Hoy parece una broma, una retorcida bufonada, aquella imagen mítica de la ciudad de México como “ la región más transparente del aire”. Cuando Von Humboldt la acuñó para referirse al alto valle de México, cuando Alfonso Reyes la retomó en su poema Visión de Anáhuac, ninguno podía sospechar toda la carga de ironía gaseosa que el futuro habría de depararle. Más que derrumbarse, aquella imagen se ha ennegrecido y, como todo bajo este cielo, ha adoptado un cariz turbio, en parte por la revoltura de cosas que está en juego, en parte por la coloración excrementicia a la que propenden los crepúsculos. El cielo de la ciudad de México ya no se juzga en términos de la cualidad de su luz, sino en términos de la saturación de sus partículas suspendidas. No es un asunto de transparencia, como quería la literatura de mediados del siglo pasado (Carlos Fuentes, Octavio Paz), sino de toxicidad y mal olor. El cielo ha ganado en densidad y se ha vuelto palpable; su textura recuerda menos al humo de una chimenea que al vaho que despide el enfermo: gérmenes, desaliento, pus.
Encima de todo aquel que camina por el Distrito Federal hay por lo menos tres cielos superpuestos: el primero, una borrasca de mal humor permanente, tensión eléctrica que anuncia la precipitación de la ira. Es una capa compartida de la atmósfera —casi una idiosincrasia—, que cuando parece disiparse es sólo para dar lugar al remanso de lucidez de la migraña. El segundo cielo tiene nombre: la nata. Es una capa densa y ominosa, una costra que hiede y nunca cicatriza de lo que alguna vez llamamos aire. Aquí la cloaca no solamente transcurre por debajo del suelo, siempre presta a desbordarse; también se estanca en lo alto y persevera como una nube de mal agüero sobre nuestras cabezas. El tercer cielo es de ozono y es asimismo irrespirable. Lo surcan aviones que parecen decididos a aterrizar en las azoteas y algún helicóptero de la policía. Por las noches, una confusión de reflectores se empeña en glorificar nuestros desechos volátiles. En lugar de señales de auxilio a la manera de Ciudad Gótica, aquí los reflectores alumbran en lo alto, con una potencia de miles de watts, nuestra inmundicia flotante.
(Detrás de este tercer cielo hay tal vez otro más, pero ya casi nadie piensa en él. Tampoco casi nadie se pregunta si es un cielo desierto o la cuenca de un ojo cruel y miope.)
El cielo medio —o la nata— es un palimpsesto de exhalaciones. Hollín y azufre, heces y plomo, ácidos y cochambre se entregan a las altas temperaturas para ascender y rescribir cada tarde la página de nuestra asfixia. El servicio meteorológico, consternado porque la gente acostumbraba escudriñar el cielo para saber si salía a la calle con tapabocas o con paraguas, comenzó a emitir boletines sobre la calidad del aire. Como no existía una unidad de medida confiable, o como quizá los parámetros internacionales arrojaban que todos los habitantes del valle de México deberíamos estar ya muertos, se inventó una, de nombre engañosamente autóctono: “ imecas” (Índice Metropolitano de la Calidad del Aire). Bajo el cielo que alguna vez se disputaron aztecas, tlaxcaltecas y chichimecas, más de doscientos puntos indican “ contingencia ambiental”, un eufemismo para “ alarma respiratoria”. La almohada que aprieta el asesino contra la nariz de su víctima es poca cosa comparada con este manto impenetrable de suciedad que se cierne sobre nosotros, y al que para colmo cada tanto contribuye el volcán Popocatépetl con su fumarola y sus cenizas. Aunque no está claro si rebasar esa línea roja nos resta un día de vida o simplemente agrava el cuadro de asma crónica y lo recrudece en bronquitis, cada vez que sucede (varios días a la semana, en promedio) queda prohibido hacer ejercicio al aire libre. Durante esos días pasear por la calle equivale a encender una fogata en una cabina telefónica.
El sofocamiento ha llegado a tal punto que, a pesar de que el tabaco es perseguido como la peste y los fumadores son señalados por las nuevas leyes como psicópatas antisociales que practican el terrorismo del aire, no falta quien asegure que fumar, fumar empedernidamente y llevarse a los pulmones cajas y cajas de habanos con los que nunca soñó siquiera Guillermo Cabrera Infante, es menos dañino que simplemente respirar. Aquí, un suspiro, no importa sus motivaciones (aun ese suspiro de anhelo por dejarlo todo y largarse de una vez), es una bocanada de veneno que nos hunde siempre más en el vicio, en el vicio irrenunciable de vivir en la ciudad de México.
Porque la nata tiene propiedades estupefacientes. No sólo induce a creer que el cielo puede ser púrpura y las nubes anaranjadas; no sólo convierte a los pájaros en ráfagas de tizne y a cada relámpago en un experimento de química que atraviesa la lluvia ácida. También es alquitrán que atempera las terminaciones nerviosas, embriaguez que cosquillea a la altura de la nuca, dulce mareo que nos sostiene erguidos. La nata es una droga dura, falsamente euforizante pero gratuita, y a ella nos rendimos en el DF.
Publicado en Etiqueta Negra
sábado, 10 de enero de 2009
jueves, 8 de enero de 2009
¿Quién mató a Gina Montes?
El asfixiante y tibio y casi inacabable bostezo de la televisión nos ha orillado a celebrar sus cortinillas como un intermitente oasis. Ya desde antes de la consagración del zapping como deporte para el dedo pulgar, era común cambiar los canales en busca solamente de comienzos y finales, como si los programas fueran una postergación de lo que en verdad importa, esos pocos segundos en los que la música se alía a la imagen para crear un videoclip rudimentario, más pegajoso que inolvidable, que marca el punto en el que uno puede dedicarse a cualquier otra cosa. La música de Mancini que abría y cerraba los cartones de La pantera rosa, las puertas un tanto kafkianas que debía atravesar el Superagente 86 para llegar a una cabina telefónica y desaparecer, o las fantasías electroacústicas de Esquivel para dar cierta dignidad a Odisea burbujas, son algunos ejemplos de lo que a la postre se convertiría en parte de mi educación sentimental, algo así como el soundtrack de mi mente cuando atraviesa por etapas demasiado nostálgicas o demasiado idiotas.
Después de cantar una y otra vez el tema original de El hombre araña, y cuando ya la tonada de Los locos Adams no parece admitir ninguna adaptación memorable, he concluido que mi cortinilla predilecta es la de La carabina de Ambrosio, el único show cómico-mágico-musical del que podría enorgullecerse la televisión mexicana. Cada vez que en una fiesta anacrónica o en un elevador o pasillo del súper se escucha el ritmo de la cortinilla de inicio, no es necesario cerrar los ojos para que se imponga en mi cabeza el bamboleo de las caderas de Gina Montes, ese ritmo que tantas y tantas mujeres han querido imitar —sobra decir que sin fortuna— de sus puños golpeando suavemente el aire, mientras sus muslos portentosos se agitaban con un dejo entre africano y vulgar y hasta carioca.
Gina Montes fue alguna vez la encarnación de la alegría. Su risa imbécil y pronta era tan odiosa que uno no podía sino sonreír al verla, pero todo esa falsa espontaneidad y esa torpe frescura se redimían por completo cuando hacía lo que en verdad sabía hacer, bailar, bailar sin descanso detrás de los créditos ascendentes, y durante dos minutos de gloria creaba un cabaret en nuestro cuarto.
El día en que esa cortinilla desapareció todos pensamos que Gina Montes había muerto. Era inconcebible que ese baile inmortal se esfumara así, de golpe, de modo que resolvimos que la única explicación era la muerte. Se dijo que había sido ajusticiada por el Negro Durazo, que César Costa la mandó asesinar por despecho, que en realidad era un varón que pagó caro el atrevimiento de su doble identidad, o que la silicona le obstruyó las coronarias. La historia que yo me resigné a aceptar aseguraba que Beto el Boticario la había embarazado (quién sabe si con la ayuda de algún pase mágico), y que ella no había resistido en su vientre la gestación de ese engendro que mezclaba un poco de conejo y otro tanto de pañuelo de colores. Desde entonces, cada vez que escucho esa canción nostálgica y alegre, no dejo de repetir para mis adentros “¡magazo!, ¡qué afortunado y asesino fuiste!, ¡magazo!”
Después de cantar una y otra vez el tema original de El hombre araña, y cuando ya la tonada de Los locos Adams no parece admitir ninguna adaptación memorable, he concluido que mi cortinilla predilecta es la de La carabina de Ambrosio, el único show cómico-mágico-musical del que podría enorgullecerse la televisión mexicana. Cada vez que en una fiesta anacrónica o en un elevador o pasillo del súper se escucha el ritmo de la cortinilla de inicio, no es necesario cerrar los ojos para que se imponga en mi cabeza el bamboleo de las caderas de Gina Montes, ese ritmo que tantas y tantas mujeres han querido imitar —sobra decir que sin fortuna— de sus puños golpeando suavemente el aire, mientras sus muslos portentosos se agitaban con un dejo entre africano y vulgar y hasta carioca.
Gina Montes fue alguna vez la encarnación de la alegría. Su risa imbécil y pronta era tan odiosa que uno no podía sino sonreír al verla, pero todo esa falsa espontaneidad y esa torpe frescura se redimían por completo cuando hacía lo que en verdad sabía hacer, bailar, bailar sin descanso detrás de los créditos ascendentes, y durante dos minutos de gloria creaba un cabaret en nuestro cuarto.
El día en que esa cortinilla desapareció todos pensamos que Gina Montes había muerto. Era inconcebible que ese baile inmortal se esfumara así, de golpe, de modo que resolvimos que la única explicación era la muerte. Se dijo que había sido ajusticiada por el Negro Durazo, que César Costa la mandó asesinar por despecho, que en realidad era un varón que pagó caro el atrevimiento de su doble identidad, o que la silicona le obstruyó las coronarias. La historia que yo me resigné a aceptar aseguraba que Beto el Boticario la había embarazado (quién sabe si con la ayuda de algún pase mágico), y que ella no había resistido en su vientre la gestación de ese engendro que mezclaba un poco de conejo y otro tanto de pañuelo de colores. Desde entonces, cada vez que escucho esa canción nostálgica y alegre, no dejo de repetir para mis adentros “¡magazo!, ¡qué afortunado y asesino fuiste!, ¡magazo!”
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Los delincuentes de la mirada lasciva
La estampa de una mujer “partiendo plaza”, que corta el aliento con su andar y lleva a que todos los viandantes dejen lo que estaban haciendo para mirarla y seguir su recorrido, es bastante frecuente en las calles de la ciudad de México y, según he podido constatar, en muchas otras ciudades de lo que se conoce como el orbe latino, que a fuerza de requiebros y toda clase de lisonjas callejeras se han ganado fama de ciudades pasionales, como si hubiera algo en las lenguas romances que nos orilla a la extroversión del deseo en plena vía pública.
Acompañada por silbidos o piropos cada vez más groseros y menos audaces, la mirada anhelante —que también podría llamarse la “mirada babeante”—, divide al género femenino entre quienes se sienten halagadas y quienes la consideran una forma de hostigamiento público —una agresión—; pero más allá de cierto rubor o incomodidad, si no rebasa los límites del decoro esa mirada pegajosa y admirativa suele tolerarse por inocua, como una suerte de guiño o chanza popular; y fuera del codazo que el fisgón pasajero recibe de su acompañante femenina (quien lo percibe como una falta de respeto a ella y no a la otra, a ella que va a su lado y seguramente es su esposa o amante o prometida), la vida en las calles podría seguir su curso cotidiano sin parar mientes en esta práctica tan difundida que quién sabe cuántos enamoramientos fugaces ha producido, cuántos amores baudelerianos que se difuminan con el cambio del semáforo.
En un arranque al que sin duda consideran progresista pero que se inscribe dentro del Nuevo Teatro Oficial del Absurdo (medidas teatrales que el gobierno pone en marcha para potenciar con su absurdo el problema inicial), las autoridades capitalinas han decidido castigar penalmente el impulso varonil —que se diría instintivo o silvestre, de origen remotamente perruno— de voltear a ver el contoneo de una muchacha que camina por la calle. La Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, que debió entrar en vigor en el verano del 2008, así lo establece al incluir como ejemplo de violencia sexual la mirada lasciva, esa forma malsana de mirar “que pone en riesgo o lesiona la libertad, seguridad, integridad y desarrollo psicosexual de la mujer”.
En el clima tormentoso de discriminación, violencia de género y feminicidios que todavía nubla el horizonte, los gobiernos conservadores, haciendo gala de su machismo charro y galopante, han culpado a las mujeres por su atrevimiento de vestir minifaldas provocadoras, las han señalado por no aprender a caminar tan tiesas como los espantapájaros. Ahora, en el extremo opuesto del dial de la intolerancia, el gobierno de izquierda ha llevado demasiado lejos la búsqueda de equidad en donde a decir verdad nunca ha existido, y haciendo suyas consignas feministas de lo más recalcitrantes, han ubicando la raíz de este mal en la afición masculina de seguir con la mirada el irresistible vaivén de un cuerpo de mujer, el crimen nefando y hasta ahora impune de que se nos vayan los ojos.

A propósito de esta revolucionaria ley, que cambiará para siempre el comportamiento callejero y los códigos de seducción y diálogo corporal (y que tal vez fomente como nunca la industria de los lentes oscuros), recuerdo la serie de fotografías con las que Nacho López capturó ese momento en que la calle se erotiza repentinamente, y en las que tanto cuidado puso en no dejar fuera de encuadre a los casuales mirones boquiabiertos. “Cuando una mujer guapa parte plaza por Madero” en realidad se trató de un experimento fotográfico dirigido, como el que ya antes, en los años cincuenta, había realizado la periodista Ruth Orkin en las calles de Roma: contratar a una bella actriz bamboleante para despertar reacciones verídicas en los peatones y entonces registrarlas con la cámara. El resultado, “An American Girl in Italy”, tanto o más célebre que el experimento de Nacho López, carecía de cualquier sesgo de denuncia, condena o alarma (no por nada apareció publicado por primera vez en la revista Cosmopolitan como parte de un reportaje que llevaba por título: “No tengas miedo de viajar sola”), a pesar de que hoy se prestaría para todo tipo de abusos policíacos. Y es que no me extrañaría que siguiendo el ejemplo de aquel par de artistas del fotoensayo, las autoridades del D.F. se valieran de atractivas celadas ambulantes para recabar pruebas de la comisión del que quizá sea el delito más efímero, difícil de demostrar y elusivo de todos los que se hayan tipificado en las legislaciones del mundo.

Ante las indecibles complicaciones que enfrentarán de ahora en adelante los magistrados para calificar si una mirada pasajera dejó de ser de deslumbramiento y se convirtió en venial, cuándo el ojo impertinente husmeó al interior de un escote con infinita lujuria y no con casta curiosidad, en qué circunstancias oprobiosas el rabillo del ojo delató al viejo rabo verde, no me queda sino manifestar mi estupefacción y escándalo por el hecho de que en los recintos legislativos se ocupen de minucias como éstas, que más bien caen dentro del folclor local, siendo que hay problemas más acuciantes que resolver, comportamientos en verdad lesivos para la convivencia pacífica. Bastaría que sus señorías pusieran un pie en la calle sin la protección de sus escoltas para percatarse de que hay cosas más urgentes que perseguir de oficio, conductas en verdad antisociales y nocivas contra las que permanecemos indefensos, como por ejemplo la manía de atravesar al prójimo con las puntas aceradas de los ojos, o esa insistente mueca aguardientosa que en todas las esquinas del país pregunta bravuconamente “¿qué me ves?”
¿Qué están esperando los honorables legisladores para lanzar una iniciativa de ley que nos prevenga del tremendo flagelo de mirar feo, que nos ponga a salvo de la ojizaina generalizada, de ese mirar atravesado y pérfido que tantos zafarranchos y homicidios ha propiciado? ¿Por qué no imponen años de cárcel a todo el que incurre en el horrendo crimen del mal de ojo?
Luigi Amara
Acompañada por silbidos o piropos cada vez más groseros y menos audaces, la mirada anhelante —que también podría llamarse la “mirada babeante”—, divide al género femenino entre quienes se sienten halagadas y quienes la consideran una forma de hostigamiento público —una agresión—; pero más allá de cierto rubor o incomodidad, si no rebasa los límites del decoro esa mirada pegajosa y admirativa suele tolerarse por inocua, como una suerte de guiño o chanza popular; y fuera del codazo que el fisgón pasajero recibe de su acompañante femenina (quien lo percibe como una falta de respeto a ella y no a la otra, a ella que va a su lado y seguramente es su esposa o amante o prometida), la vida en las calles podría seguir su curso cotidiano sin parar mientes en esta práctica tan difundida que quién sabe cuántos enamoramientos fugaces ha producido, cuántos amores baudelerianos que se difuminan con el cambio del semáforo.
En un arranque al que sin duda consideran progresista pero que se inscribe dentro del Nuevo Teatro Oficial del Absurdo (medidas teatrales que el gobierno pone en marcha para potenciar con su absurdo el problema inicial), las autoridades capitalinas han decidido castigar penalmente el impulso varonil —que se diría instintivo o silvestre, de origen remotamente perruno— de voltear a ver el contoneo de una muchacha que camina por la calle. La Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, que debió entrar en vigor en el verano del 2008, así lo establece al incluir como ejemplo de violencia sexual la mirada lasciva, esa forma malsana de mirar “que pone en riesgo o lesiona la libertad, seguridad, integridad y desarrollo psicosexual de la mujer”.
En el clima tormentoso de discriminación, violencia de género y feminicidios que todavía nubla el horizonte, los gobiernos conservadores, haciendo gala de su machismo charro y galopante, han culpado a las mujeres por su atrevimiento de vestir minifaldas provocadoras, las han señalado por no aprender a caminar tan tiesas como los espantapájaros. Ahora, en el extremo opuesto del dial de la intolerancia, el gobierno de izquierda ha llevado demasiado lejos la búsqueda de equidad en donde a decir verdad nunca ha existido, y haciendo suyas consignas feministas de lo más recalcitrantes, han ubicando la raíz de este mal en la afición masculina de seguir con la mirada el irresistible vaivén de un cuerpo de mujer, el crimen nefando y hasta ahora impune de que se nos vayan los ojos.

A propósito de esta revolucionaria ley, que cambiará para siempre el comportamiento callejero y los códigos de seducción y diálogo corporal (y que tal vez fomente como nunca la industria de los lentes oscuros), recuerdo la serie de fotografías con las que Nacho López capturó ese momento en que la calle se erotiza repentinamente, y en las que tanto cuidado puso en no dejar fuera de encuadre a los casuales mirones boquiabiertos. “Cuando una mujer guapa parte plaza por Madero” en realidad se trató de un experimento fotográfico dirigido, como el que ya antes, en los años cincuenta, había realizado la periodista Ruth Orkin en las calles de Roma: contratar a una bella actriz bamboleante para despertar reacciones verídicas en los peatones y entonces registrarlas con la cámara. El resultado, “An American Girl in Italy”, tanto o más célebre que el experimento de Nacho López, carecía de cualquier sesgo de denuncia, condena o alarma (no por nada apareció publicado por primera vez en la revista Cosmopolitan como parte de un reportaje que llevaba por título: “No tengas miedo de viajar sola”), a pesar de que hoy se prestaría para todo tipo de abusos policíacos. Y es que no me extrañaría que siguiendo el ejemplo de aquel par de artistas del fotoensayo, las autoridades del D.F. se valieran de atractivas celadas ambulantes para recabar pruebas de la comisión del que quizá sea el delito más efímero, difícil de demostrar y elusivo de todos los que se hayan tipificado en las legislaciones del mundo.

Ante las indecibles complicaciones que enfrentarán de ahora en adelante los magistrados para calificar si una mirada pasajera dejó de ser de deslumbramiento y se convirtió en venial, cuándo el ojo impertinente husmeó al interior de un escote con infinita lujuria y no con casta curiosidad, en qué circunstancias oprobiosas el rabillo del ojo delató al viejo rabo verde, no me queda sino manifestar mi estupefacción y escándalo por el hecho de que en los recintos legislativos se ocupen de minucias como éstas, que más bien caen dentro del folclor local, siendo que hay problemas más acuciantes que resolver, comportamientos en verdad lesivos para la convivencia pacífica. Bastaría que sus señorías pusieran un pie en la calle sin la protección de sus escoltas para percatarse de que hay cosas más urgentes que perseguir de oficio, conductas en verdad antisociales y nocivas contra las que permanecemos indefensos, como por ejemplo la manía de atravesar al prójimo con las puntas aceradas de los ojos, o esa insistente mueca aguardientosa que en todas las esquinas del país pregunta bravuconamente “¿qué me ves?”
¿Qué están esperando los honorables legisladores para lanzar una iniciativa de ley que nos prevenga del tremendo flagelo de mirar feo, que nos ponga a salvo de la ojizaina generalizada, de ese mirar atravesado y pérfido que tantos zafarranchos y homicidios ha propiciado? ¿Por qué no imponen años de cárcel a todo el que incurre en el horrendo crimen del mal de ojo?
Luigi Amara
viernes, 28 de noviembre de 2008
Aquella pólvora
A Héctor J. Ayala, el día de su boda
Queríamos ser el crujido
que anuncia la catástrofe,
la sombra que empaña los espejos,
el chirrido de la uña
en el cristal del insomnio.
Sólo soñábamos en crecer
como el ojo
que te mira desde el fondo del vaso,
como la grieta en la fachada del decoro
o esas termitas royendo
los recuerdos.
Estábamos llamados a vivir
como el borracho
que se cuela en todas tus fotografías,
como el insecto que zumba
adentro de tu cabeza,
el ántrax en el trasero de los poderosos.
Queríamos prolongar la trompetilla
que aturde el coro de los cuerdos,
ser esa tuerca floja
en el mecanismo de la felicidad,
la gota de sífilis ofrecida en el beso.
Eso planeábamos, pero ahora
que somos sombras, manchas,
el eco de un bostezo lejano, me preguntas
¿qué haremos?, ¿qué haremos con todo eso
que no fuimos, con esas ruinas ruidosas,
con esas piezas sueltas que se agitan
al interior de la cabeza?
miércoles, 26 de noviembre de 2008
El oblivisco
Tras juzgar que la credulidad humana había alcanzado una suerte de límite, Joris-Karl Huysmans vaticinó la extinción del monstruo, el declive de su potencial de espanto. Convencido de que la creación de prodigios mediante la equivocada posición de sus partes tiene algo de cansino —es una rama trivial del ensamblaje y la combinatoria—, Huysmans escribe que la decadencia del monstruo empezó cuando se incorporaron utensilios de cocina en su elaboración. El ensayo que le dedica “a esos cuerpos sospechosos de ser animales” data de finales del siglo XIX. Es anterior al Odradek de Kafka, formado por lo que parecen retazos anudados e hilos; también es anterior a las películas de monstruos de serie B, en cuya fauna impera la disonancia, la exageración y la incongruencia, “burlescamente dispuestas y demasiado ficticias”.
Lo que repele a Huysmans es la facilidad de la mezcolanza pero también la confusión improcedente entre los reinos. Un monstruo en el que conviven lo animal y lo vegetal sólo prefigura otros seres fantásticos en los que se echará mano del papel aluminio y las cucharas. No sé qué habría pensado del oblivisco, un animal que se alimenta de polvo y pelusa, pero que según algunos está literalmente conformado de polvo y pelusa.
El oblivisco —o monstruo del desván— es una criatura frágil, que se desbarata entre las manos. Al igual que ratones y cucarachas es un animal doméstico, en el sentido lato de que crece al interior de las casas, en alacenas y covachas descuidadas. No soporta el ruido ni la luz, de allí que prospere en lugares inaccesibles; dicen que no hay mejor sitio para una plaga de obliviscos que una mansión abandonada.
El oblivisco (Obliviscus silentis) es una criatura horizontal, de pocos milímetros de espesor, que se extiende sobre la superficie de los estantes o los muebles. En apariencia inerte, su movimiento es meramente expansivo, como el de ciertos hongos y algas. Medra colonizando nuevos territorios a la manera de una mancha. Llega a alcanzar los tres o cuatro metros de longitud, siempre con un peso ínfimo. Carece de ojos y extremidades, si bien a partir de sus reacciones espasmódicas a la luz del sol se infiere que todo él es una especie de ojo primitivo, una distendida membrana sensible.
Según la creencia popular se alimenta de olvido; las investigaciones científicas corrigen que su alimento principal son las células muertas que viajan en el polvo, la humedad del ambiente y toda clase de sustancias pilosas, en particular pestañas humanas y pelo de gato. Su aparato digestivo es rudimentario y opera gracias a un proceso simultáneo de endósmosis y exósmosis, a través del cual transfiere a su epidermis, en su mayoría intactas, las partículas que ingiere. Muchos desprevenidos confunden al oblivisco con una capa quizá demasiado espesa y abundante de polvo, y no vacilan en pasar sobre su delicado lomo el trapo de la limpieza.
Silencio y oscuridad son condiciones necesarias de su hábitat. Pese al inminente peligro de desmembramiento, el oblivisco no rehúye la caricia, siempre y cuando sea de tipo flotante, casi imperceptible, un deslizarse de la mano sobre el aire cálido que rodea su estructura. Lo parasitan ácaros y otros agentes patógenos, por lo cual los médicos lo desaconsejan como mascota; pero se sabe de ciertos temperamentos melancólicos que gozan de matar las tardes en su compañía.
Se ignora si duerme o si dormir es lo único que hace en la vida. Sus signos vitales son tan insondables como los de la felpa y se mantienen casi sin variación a lo largo de los días. Es inútil espiar a un oblivisco con el fin de descubrir sus movimientos. Sólo se esponja y desenvuelve cuando nos olvidamos de que existe.
Publicado en Letras Libres
Lo que repele a Huysmans es la facilidad de la mezcolanza pero también la confusión improcedente entre los reinos. Un monstruo en el que conviven lo animal y lo vegetal sólo prefigura otros seres fantásticos en los que se echará mano del papel aluminio y las cucharas. No sé qué habría pensado del oblivisco, un animal que se alimenta de polvo y pelusa, pero que según algunos está literalmente conformado de polvo y pelusa.
El oblivisco —o monstruo del desván— es una criatura frágil, que se desbarata entre las manos. Al igual que ratones y cucarachas es un animal doméstico, en el sentido lato de que crece al interior de las casas, en alacenas y covachas descuidadas. No soporta el ruido ni la luz, de allí que prospere en lugares inaccesibles; dicen que no hay mejor sitio para una plaga de obliviscos que una mansión abandonada.
El oblivisco (Obliviscus silentis) es una criatura horizontal, de pocos milímetros de espesor, que se extiende sobre la superficie de los estantes o los muebles. En apariencia inerte, su movimiento es meramente expansivo, como el de ciertos hongos y algas. Medra colonizando nuevos territorios a la manera de una mancha. Llega a alcanzar los tres o cuatro metros de longitud, siempre con un peso ínfimo. Carece de ojos y extremidades, si bien a partir de sus reacciones espasmódicas a la luz del sol se infiere que todo él es una especie de ojo primitivo, una distendida membrana sensible.
Según la creencia popular se alimenta de olvido; las investigaciones científicas corrigen que su alimento principal son las células muertas que viajan en el polvo, la humedad del ambiente y toda clase de sustancias pilosas, en particular pestañas humanas y pelo de gato. Su aparato digestivo es rudimentario y opera gracias a un proceso simultáneo de endósmosis y exósmosis, a través del cual transfiere a su epidermis, en su mayoría intactas, las partículas que ingiere. Muchos desprevenidos confunden al oblivisco con una capa quizá demasiado espesa y abundante de polvo, y no vacilan en pasar sobre su delicado lomo el trapo de la limpieza.
Silencio y oscuridad son condiciones necesarias de su hábitat. Pese al inminente peligro de desmembramiento, el oblivisco no rehúye la caricia, siempre y cuando sea de tipo flotante, casi imperceptible, un deslizarse de la mano sobre el aire cálido que rodea su estructura. Lo parasitan ácaros y otros agentes patógenos, por lo cual los médicos lo desaconsejan como mascota; pero se sabe de ciertos temperamentos melancólicos que gozan de matar las tardes en su compañía.
Se ignora si duerme o si dormir es lo único que hace en la vida. Sus signos vitales son tan insondables como los de la felpa y se mantienen casi sin variación a lo largo de los días. Es inútil espiar a un oblivisco con el fin de descubrir sus movimientos. Sólo se esponja y desenvuelve cuando nos olvidamos de que existe.
Publicado en Letras Libres
martes, 25 de noviembre de 2008
Desconfía de la silla
Plantada en el centro de la habitación
como un monarca impasible que descansa
sobre su propia idea,
y sin embargo humilde y silenciosa,
con esa receptividad de quien esconde
segundas intenciones,
la silla es un altar para la espera.
Muleta y púlpito,
ruina de una nobleza reducida
a polilla,
catedral de movilidad engañosa,
la silla te sujeta a su ilusión
de poltrona,
ancla tus pensamientos
a la esclavitud de un empeño.
La ética del ajetreo inventó la silla
para elevar su reino
unos cuantos centímetros,
para ofrecernos un descanso a medias,
una vigilia incierta,
la verticalidad diezmada que consiente
meras larvas de sueños.
Tarima del estreñimiento,
trono de los que nunca han tenido
en donde caerse muertos,
qué alegría deplorable cuando encuentras
un asiento vacío al abordar el Metro.
No cedas al guiño del confort,
no extiendas tu trasero
a sus brazos abiertos.
Es siempre una celada
para hacer de ti
tan sólo un peso muerto.
Diosa de la inacción,
pedestal que te obliga
a posturas de piedra,
no te derrumbes en la silla,
no caigas en la trampa
de los largos proyectos.
Grillete de madera y cuero,
astuto mascarón del trabajo,
hace que toda tu atención
sea súbdita de un punto,
la manecilla de un horario ajeno.
Cuando tus piernas tiemblen
por su cautiverio,
rompe la silla:
se está electrificando.
como un monarca impasible que descansa
sobre su propia idea,
y sin embargo humilde y silenciosa,
con esa receptividad de quien esconde
segundas intenciones,
la silla es un altar para la espera.
Muleta y púlpito,
ruina de una nobleza reducida
a polilla,
catedral de movilidad engañosa,
la silla te sujeta a su ilusión
de poltrona,
ancla tus pensamientos
a la esclavitud de un empeño.
La ética del ajetreo inventó la silla
para elevar su reino
unos cuantos centímetros,
para ofrecernos un descanso a medias,
una vigilia incierta,
la verticalidad diezmada que consiente
meras larvas de sueños.
Tarima del estreñimiento,
trono de los que nunca han tenido
en donde caerse muertos,
qué alegría deplorable cuando encuentras
un asiento vacío al abordar el Metro.
No cedas al guiño del confort,
no extiendas tu trasero
a sus brazos abiertos.
Es siempre una celada
para hacer de ti
tan sólo un peso muerto.
Diosa de la inacción,
pedestal que te obliga
a posturas de piedra,
no te derrumbes en la silla,
no caigas en la trampa
de los largos proyectos.
Grillete de madera y cuero,
astuto mascarón del trabajo,
hace que toda tu atención
sea súbdita de un punto,
la manecilla de un horario ajeno.
Cuando tus piernas tiemblen
por su cautiverio,
rompe la silla:
se está electrificando.
lunes, 24 de noviembre de 2008
Contra los filósofos
No tienen remedio los filósofos, que un día abandonaron su papel desestabilizador, su impulso prometeico, su elaborado incendio, para apagarse y consumirse en el espejismo del rigor. No tienen remedio los filósofos, cuyos cuestionamientos dejaron de ser intempestivos y urgentes, y desde hace tiempo se acumulan en las sombras, encuadernados en tesis campanudas, en cansinos proyectos de investigación. No tienen remedio ni cabida casi, hoy que sus nuevas preguntas, como Aquiles desorientados ante el paso imparable de la tortuga de la realidad, están siempre a la zaga, irremediablemente detrás. No tienen siquiera sentido del decoro, refocilados en lo más alto de las torres de marfil de la academia, planteando sus problemas inocuos, que nadie quiere oír, que no interpelan ni sacuden a nadie, cada vez menos y menos pertinentes que el camello que vacila en el umbral del ojo de la aguja.
No tienen salvación porque les falta enjundia, náusea, arrojo o insolencia; parapléjicos siempre en busca de las muletas de la prueba, burócratas del vértigo, pulgas pensativas hartándose de polvo en el búho disecado de Minerva. No tienen salvación porque abjuraron de la risa, y todavía se atreven a defender, como si nada, que al hombre puede salvarlo su propia reflexión. No tienen remedio porque adoran a esa diosa bastarda, la coherencia, y porque en definitiva ir a la raíz de las cosas es la forma en que los seres rastreros se andan por las ramas.
No tienen remedio porque no han terminado de escribir su nota al pie de página en los Diálogos de Platón; porque optaron por hilar demasiado fino, por agotar la minucia, ser amos y señores de su esotérica parcela, mientras el tren expreso de lo impostergable pasaba ruidosamente frente a ellos.
No tienen remedio ni tampoco perdón, porque se obstinaron en reducir el orificio de su oído para sólo dejar pasar el hilo un tanto frígido de la razón, taponándolo con cera a todo lo que pareciera sugerencia, mito, insinuación. Porque el mareo de sus cavilaciones no los ha llevado a crear un nuevo estilo de pensamiento, una forma distinta de escribir, tan oxidados se encuentran por redactar informes, glosas, comentarios del comentario del comentario. Porque incluso la tecnología, cada nueva criatura proveniente del Valle de Silicón, genera más conceptos, más desajustes en la realidad que todos los filósofos juntos.
No tienen remedio y mucho menos vergüenza, hoy que se les ve tan cómodos e inofensivos en las vacaciones pagadas de los congresos, que al encerrarse a meditar frente al fuego de la chimenea, de espaldas al mundo, con un guiño posiblemente de desprecio a René Descartes, no es sino para la ensoñación de su año sabático.
No tienen remedio, en fin, por tanta gravedad y suficiencia. Por razonables, por bien portados, porque hace siglos que no se caen a un hoyo al mirar las estrellas. No tienen remedio ni futuro los filósofos, porque sencillamente un día, acaso sin saberlo, renunciaron al radicalismo de inventar de nueva cuenta el porvenir.
Publicado en Etiqueta Negra
No tienen salvación porque les falta enjundia, náusea, arrojo o insolencia; parapléjicos siempre en busca de las muletas de la prueba, burócratas del vértigo, pulgas pensativas hartándose de polvo en el búho disecado de Minerva. No tienen salvación porque abjuraron de la risa, y todavía se atreven a defender, como si nada, que al hombre puede salvarlo su propia reflexión. No tienen remedio porque adoran a esa diosa bastarda, la coherencia, y porque en definitiva ir a la raíz de las cosas es la forma en que los seres rastreros se andan por las ramas.
No tienen remedio porque no han terminado de escribir su nota al pie de página en los Diálogos de Platón; porque optaron por hilar demasiado fino, por agotar la minucia, ser amos y señores de su esotérica parcela, mientras el tren expreso de lo impostergable pasaba ruidosamente frente a ellos.
No tienen remedio ni tampoco perdón, porque se obstinaron en reducir el orificio de su oído para sólo dejar pasar el hilo un tanto frígido de la razón, taponándolo con cera a todo lo que pareciera sugerencia, mito, insinuación. Porque el mareo de sus cavilaciones no los ha llevado a crear un nuevo estilo de pensamiento, una forma distinta de escribir, tan oxidados se encuentran por redactar informes, glosas, comentarios del comentario del comentario. Porque incluso la tecnología, cada nueva criatura proveniente del Valle de Silicón, genera más conceptos, más desajustes en la realidad que todos los filósofos juntos.
No tienen remedio y mucho menos vergüenza, hoy que se les ve tan cómodos e inofensivos en las vacaciones pagadas de los congresos, que al encerrarse a meditar frente al fuego de la chimenea, de espaldas al mundo, con un guiño posiblemente de desprecio a René Descartes, no es sino para la ensoñación de su año sabático.
No tienen remedio, en fin, por tanta gravedad y suficiencia. Por razonables, por bien portados, porque hace siglos que no se caen a un hoyo al mirar las estrellas. No tienen remedio ni futuro los filósofos, porque sencillamente un día, acaso sin saberlo, renunciaron al radicalismo de inventar de nueva cuenta el porvenir.
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jueves, 20 de noviembre de 2008
La peluca de Warhol
En la sede neoyorquina de la casa de subastas Christie’s la peluca de Andy Warhol fue vendida a mediados de 2006 por 10,800 dórales, casi el doble de lo esperado. El amasijo de pelos platinados al estilo escobeta o puercoespín, que el artista había comenzado a utilizar a finales de los años cincuenta, alcanzó por segunda vez sus previsibles quince minutos de fama después de brindar un servicio constante y nada discreto a su dueño, quien la convirtió en el emblema de su propia imagen elevada a artículo de consumo. Desde luego la peluca subastada no era la única de su guardarropa (su debilidad por la duplicación y la reproductibilidad técnica lo llevó a acumular más de treinta postizos a punto del erizamiento) y mucho menos la primera: el espécimen vendido correspondía a la década de los ochenta, cuando ya Warhol, borrando las fronteras del arte y la frivolidad, el narcisismo y la autopromoción, no aparecía jamás en público sin la corona pilosa que lo identificaba como un astro del pop. Esa peluca, sin embargo, exhibida para su venta en un maniquí, flotando por así decirlo al margen de los lentes y la cabeza de rasgos toscos pero frágiles que solía portarla, esa peluca, indiscernible de las restantes, precisamente porque es un ejemplar más entre muchos, cobra un cariz peculiar, simbólico, que la aleja de la simple condición de postizo y la vuelve una suerte de fetiche, un penacho a través del cual la impostación y la artificialidad se han asumido como segunda naturaleza.
Se sabe que Warhol comenzó a perder el pelo desde joven. La impasible fábrica de sus folículos se negó muy pronto a producir en serie los filamentos para los que había sido concebida, y si ya el artista en ciernes había manifestado cierta insatisfacción ante su apariencia física, el fantasma arrasador de la calvicie sin duda reafirmó su resolución de cambiar cuanto antes de identidad. Tras exponer en una galería de poca monta el cuadro La Mujer me dio la cara, pero puedo escoger mi propia nariz, el entonces todavía Andrew Warhola dedicaría buena parte de su talento como publicista a reconstruirse, a modelarse según su propio gusto, un proceso de búsqueda estética y también comercial en el que la cirugía plástica y los embustes capilares jugarían un papel destacado, y que terminaría con la supremacía definitiva la apariencia sobre el ser, del glamour sobre el genio, del reciclamiento de imágenes sobre una idea quizá ya demasiado devaluada de originalidad.
Tanto como el bigote de Groucho Marx o el lunar en la mejilla de Marilyn Monroe, la peluca de Warhol se alzaría como un sello inequívoco de la cultura pop estadounidense, pero también como un guiño permanente de irreverencia, simulación y parodia. Más allá de que la calvicie suele asociarse con conservadurismo y confort, y se antoja más propia de un gerente de banco que de un artista de vanguardia, el temprano uso de la peluca por parte de Andy Warhol tiene algo de performance sin fin, reafirma en el plano de la apariencia física un programa estético caracterizado por la apropiación de símbolos, un programa en el que reproducción de ídolos y la transformación de estampas reconocibles, de artículos cotidianos y de circulación masiva, lo mismo que de fotografías de celebridades, dará un nuevo significado a las nociones de copia y repetición en el arte. Warhol no recurre a la peluca, ese polvoroso tótem de la respetabilidad y el poder, ese viejo distintivo de la nobleza, para coronar su asenso incuestionable a las cimas de las Bellas Artes; tampoco lo hace simplemente para disimular, según patrones preconcebidos y aceptados, su calvicie o su presunta fealdad; recurre a la peluca, a un modelo falsamente encanecido, despeinado y se diría barato, fundamentalmente para lograr la efigie inclasificable y astrosa del espantapájaros, del artista que mediante un gesto de auto escarnio y reconstitución, de valentía y ocultamiento, ha hecho de sí mismo una estrella esperpéntica, un mito kitsch inconfundible, una silueta para el merchandising.
La peluca de Warhol tiene algo de reminiscencia dandi. Una vez que la obra y la persona son indistinguibles desde el punto de vista de la enunciación artística, y cada cosa que haga o deje de hacer el autor-personaje repercute como un gesto, como un desplante cargado de segundas intenciones, llevar peluca se antoja una declaración de principios. Hay algo de decadente en la incorporación de un postizo a la propia imagen pública, pero también, en la medida que se trata de un postizo estridente, que no esconde su cualidad impostora y falaz, hay algo de bufonada o de cinismo. En cuanto artista que tiene un pie en los gustos de las masas y del bajo mundo, cuyos referentes reivindica (productos de consumo principalmente, ya sean latas de sopa o estrellas de la farándula prefabricadas), pero que al mismo tiempo estira el otro pie para no quedar fuera de la vida social neoyorquina, de la alta cultura con todas sus recompensas de gloria, exclusividad y fortuna, la peluca permanece como un asidero íntimo, al que ya no cabe calificar de artificial, que le permite moverse de un ámbito al otro sin dejar de ser en ningún momento la disonancia, el hombre que por su actitud irónica nunca encaja del todo, si bien incansablemente coquetea con el status quo a través de guiños de perversa teatralidad.

Aunque la peluca de Warhol, en contra de la lógica del simulacro, no aspira a pasar inadvertida (como sí el bisoñé con que los vejetes aplacan los brillos comprometedores de sus coronillas), terminó por ajustarse con tal naturalidad a su imagen provocadora y amiga de los excesos que en él lo sintético parece la floración misma del cuero cabelludo. Tan perfecto es el acoplamiento de la réplica y lo substitutivo con su apariencia incierta y su piel semejante al látex, que en caso de asistir a una fiesta de pelucas Warhol hubiera tenido que hacerlo, para seguir socavando las expectativas, prescindiendo de la suya, con ese disfraz paradójico de mostrarse tal cual es, exhibiendo sus profundas entradas, la deforestación imparable de su cráneo.
En una época en que la peluca ha perdido casi todas sus connotaciones rituales, y sólo perdura como prenda de la simulación y lo elusivo, Warhol la desempolvó para hacer de sí mismo una mercancía, para jugar, con todo el cinismo que conviene al caso, el juego del consumo sin salir demasiado maltrecho, que en el contexto del arte contemporáneo significa demasiado neutralizado y banal. Sabedor de que algún día terminaría devorado por los engranes de la fama a cuyo perfeccionamiento tanto contribuyó, entusiasmado ante la perspectiva de que su imagen se vendería en las tiendas de disfraces en empaques listos para usarse, o bien como muñeco de acción que en ciertos casos no precisamente sarcásticos haría las veces de pareja de Barbie, quien alguna vez respondiera al nombre de Andrew Warhola optó por envolverse en una maraña de pelo metalizado que al mismo tiempo que facilitaba su resurrección como icono no dejaba de tener la complejidad de un señuelo, de una mistificación irresistible. Artista maquinal que nunca renegaría de sus comienzos como decorador de escaparates, jefe de una fábrica de trabajadores del arte en el que la obra es consecuencia de una cadena de montaje, escrupuloso actor de sí mismo, Warhol contaba con el subterfugio de que su propio rostro adoptaría al fin la forma de su máscara.
Publicado en Metapolítica. www.metapolitica.com.mx
Se sabe que Warhol comenzó a perder el pelo desde joven. La impasible fábrica de sus folículos se negó muy pronto a producir en serie los filamentos para los que había sido concebida, y si ya el artista en ciernes había manifestado cierta insatisfacción ante su apariencia física, el fantasma arrasador de la calvicie sin duda reafirmó su resolución de cambiar cuanto antes de identidad. Tras exponer en una galería de poca monta el cuadro La Mujer me dio la cara, pero puedo escoger mi propia nariz, el entonces todavía Andrew Warhola dedicaría buena parte de su talento como publicista a reconstruirse, a modelarse según su propio gusto, un proceso de búsqueda estética y también comercial en el que la cirugía plástica y los embustes capilares jugarían un papel destacado, y que terminaría con la supremacía definitiva la apariencia sobre el ser, del glamour sobre el genio, del reciclamiento de imágenes sobre una idea quizá ya demasiado devaluada de originalidad.
Tanto como el bigote de Groucho Marx o el lunar en la mejilla de Marilyn Monroe, la peluca de Warhol se alzaría como un sello inequívoco de la cultura pop estadounidense, pero también como un guiño permanente de irreverencia, simulación y parodia. Más allá de que la calvicie suele asociarse con conservadurismo y confort, y se antoja más propia de un gerente de banco que de un artista de vanguardia, el temprano uso de la peluca por parte de Andy Warhol tiene algo de performance sin fin, reafirma en el plano de la apariencia física un programa estético caracterizado por la apropiación de símbolos, un programa en el que reproducción de ídolos y la transformación de estampas reconocibles, de artículos cotidianos y de circulación masiva, lo mismo que de fotografías de celebridades, dará un nuevo significado a las nociones de copia y repetición en el arte. Warhol no recurre a la peluca, ese polvoroso tótem de la respetabilidad y el poder, ese viejo distintivo de la nobleza, para coronar su asenso incuestionable a las cimas de las Bellas Artes; tampoco lo hace simplemente para disimular, según patrones preconcebidos y aceptados, su calvicie o su presunta fealdad; recurre a la peluca, a un modelo falsamente encanecido, despeinado y se diría barato, fundamentalmente para lograr la efigie inclasificable y astrosa del espantapájaros, del artista que mediante un gesto de auto escarnio y reconstitución, de valentía y ocultamiento, ha hecho de sí mismo una estrella esperpéntica, un mito kitsch inconfundible, una silueta para el merchandising.
La peluca de Warhol tiene algo de reminiscencia dandi. Una vez que la obra y la persona son indistinguibles desde el punto de vista de la enunciación artística, y cada cosa que haga o deje de hacer el autor-personaje repercute como un gesto, como un desplante cargado de segundas intenciones, llevar peluca se antoja una declaración de principios. Hay algo de decadente en la incorporación de un postizo a la propia imagen pública, pero también, en la medida que se trata de un postizo estridente, que no esconde su cualidad impostora y falaz, hay algo de bufonada o de cinismo. En cuanto artista que tiene un pie en los gustos de las masas y del bajo mundo, cuyos referentes reivindica (productos de consumo principalmente, ya sean latas de sopa o estrellas de la farándula prefabricadas), pero que al mismo tiempo estira el otro pie para no quedar fuera de la vida social neoyorquina, de la alta cultura con todas sus recompensas de gloria, exclusividad y fortuna, la peluca permanece como un asidero íntimo, al que ya no cabe calificar de artificial, que le permite moverse de un ámbito al otro sin dejar de ser en ningún momento la disonancia, el hombre que por su actitud irónica nunca encaja del todo, si bien incansablemente coquetea con el status quo a través de guiños de perversa teatralidad.

Aunque la peluca de Warhol, en contra de la lógica del simulacro, no aspira a pasar inadvertida (como sí el bisoñé con que los vejetes aplacan los brillos comprometedores de sus coronillas), terminó por ajustarse con tal naturalidad a su imagen provocadora y amiga de los excesos que en él lo sintético parece la floración misma del cuero cabelludo. Tan perfecto es el acoplamiento de la réplica y lo substitutivo con su apariencia incierta y su piel semejante al látex, que en caso de asistir a una fiesta de pelucas Warhol hubiera tenido que hacerlo, para seguir socavando las expectativas, prescindiendo de la suya, con ese disfraz paradójico de mostrarse tal cual es, exhibiendo sus profundas entradas, la deforestación imparable de su cráneo.
En una época en que la peluca ha perdido casi todas sus connotaciones rituales, y sólo perdura como prenda de la simulación y lo elusivo, Warhol la desempolvó para hacer de sí mismo una mercancía, para jugar, con todo el cinismo que conviene al caso, el juego del consumo sin salir demasiado maltrecho, que en el contexto del arte contemporáneo significa demasiado neutralizado y banal. Sabedor de que algún día terminaría devorado por los engranes de la fama a cuyo perfeccionamiento tanto contribuyó, entusiasmado ante la perspectiva de que su imagen se vendería en las tiendas de disfraces en empaques listos para usarse, o bien como muñeco de acción que en ciertos casos no precisamente sarcásticos haría las veces de pareja de Barbie, quien alguna vez respondiera al nombre de Andrew Warhola optó por envolverse en una maraña de pelo metalizado que al mismo tiempo que facilitaba su resurrección como icono no dejaba de tener la complejidad de un señuelo, de una mistificación irresistible. Artista maquinal que nunca renegaría de sus comienzos como decorador de escaparates, jefe de una fábrica de trabajadores del arte en el que la obra es consecuencia de una cadena de montaje, escrupuloso actor de sí mismo, Warhol contaba con el subterfugio de que su propio rostro adoptaría al fin la forma de su máscara.
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