jueves 19 de noviembre de 2009

La acústica del cráneo

Estética de larvas
Muchas veces la larva de una idea impresiona más que su desarrollo, y entonces clavamos un alfiler en su cuerpo para así capturar la posibilidad en estado puro, esa fase de promesa, de inminencia, que precede a la mosca y su fastidio habitual.

El rasero de Hugo Ball
Estar dispuestos a que todo lo que damos a la imprenta pueda también ser tatuado en nuestra piel.

Leyes contrarias
Distintas y aun contrarias son a veces las leyes que rigen dentro y fuera de la caja del cráneo. Mientras más ahuecado y vacío sea el recinto que acoge las palabras, menor será la resonancia y la durabilidad de su eco.

La condena del juicio
No decidir, no comprometerse, ni siquiera calificar… A tal grado pesa sobre nuestros hombros la condena del juicio que nos rebelamos fingiendo una suerte de vacío evaluativo, una parálisis de nuestras facultades, una neutralidad babeante.

Uroboros
¿Por qué una idea se contenta con morderse la cola, cuando podría continuar su labor hasta indigestarse de sí misma y alcanzar la perfección de desaparecer?

La decadencia de la queja
La queja es la forma más elemental del pensamiento, hasta el punto de que no se distingue del bufido. Al artista de la queja, en consecuencia, sólo le quedan los aspavientos del mimo.

El embotamiento de la ligereza
La debilidad del juicio, la pereza en el discernimiento, el cinismo en la improvisación, han hecho que rindamos tributo a los olvidos rápidos. En vez de detenernos a experimentar el paso de las cosas por nuestro paladar crítico —o bien apurarlas con el trago de la mala leche— preferimos saltar cuanto antes a lo que sigue y de allí a lo que sigue y de allí...

Agonía de la polémica
Aun las posiciones más encontradas entre sí recurren a las mismas palabras y estrategias argumentativas como si se trataran de talismanes. Y no hay que esperar mucho para que acaben hermanadas en el espejo del aburrimiento.

Hartazgo de la significación
Esa expresión lerda y desdeñosa a la que llegan, al final del día, las manos de los mudos.

Apariencia de lo definitivo
Una publicación puede parecer redonda y acabada, pues se la juzga con la misma distancia con la que juzgamos a los muertos. Pero para el autor esa misma obra, como la vida antes del retoque de la muerte, era algo imperfecto, vacilante, un lugar en el que reinaba la promesa.

Duelos en verdad sentidos
La burla es un vínculo más poderoso que el odio. La desaparición del blanco de nuestros sarcasmos amputa una parte importante en nosotros.

Distancia artificial
Escribo hoy con el pie para alejarme de lo que pienso.

Dar la espalda a la melodía
Con sonidos distantes y dispersos no puede aspirarse a una melodía. La ruptura del discurso, el rechazo de la linealidad e incluso la tensión interna que se crea mediante la acumulación de unidades autónomas, produce un efecto parecido al de las percusiones, al estruendo aislado de un platillo, de un triángulo, de un gong, o, tal vez mejor, al efecto inesperado y a veces risible del triángulo después del gong.

Sentimientos fraternales
¡Oh lector, mi semejante, mi hermano. No sabes cuánto me satisface no tener que conocerte!

miércoles 21 de octubre de 2009

La librery(a) de Babel

La babélica iniciativa de Google Libros, que tiene algo de borgesiano e infinito en su raíz (es lo más cercano a la biblioteca universal de la humanidad), con la cual se pretende digitalizar y poner en línea todos los libros disponibles que ha publicado el hombre, ya sea en copia virtual íntegra o en vista parcial, y hasta hace unos meses con independencia de lo que opinaran los titulares de los derechos de autor, ha dado lugar a toda clase de interpretaciones sobre sus propósitos. Que si en el fondo persiguen el lucro puro y duro, no sólo a través de la publicidad súperdirigida (dado el historial que deja cada quien, como si de una estela se tratara, al navegar), sino también a través de la comercialización directa; que si son los adalides de lo que se ha dado en llamar “la democratización de la cultura”; que si se trata de la infracción a los derechos de autor más descarada y sistemática…

El problema de fondo con la iniciativa de Google, más allá de cómo se resuelvan las demandas de derechos que ha recibido en cascada, es que sería una empresa privada trasnacional la que tendría en su poder todo el acervo libresco de la humanidad, con los peligros que ello conlleva en cuanto a su explotación comercial monopólica o, por qué no, la eventual bancarrota del hoy muy firme emporio. Al comienzo no estaba claro si el proyecto de Google Libros apuntaba hacia una inmensa librería donde se gestionarían libros sobre demanda, o bien hacia una Biblioteca de Babel en el Ciberespacio, de allí que hubiera voces que no sin candidez lo consideraran un gran proyecto altruista. El hecho de que se descubriera que el consorcio de los motores de búsqueda ya tenía listas las imprentas de tirajes cortos para producir ejemplares en cuestión de minutos, y el reciente anuncio, en la Feria de Frankfurt, del lanzamiento de una librería digital en la naciente rama de Google Editions, han despejado el panorama: lo que se está construyendo es la librería (digital y en papel) más grande y variada que se haya conocido jamás. Será apetitosa, sin duda, pero eso no tiene mucho que ver con las expectativas un tanto románticas que había generado, expectativas según las cuales, por ejemplo, la literatura por fin circularía libremente en la red. (El caso es que entre biblioteca y librería hay una diferencia sustancial, no importa si creemos que "library" se traduce como librería.)

Las imprentas para libros sobre demanda de Google

Pero una vez que Google ha esclarecido sus propósitos, la idea de esa biblioteca virtual sigue en el aire. La UNESCO, por ejemplo, ya ha lanzado al ciberespacio una Biblioteca Digital Mundial con el objetivo de permitir al mayor número posible de personas acceder gratuitamente, mediante Internet, a los fondos de las grandes bibliotecas del mundo en varios idiomas. Proyectos de esta naturaleza, si fueran impulsados y sostenidos a largo plazo, sin duda crearían un contrapeso al ejército de escáneres codiciosos de Google.

Sin embargo, creo que la creación de una biblioteca de esas características colosales podría realizarse si se emprende colectivamente, por todos y para el beneficio de todos (un poco como funciona, desde sus comienzos, el Proyecto Gutenberg), un esquema en el que todo aquel que esté interesado podría subir a la red, cumpliendo ciertos requisitos en los que haya previo consenso sobre su digitalización, los libros, partituras o revistas que le apasionan y que no están incluidos en la base de datos, de forma que el proyecto se universalizara gracias al compromiso común y, a la vez, su incesante robustecimiento no dependiera de una empresa determinada. Quizá bajo una lógica de participación y mejora en el espíritu del procomún, la biblioteca atraería más y más obras, al alcance de más personas y con la garantía de que no se perdería su accesibilidad.

El acervo podría ser considerable aun si se limitara, por respeto a las legislaciones vigentes en materia de derechos de autor, a obras de dominio público, por un lado, y a obras con algún tipo de licencia copyleft, por el otro (o sea: obras que sus autores consienten que circulen libremente sin ánimo de lucro); pero ya entrados en materia, no estaría mal que bajo la presión de bibliotecas digitales gestionadas colectivamente, de una vez se sometiera a examen la vigencia del derecho patrimonial (que en México, según decreto de 2003, alcanza los cien años post mortem auctoris, uno de los más dilatados y quizá insensatos del mundo), así como la sospechosa tendencia a incrementar cada tanto ese plazo en beneficio de unos pocos. Gracias a Internet, el dominio público cada vez se vuelve más y más público; en esta nueva realidad para "las obras del espíritu", cien años de plazo se antojan tan nocivos como cien años de soledad.

sábado 17 de octubre de 2009

Las ofensas de los enchufados

Es curioso cómo la crítica a las redes sociales y a las interfaces del ciberespacio despierta tanta animadversión; pareciera que la gente se siente agraviada cuando se señala su forma de perder el tiempo. Con un afán de provocación, he escrito alguna vez en contra del Twitter (aquí mismo), y no he dejado pasar la oportunidad de lanzar alguna frase pretendidamente mordaz cuando mis amigos hacen notar su pasión por el Facebook, una baja pasión a la que suelen dedicar horas y horas. La mayoría de las veces se ofenden porque les parece que me estoy metiendo con su forma de emplear el tiempo, y entonces me llaman airadamente “moralista”, quizá creyendo que la palabra misma es insultante. Desde luego mi crítica tiene un componente "moral", pero no veo que eso sea reprobable per se, como si todo juicio moral fuera moralino. El ocio, la discusión de qué hacer con el tiempo libre, siempre ha tenido un trasfondo moral que es fácil percibir en la raíz del "leisure" inglés, que proviene de "licere": lo que es lícito hacer. Toda la columna de "The Idler", del Dr. Johnson (por cierto, un gran moralista), parte de esta preocupación de qué hacer con el tiempo libre, pues según él estamos muy poco preparados para no trabajar.

Como la televisión, como cualquier medio, todo depende de cómo se usa, y es verdad que Twitter y Facebook, al igual que el papel impreso, se utilizan para una gran variedad de cosas. Pero eso no cancela la posibilidad de criticar lo que allí abunda. Habrá siempre la oportunidad de “pescar” lo que valga la pena, de darle la vuelta, de sacarle jugo —como a la televisión—, pero es legítimo lamentarse de la mala calidad de la programación general, sobre todo después de un maratón de zappeo sin encontrar nada o muy poco, que lo único que nos ha dejado es la esclerosis del dedo pulgar. Por supuesto una crítica así se basa en una generalización, pero ¿cómo podríamos hablar sin generalizaciones? También se puede comentar, no sé, la decadencia del cine, a pesar de que haya por allí películas valiosas, que uno debe aprender a rastrear en medio de una cartelera escalofriante.

No se sabe si Twitter será sólo una moda pasajera o no, pero hasta ahora sus mismos inventores están desesperados buscando cuál pueda ser su utilidad. Se ha visto —los propios desarrolladores lo han visto— que la gente se inscribe a Twitter, lo usa unas semanas y luego lo abandona. Tal vez porque no es la gran cosa, tal vez por su iridiscente banalidad. Si estadísticamente se publica en él menos bazofia que en los libros de filosofía o en la prensa, eso es una cuestión empírica que habría que establecer, pero la cuestión importante es que también la prensa y los libros de filosofía ameritan una buena crítica por los bodrios que publican en avalancha.

En última instancia, cada quien elige sus juguetes (tecnológicos o no), y cada quien pierde su tiempo como puede y quiere. (Yo, por ejemplo, confieso que puedo perder horas jugando ajedrez o viendo despaciosos partidos de beisbol, pasatiempos que a otros les parecerán indignos, mediocres, cuestionables, demodé.) Pero no veo por qué el intento de hacer una lectura de esos juguetes, de las prácticas que fomentan, de las nuevas formas de sociabilidad que pregonan, sea desencaminada o reprobable, o por qué haya de inscribirse en una corriente de bucolismo anarquizante (con algo de nostalgia rupestre a la Walden) por lo visto tan insufrible y ofensiva.

En todo caso, una crítica de esta naturaleza es sólo la contraparte o contramarea al entusiasmo bobalicón que rodea a las interfaces del siglo XXI, a esa defensa a ultranza que hacen quienes a duras penas pueden desenchufarse y entonces les hierve la sangre cuando alguien disiente o toma distancia y les pregunta: ¿pero de verdad esos twitters y facebooks valen tanto la pena?


Bocetos enchufados para la trilogia de KAYA.

miércoles 14 de octubre de 2009

Pesadillas

lunes 5 de octubre de 2009

Tiempo de recortes

Una de las formas más intrépidas y efectivas de impulsar la cultura y la educación es recortar su presupuesto. El artista, ya se sabe, se crece en la adversidad; está demostrado que los museos organizan exposiciones más vanguardistas mientras menos recursos tienen, y las escuelas se convierten en auténticos hervideros del saber cuando los techos gotean, no hay luz y, a falta de una caja chica para la compra de gises, se repasa la lección no borrada del año escolar anterior. Los programas oficiales de fomento a la lectura, por ejemplo, se benefician por la obligada vuelta a los clásicos, pues al reciclar los libros

El recorte, que de un año a otro se calcula de alrededor del 26% en cultura y de varios puntos porcentuales en educación superior, en lugar de dejar truncos y desatendidos los proyectos vigentes en la materia será un acicate para que se afiancen valores como la imaginación minimalista, la lucha en equipo ante lo adverso y la búsqueda creativa entre la basura. Aunque no han faltado las voces que cuestionan estas medidas —los típicos señalamientos aguafiestas de que el Estado desatiende algunas de sus obligaciones primarias y bla bla bla—, soy de la opinión de que más bien reafirma y enuncia con toda claridad sus prioridades: en la educación y la cultura está la clave del futuro de México, de manera que las nuevas generaciones deben adaptarse desde ahora a la austeridad. Si el énfasis no estuviera puesto precisamente en estos rubros, no se entendería que fueran los primeros en la lista de una Estrategia Concertada para el Fomento de la Desigualdad y el Combate al Conocimiento, que tan buenos dividendos ha arrojado hasta ahora, mientras que otros programas como

Lejos de considerar que la cultura sea un adorno o un lujo, o que la educación no contribuya al crecimiento social y económico de la nación, el gobierno de México pretende demostrar que las recomendaciones de la UNESCO de asignar cuando menos 8% del PIB a la educación son exageradas e incluso contraproducentes, pues crean un ambiente falaz de bonanza que fomenta los hábitos parasitarios entre los trabajadores de la cultura y a los investigadores los vuelve fodongos. Si el aumento promedio de la escolaridad en un grado hace crecer el PIB en 1%, aquí, en cambio, al grito de “sí se puede” se ha conseguido que

Por lo demás, el decremento presupuestal no desembocará en el tan temido síndrome de los programas interruptus: ni las clases se reducirán de 50 a 35 minutos ni las obras de teatro se acabarán a la mitad del segundo acto. Todo seguirá un poco como suele, pero mejor: con más tensión dramática, con mayor hambre de conseguirlo, con las siempre beneficiosas dosis de ingenio e improvisación. Y no hay que olvidar que si el artista, el director del museo o el maestro de primaria se ven en la necesidad de aportar dinero de su bolsillo para llevar a buen puerto los proyectos, se estará dando un paso importantísimo en el tan buscado apoyo de la iniciativa privada a la cultura. El objetivo es que el actual esquema de mecenazgo que desempeña el Estado se

También es falso que la Dirección General de Publicaciones se limitará a aceptar los libros de microficción o haikú por el temor de que los recursos se acaben y entonces haya que recortar páginas sin que se note, del mismo modo que no hay que hacer caso a aquellos que auguran que los museos ya no se harán cargo de pintar las paredes de blanco o de enmarcar los cuadros como se debe. Si en los museos abundan las piezas que en apariencia celebran la podredumbre, la materia fecal, la suciedad y los desechos, la sangre y en ocasiones los mocos, es porque desde hace ya varias décadas se ha impuesto una estética desinhibida y nihilista —en contra de lo que pudiera pensarse, más conceptual—, y ello nada tiene que ver con la crisis que vino de afuera. Es ridículo suponer que todo comenzó con lo caro que estaban los óleos y pinceles, y que una vez que los artistas se descubrieron desnudos, sin más recursos que su propio cuerpo, comenzaron a crear desde allí. La célebre Caja de zapatos con que Gabriel Orozco conmocionó la Bienal de Venecia es un buen ejemplo de

Ahora que las universidades públicas afrontarán el desafío de hacer más con menos, y de acomodar más estudiantes en menos salones, saldrá a la luz el verdadero compromiso con México. Mientras que a los diputados se les castiga devolviéndoles los fondos de los viajes que no hicieron y de los viáticos que no utilizaron, y a los magistrados se les reprende con sueldos en proporción inversa a las decisiones que no se atreven a tomar, los investigadores y maestros de educación superior serán beneficiados por el Programa de Estímulo a la Precariedad. Las bibliotecas a su disposición, por ejemplo, procurarán no añadir nuevos volúmenes al acervo con el fin de no alterar el equilibrio de sus tesis y descubrimientos, y en los laboratorios se suspenderá el suministro eléctrico para que los experimentos científicos se desenvuelvan en condiciones más naturales. Este clima de recortes también facilitará


Arañas que presuntamentte "instrumentan" los recortes.
(Obra de Christopher Locke)

miércoles 30 de septiembre de 2009

Twitter o el imperio de la banalidad


Desconfío del Twitter porque está condenado a ser un registro de los tiempos muertos de cada individuo conectado a Internet: la gente suele relatar sus actividades justo cuando no hace gran cosa ("Mastico un chicle bomba", "Miro largamente mis uñas"), de modo que o bien la actividad que describo es tan poco absorbente que me permite hacer su recuento en "tiempo real", o bien es a tal punto absorbente que no tiene cabida en el Twitter. Los cuernos del dilema de esta nueva interfaz conducen inevitablemente hacia lo inane, hacia un simple encabezado que no tiene texto debajo. Lo demás es alarde, minificción o necesidad desperada de reconocimiento.

¿Qué estás haciendo? La pregunta que plantea esta red social puede parecer inocente, incluso trivial. Pero la avalancha de respuestas que ha provocado, con millones de personas describiendo en pocas palabras sus actividades cada segundo, casi se diría compulsivamente, habla de una época dominada por la simplificación, lo mismo que por el morbo. Descreo del Twitter porque quien desde su teléfono móvil o desde sus horas de hastío frente a la computadora ha creído urgente propagar por el ciberespacio –-esa versión high-tech de los cuatro vientos-– el curso de su vida, no hace sino aportar su granito de arena a la construcción del gran castillo de la banalidad.

Desapruebo el Twitter porque allí la existencia no tiene la menor entidad sino hasta que es contada telegráficamente; porque cualquier acción carece de sustancia hasta que deja una estela escrita. Aborrezco el Twitter porque, al igual que esos turistas que nunca están plenamente en el lugar que visitan, tan preocupados se encuentran por tomar la foto que dé fe de que estuvieron allí, los acólitos del Twitter no hacen plenamente lo que dicen que están haciendo a causa de su mismo afán por informarlo.

Tal vez no esté mal que haya ventanas, pero las que abre el Twitter se antojan demasiado angostas y mal orientadas; mirillas para acercarse no al secreto de la intimidad sino a la extroversión de lo insulso. La reducida caja tipográfica de esa especie de microblog, que sólo admite ciento cuarenta caracteres, en vez de propiciar el laconismo, la frase bien afilada en el pedernal del misterio, el epigrama trabajado por los ácidos de la mala leche y que se precipita como un veneno, da pie a las oraciones más simples –-sujeto-verbo-predicado, cuando mucho–, a un gorjeo monótono. No por nada twitter significa eso: "gorjeo", que, con perdón de los pájaros, designa también los esfuerzos destemplados del niño cuando empieza a hablar.

No me gusta el Twitter porque, aunque se presente como una ocasión para el encuentro, ofrece un nuevo pretexto para el aislamiento. Como otras redes sociales (Facebook, Hi5, Chat), promete la sociabilidad espectral de lo inalámbrico, la gélida camaradería de las pantallas electrónicas, la compartimentación de los afectos humanos transmitidos vía satélite.

Se ha hablado de las repercusiones de esta bitácora miniatura en lo que ya con cierta superstición denominamos "la realidad": su potencial para cambiar las cosas, para organizar revueltas en una sola tarde. Pero las revueltas se gestan con o sin mensajes sms, y al final lo que circula en el Twitter tiene tan poca incidencia que nadie le presta demasiada atención. Por eso me eriza la piel, porque todo allí es fútil y evanescente, como si no hubiera tenido lugar. Prueben si no a revelar sus crímenes (o sus planes de cometerlos). No pasa nada, ni siquiera responde el eco.

¿Qué es entonces lo que desfila día y noche por el Twitter? Además de cables noticiosos y "revelaciones" sensacionalistas, lo que abunda son gritos de auxilio de solitarios que no saben cómo desenchufarse; indicios dejados a la vista de todos con los cuales reconstruir los múltiples itinerarios de la trivialidad; confesiones voluntarias de quienes han comprendido que sus movimientos son vigilados y a la vez poco importan. Antes de escribir estas líneas desdeñaba vagamente la moda del Twitter, pero ahora la detesto. Porque encarna el triunfo de la acción sobre la crítica, del chisme sobre el enigma, de la descripción sobre la insinuación, de lo inmediato sobre lo imposible, el Twitter condensa el signo trágico de la impudicia de la sociedad contemporánea: canales de comunicación siempre abiertos para personas que no tienen nada que decir, para individuos aislados paradójicamente por la tecnología a los que, ay, sólo les queda el consuelo del gorjeo.

Busca este y otros textos en el número 75 de Etiqueta Negra.

miércoles 16 de septiembre de 2009

Merda d'artista


A veces encontramos reunidos en una sola persona todos los vicios, defectos y manías del hombre de genio, sin que por ningún lado se insinúen las aptitudes correspondientes.

Quizá lo que llamamos inspiración es sólo un cambio en la temperatura de la mente. Esos centígrados de más (o de menos) que hacen que las cosas se vuelvan plásticas, moldeables.

Le debemos al odio mejores piezas de arte que al amor.

Soñar en una obra durante mucho tiempo es la única disciplina digna del artista.

Pulsar las cuerdas del corazón ajeno es tomarse demasiadas libertades con un instrumento cuya caja de resonancia no sabemos si está desvencijada.

Póngase cualquier objeto ­—así sea una obra de arte o un trozo de excremento— detrás de un telón, custodiado y bajo llave, y los hombres se arremolinarán intrigados. Póngase el mismo objeto sobre un pedestal, e inmediatamente se verá rodeado de animadversión y recelo.

¡Si la imposibilidad de hacernos cosquillas a nosotros mismos se extendiera al reino de las ideas, de modo que fuera imposible sentir alborozo ante las propias ocurrencias!

Lo que uno admira muchas veces en el arte es el talento para crear nuevas maneras de equivocarse.

Todos esos artista de lo efímero confían para sus adentros en que sus obras perdurarán en forma de leyenda.

También existe la tentación de ser odiados por el público.

Hay obras de arte que, como plantas de sombra, sólo prosperan al interior de la cabeza.

Los escombros suelen ser más bellos que las estatuas. Pero alguien que los ofrece como una nueva forma de arte se priva del placer de derribarlas.

En estos tiempos de reciclaje, las industrias más florecientes del arte serían una agencia de demoliciones y otra de saqueadores de escombros.

Inútil repetir que la percepción de la belleza se altera con los años. Pero que se contorsione violentamente justo de después de la cena parece un signo de nuestro tiempo.

Cada nueva generación vuelve más inmortal una obra con su desprecio.

Los nuevos molinos de viento contra los que ha de luchar el arte son su propio respeto ante los gigantes de la banalidad que él mismo ha edificado.

El arte ha sido reducido al gesto de mostrar una porción de lodo con guante blanco.

lunes 7 de septiembre de 2009

Desde las vísceras


Los peores esperpentos han visto la luz con el pretexto de la “expresión artística”. No hay que remitirse a la etimología para advertir que en la idea misma de ex/presión hay algo de impulso incontenible, un no sé qué que se agita o está en efervescencia y de lo que hay que liberarse, una fuerza interior que necesita abrirse paso y hacer eclosión gloriosamente. Con un poco de mala leche podría señalarse que eso es justo lo que pasa cuando se apodera de nosotros una arcada y el vómito hace las veces de una presión que busca su válvula de escape.

Cada vez que un artista o escritor insiste en que hacía tiempo que en sus entrañas se revolvía “una necesidad expresiva”, me pregunto si no le estará cayendo mal algo en su dieta. Pero mi suspicacia guasona se transforma en prevención y a veces en alarma cuando lo dice para subrayar la “vivacidad”, la “violencia indomable” con la que cree haber gestado su obra; si ese es el caso, prefiero dar dos o tres pasitos cautos hacia atrás, no vaya a ser que me salpiquen los restos volcánicos que se acumulaban en sus entrañas. Como ya alguna vez había ironizado Gilbert K. Chesterton, “puede ser natural que el artista desee liberarse de su arte, sobre todo si consideramos lo que es a veces ese arte”.

No tengo nada en contra del arte que ha surgido de las vísceras. Después de todo puede ser preferible al que nace del cálculo, las demasiadas contemplaciones o la maquinación (si bien con frecuencia pasamos por alto que el cerebro también es una víscera, la más prestigiosa y altiva, pero víscera al fin); el problema es cuando la misma necesidad expresiva, con todo lo que tiene de urgencia y de imperioso, se convierte en la justificación estética de un bodrio nauseabundo, que ensucia la pared de un museo o la página de un libro como una humedad de procedencia dudosa o una mancha roschard que se resiste a la interpretación. Y todo sea por el alivio que ahora experimenta el creador en su tubo digestivo, un tubo que, por azares de la naturaleza, coincide con aquel en donde se forman las palabras.

Entre la necesidad de expresión y la obra de arte hay un trecho larguísimo de talento, tiempo y oficio que pareciera cada vez más fácil obviar. En esta época de desorientación y valores fluctuantes, en esta época que, como había vaticinado Nietzsche, marca la debacle de una forma obsoleta de entender el mundo y sin embargo no está capacitada para gestar una nueva, cualquier cosa, incluso una catarata de vómito (debidamente enlatada o no), vale como expresión del genio del artista. Pero he allí que ese genio que ha conseguido expresar todo lo que había en su interior y se esfuerza en sonreír a pesar de los serios retortijones que lo doblan por dentro, no ha de ufanarse demasiado, pues él también es la expresión de algo más grande y arrollador, del Zeitgeist o clima intelectual, por ejemplo, o del juego entre la estructura y la superestructura de los medios de producción. Ya se sabe: siempre que uno se jacta de estar expresando su yo más íntimo, hay una teoría estética que viene a aguarnos la fiesta y a decirnos que nosotros mismos, con toda nuestra arrogancia y afán de originalidad, no somos más que expresión de algo que nos rebasa, un grumo a través del cual se manifiesta el Espíritu.

Al igual que la inspiración o las decrépitas musas, la expresión de uno mismo como fundamento de la creatividad es uno de esos equívocos que se propagaban con la suficiencia y autoridad de Perogrullo. Pero tanto como el aliento del furor poeticus de la antigüedad, que a estas alturas nos resulta demasiado fétido de tan enmohecido, la idea de expresión artística tiene algo de filisteo y adolescente, es decir, de bochornoso, al grado de que podría afirmarse que a partir de las vanguardias de principios del siglo XX no hay disciplina artística que no haya emprendido una lucha encarnizada precisamente contra la idea de expresión. Con algo de celo quirúrgico, como quien aísla un tumor maligno, se ha recurrido a la permutación azarosa o a la estocástica, al poema encontrado o al readymade, a los constreñimientos olupianos o al detournement, y todo con tal de eludir ese rubor: que la obra tenga algo que deberle a la necesidad expresiva.

Como lo sugirió Georges Perec y antes no cesaron de repetirlo Marcel Duchamp y John Cage, mejor ceñirse a un regla fastidiosa pero autoimpuesta que caer en la complacencia del que busca expresarse a toda costa; mejor trabajar tras las rejas de lo aleatorio o lo azaroso, de lo que no está bajo nuestro control, que creer que la libertad artística se consigue mediante el acto de liberarse: un acto al fin y al cabo de impudor, que no en balde es fácil confundir con una trompetilla.

Publicado originalmente en la revista Fahrenheit.

martes 18 de agosto de 2009

Caja negra / Laboratorio de poesía


En navegación, la caja negra es el dispositivo donde se registra la actividad tanto de los instrumentos como de los pilotos. Si la poesía atraviesa un período de crisis comparable a una falla profunda en sus mecanismos de vuelo, quizá lo mejor sea volver a los registros de su itinerario y cobrar conciencia de lo que sucedió antes, durante y después del accidente.

Imparte: Luigi Amara


Programa de Escritura Creativa
Universidad del Claustro de Sor Juana

Informes:
escrituraclaustro@gmail.com
Tel. 51303300 Ext. 3461, 3310 y 3311
http://escrituraclaustro.blogspot.com/


Martes de 6 a 8pm
Inicio: 25 de agosto de 2009

sábado 15 de agosto de 2009

Hacia un coro de quejas de la ciudad de México


La decadencia de las formas de protesta casi nos ha convencido de la decadencia del inconformismo. Marchas simultáneas pero de diferente signo que compiten y se anulan entre sí; plantones kilométricos con consecuencias de doble filo; desplegados que los intelectuales firman y cuyo único efecto parece ser el alivio infinitesimal de sus conciencias; tribus de encuerados que bailan durante meses al mismo ritmo y se vuelven parte del paisaje y hasta un atractivo turístico… Todas esas protestas, que alguna vez alojaron cierta pólvora, ya no son más que estrategias desgastadas para dar voz al descontento, rutas paleolíticas para que todo quede igual sino es que peor: a nuestro malestar inicial se suma la frustración de constatar que el disenso ciudadano ha perdido todo sentido.

En las manifestaciones rutinarias que atascan como coágulos las arterias de la urbe, la mayoría de las consignas que se gritan —y ya nadie escucha— son más viejas que las injusticias que denuncian, lo cual habla de la falta de soluciones como un pilar fundamental del Estado mexicano, pero también del anquilosamiento de la oposición.

Pese a que unas cuantas brigadas audaces han procurado inyectarle aquí y allá un poco de creatividad a las protestas, en México la discrepancia se ha enmohecido y se diría que no avanza hacia ningún lado de tan parapléjica. Disidencia senil, diferendos que se repiten con idéntico sonsonete; aun la estética de la rebeldía callejera se ha dejado arrastrar por la inercia de los años sesenta, y muchas pancartas y esténciles de hoy parece que se pintaron con las mismas plantillas de hace cuarenta años. En contraste con otros países, como Argentina, donde a fuerza de cacerolazos y carnaval se logró derrocar a varios gobiernos en el lapso de pocas semanas, en la tierra mitificada de Zapata y el subcomandante Marcos la inconformidad no sólo se estila rancia y a destiempo, sino que rara vez produce dividendos. Gracias al ejercicio de la tolerancia entendida como un eufemismo oficial del ninguneo, pero sobre todo gracias al agotamiento y escasa variedad de las protestas, aquí el descontento es una continuación grisácea del color local. El statu quo consiente y asimila a sus detractores para que nada cambie, los deja hacer con la confianza de que serán víctimas de su propio cansancio. Y a tal punto ha llegado la obsolescencia de la inconformidad, que en uno de los virajes más asombrosos que se recuerden en la historia de la discrepancia las autoridades quisieron sumarse hace poco a una marcha multitudinaria a favor de la paz social, como si ellos no fueran los principales interpelados. ¿Estampa del cinismo o de la desesperación?: ciudadanos y gobierno tomados de la mano gritan su enojo al vacío.

Hace unos cuantos años surgió en Birmingham, y luego se extendió a otras ciudades de Europa como San Petersburgo y Helsinki, una forma de protesta que no estaría mal probar de este lado del Atlántico: el coro de quejas. La idea es elegante y al mismo tiempo subversiva, y puede provocar que al menos nos despabilemos un poco y le metamos más jiribilla cuando sintamos la necesidad de aullar.

Un grupo de inconformes se reúne para ponerle música a su malestar y, bajo el lema “la unión melódica hace la fuerza”, cantan a coro sus demandas. No se trata simplemente de una sublimación de la rabia a través del do de pecho, tampoco de una mera alharaca catártica; es más bien una forma imaginativa, armónica pero no menos atronadora de hacerse oír. En Colonia, Alemania, donde se ha formado el coro de quejas más grande del mundo, las críticas sociales y las fatigas de la vida cotidiana retumban con la potencia de la música de Wagner en los tímpanos de los mandatarios, gracias a que son invitados puntualmente a los conciertos. Y ya sea a través de composiciones originales que recogen los malestares más añejos, ya sea mediante la adaptación de óperas antiguas a las que se incorporan las desdichas más recientes, los ciudadanos no sólo externan sus quejas, sino que se aseguran de que su retintín persiga y saque de quicio, con la contundencia de los estribillos machacones, a las autoridades que ya no pueden cruzarse de brazos o reírse con tanta facilidad.

Aunque la idea no es del todo nueva (ya san Agustín, en las Confesiones, recomendaba los cánticos para evitar que “el pueblo abatido se seque de hartazgo”), sí ha logrado elevar la ira a las alturas del arte, y no veo por qué no podría atizar los rescoldos de indignación en el corazón de los mexicanos, por más que tengamos fama de apáticos y dejados. De perdida se lograría que los funcionarios que tienen en sus manos las riendas de la cultura —y entre los que suelen contarse amantes del bel canto— no se taponen las orejas con cera y por una vez escuchen las dificultades y miserias que enfrentan quienes difunden, crean o de algún modo tienen que ver con el arte y la cultura en este país. Sería una incongruencia que ni siquiera ellos se dignaran a recibir a una frondosa comitiva de Foscas, pagliacci y señoronas Butterflys, que han tenido la delicadeza de ventilar sus molestias a través de arias lacrimosas o trepidantes.

En lugar de mascullar a solas y sin consuelo, en lugar de una gigantesca disgregación de quejicas, y en fin, en lugar de los soporíferos pliegos petitorios y los mítines cansinos, estoy convencido de que al grito exaltado de “más motines, más motetes” la chispa del canto quejoso reencendería la mecha de la inconformidad entre nosotros. Y a reserva de que poco a poco músicos de calibre se interesen en esta noble y necesaria causa, y presten su talento para orquestar la catarata de maldiciones y querellas que, de prosperar esta iniciativa, sin duda se amontonarán sobre sus mesas de trabajo, a continuación presento tres probaditas de los arreglos para coro, orquesta y mucha irritación con los que desde ya se podría poner en marcha el Primer Gran Coro de Quejas y Protestas de la Ciudad de México.∗

Tarantela sin tanta pataleta (o una adaptación del clásico napolitano “Funiculí, funiculá”).
A partir de la tonada con que se saludó en el siglo XIX al funicular para ascender al Vesubio, tenores de toda ralea, sopranos improvisadas, castrati por propia decisión y hasta botargas y voceadores de periódico podrían irrumpir en los informes de gobierno para cantar lo que sigue (el arreglo es mucho más largo y salvaje, pero no hay espacio aquí para reproducirlo íntegro):

Bas-ta, bas-ta ¡basta basta ya!
Bas-ta, bas-ta ¡basta basta ya!
De co-rrupción, de za-fiedad,
malversación, ¡rapacidaaad!
¡Bas-ta-bas-ta ya
de corrupción, de zafiedad!

Coros del mundo, uníos (o el himno a la alegría en tiempos de crisis)
Con el perdón de Schiller, y más apegados a la letra anónima con que se identifica en español el coro de la novena de Beethoven, podríamos consagrar el tiempo muerto de las colas en los bancos a la cólera de la musa Euterpe y, en vez de mirarnos la nuca los unos a los otros, increpar sin piedad a los gerentes (que alguna responsabilidad deben de tener en que bajen nuestras pensiones pero sus instituciones reciban rescates millonarios) y entonces entonar lo siguiente:

Eees-cu-cha ban-co la can-ción de los jodi-i-idos,
eeel can-to acia-go del que es-pe-ra tu derru-u-umbe,
¡cae, banco, hún-de-te banco, no pagare-mos más tu error!
¡Quee los go-bier-nos nos res-ca-ten a noso-o-otros!

Que se vayan todos (o la rebelión de los goliardos)

Tomando prestada la música de Carmina Burana de Carl Orff, y sustituyendo los licenciosos cantos goliardos del siglo XII por octosílabos de denuncia, se podrían tomar las numerosas curules que siempre permanecen desocupadas en las distintas cámaras (en la bancada del PRI, los tenores y barítonos; en la del PAN, los metales y las cuerdas, etcétera) y tras un par de golpecitos de batuta clandestinos, arrancarse todos al unísono para exigir esto a los honorables:

¡Fue-ra to-dos! ¡Que re-nun-cien!
P-R-D, PRI, P-T, PAN.
¡Son i-neptos! ¡Son co-rruptos!
¡Buitres de la i-mpu-ni-daad!

Y tras el apoteósico final de percusiones, en el cual en vez de los tambores y platillos uno podría imaginarse el rostro del político en turno más odiado al ser atacado por el frenesí de las baquetas, la gente saldría aliviada, con esos pasitos flotantes de quien ha realizado una buena obra y se ha quitado un peso de encima. Y es que efectivamente, al menos por unos minutos, nos habríamos desembarazado de esa losa de impotencia y enojo que pesa sobre nuestros hombros y para la que casi nunca encontramos escape. Quién sabe si las cosas mejorarían, pero al menos le habríamos dado nueva vida a la protesta ciudadana.

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* El coro se presentaría en lugares cerrados o con mejor acústica que las avenidas y los ejes viales, lo cual de entrada redundaría en que sea acogido con beneplácito por todos aquellos que están hasta la coronilla de que las manifestaciones paralicen las calles de la ciudad.


Publicado originalmente en Letras libres.