martes, 30 de marzo de 2010

Tres facinerosos

Foto de Pascual Borzelli

Fabre, Amara y Tizano acuden a carburantes para una perorata que devendrá en caminata ebria.

domingo, 28 de marzo de 2010

Zonas libres de ironía

No se entiende por qué tanto encono contra el humo del tabaco y no, por ejemplo, contra el ruido o el exceso de ruido, que también tiene efectos nocivos y daña a terceros que no tienen culpa de nada. Si los de la mesa de junto vociferan y emiten toda clase de necedades rechinantes —por no hablar de los borborigmos y las opiniones no pedidas de sus intestinos—, ¿tienen derecho a hacerlo a todo volumen? Un sencillo medidor de decibeles bastaría para mostrar que están tomándose libertades de más con los tímpanos ajenos, y si las legislaciones fueran un poco más consecuentes y no una retacería de remiendos y parches, entonces se pondría a punto una regulación que estipulara que, de empeñarse en su sucia adicción a la alharaca, sólo podrán hacerlo en privado o al aire libre, en lugares previamente designados para el escándalo. Allá ellos si lo que quieren es contaminar el aire con estrépito y altisonancias de toda laya, reblandeciendo las membranas de sus tímpanos al límite de su resistencia, hasta dejarlas como el vientre de un obeso que ha bajado en una semana cuarenta kilos, pero que no atenten contra el equilibrio nervioso de los demás.

Tantos cuidados y tantas leyes que consienten y ponen a buen resguardo los pulmones pero no el sistema auditivo —y, en última instancia, el cerebro— se diría que tienen algo de sesgado y sospechoso y quizá hasta turbio; quién sabe qué intereses haya detrás de permitir el aturdimiento acústico generalizado, el vértigo auricular por saturación y ese nuevo padecimiento, la anquilosis desdegnis, que consiste en desarrollar una callosidad sensitiva a todo lo que nos rodea. Ahora resulta que en la balanza de los órganos internos un alveolo manchado por el humo vale mucho, muchísimo más, que una circunvolución cerebral reducida a migajón por tanto estruendo.

Siguiendo el mismo razonamiento del humo —y del ruido— como hábito antisocial, sería también urgente que la ironía y todos los derivados de humor más o menos refinado fueran prohibidos y no se admitieran en espacios cerrados, pues cualquiera sabe cuán tóxicos y contraproducentes pueden ser para la salud pública. Además de rebuscada, pedante, oscura, incrédula y reaccionaria, la ironía induce a la confusión; los terceros que sin deberla ni temerla sufren sus perjuicios se vuelven inestables y descreídos, burlones y amargados, y no faltan quienes incluso piensen en el suicidio; además, como la ironía no suele poner bien en alto la imagen de México en el extranjero —con ese afán que tiene de encontrar lo grotesco en lo establecido, con su histérica convicción de que todo está de cabeza—, directamente incide en el descenso del PIB. Por supuesto, cada quien estaría en el derecho de practicar el humor en una escala que va del sarcasmo más o menos ruin a esa ironía tan elevada que incluso pasa inadvertida para todos (y más bien suscita risitas nerviosas), siempre y cuando lo haga en sitios acotados, de preferencia con la luz apagada y pésima ventilación.

Que la ironía es deletérea, indeseable y antipatriótica se puede constatar en el trato de apestado que recibe el ironista cada vez que sale con sus retruécanos. Al decir una cosa para en realidad implicar otra (pero sin dejar de decir lo que en realidad no dice), el ironista no sólo quiere pasarse de listo, sino que introduce una perturbación en el lenguaje que hace que todo se enrarezca y luego ya nadie sepa lo que cada quien dice en verdad. Si trazamos una equivalencia entre el aire impoluto y el reino del significado digamos puro, libre de contaminaciones —a fin de cuentas entre “humo” y “humor” sólo hay un paso—, es evidente que quien ironiza está echando impunemente bocanadas de ponzoña a la cara de quienes lo rodean, causando daños a su sentido de la honestidad y la comunicación, al hígado y todas las vísceras que intervienen en la producción de bilis, y afectando, quién sabe en qué proporción, su autoestima por apenas seguir un hilo que, para colmo, se presume genial. (El hecho de que el perjudicado a veces no se dé cuenta de nada, como si fuera sordo a las corrientes subterráneas y nocivas del discurso, no es, desde luego, una atenuante; el fumador pasivo, de igual modo, no percibe los estragos que produce la nicotina ajena y no deseada en su aparato respiratorio.)

La obsesión por el subtexto, por un sentido implícito que nunca sale honradamente a la superficie, es el principal elemento corruptor de la ironía. Los niños que, con total irresponsabilidad de sus padres, son sometidos a un ambiente con exceso de partículas suspendidas de ironía, se tornan oblicuos y demasiado serpenteantes, al grado de que ya luego no son capaces de formar enunciados declarativos llanos. “Hoy es un bonito día” ya nunca significa eso, sino algo como “los domingos son un asco” o “por suerte hoy nadie ha intentado violarme”. Además, si el subtexto por excelencia en este país es de tipo sexual (ya sea en su acepción incestuosa clásica o en la cada vez más extendida homoerótica), ¿no es de muy mal gusto salirse de la esfera semántica del verbo “chingar”? ¿No es eso pretencioso, engreído, malinchista y, por lo que tiene de desplante, también amanerado? Si todo puede fluir amablemente en el terreno del albur, ¿a cuento de qué ofender a los implicados con extravagancias dudosas cuyo subtexto no es claro para nadie?

Puesto que la ironía comporta una toma de distancia, un estar fuera de lo que se enuncia literalmente, un metadiscurso que deja de usar el lenguaje para más bien juguetear viciosamente con él, ¿no sería apropiado que esa distancia se estableciera también de manera física, mediante un grueso muro de vidrio, por ejemplo? Así como hay edificios “libres de humo” debería garantizarse a la ciudadanía Zonas Libres de Ironía, espacios de comunicación sin trabas, sin segundas intenciones, sin cizaña, que un lógico-matemático podría formalizar en un dos por tres; espacios periodísticos, televisivos, virtuales, que no hicieran gala de su escepticismo mordaz y su desprecio pitorro por el género humano. Y en caso de que no hubiera forma de expulsar por completo de nuestras escuelas y centros de trabajo a esos indeseables de la mofa, se les podría confinar, justo como sucede en los mejores aeropuertos del mundo con los adictos al tabaco, en cubículos translúcidos que no dejaran pasar sus bufonadas pero que sí los exhibiera y los enfrentara al escarnio.

¿No sería fabuloso ver reunidos en una misma cabina a esos ironistas abyectos que por desgracia todos conocemos, hiriéndose entre sí con ese aplomo y esas sonrisas a medio formar —que más bien parecen muecas agrias—, soltándose un veneno que ellos confunden con regocijo y placer? ¿A poco no sería fabuloso? Yo incluso pagaría por ver en primera fila, ya sin el riesgo de ser ensuciado, ese despliegue de petulancia, desviación y guiños lánguidos pero-presuntamente-perspicaces.

Aunque ya hayan surgido espontáneamente, en todo el país, vastas Zonas Libres de Ironía, aún falta mucho por construir. El principal problema es que los Honorables de ambas Cámaras, que tanto podrían hacer a fin de protegernos de las distintas poluciones que nos amenazan, sólo se muestran interesados en salvaguardar nuestros pulmones.

Publicado en Laberinto

martes, 16 de marzo de 2010

Presentación de "A pie" en el DF


Viernes 26 de marzo, 7:30pm
Casa Refugio Citlaltépetl
(Citlaltépetl 25, Condesa)

Presentan: Luis Felipe Fabre,
Rodrigo Márquez Tizano
y el autor

martes, 9 de marzo de 2010

El dentista

Era una de esas consultas de rutina,
la boca abierta, la luz inquisitiva,
y el ruido del taladro
como una prefiguración del dolor.
Tal vez era mi baba burbujeando
o esa atmósfera de asepsia demencial
en que todo parece rendirse
al dios del cloro,
pero el caso es que allí entendí
de golpe (mientras un grito imaginario
hacía estallar los matraces, las jeringas,
el florero de la recepcionista),
que él no luchaba contra el sarro,
no combatía la muerte ni siquiera
bajo la forma ladina de las caries,
sino que era su sombra, su sonriente emisario:
con qué tesón sacaba brillo a los molares,
qué minuciosidad para pulir mi calavera.