernst Jünger, Roberto Calasso y Franco Volpi lo dieron a conocer, la obra de Nicolás Gómez Dávila (1913-1994) es prácticamente desconocida en el orbe hispanoamericano, y aun en Colombia, su país natal, apenas cuenta con unos pocos adeptos, lo cual no es de extrañar dado el talante aristocrático y radical de su pensamiento. Más que un “raro”, cabría decir que es un escritor “impar”, un intempestivo, un reaccionario exquisito, incómodo hasta lo urticante, que algunos han tenido la desmesura de apodar “el Nietzsche de los Andes”.

La obra de Gómez Dávila es en realidad un mismo libro sostenido por largo tiempo bajo títulos ligeramente diferentes. En 1977 dio a la imprenta Escolios a un texto implícito, al que siguieron otros de intención y factura análoga (que él mismo calificó de “concéntricos”): Nuevos escolios a un texto implícito y Sucesivos escolios a un texto implícito. Compuestos de notas breves y en apariencia fugitivas, que admiten el nombre de “aforismos” o “fragmentos”, se trata de libros provocadores y salvajemente antimodernos que, gracias a un método “puntillista” de escritura, combinan lo inflexible con lo vacilante, lo dogmático con el descreimiento. (“Las verdades no se contradicen sino cuando se desordenan.”)

Convencido de que vivimos en una época en la que ya “no hay por quien luchar, solamente contra quien”, Gómez Dávila dirige toda su virulencia crítica, todo su apasionado escepticismo, contra los ídolos que aún permanecen de pie, contra los dogmas jamás reconocidos como tales: la democracia —esa “religión antropoteísta”—, la igualdad, la confianza en la perfectibilidad del hombre, la técnica, el progreso. Es un reaccionario, desde luego, pero de ese tipo lúcido y rabioso que pondría a temblar a los conservadores de toda laya, pues ha dejado de creer que haya cosas que merezcan la pena de ser conservadas.

Su estilo es a la vez sencillo y elíptico, y su abstracción casi nunca pierde de vista lo sensorial. Alguna vez Álvaro Mutis dijo de él que no conocía antecedente en castellano “de una más transparente y hermosa eficacia”. Está más cerca de Pascal que de Chamfort, y más de Nietzsche que de Schopenhauer, y si bien comparte con Cioran y con Caraco cierto timbre de intransigencia y desencanto, su lucidez no deriva de la desesperación ni la amargura, sino que tiene la insolencia de los filósofos del linaje socrático, que sabían hundir el dedo en la llaga por medio de preguntas incómodas que denotaban un pensamiento insobornable. Su pesimismo, su escasa fe en el hombre y ya ni se diga en “el pueblo”, están tan bien afincados que incluso sus dudas y cuestionamientos resuenan con un dejo perentorio. Domina el arte de irritar, pero su impertinencia es abierta, franca, llena de buen ánimo. El hecho de que su pensamiento se sepa de antemano fuera de lugar, condenado a la herejía, lo hace menos propenso al énfasis retórico. No cede, no se resigna, pero en el fondo no deja de sonreír provocativamente. Tal vez lo que más enerva de sus escritos es percibir esa extraña, inaceptable sonrisa del que nos hace ver que ya nada tiene remedio.

La autonomía del aforismo exige que el lector no eche de menos la argumentación; que se sostenga en cuanto destello. Tal y como lo practica Gómez Dávila, sin embargo, se presenta como la aclaración o contrapunto de otro texto mayor al que interpela o con el cual conversa (“escolio” significa literalmente “comentario”), un texto que, para acentuar la paradoja, no está allí, frente a nosotros, sino que permanece “implícito”. De manera que nos encontramos ante una colección de apuntes que, sin renegar de su condición parasitaria, se han independizado de su origen para vibrar solos sobre la página, pero además con el enigma de que ese pretexto y origen no está a la vista, sino que más bien se da por sentado y deliberadamente se omite. ¿Ese “texto implícito” será la tradición occidental, la suma de todos los libros, la gran biblioteca borgeana? ¿Será quizá, como sugiere Franco Volpi, “la obra ideal, perfecta, tan sólo imaginada, en la que se prolongan y se cumplen las proposiciones de don Nicolás”? Sospecho que responder a estas preguntas es menos importante que reconocer el ethos de marginalidad que rige su escritura, un compromiso con las orillas que lo mismo significa humildad y afán de exégesis que distancia crítica. La discreción de la nota es aquí una conquista de la libertad de pensamiento; lo transitorio del apunte refleja su resistencia a los grandes relatos. Esa escritura al margen comporta, en cualquier caso, cierto pudor ante los edificios teóricos y las ideologías; un impulso instintivo por estar siempre lo más cerca del silencio. (“En filosofía lo que no sea fragmento es estafa.”)

Como sería de esperarse en alguien que defiende los privilegios de una aristocracia de la inteligencia, Gómez Dávila fustiga con especial encono las ideas políticas de raigambre marxista, pero no se arredra frente a la herencia de la tradición liberal y democrática, esa tradición gestada en el Iluminismo que hoy se considera inamovible, más allá de toda duda, aun cuando día a día sea puesta en entredicho por la barbarie general y la miseria misma de los tiempos. Desde una posición insostenible, escandalosa, pero a su manera elegante, que se asume como derrotada sin dejar por ello de ejercer su vigilancia y sospecha, Gómez Dávila supo perforar, con la insistencia y soledad de la carcoma, los pilares sacrosantos de la sensibilidad moderna. Si sería exagerado afirmar que sus escritos son demoledores, habrá que reconocer que punzan, sacan de quicio, se clavan como aguijones de ironía y exactitud. Ello explica tal vez el desdén que ha merecido su obra, una obra genial, crítica, exasperante, no apta para conformistas y pusilánimes, anatema para los papagayos de los valores democráticos, que ya en su oportunidad Álvaro Mutis saludó como “obra prima del pensamiento occidental”.


Publicado originalmente en la página web de Letras Libres.

Los aforismos completos de Gómez Dávila están publicados por Villegas Editores (Colombia) y por Atalanta (España), sello que además ha reimpreso Textos.

domingo, 15 de agosto de 2010

Viejos héroes

Como dioses caídos
que han de vivir de pie
contemplando su ruina,
olvidados y expuestos al desprecio
de la lluvia y los hombres,
en medio del escándalo de un viernes,
humillados sin duda, ya deformes,
gritan los viejos héroes
desde la impotencia de la estatua.

La nariz se ha perdido,
las flores que reciben son orines
de sus perros devotos;
de aquella mano que quizá saludaba
asoma sólo el esqueleto,
un fierro viejo del que cuelga a veces
el trapo inmundo de los limpiacoches.

Se ha borrado el recuerdo
y el brillo de sus ojos rotos.
Perduran entre el tizne,
gastados y sin nombre,
enmoheciendo.
Y en su frente gallarda se destaca,
ya no el laurel,
la caca auspiciosa de paloma.




lunes, 26 de julio de 2010

Perdidos después de "Lost"

Es por miedo a que la conversación decaiga. Por ese malestar, con frecuencia parecido al pánico, que se produce cuando un hueco de silencio crece hasta convertirse en un abismo, una fractura en medio de lo que hasta entonces parecía bien plantado y estable. A pesar de que tal vez bastaría cualquier gracejada para salir al paso, la falta de palabras nos mortifica y desorienta, nos hace trastabillar; de pronto todos los presentes nos hemos puesto pálidos, desencajados y, lo más alarmante, sin un tema salvador bajo la manga, como si cada quien estuviera contemplando en sus adentros la posibilidad de arrojarse por la ventana. No es un ángel ni un fantasma lo que cruza cuando todos permanecemos callados: es el escalofrío funeral de cuando ya no nos queden palabras en la boca.

La televisión, más que un artefacto para pasar el rato, más que una caja de publicidad o un simulador de compañía, es un esfuerzo gigantesco para que la conversación no decaiga. Hablar de lo que se ha visto por televisión, casi constatar que los otros han pasado la tarde viendo los mismos programas, en eso radica su “magia”. No en las horas lánguidas y un tanto anticlimáticas que pasamos absorbidos por el sofá, no en el fastidio de baja intensidad saltando de un canal a otro en busca de un escape duradero, sino en la estela de referentes compartidos, en la creación de una comunidad frente a la fogata gélida del horario estelar. Si hubo un tiempo en que los hombres se reunían para contarse historias alrededor del fuego, si alguna vez acostumbraron discutir los asuntos de la polis en la plaza pública, hoy nos reunimos para comentar el último capítulo de Lost. Incluso es probable que la narrativa incoherente y disparatada de ésta y otras series recientes, llenas de cabos sueltos y elementos sobrenaturales, osos polares en la jungla o fantasmas asesinos, haya sido dictada por cierta sed especulativa innata en el ser humano, una sed que, por encima de todo, precisa de una buena provisión de pistas, de rastros por seguir en tribu, aunque a la larga no conduzcan a nada. Mientras más enrevesada o inconexa y tal vez arbitraria sea la historia, más tela de donde cortar durante la sobremesa. —¿Y la verosimilitud? —Una superstición anticuada.

Laura Palmer, de Twin Peaks.

Recuerdo que en los años noventa llegó a ser un éxito arrollador la pizza “Twin Peaks”, bautizada en honor de la serie pionera de David Lynch. No estoy seguro de que incluyera ingredientes especiales —setas del bosque donde supuestamente se encontró el cadáver de Laura Palmer—, pero como nadie estaba dispuesto a perdérsela un instante preparando un maldito sándwich, las entregas a domicilio alcanzaron su apogeo. Los únicos que no comentaban al día siguiente los pormenores del capítulo eran los repartidores de pizza. Y, bueno, yo. Cualquiera sabe lo que se siente estar marginado de la conversación, sin referentes comunes, la mente como un kleenex que distraídamente estrujamos con la mano, esclavos de esa sonrisa idiota del que se ha quedado sin sarcasmos. En mi caso, sin embargo, nunca había sentido la exclusión de forma tan abrumadora como cuando todos mis amigos y enemigos, mi novia y mis ex novias, se habían mudado imaginariamente a ese pueblo maderero en la frontera entre Estados Unidos y Canadá. Entonces descubrí lo que es oír hablar de la mano de dios de Maradona y creer que está pintada en la Capilla Sixtina, el bochorno de enfrascarse en un debate sobre el color de los ojos de Madame Bovary y preguntar si usaba pupilentes. Aunque ya no tengo forma de reproducirla, todavía conservo la caja de videocasetes VHS con la serie completa de Twin Peaks que compré para ponerme al corriente y no vivir como un afásico televisivo, como un pálido ausente conversacional.

Quizá porque las salas de cine están demasiado vacías para garantizar un suelo firme común, o porque hablar de libros o de obras de arte suele deparar una experiencia sobrecogedora de solipsismo, la televisión, lo que pasa y está sancionado por ella (partidos de futbol, aviones cayendo sobre edificios, series interminables y disparatadas), ocupa el sitio de lo que antes llamábamos, quizá un tanto pomposamente, la cultura. A nivel formativo, la lógica unidireccional de la tele, que apenas admite réplicas —y que tal vez por ello pone constantemente en escena discusiones y diálogos—, se compensa con las mesas redondas improvisadas que a cada momento se forman en el café de la esquina o en el receso para fumar. Allí es donde la televisión se socializa y cobra todo su sentido como algo más que “mero entretenimiento”. Allí es donde las ocho horas vagamente culpables frente a la pantalla adquieren más importancia que cualquier experiencia vivida, donde toda una adolescencia patética y solitaria se redime a la hora de citar sin un parpadeo a los guionistas de el programa piloto de Friends.

Hace unos años, eran muy pocos los que se atrevían a ensalzar la estatura artística de las telenovelas, pero hoy es de lo más frecuente defender que las series de televisión, de Six Feet Under a Lost, y de The Wire a Flashforward, son los artificios más complejos y refinados que ha dado la civilización en los últimos tiempos, o que por lo menos son “el mejor cine” que se está haciendo hoy (que Carlos Monsiváis se estremeciera ante una telenovela como El maleficio es comprensible y hasta cierto punto obligado, en vista del personaje que construyó de sí mismo, pero que Javier Marías, cinéfilo de la vieja guardia y escritor todavía a máquina compare Los Soprano con la Comedia humana es, por decir lo menos, sumamente revelador). Incluso he llegado a escuchar que si Mozart y Lorenzo da Ponte hubieran vivido en esta época no habrían compuesto óperas sino series para el canal de Sony. La exageración vale precisamente en cuanto impide que la conversación decaiga, pero es muy poco probable que, dentro de doscientos años, cuando todas las salas de ópera hayan sido demolidas y la televisión por hologramas haya casi sustituido al acto de soñar, el Dr. House sea más recordado que, por ejemplo, Don Giovanni. Ni siquiera creo que Tony Soprano vaya a tener mayor peso ontológico que Don Corleone, mayor contextura simbólica o fuerza iconográfica. Formalmente, en términos de montaje, concepción artística, fotografía, actuación, etcétera, y ya no se diga en la cauda de asociaciones y recuerdos que ha dejado en mi cabeza, El padrino me parece muy superior a su descendiente televisivo.

Ya sé que esto último puede sonar a cosa de la edad, a una trampa de la nostalgia; pero quizá solo haya una cosa que envejezca más rápido que el periódico de ayer, y ese algo son las series de televisión, demasiado ancladas a un momento determinado, a esas “temporadas” en las que todos hablan de ellas. ¿Qué sería de una serie sin el eco de comentarios e hipótesis, sin los foros de discusión y los finales paralelos y conjeturales que estruendosamente genera? El hecho de que las series sean concebidas en entregas es crucial no sólo desde el punto de vista de su estructura y comercialización, sino de su riqueza semántica, pues la expectativa compartida y el asedio a un misterio común es lo que les insufla cierta vida. Si en la trama hay un enigma, lo decisivo es que lo hayamos presenciado simultáneamente; así discutiremos hasta el fin de los tiempos (es decir, hasta el decepcionante desenlace), cómo diablos pudo ocurrir, quién fue el asesino. Discrepo de que se hable de los programas porque sean buenos; son buenos gracias a que la conversación los anima y levanta. Al fin y al cabo, no importa cuál sea la programación, siempre se habla de la serie en turno.

Hay quien se pregunta con toda seriedad si las inconsistencias argumentales de Lost (y, mucho antes, las de Twin Peaks) no representan un cambio de paradigma narrativo, un viraje sin precedentes en lo que entendemos por contar una historia. De ahora en adelante, aseguran, las historias se sostendrán más sobre giros inesperados que sobre el desarrollo dramático, y menos sobre la relojería del clímax que sobre la confusión deliberada de los espectadores. Pero creer que la falta de ilación se volverá la norma equivale a creer en la falacia de que un día las mentiras llegarán a ser más importantes y numerosas que la verdad. Por más que los guionistas de las grandes cadenas supongan lo contrario, no se puede fundar una religión alrededor del deus ex machina.

Acorralado por el lanzamiento de la nueva serie Flashforward, he vivido en carne propia una fractura en el tiempo —por un momento pensé que mi cerebro se desmoronaba como una figura de migajón—, y durante 137 segundos entreví mi futuro, me vi a mí mismo dentro de seis meses, pálido, desencajado, ausente, presenciando cómo todo el mundo comentaba los últimos episodios de la serie Flashforward, cómo manoteaban y alzaban la voz y se desgañitaban por resolver el misterio. Yo estaba allí, en medio de toda esa agitación más bien histérica o desesperada, como un condenado en su campana de cristal, pensando, con más desgana que un genuino afán aguafiestas, sino sería mejor que, al menos por una vez, la conversación finalmente decayera.


Publicado en la columna "Una temporada flotante" de Metapolítica.

domingo, 18 de julio de 2010

La escuela del desorden

Antifábula
Algo que comenzó al otro lado del mundo como una tormenta llega hasta nosotros convertido en un aleteo de mariposa.

Sensibilidad a las condiciones iniciales
Por enfrentarnos a lo que quizá no ha de ocurrir, introducimos una perturbación en lo que está ocurriendo.

La otra cara de la moneda
El orden, visto desde cierta perspectiva, siempre puede parecer desorden; de allí que todo desorden sea en verdad un desafío teórico.

Amuleto de la razón
La línea recta existe gracias al esfuerzo del hombre. La ha concebido, la ha trazado y poco a poco la ha insertado en la naturaleza. Y ahora se sienta satisfecho a contemplarla, como si fuera la explicación y fundamento de todo.

Equilibrio precario
La realidad no se desintegra gracias a la discordancia entre sus partes, a que cada cosa lucha contra las otras y realiza su juego para sí. Más que sostenida por alfileres, se antoja sostenida por la esgrima entre esos alfileres.

Premisa epicúrea
Debajo de toda regularidad visible yace una turbia confusión que la apuntala.

Virtud fecunda
Cierta capacidad de desorden es una de las disciplinas fundamentales del artista. ¡Pero con cuánta frecuencia se convierte en la única!

Sistemas ideales
Algunos defienden la futilidad teórica de construir castillos por el sueño de perfección y belleza que comporta. Pero en tal caso sería de mucho mayor provecho construir en el aire pechos de colegiala.

Lo temido
Las disonancias se presentan como una amenaza, ya que plantean la posibilidad de una armonía superior en que resulten necesarias.

Comportamiento errático
Incluso el vuelo de la mosca podría reducirse a una fórmula matemática, pero ello no lo volvería menos irritante.

Calma chicha
El equilibrio, al menos el equilibrio del ánimo, se antoja más bien una fase lánguida del caos.

Bola de nieve
El esfuerzo de instaurar un orden engendra a cada paso desajustes concomitantes que entonces demandarán ordenamientos sucesivos.

El prestigio de la confusión
También el enredo y lo insoluble embriagan. Me ha tocado ver a hombres retozando como cerdos en el lodazal de un malentendido.

Inercia
Un desorden que se repite, que al día siguiente nos envuelve y arrastra, ya nos parece un principio de orden.

Sin pies ni cabeza
También la incoherencia es una forma de defenderse de los ataques.

Perspectiva del bosque
El orden depende del ojo del observador. Un bosque de árboles perfectamente alineados, que fueron sembrados a distancias regulares, también es una jungla para el que se ha perdido en su espesura.

Statu quo
Lo radicalmente nuevo sería para nosotros una forma de ruido, pues sólo sabemos escuchar ecos y resonancias.

Termodinámica del estilo
La frescura del desenfado está a sólo un grado centígrado de convertirse en el frío de la equivocación.

La teatralidad del genio
¿Quién no ha desordenado a propósito su mesa de trabajo para recibir visitas?

Falsas escaramuzas
El desorden nos reta a que luchemos contra él, y así, beneficiado por nuestra injerencia, redobla su impulso.

miércoles, 16 de junio de 2010

Declaración de las Editoriales Independientes Mexicanas



La primera Feria del Libro Independiente, que reunió durante 15 días a 50 sellos editoriales mexicanos en la Librería del Fondo Rosario Castellanos, ha mostrado la vitalidad de un fenómeno editorial con gran tradición en México y ha subrayado el papel de la edición independiente como un factor decisivo para la diversidad cultural.

Una lógica concebida cada vez más desde criterios puramente comerciales ha llevado, entre otras cosas, a un proceso de concentración empresarial en el mundo del libro que pone en peligro no sólo la producción local en México, sino también la bibliodiversidad, un valor reconocido internacionalmente por instancias como la UNESCO. En contraste con esta tendencia de alcance global, las editoriales independientes se distinguen por la producción de libros concebidos para leerse, para perdurar, dirigidos a los lectores y no exclusivamente a los consumidores. Libros con espíritu de riesgo, que apuestan por propuestas diferentes, por autores y temas heterogéneos, más allá de las modas y las prisas del mercado, y que de no ser por la existencia de estas iniciativas difícilmente podrían editarse y llegar a los lectores.

La experiencia de esta primera feria pone de manifiesto la fuerza que tiene el trabajo asociativo de las editoriales independientes, y también deja en claro que lejos de desvirtuar su papel y sus propósitos, la colaboración con instituciones públicas —en este caso el Fondo— ha resultado de provecho para ambas partes, y en particular para los lectores, quienes durante los quince días que duró la feria vieron ampliado significativamente su horizonte de lectura, con una oferta de más de 1,500 títulos que no siempre encuentran los mejores espacios de exhibición y distribución.


Los editores independientes participantes en esta primera feria declaramos:

Que la cultura —y en específico el libro y la lectura— deben considerarse un eje central del desarrollo y la transformación social, y que para ello es decisivo que se tomen en cuenta los proyectos alternativos que sirven de contrapeso —y en buena medida de resistencia— al giro, a veces avasallante, hacia la uniformización y hegemonía cultural.

Que la legislación en materia cultural debe ser equilibrada y velar tanto por los derechos de autor como los del lector, garantizando el acceso al libro y a la cultura escrita, y promoviendo aquellos proyectos que enriquezcan la pluralidad y la producción local.

Que a través de programas y acciones concretas ha de compensarse la enorme desigualdad en el intercambio del libro entre México y España, así como propiciar la circulación e intercambio en el orbe latinoamericano.

Que asumimos el compromiso, compartido con las instituciones públicas, de acercar el libro a los lectores y de colaborar en prácticas de fomento a la lectura que no sigan modelos verticales y autoritarios.


Asimismo, manifestamos:

Que como un colectivo horizontal y diverso de sellos editoriales nos interesa participar en la planeación de políticas y acciones públicas que hagan del libro uno de sus ejes rectores, en las cuales se respete la identidad de las propuestas independientes.

Que nos parece urgente la colaboración entre los muchos actores que intervienen en la cadena del libro a fin de establecer y aplicar políticas públicas que promuevan y al mismo tiempo den viabilidad a la industria independiente y nacional del libro.

Que es necesario impulsar la circulación del libro independiente en condiciones de equidad, a través de una mayor y más duradera exhibición de los libros mexicanos en las librerías del Estado, a través de medidas de fomento para librerías y editoriales independientes, y de permitir una representatividad activa de estas iniciativas en las estrategias actuales de promoción de la lectura.

Que es prioritario dar continuidad, aplicar y cumplir en toda su extensión la ya aprobada Ley del Libro, con la generación de programas específicos que impidan que sea letra muerta.

Que para las editoriales independientes los cambios tecnológicos en el mundo del libro y la facilidad de acceso e intercambio digital representan una oportunidad pero también un desafío, que entre otras cosas obligan a un examen de las leyes vigentes en materia de derechos de autor y a repensar las estrategias de fomento a la lectura y la concepción misma del libro.


Por último, nos comprometemos:

A seguir enriqueciendo la bibliodiversidad con libros bien editados, audaces y diferentes, en los que se priorice la publicación de autores y géneros desatendidos pero de calidad.

A dar continuidad a los proyectos de difusión y distribución en conjunto de las editoriales, tanto a través de ferias itinerantes como de redes y alianzas solidarias, con el objetivo de lograr una mayor visibilidad del libro independiente a nivel regional y nacional.

A construir mesas de diálogo, análisis y trabajo entre las editoriales independientes y las instituciones públicas, para el diseño de una política del libro que reconozca y promueva su carácter plural y heterogéneo.

México D.F. a 15 de junio de 2010

miércoles, 26 de mayo de 2010

Feria del libro independiente

FERIA DEL LIBRO INDEPENDIENTE
50 editoriales mexicanas en el Fondo
Del 1 al 15 de junio

ACTIVIDADES
Martes 1 de junio 18:30 horas

Inauguración
Palabras de bienvenida de Joaquín Díez-Canedo

19:30 horas Mesa redonda

Dime con quién publicas y te diré quién eres…
Los autores cuentan anécdotas y experiencias de publicar con distintos sellos editoriales y desmenuzan algunas de las implicaciones de ser "fichados” por los grandes consorcios.

Jorge F. Hernández
Fabrizio Mejía Madrid
José de la Colina
Ana García Bergua
Mario Bellatin

Moderador: José María Espinasa

21:00 horas Coctel

Jueves 3 de junio 19:30 horas Mesa redonda

Edición independiente: Alto riesgo
Editores y críticos discuten sobre el tipo de apuesta de las editoriales mexicanas independientes, en busca de esclarecer el porqué de su ebullición, así como el grado de vitalidad que le imprimen al panorama libresco y analizan los retos a futuro.

Vivian Abenshushan
Adolfo Castañón
Leonardo Da Jandra
Víctor Manuel Mendiola
Rafael Lemus
Marcial Fernández

Moderador: Tomás Granados Salinas

Viernes 4 19:30 horas Mesa redonda

El libro y los derechos del lector en la era del marketing
Convertido en una mercancía más en los supermercados, pero ahora también al alcance de muchos gracias a internet, el libro se reconfigura y vuelve los ojos hacia los derechos de los lectores (y no sólo de los autores)

Luigi Amara
Alejandro Zenker
Edwin Culp
Felipe Garrido
Ilán Semo
Gerardo Jaramillo

Moderador: Nicolás Alvarado

Martes 8 19:30 horas Mesa redonda

Las políticas del libro
Se ponen sobre la mesa asuntos candentes alrededor del libro: la amenaza a la bibliodiversidad, el papel del Estado en la edición, la promoción de la lectura en un país sin lectores...

Laura Emilia Pacheco
Diego Rabasa
Heriberto Yépez
Martí Soler
Carlos Anaya
Néstor García Canclini

Moderadora: Déborah Holtz

Sábado 12 de junio De las 17:00 a las 22:00 horas

Fiesta de autores
Presencia de un importante número de autores que, además de firmar libros, se encontrarán con lectores, editores y público en general.

Martes 15 19:30 horas

Publicación del Manifiesto o Declaración de los editores participantes

20:30 horas Reconocimiento a Editorial Aldus por su trayectoria editorial

Coctel de clausura

sábado, 22 de mayo de 2010

El Club de lo Soso

Cuentan que en Londres hay un club consagrado a la insulsez y a los lugares comunes. Allí los miembros se reúnen para hablar sólo de tópicos y naderías —del clima, o de lo caro que está la vida, o de que una golondrina solitaria no hizo verano—, y parece que si alguien osa deslizar en la conversación alguna anécdota interesante o una idea aventurada, es expulsado o por lo menos suspendido de inmediato.

Como es un club muy exclusivo, resulta casi imposible ya no digamos ser admitido, sino conocer bien sus reglas, y a veces me pregunto si lo que escapa a lo anodino pero todavía no roza lo excéntrico amerita entre ellos una multa, una ronda de whiskey para todos, por ejemplo, o cerrar el pico durante el resto de la velada. No sé cómo se denomine a sí mismo, ni si sus miembros mantienen ese ambiente de clausura y secreto que suele distinguir a ese tipo de congregaciones; tal vez, para no llamar la atención y permanecer como una mera reunión de sosos, se conoce simplemente como “el club”. Con la licencia de no pertenecer a él, con la distancia de no tener que bajar el listón obligatoriamente, se me ocurre bautizarlo como el Club de la Fruslería o, quizá, como el Club de lo Chato. También, si adivino bien sus intenciones, podría llamarse el Club Antipedante.

Aunque Londres haya sido desde siempre la cuna de muchos clubes y negocios raros, tanto de corte exquisito como más bien palurdo, supongo que al interior de un club de estas características estará prohibido hablar de la existencia de otro club que, como él, se aboque a la más estricta medianía; su propia gestación sólo es concebible al margen de su regla principal, pues como idea, como mera posibilidad, el veto de todo lo llamativo, la expurgación de cualquier protuberancia que se aproxime a lo original, se antoja estrafalaria y atractiva así sea por recalcitrante. Un poco como el club imposible al que no entraría Groucho Marx (puesto que lo aceptaría como miembro), en este club de la antipedantería sería expulsado ipso facto quien viniera con la ocurrencia, totalmente jalada de los pelos, de fundarlo.

Es probable que surgiera como un remanso en medio del torrente de mamonería e infatuación que nos arrastra, o bien como una tregua ante la obsesión por las curiosidades y lo “interesante” que manifiestan todos los medios masivos. Es evidente que en su gestación también intervino cierto hartazgo —se podría decir que justificado— ante las conversaciones elevadas, aquellas en que las réplicas son siempre irónicas y ágiles o demasiado sesudas, o en las que el nombre de Lacan corre de boca en boca a mayor velocidad que el vino. Pero la razón última del club exige de sus socios una extraña destreza, la habilidad sobresaliente de no salirse nunca de la monotonía, de no traicionar lo insustancial —existe el riesgo de que alguien diga cosas tan ñoñas y consabidas que empiece sospechosamente a destacar—, de modo que si en un principio se planeó como un reducto para el reposo y el vaciamiento de la mente, es probable que pronto la vigilancia mutua hiciera de esas selectas reuniones un arduo sino es que inspirado ejercicio. Así como en los viejos salones franceses reinaba la chispa del ingenio por miedo a hacer el ridículo, en este club de la sosería habría de reinar la grisura como una forma invertida del mismo miedo al ridículo. Dos formas contrarias —separadas previsiblemente por el Canal de la Mancha— de entender el arte en decadencia de la conversación, que exigen, cada cual, una cuidada esgrima verbal.

Ensalada de nabo. El platillo oficial del Club de lo Soso

Necesitado continuamente de una buena plática sobre la inmortalidad del cangrejo o sobre si Maradona fue mejor que Pelé, cuando supe por primera vez de la existencia de ese club sentí unas ganas tremendas de ingresar a él, pero muy pronto consideré que, con lo caro que está la libra esterlina, no hacía falta tomar un avión a Londres; aun sin reglas estatuidas ni una férrea estructura de logia, calculé que hay miles de clubes así regados por todo el mundo, muchos de ellos amontonados en este país. Clubes de la Chabacanería que llevan años en funciones sin que sus miembros se den cuenta de nada, fascinantes como el paisaje del papel tapiz; Clubes de los Escrutadores del Estado del Tiempo, Sectas Estentóreas del Cliché y de Más de lo Mismo (pero en distinto orden), Asociaciones para la Exégesis de la Insipidez de los Demás. Reuniones periódicas en las que lo decisivo es no decir nada, dejar que todo permanezca como estaba, sin relieve, sin peligro de trepidación, como si nunca hubiera tenido lugar.

El problema es que muy pronto descubrí que estos proliferantes clubes, por más ufanos que estén de la paja en la que pacen, carecen de todo mérito, pues en ellos, a diferencia del club londinense al que sin saberlo replican, si las conversaciones no alzan el vuelo no es por convencimiento y contención, sino por complacencia e incapacidad. Su medianía es constitutiva, no buscada. Es verdad que a veces tejen impensables filigranas en los bordes de las ideas recibidas, pero eso nada tiene que ver con algo parecido a una elección. Y aunque seguramente algún miembro del Club de lo Soso que viniera de Londres se sentiría a sus anchas en una de estas reuniones, quizás un tanto aturdido por la naturalidad y falta de esfuerzo con que las veladas transcurren sin nada digno de ser recordado, monótonas y sin fondo como el charco de la lluvia de ayer, tarde o temprano el visitante se percataría de que las fronteras de estos clubes trasatlánticos están extrañamente extendidas, como si se hubieran salido de control, y que sus principios rectores no conocen descanso, como si de este lado del mundo lo soso contara entre sus miembros a casi todos los ciudadanos.

“La ordinariez no sabe de sí misma. Por eso es dichosa”. Se trata de una de las frases quizá más repetidas entre los antiguos escépticos, que propugnaron por la suspensión del juicio como medio para alcanzar la felicidad; una frase que ahora se antoja la divisa de los tiempos (sino es que la cúspide de la civilización), pero que no podría estar grabada en el frontispicio del Club de lo Soso. Si allí los miembros procuran en cada reunión lo intrascendente y huyen de lo extraordinario como de una enfermedad contagiosa, es porque aspiran a esa forma perversa de la dicha en que la ordinariez se alcanza con dedicación y esmero, es decir, con conocimiento de causa.

En el remoto caso de que uno de esos miembros londinenses advirtiera que su club tiene aquí tantos espontáneos, tantos adeptos naturales, me temo que en lugar de maravillarse, en lugar de mudarse de país, más bien se vería aquejado de un ataque incurable de melancolía.

viernes, 14 de mayo de 2010

domingo, 11 de abril de 2010

Montaigne o una Biblia pagana



Cualquier pretexto es bueno para leer a Montaigne, pero la ya no tan reciente edición de J. Bayod Brau en un solo tomo en El Acantilado, en un papel que por suerte no llega a ser tipo biblia, invita a que le rindamos culto cotidiano e irreverente pleitesía. Aunque no me convence, pese a las explicaciones aducidas en el prólogo, el título de Los ensayos en lugar de los Ensayos, presenta la novedad de que retoma la versión que Marie de Gournay, la hija electiva o amiga o “fille d’aliance” de Montaigne, editó en 1595, y no la que se impuso durante el siglo XX de la mano de Fortunat Strowski, a partir del así llamado Ejemplar de Burdeos, y además la complementa con una nutrida muestra de los diferentes estratos del texto, pues es bien sabido que Montaigne corregía y corregía su libro, a veces incluso directamente sobre las ediciones que acababan de salir de imprenta (como el propio Ejemplar de Burdeos, por mucho tiempo reputado como el más cercano a las intenciones del autor).

Muy completa y redonda pero sin la obsesión de ser exhaustiva y recoger todas las variantes, esta nueva edición es apta tanto para la lectura erudita como para la puramente hedonista, ya que esos estratos, frondosos y exuberantes como la misma prosa de Montaigne, no entorpecen la lectura, sino que le dan un aire de segundo pensamiento o incluso de vacilación o de cambio de perspectiva. Las notas al pie rara vez son ociosas y las citas explícitas en latín y griego están todas traducidas (incluye un apéndice con las célebres sentencias grabadas en las vigas de su biblioteca circular).

El papel crema característico evita los reflejos de las lámparas, a la vez que le da cierto aire antiguo, y el empastado parece estar concebido a prueba de lecturas frecuentes y apasionadas y no tanto para el respeto o la lectura por ósmosis. Si bien, dado su peso y tamaño: ¡1728 páginas!, no es un libro recomendable para la cama (ya en un par de ocasiones se me cayó de lleno en el rostro, confieso que no por sueño), tampoco está pensado exclusivamente para los cubículos de los investigadores o los escritorios, y sólo en cierta medida justifica el impulso a que encendamos la chimenea (imaginaria) y tomemos cognac en la compañía silenciosa —y deliciosa— de Michel Eyquem (el alto precio del libro, importado de España, quizá haga que nos sintamos de alguna manera condes o habitantes de un castillo). Definitivamente no es para la playa.

La traducción, también de J. Bayod Brau, además de muy cuidada es asombrosamente fluida, y uno no deja de agradecer la suerte de leer a un Montaigne muy próximo, casi de cuerpo presente aunque un tanto desfasado, quizá por voluntad propia, y previsiblemente arcaizante, en vez de, como sucede con muchas ediciones francesas que pretenden ser “fieles” al autor, en francés antiguo. Una joya.

lunes, 5 de abril de 2010

Consignas camineras

Peatones visiblemente felices por defender su causa.
Foto de Vivian Abenshushan


De un marcha repentina a favor de... ¡la marcha! (O la deambulación o el paseo o la deriva o el callejeo o la caminata.)
El sonsonete es el acostumbrado.

¡El mundo está al revés:
que reinen ya los pies!

¡Olvídate del iva,
deambula a la deriva!

¡Ebrard, la neta,
libera la banqueta!

¡La silla es tu prisión,
la calle un reventón!

¡Peatón, inmóvil,
ya deja el automóvil!

¡Que vuelva la sorpresa:
los pies a la cabeza!

Peatón, ¡cuidado!
¡Ahí viene el soldado!

¡Chilango, güevón,
conviértete en peatón!

¡La nueva ley acosa:
la tira es sospechosa!

¡Vecino camina,
tu vida contamina!

¡Becado o no becado,
lo quiero caminado!


Peatones visiblemente deseosos de ser escuchados.
Foto de Vivian Abenshushan

martes, 30 de marzo de 2010

Tres facinerosos

Foto de Pascual Borzelli

Fabre, Amara y Tizano acuden a carburantes para una perorata que devendrá en caminata ebria.

domingo, 28 de marzo de 2010

Zonas libres de ironía

No se entiende por qué tanto encono contra el humo del tabaco y no, por ejemplo, contra el ruido o el exceso de ruido, que también tiene efectos nocivos y daña a terceros que no tienen culpa de nada. Si los de la mesa de junto vociferan y emiten toda clase de necedades rechinantes —por no hablar de los borborigmos y las opiniones no pedidas de sus intestinos—, ¿tienen derecho a hacerlo a todo volumen? Un sencillo medidor de decibeles bastaría para mostrar que están tomándose libertades de más con los tímpanos ajenos, y si las legislaciones fueran un poco más consecuentes y no una retacería de remiendos y parches, entonces se pondría a punto una regulación que estipulara que, de empeñarse en su sucia adicción a la alharaca, sólo podrán hacerlo en privado o al aire libre, en lugares previamente designados para el escándalo. Allá ellos si lo que quieren es contaminar el aire con estrépito y altisonancias de toda laya, reblandeciendo las membranas de sus tímpanos al límite de su resistencia, hasta dejarlas como el vientre de un obeso que ha bajado en una semana cuarenta kilos, pero que no atenten contra el equilibrio nervioso de los demás.

Tantos cuidados y tantas leyes que consienten y ponen a buen resguardo los pulmones pero no el sistema auditivo —y, en última instancia, el cerebro— se diría que tienen algo de sesgado y sospechoso y quizá hasta turbio; quién sabe qué intereses haya detrás de permitir el aturdimiento acústico generalizado, el vértigo auricular por saturación y ese nuevo padecimiento, la anquilosis desdegnis, que consiste en desarrollar una callosidad sensitiva a todo lo que nos rodea. Ahora resulta que en la balanza de los órganos internos un alveolo manchado por el humo vale mucho, muchísimo más, que una circunvolución cerebral reducida a migajón por tanto estruendo.

Siguiendo el mismo razonamiento del humo —y del ruido— como hábito antisocial, sería también urgente que la ironía y todos los derivados de humor más o menos refinado fueran prohibidos y no se admitieran en espacios cerrados, pues cualquiera sabe cuán tóxicos y contraproducentes pueden ser para la salud pública. Además de rebuscada, pedante, oscura, incrédula y reaccionaria, la ironía induce a la confusión; los terceros que sin deberla ni temerla sufren sus perjuicios se vuelven inestables y descreídos, burlones y amargados, y no faltan quienes incluso piensen en el suicidio; además, como la ironía no suele poner bien en alto la imagen de México en el extranjero —con ese afán que tiene de encontrar lo grotesco en lo establecido, con su histérica convicción de que todo está de cabeza—, directamente incide en el descenso del PIB. Por supuesto, cada quien estaría en el derecho de practicar el humor en una escala que va del sarcasmo más o menos ruin a esa ironía tan elevada que incluso pasa inadvertida para todos (y más bien suscita risitas nerviosas), siempre y cuando lo haga en sitios acotados, de preferencia con la luz apagada y pésima ventilación.

Que la ironía es deletérea, indeseable y antipatriótica se puede constatar en el trato de apestado que recibe el ironista cada vez que sale con sus retruécanos. Al decir una cosa para en realidad implicar otra (pero sin dejar de decir lo que en realidad no dice), el ironista no sólo quiere pasarse de listo, sino que introduce una perturbación en el lenguaje que hace que todo se enrarezca y luego ya nadie sepa lo que cada quien dice en verdad. Si trazamos una equivalencia entre el aire impoluto y el reino del significado digamos puro, libre de contaminaciones —a fin de cuentas entre “humo” y “humor” sólo hay un paso—, es evidente que quien ironiza está echando impunemente bocanadas de ponzoña a la cara de quienes lo rodean, causando daños a su sentido de la honestidad y la comunicación, al hígado y todas las vísceras que intervienen en la producción de bilis, y afectando, quién sabe en qué proporción, su autoestima por apenas seguir un hilo que, para colmo, se presume genial. (El hecho de que el perjudicado a veces no se dé cuenta de nada, como si fuera sordo a las corrientes subterráneas y nocivas del discurso, no es, desde luego, una atenuante; el fumador pasivo, de igual modo, no percibe los estragos que produce la nicotina ajena y no deseada en su aparato respiratorio.)

La obsesión por el subtexto, por un sentido implícito que nunca sale honradamente a la superficie, es el principal elemento corruptor de la ironía. Los niños que, con total irresponsabilidad de sus padres, son sometidos a un ambiente con exceso de partículas suspendidas de ironía, se tornan oblicuos y demasiado serpenteantes, al grado de que ya luego no son capaces de formar enunciados declarativos llanos. “Hoy es un bonito día” ya nunca significa eso, sino algo como “los domingos son un asco” o “por suerte hoy nadie ha intentado violarme”. Además, si el subtexto por excelencia en este país es de tipo sexual (ya sea en su acepción incestuosa clásica o en la cada vez más extendida homoerótica), ¿no es de muy mal gusto salirse de la esfera semántica del verbo “chingar”? ¿No es eso pretencioso, engreído, malinchista y, por lo que tiene de desplante, también amanerado? Si todo puede fluir amablemente en el terreno del albur, ¿a cuento de qué ofender a los implicados con extravagancias dudosas cuyo subtexto no es claro para nadie?

Puesto que la ironía comporta una toma de distancia, un estar fuera de lo que se enuncia literalmente, un metadiscurso que deja de usar el lenguaje para más bien juguetear viciosamente con él, ¿no sería apropiado que esa distancia se estableciera también de manera física, mediante un grueso muro de vidrio, por ejemplo? Así como hay edificios “libres de humo” debería garantizarse a la ciudadanía Zonas Libres de Ironía, espacios de comunicación sin trabas, sin segundas intenciones, sin cizaña, que un lógico-matemático podría formalizar en un dos por tres; espacios periodísticos, televisivos, virtuales, que no hicieran gala de su escepticismo mordaz y su desprecio pitorro por el género humano. Y en caso de que no hubiera forma de expulsar por completo de nuestras escuelas y centros de trabajo a esos indeseables de la mofa, se les podría confinar, justo como sucede en los mejores aeropuertos del mundo con los adictos al tabaco, en cubículos translúcidos que no dejaran pasar sus bufonadas pero que sí los exhibiera y los enfrentara al escarnio.

¿No sería fabuloso ver reunidos en una misma cabina a esos ironistas abyectos que por desgracia todos conocemos, hiriéndose entre sí con ese aplomo y esas sonrisas a medio formar —que más bien parecen muecas agrias—, soltándose un veneno que ellos confunden con regocijo y placer? ¿A poco no sería fabuloso? Yo incluso pagaría por ver en primera fila, ya sin el riesgo de ser ensuciado, ese despliegue de petulancia, desviación y guiños lánguidos pero-presuntamente-perspicaces.

Aunque ya hayan surgido espontáneamente, en todo el país, vastas Zonas Libres de Ironía, aún falta mucho por construir. El principal problema es que los Honorables de ambas Cámaras, que tanto podrían hacer a fin de protegernos de las distintas poluciones que nos amenazan, sólo se muestran interesados en salvaguardar nuestros pulmones.

Publicado en Laberinto

martes, 16 de marzo de 2010

Presentación de "A pie" en el DF


Viernes 26 de marzo, 7:30pm
Casa Refugio Citlaltépetl
(Citlaltépetl 25, Condesa)

Presentan: Luis Felipe Fabre,
Rodrigo Márquez Tizano
y el autor

martes, 9 de marzo de 2010

El dentista

Era una de esas consultas de rutina,
la boca abierta, la luz inquisitiva,
y el ruido del taladro
como una prefiguración del dolor.
Tal vez era mi baba burbujeando
o esa atmósfera de asepsia demencial
en que todo parece rendirse
al dios del cloro,
pero el caso es que allí entendí
de golpe (mientras un grito imaginario
hacía estallar los matraces, las jeringas,
el florero de la recepcionista),
que él no luchaba contra el sarro,
no combatía la muerte ni siquiera
bajo la forma ladina de las caries,
sino que era su sombra, su sonriente emisario:
con qué tesón sacaba brillo a los molares,
qué minuciosidad para pulir mi calavera.

sábado, 27 de febrero de 2010


A pie es un poema largo o más bien un recorrido —el montaje de un recorrido— por las calles de la ciudad de México.

En breve comenzará su caminata en librerías.

domingo, 17 de enero de 2010

Exabruptos contra la prisa

La adrenalina de la prisa está diluida en congoja.

Aun sin nada concreto que hacer, el hombre de acción ejecuta la pantomima de la prisa, pues con ella debe impresionar en primer lugar su propia imaginación.

Tanta premura quizá no se explica por el ansia de llegar, sino por la urgencia de alejarse de uno mismo.

Los artificios para ahorrar tiempo, para dominarlo, nos tienen demasiado ocupados con su sarcasmo.

Llegar tarde y tener prisa son desatinos engendrados el uno al otro.

Vivir a contrarreloj produce el espejismo de estar alcanzando logros.

La prisa introduce la negación del paisaje, o cuando menos su ubicación en el lado ciego.

A veces basta caminar con suma lentitud para alcanzar la ilusión de que hemos cambiado de camino.

La prisa ha consagrado la moral de la línea recta.

¡Qué lejanas esas épocas en que las distancias se medían por la duración de la pipa del caminante!

Dar rodeos es una forma concupiscente de postergar el desencanto.