jueves, 25 de junio de 2009

Monstruos: El hombre elefante y Michael Jackson


El resurgimiento de El hombre elefante
Los años ochenta del siglo XX representaron la década del resurgimiento de Joseph Carey Merrick, mejor conocido como El hombre elefante, un artista de circo que llegaría a vestirse de frac y cuya sensibilidad y buenos modales hicieron pensar a muchos que se trataba de un distinguido caballero atrapado en el cuerpo de una bestia. En 1980, en una adaptación del libro homónimo de Sir Frederick Treves, médico del más elegante de todos los monstruos, David Lynch llevó a la pantalla su historia envuelta en un ambiente de niebla y pesadilla, con John Hurt y Anthony Hopkins en los papeles estelares. Pocos años más tarde, antes del lanzamiento de Bad, ocho veces ganador del disco de platino, se esparció el rumor de que Michael Jackson pretendía comprar los huesos del joven Joseph Merrick (1862-1890), quien había muerto a los 27 años de edad en Londres, después de una breve y tortuosa vida consagrada a exhibir en público su cuerpo desproporcionado y lleno de protuberancias.

El hecho de que dos grandes figuras de la cultura estadounidense, dos polos de la industria del espectáculo que trabajaban en las inmediaciones de Hollywood —Lynch y Jackson— mostraran un interés sin precedentes en un lejano y casi olvidado caso clínico, da mucho qué pensar acerca del extraño destino de un hombre enfermo que, cerca de un siglo después de muerto no conseguía descansar en paz. Joseph Merrick (no John: un error en la trascripción de su nombre —John por Joseph— llevó a que se impusiera en el imaginario colectivo) seguía despertando la irresistible tentación de ser exhibido como un fenómeno de la naturaleza, pese a que a lo largo su vida no pasó un día sin que se entregara al anhelo de pasar inadvertido, de ser confundido con un hombre cualquiera —con un hombre normal.

El espejo deformante de Michael Jackson
De acuerdo con la información que con lujo de escándalo se filtró a los periódicos, el cantante Michael Jackson ofreció al London Hospital Medical College, institución que alojó a Merrick los últimos años de su vida y conservó su esqueleto después de muerto, la suma de un millón de dólares a cambio de aquellas auténticas reliquias de circo —probablemente las más célebres en los anales de la teratología—, con la aclaración, por si hacía falta, de que “no tenía intenciones de lucrar con los huesos en lo absoluto y cuidaría de ellos con toda la dedicación de un coleccionista devoto a las piezas de arte y las antigüedades”. Según el manager de Jackson, Frank Dileo, la estrella del pop sentía gran respeto por la memoria de Merrick, “había leído y estudiado todo el material disponible acerca de El hombre elefante, y había visitado en un par de ocasiones el Hospital de Londres para contemplar los restos de Merrick. Su fascinación por el significado histórico del personaje había crecido con cada visita, junto al deseo de integrarlo a su colección de raras memorabilia en su residencia de California.”

No está de más añadir que, ante la obstinación del cantante, el hospital londinense hubo de rechazar la oferta de manera tajante, que en aquel entonces se acompañaba de toda clase de comentarios sensacionalistas y chismorreos sobre las operaciones estéticas y cambios de pigmentación a las que se había sometido el propio Jackson, al parecer con la intención quimérica de dejar de ser quien hasta entonces había sido: un varón de piel negra. Y ante la negativa, pero sin desmentir jamás su genuino interés por el prodigio victoriano, el miembro más notable de los Jackson Five se vio obligado a declarar que todo había sido un rumor, que nunca había tenido intención de pagar ninguna suma a cambio de ese respetable montón de huesos: “Esa es otra historia estúpida —sonrió ante las cámaras de Oprha, el popular show de televisión—. Amo la historia de El hombre elefante, hace que me acuerde mucho de mí mismo, de algún modo siento un vínculo, me hace llorar porque me veo reflejado en su historia, pero no, nunca solicité… ¿dónde se supone que iba a poner los huesos? ¿Y para qué diablos querría yo esos huesos?”

Esta última pregunta era precisamente la que se plantearon las autoridades de la institución médica londinense y todos y cada uno de los reporteros que dieron cuenta del caso. ¿Para qué quería Michael Jackson los huesos de El hombre elefante? ¿Qué tenía en mente hacer con ellos? ¿Adorarlos como si se trataran de las reliquias de un dios pagano? ¿Contemplarlas día y noche con esa extraña fatuidad de quien se mira en un espejo? ¿Anticipaba ya el destino de soledad y horror que fue construyendo para sí mismo?

La sola posibilidad de que Jackson encontrara en la cercanía de ese esqueleto un motivo de inspiración ya se antoja desencaminado. Pero hay reportes fidedignos de que algunas veces se aventuró a salir a la calle con un capuchón idéntico al que cubría la deformidad de Merrick, sólo que más pequeño (el original, a causa de las protuberancias craneales, alcanzaba un metro de circunferencia), y cualquiera puede constatar que en sus últimas apariciones en público el artista y bailarín, con una insistencia en la que cualquiera encontraría la sombra de una obsesión, como si tuviera que recordárselo en primer lugar a sí mismo, salpica su conversación con la advertencia peregrina de que él también es un ser humano: “Pero no se olviden de que soy un ser humano” dice una y otra vez; “¡Michael Jackson también es un ser humano!”



La quimera de lo normal
Todo lo que se presenta como indefinible, híbrido, intersticial, que es mitad bestia y mitad humano, que subvierte la división de los géneros y escapa a las leyes de la uniformidad, tiende a ser desplazado hacia el margen, ocultado y perseguido, como si fuera un emblema de lo impuro, de lo degradado, un resquicio en el tejido de la naturaleza por el que se atisba el desorden, lo abisal —y también el peligro. Lo monstruoso es la encarnación de nuestros miedos, es decir, de nuestras posibilidades no desarrolladas; como una irrupción al mismo tiempo obsesionante y terrible el monstruo condensa en una figura grotesca —y obscena por su atrevimiento— lo que hemos querido tachar, lo que nos hemos prometido olvidar para siempre. Disonancia en medio de una armonía reconocible, aberración que emerge de entre la placidez de lo homogéneo, bestialidad que pervierte la identidad de lo humano, el freak destroza nuestras inercias clasificatorias y se convierte en excepción, en amenaza; un representante del Error que viene a trastocar el orden que creíamos permanente, y ante el cual reaccionamos con espanto pero también con violencia: a tal grado nos aferramos a la seguridad categorial que el monstruo niega, a tal grado hemos interiorizado la negatividad estética y moral que implica su diferencia, que pertrechados en la deshilachada bandera de la norma hacemos todo lo posible por garantizar su devaluación, cuando no su eliminación sistemática.

Por más que estuvo envuelta en las más finas maneras británicas, la relación entre Merrick y su protector, Frederick Treves, fue siempre de naturaleza paradójica. Símbolo de perseverancia frente a la adversidad, desafío ante los sentimientos de lástima y tolerancia, Merrick había terminado sus días como una suerte de mascota del horror para el entretenimiento de las clases acomodadas victorianas, como el monstruo doméstico de gran belleza interior, situación que en más de una ocasión atormentó al propio Sir Treves, quien tras rescatarlo de los ambientes opresivos de las barracas de feria lo había rodeado de comodidad, atenciones y buenos libros, pero únicamente para convertirlo en una curiosidad médica, constriñéndolo a mostrar su cuerpo horripilante al igual que antaño —sólo que ahora ante ojos de probada respetabilidad.

El gran deseo del doctor Treves era que los demás trataran a su paciente como a cualquier otro enfermo, anhelo tan patético como irrealizable que, como bien advertía Merrick, atento lector de Frankenstein, sólo se habría cumplido en el pabellón de los ciegos, los únicos que no parecían dar mucha importancia a las deformidades físicas y tendían a tratar a los monstruos de modo gentil y considerado. El propio Treves, que se esforzó en construir con su protegido la quimera de una amistad desinteresada, era incapaz de relacionarse con él de un modo que no introdujera la sombra de la conmiseración, y todas las atenciones y comodidades que le regalaba quizá no significaran otro cosa que el esfuerzo por hacer más llevadero su sentimiento de culpa.

Como muchas veces cuando se intenta ignorar una estridencia, cuando por doloroso y terrible se quiere cerrar los ojos ante lo inevitable, lo único que se consigue es que esa estridencia sea más clamorosa y molesta, y el dolor que produce más profundo, los cuidados y consideraciones que cobijaban a Merrick —cuidados y consideraciones a los que por supuesto no estaba acostumbrado—, acaso tuvieron la consecuencia de ahondar más el sentimiento de diferencia que había signado su vida, confundiéndolo sino es que llenándolo de amargura, del mismo modo que un sombrero de copa en su cabeza gigante y amorfa, después de la primera impresión positiva, a la postre sólo contribuía a hacer más evidente su desproporción y su rareza.

El sueño de la horizontalidad
A causa de la presión social, que ejerce ante lo extraño y lo deforme una fuerza centrífuga condenatoria no exenta de crueldad, el horror del monstruo suele presentar un filo doble, pasivo y activo, pues al mismo tiempo que se convierte en surtidor de miedos y aprensiones, ha de padecer en carne propia el pavor al que ha sido relegado, y como si su conciencia se hubiera modelado ante el espejo de rechazo que enfrentó desde su nacimiento, experimenta temor y desconfianza hacia los otros, los convencionales y uniformes, a quienes termina también por rehuir. El ciclo de marginación se completa cuando el monstruo interioriza su carga de horror hasta el punto de aceptar y perpetuar el aislamiento, maldiciendo su diferencia en la oscuridad e irradiando un odio que a la postre dirigirá contra sí mismo.

Por lo que se sabe, Merrick no había desarrollado este género de animadversión contra su propio estado, y entre las palabras más comunes de su vocabulario destacaban, tal como esperaban sus cándidos pero fisgones contemporáneos, las de agradecimiento y ternura para quienes se ocupaban de él. A pesar de que la figura de El hombre elefante ha terminado por representar la perversidad que supone exhibir las posibilidades no deseadas del ser humano, lo malsano de sacar a la luz lo que se quiere negar, en su breve autobiografía Merrick no se lamenta de la época en que se vio obligado a buscar su lugar en el mundo como un fenómeno de circo, ni encuentra especialmente sórdido o inhumano el trato que recibía de su antiguo socio, a quien considera un “amigo amable” (y no un borracho usurero, como lo pinta Lynch). En unos versos que datan de sus años en las barracas ambulantes, y que servían a manera de volante publicitario para atraer espectadores, Merrick parece resignado ante su condición de monstruo, entendiéndola como una especie de designio divino, de fatalidad: “Tis true my form is something odd, / but blaming me is blaming God.” (“Es verdad que mi apariencia es un tanto extraña, pero culparme a mí es culpar a Dios.”)

Desde muy joven, Joseph Merrick era consciente de que no podía alcanzar el estatuto de un hombre normal. Cuando quedó huérfano a la edad de diez años, y vagaba por las calles de Londres como un oscuro lustrabotas que ni siquiera Dickens pudo imaginar, su anormalidad le permitió sobrevivir en el circo, transformando, en medio de aquellas condiciones difíciles, una peculiaridad terrorífica y embarazosa en una suerte de ventaja imprevista. Y aunque más tarde vestiría trajes a la medida, pese a que se esforzaba por tomar el té de la manera más educada y elegante de la que era capaz, su gran obsesión, el sueño que terminaría por llevarlo a la tumba consistía en poder dormir como todos los demás miembros del género humano: en posición horizontal.

A partir de los dos años, cuando su madre Mary Jane comenzó a advertir el surgimiento de pequeñas manchas y protuberancias en su adorado niño, Joseph se vio obligado a dormir de lado, siempre en postura fetal, o bien con la asistencia de una montaña de almohadas que lo mantenían sentado. El peso de su cabeza descomunal amenazaba con dislocarle el cuello, y apenas se inclinaba unos segundos boca arriba comenzaba a padecer los signos del sofocamiento.

La noche del 11 de abril de 1890, sin embargo, se sintió con ánimo suficiente para experimentar hasta qué punto era diferente del resto de los hombres. Esa noche, quizá después de contemplar largo rato su brazo izquierdo, la única parte de su anatomía que no había sido infestada por tumores repulsivos, la única parte diagnosticada como “normal”, se tendió boca arriba, consciente de que ese experimento podría traducirse en un suicidio, a sabiendas de que esa quimérica horizontalidad tal vez lo igualaría a los demás hombres pero sólo en el acto de morir. El peso de su pecho y su cabeza fue demasiado para su estrafalario esqueleto, que se venció llevándolo a la asfixia. Merrick murió contemplando el paisaje con el que tanto había soñado: la pintura blanca del techo, su pequeño pedazo de cielo que en medio de la penumbra pudo contemplar al fin, del mismo modo desconsolado y ausente con el que todos los seres humanos abandonamos cada noche el mundo de la vigilia.

Las circunstancias de su muerte despertaron toda clase de suspicacias e interrogaciones, quizá porque la explicación que se imponía naturalmente —la del suicidio—, parecía disparatada e increíble en un individuo enternecedor e ingenuo que, pese a sus diferencias, todos reputaban un monstruo feliz. Se decidió que era una falta de tacto continuar las investigaciones forenses en alguien que había estado expuesto durante toda su vida a las miradas morbosas de los hombres como una curiosidad de circo, y no se indagó más. Hoy se sabe que Joseph Merrick no padecía de elefantiasis, sino de un extraño síndrome conocido como el síndrome de Proteo, el dios que cambia de forma, y también que en ningún momento de su vida gritó, como en cambio Michael Jackson sí haría un siglo después, “¡No soy un animal, no soy un animal!”

sábado, 30 de mayo de 2009

Los astronautas no quieren volver a casa

Las vicisitudes o las incomodidades del viaje suelen hacernos desear con desesperación el camino de regreso, no importa que la vuelta a casa suponga un reacomodo en viejas pesadumbres. La nostalgia del hogar, la ensoñación engañosa de los placeres ya casi imperceptibles de la rutina, la necesidad de reencontrarse con la persona amada —de quien en cierto sentido habíamos escapado hace unos días— borra o cuando menos difumina toda la carga de malestar y hartazgo que pudiera pesar en nuestra consideración de lo cotidiano. Quizás una vez sentados en el mismo sillón de siempre, en ese sillón polvoroso que se ha deformado siguiendo el contorno de nuestra espalda, quizá cuando seamos nuevamente amos y señores del cuarto de baño y nos apoltronemos como un emperador al que se le han restituido sus dominios, muy pronto esas pequeñas satisfacciones nos parezcan superfluas, prescindibles, y no tardemos en irritarnos por el goteo del lavabo, por la fecha marcada en rojo del día que hay que pagar la renta, por cada una de las engorrosas nimiedades con que llenamos la existencia. Pero por unos momentos, al filo del asiento del autobús o del avión, cuando todavía faltan un par de horas para llegar a nuestro destino, esa nostalgia se superpone a cualquier resabio de cansancio o de pereza o hastío, y necesitados de esa tierra firme de lo familiar y lo inalterado, anhelamos que en casa las cosas sigan como siempre, sin la menor variación, incluida la aborrecible fuga del lavabo.

La expectativa de la vuelta está teñida de alivio pero también de cierto grado de zozobra. Si al volver descubrimos que aquella firmeza prometida se ha roto, que nuestra casa ha sido saqueada o revuelta por un extraño, que algún amigo ha muerto, que la persona amada se ha ido para siempre con sus maletas, implicaría de algún modo la continuación de la odisea, la falta de reposo que es consustancial al viaje; significaría no haber vuelto del todo porque ya los puntos de referencia también se modificaron. Si añoramos la monotonía del hogar es en buena medida porque supone la terminación del periplo en el que nos hemos embarcado. Más que regresar a lo mismo nos urge poner punto final a la mudanza, a la caravana de novedades, y ese punto final, ese eje en el que acaso asimilaremos los cambios, debe permanecer inamovible.

Volvía de un viaje después de todo no tan largo como para experimentar la ansiedad y la tristeza de estar a pocos kilómetros de casa, cuando alcancé a leer en el reflejo del vidrio el titular de un periódico que leía mi vecino de asiento: “Los astronautas no quieren volver a casa”. En la ventanilla del autobús los postes del cableado eléctrico se sucedían como una especie de cuenta regresiva que indicaba la proximidad de la ciudad, y allí, entre las gotas de la lluvia que resbalaban y hacían dibujos caprichosos en el vidrio, pude enterarme, en caracteres que yo veía invertidos, de la reticencia y el dolor de unos hombres que, suspendidos a cientos de kilómetros de la Tierra durante meses, deben prepararse para regresar no solamente a su hogar, sino a rutinas más poderosas y que damos por descontadas: a la fuerza de gravedad y la presencia del aire.

Mientras yo veía, detrás del reflejo del periódico, cómo la vegetación comenzaba a escasear y de tanto en tanto aparecía la descorazonadora contundencia del cemento, imaginaba el paisaje contrastante que verían aquellos astronautas desde su escotilla: el globo azul y deforme del planeta flotando en medio de la vastedad del negro, aquella masa solitaria y en silencio, convertida por obra de la distancia en una hermosa abstracción, en un espejismo hipnótico. ¿Por qué no querrían volver los astronautas? ¿Era la pérdida de dimensiones lo que los hacía sentir desapego y una repugnancia sorda? ¿Era el paisaje del planeta visto desde fuera a tal punto absorbente y embriagador como para no querer jamás perdérselo?




Uno de los astronautas renuentes declaraba que aun cuando la vida en la Estación Espacial Internacional consistía en largas jornadas de trabajo, apenas sin interrupción, y que placeres habituales como la comida (la comida auténtica) estaban por completo canceladas en ella, los días previos al regreso le oprimían el corazón horriblemente, quizás a manera de compensación por la falta de gravedad, y entonces lloraba como un niño rebelde y se resistía a dar por concluidas unas vacaciones que hubiera dado todo el dinero del mundo porque fueran permanentes. Explicaba que ese sentimiento de negación y desprendimiento, mucho más punzante que la nostalgia, no era un simple fastidio ante la condición mundana de la existencia en la Tierra (con sus facturas por pagar y sus deudas acumuladas y sus atascos de tránsito), ni tampoco se limitaba a la perspectiva, desalentadora para cualquiera, de pasar varias semanas después del aterrizaje bajo supervisión médica, aprendiendo de nueva a cuenta a caminar, dedicado día y noche a recomponer la degradada fábrica del cuerpo. Todos esos inconvenientes eran poca cosa si se los comparaba con una sensación más profunda de alejamiento y extrañeza, tal vez de ruptura definitiva, que fácilmente les hacía creer que allá, en la inmensidad, más que un trabajo científico han completado una suerte de hibernación —una tabula rasa—, y justo ahora que gozan de un corazón nuevo y que la memoria por primera vez se ha limpiado de pesares y acusaciones, de remordimientos e impurezas, llega el momento de regresar a la Tierra para estropearlo todo.

En un aforismo de El inconveniente de haber nacido, Cioran contrapone a las miserias y enfados de todos los días la imagen del planeta girando como un trompo en el espacio: esa estampa relativamente reciente, para la que ningún hombre estaba preparado, y que puede tener el efecto de pulverizar cualquier incidente terrestre o cualquier infatuación humana. Revolviéndome en el asiento del autobús a pocos minutos de estar de nueva cuenta en casa, recordé ese aforismo y lo extrapolé al estado mental del astronauta que durante varios meses se enfrenta a aquel paisaje incomparable, y reflexionando sobre la condición espiritual del hombre desterritorializado en los desiertos del cosmos, sin otro asidero que la insignificancia palpable de la Tierra, me pareció entender por qué, en medio de una odisea espacial, no hay Ítaca que valga. Después de todo, los astronautas coinciden en que la fase más excitante del viaje es poco después del despegue, cuando la Tierra va quedando atrás, y al atravesar la atmósfera deja de ser el centro del universo para convertirse en una roca, en un pedrusco iridiscente de gran belleza pero ya de alguna manera ajeno, un pedrusco como muchos de los que ruedan en el vacío.

Ya en el umbral de mi casa, cuando hurgaba inútilmente en mis bolsillos en busca de las llaves de la entrada y me convencía de que no había más remedio que ir en busca de un cerrajero que abriera después de la medianoche, pensé, con esa mezcla de envidia y de nostalgia invertida de las cosas que nunca nos ha tocado ni nos tocará vivir, en la imagen del cosmonauta que flota en el espacio para siempre no por una falla mecánica, sino por voluntad propia, como un acto de deserción y renuncia ante todo lo que implica la vida en la Tierra. Un hombre que se desenchufa y pierde todo contacto, que prefiere vagar por el espacio contemplando el planeta desde lejos, a una muy prudente distancia.

viernes, 15 de mayo de 2009

Tiempo estimado de vuelo

Plantas y elíxires que nos mantienen de pie, como si se trataran de muletas y báculos.


La seducción del vicio consiste en hacernos creer que hemos sido vencidos por sus encantos, cuando somos nosotros quienes espontáneamente nos hemos dirigido hacia él.


De iniciadora en los misterios, como en Eleusis, la droga ha descendido a mero carburante.


Pocas cosas estropean más la embriaguez que formarse una idea clara del tiempo estimado de vuelo.


Hay trayectos de la droga que nos echan en cara nuestra mala condición espiritual.


La hilaridad es la forma más alta de no perder el hilo.


El sistema nervioso podría compararse con un arbusto que de tanto en tanto produce esa flor que llamamos carcajada.


La cercanía de un hombre ebrio contagia de embriaguez a todo lo demás.


Un círculo que no es vicioso es un poquito anodino.


Vendrá ese día en que cada uno de nuestros estados de ánimo estará regido por la estimulación artificial. Entonces seremos finalmente lo que siempre hemos soñado: parásitos de nuestro antojo.


El rostro se convierte en espejo de nuestros vicios, pero rara vez de nuestras virtudes.


La ebriedad es tiempo hipotecado.


La necesidad de la droga es un erizamiento que acecha en nosotros como el tigre al interior del gato.


Interrumpir bruscamente un vicio supone un esfuerzo más grosero que mantenerlo en esos niveles que sólo nos reportan placer.


La droga entendida como polilla: como un insecto que perfora y abre pequeños túneles y galerías en esa vieja víscera que llamamos cerebro.


Una droga del todo satisfactoria merece nuestro desprecio, pues ha apagado algo en nosotros.

martes, 28 de abril de 2009

Marihuana: el fiasco del paradigma prohibicionista


La humanidad ha convivido a lo largo de la historia con las drogas. Hay usos documentados en todas las civilizaciones, incluidas desde luego las prehispánicas. Usos rituales, medicinales, lúdicos, festivos. En esa convivencia han abundado también prohibiciones de toda clase, como la de la Roma preimperial, que reservaba el consumo de vino a los varones mayores de 30 años y castigaba a los infractores con la ejecución. Por su parte, el emperador Marco Aurelio, que recibía cada mañana con una ración de opio, desaconsejaba el uso de esta sustancia a los menores de 50 años, y aunque no lo prohibió tajantemente al tener las riendas de Roma, sus observaciones en esta materia hablan del respeto que debe tenerse a las drogas en general y del grado de madurez necesario para convivir con ellas.

Sin embargo, la prohibición y penalización de una droga no ha resultado ser la mejor estrategia para reducir los efectos indeseables de una inclinación humana —una inclinación hacia la ebriedad— que, en lugar de estigmatizarse, debe ser reconocida y tomada en cuenta. Suele suceder justo al revés. La prohibición tiene efectos contrarios a los esperados. Es bastante conocido el caso de la Ley Seca estadounidense, otra vez en boca de todos gracias a la comparación que hizo hace pocos días el presidente Barak Obama de la lucha contra el narcotráfico en México y Los Intocables de Eliot Ness, pero hay muchos casos análogos. Traigo uno a cuento: en Rusia estuvo prohibido el café buena parte del siglo XIX. Se hablaba de la gran toxicidad y dependencia que causaba la cafeína, del estado de ansiedad al que conducía este excitante que hoy está en las alacenas de todo el mundo. Al que violaba la interdicción se le llegaban a cortar las orejas. Pero fue precisamente durante ese periodo que el consumo fue más desmedido: los adeptos al café solían beber litros y litros de una sola sentada, alcanzando los estados de excitación y angustia que habían sido el origen de la prohibición.

Hoy, a la distancia, tanto el caso de la Ley Seca en Estados Unidos como el de la prohibición de café en Rusia nos parecen estrategias desencaminadas, incluso risibles, de tan ineficaces; y no sería extraño que en unos años sucediera lo mismo con la marihuana.

La penalización de la marihuana, como la de muchas otras drogas que permanecen prohibidas, es un fenómeno relativamente reciente, que data del siglo XX. En México está documentado el consumo de cannabis —una planta exógena— por lo menos durante todo el siglo XIX, en particular entre los entonces llamados “bohemios” —pero también entre los soldados—, y es fácil advertir la familiaridad que existía con esta droga (en su modalidad de cigarrillo y no sólo macerada en alcohol para las reumas) si uno repara en la popularidad de una canción como “La cucaracha”, que famosamente alude a la hierba, y cuyo origen algunos historiadores ubican en fecha tan lejana como 1818.

Sobre la presencia, digamos consuetudinaria, de la marihuana en la sociedad mexicana hay incontables testimonios, pero creo que uno de los más reveladores es el del escritor español Ramón del Valle-Inclán, pues en sus textos se refleja una actitud muy diferente de la actual con respecto al cáñamo. En una entrevista publicada en 1918, Vallé-Inclán, que había probado la marihuana por primera vez en México y se había aficionado a ella, afirma con un tono un tanto exaltado:

–A mí México me parece un pueblo destinado a hacer cosas que maravillen. Tiene una capacidad que las gentes no saben admirar en toda su grandeza: la revolucionaria. Por ella avanzará y evolucionará. Por ella... y por el cáñamo índico, que le hace vivir en una exaltación religiosa extraordinaria.
–¿Por el cáñamo índico?
–Por la hierba marihuana o cáñamo índico, que es lo que fuman los mexicanos. Así se explica ese desprecio a la muerte que les da un sobrehumano valor.

Valle-Inclán

Y no hay que olvidar que también en Estados Unidos era otra la relación con muchas de las drogas hoy prohibidas. Sin ir más lejos se puede mencionar el caso de la cocaína, que en su momento estaba presente en la fórmula de la coca-cola, y no fue sino mucho después de que este refresco se vendiera libremente a manera de tónico que la cocaína terminó simbolizando una droga de “afroamericanos degenerados” y por tanto se la prohibió. Y al parecer el caso de la marihuana en el país vecino no estuvo tampoco disociado de prejuicios raciales, y hay estudiosos, por ejemplo Antonio Escohotado, autor de una Historia general de las drogas, que vinculan la prohibición de la marihuana en Estados Unidos con el miedo a la migración masiva de mexicanos, pues ya desde antes de la Gran Depresión habían cruzado la frontera hordas de connacionales en busca de trabajo, llevando del otro lado del Río Bravo la pegajosa afición a la “cucaracha”.

Son muchos los factores que explican que en la primera mitad del siglo XX comenzara en la mayoría de los países una ola de prohibición generalizada de sustancias tóxicas, y entre esos factores se cuenta, por supuesto, el hecho de que el opio, el alcohol, la marihuana o la cocaína pueden ser sustancias poco recomendables en ciertos casos y para determinadas personas. Pero más allá de los complejos factores que entran en juego en una prohibición de la magnitud de la que todavía está en boga, me interesa subrayar que con una prohibición de este tipo se decreta la minoría de edad del hombre con respecto a los estupefacientes. Pese a que no está enunciado así en ningún lado, el trasfondo es claro: el hombre está incapacitado para lidiar con sus estados alterados de conciencia.

Un primer aspecto de la penalización indica que el individuo no puede hacer con su cuerpo y su conciencia lo que quiera. Hay límites a la libertad individual más allá de posibles daños a terceros. Con respecto a ciertas sustancias tóxicas con las cuales pretende alcanzar la ebriedad, el hombre está en una permanente minoría de edad.

El segundo aspecto de la penalización lo equipara a un problema de salud: la única manera de no entrar en un proceso penal es declararse adicto, clínicamente enfermo. Que en realidad es otra manera (desde el ámbito de la medicina) de declarar que el consumidor no puede hacerse responsable del uso de drogas, independientemente de si en la práctica le ha traído daños a su salud. La tendencia general es que la adicción se mida con el rasero de una portación máxima diaria para consumo personal (que si 3 o 5 gramos, que si cuatro flautines o un par de gallos bien dotados), pero se olvida que aquí hay un amplio margen debido a la tolerancia que estas sustancias generan, sin que por ello haya necesariamente un problema médico real.

En el paradigma prohibicionista actual sólo hay dos opciones: delincuente o enfermo, lo cual ya muestra que toda la cuestión está teñida desde su base de un tremendo maniqueísmo.
Y apenas parece necesario insistir en que una consecuencia indeseable pero elemental, contraria al espíritu mismo del paradigma prohibicionista, fue que si las drogas tenían el atractivo de lo desconocido, de lo peligroso, de la promesa de disfrute —si bien no exenta de los riesgos que hay en todo trance—, los legisladores que por primera vez pusieron a la cannabis en la lista de las sustancias prohibidas le confirieron un atractivo añadido: el de la transgresión.

Pero quizás el aspecto que más ha contribuido a que la prohibición de la marihuana se mantenga por encima de una evaluación medianamente objetiva de sus resultados (la prohibición misma es la verdadera Intocable), tiene que ver con que detrás de ella hay una presión moral que enturbia de raíz las discusiones, y que hasta la fecha ha entorpecido cualquier avance en la evaluación de la política prohibicionista y de sus dividendos.

Para cambiar de paradigma con respecto al consumo de marihuana (siquiera como ejercicio mental, para discutir en serio las opciones de despenalización o legalización regulada de la cannabis a casi un siglo de su prohibición generalizada), habría que comenzar por eliminar este sesgo moral todavía demasiado presente, situarnos al margen de este tabú que lastra el pensamiento y que ha sido recogido y entronizado en los acuerdos internacionales sobre psicotrópicos, y que no ha cesado de manifestarse de diversas formas:

1) En la prensa se tacha de “mariguanadas” cualquier propuesta en esta dirección. Titulares a ocho columnas se complacen en desprestigiar de entrada argumentos e iniciativas por considerarlas propias de un empedernido pacheco.

2) Superestrellas de los Juegos Olímpicos como Michael Phelps y Usain Bolt son estigmatizados por fumar hierba; no sólo les cancelan contratos publicitarios sino que de alguna manera son bajados de sus pedestales de ídolos, siendo que ese consumo, puramente lúdico, no tiene nada que ver con una maniobra para mejorar su rendimiento, al tratarse de competidores en pruebas de velocidad.

3) Los posibles daños a la salud de fumar marihuana están envueltos en una bruma de medias verdades que la hace aparecer más dañina de lo que en realidad es. Como muchos investigadores han resaltado, los estudios farmacológicos sobre la cannabis parecen hasta ahora condenados al oscurantismo —otros han descrito la situación como de “barbarie farmacológica”—, de allí que buscar datos fidedignos parezca tan difícil. Sin embargo, aunque la marihuana no es del todo inocua, pues hay pruebas suficientes de que a largo plazo afecta la memoria inmediata, puede provocar crisis de pánico, etc., de ningún estudio serio se desprende que sea más peligrosa que el alcohol, o más adictiva que éste, o estadísticamente más asociada con la violencia o el crimen, y sin embargo, a la hora de discutir la despenalización o la legalización, esta evidencia se omite o de plano se tergiversa.

4) Otra muestra de que en este terreno imperan los resabios moralinos se da en el terreno de la salud pública. Por más nociva que pueda ser la marihuana no puede compararse, en cuanto problema de salud, con otros de mayor gravedad y sin embargo desatendidos. Puesto que los índices más preocupantes en la actualidad en el rubro de salud pública en México corresponden a la obesidad y a la diabetes, si en verdad fuera una política sana la de fiscalizar lo que los individuos nos llevamos a la boca debería estarse discutiendo cómo regular la venta de comida chatarra y refrescos y no el consumo de la marihuana; debería estarse evaluando en la Cámara de diputados hasta qué punto sería conveniente etiquetar las donas y los pastelillos, por ejemplo, con una leyenda del tipo: “el abuso en el consumo de este producto afecta la salud”. A estas alturas debería haber quedado claro que en materia de alimentación, la sociedad mexicana está sumida en una alarmante minoría de edad. Pero el punto que quiero resaltar es el siguiente: no se trata de preguntar por qué se prohíbe lo que modifica nuestra percepción y no lo que altera drásticamente nuestros niveles de insulina, sino de una pregunta más general: ¿con qué derecho se interfiere en lo que las personas hacen consigo mismas y con sus cuerpos?

* * *

Estamos en una situación de facto de consumo generalizado de marihuana, en la que prácticamente en todos lados se fuma, cualquiera tiene acceso a ella y es parte de la cotidianidad, donde presidentes como Barak Obama no tienen empacho en confesar que la han probado alguna vez, y sin embargo pareciera, tal como la discusión suele darse, que fuera la peor bajeza.

Y por más extendido que esté, el consumo de cannabis se desarrolla en un ambiente de falta de información verídica sobre sus efectos, en medio de toda clase de estigmas hipócritas y un combate policiaco y militar que en principio no puede surtir efecto por la sencilla razón de que la demanda no da visos de terminar. Hay una necesidad humana de ebriedad, de exploración, de autoconocimiento, de diversión y si se quiere de escape de la rutina, que si ha existido a lo largo de la historia no está claro porqué habría de detenerse por simple decreto. Hilaridad, camaradería, relajamiento, ver las cosas bajo otra luz… Se trata de impulsos demasiado humanos, con los que otras culturas en otros tiempos pudieron lidiar aceptablemente.

De allí la consecuencia más notoria de la lucha contra el narcotráfico: el "efecto hidra", la asombrosa rapidez en la recomposición de las estructuras delictivas al ser desmembradas; puesto que hay demanda, cualquier golpe es sólo transitorio, no tardará en surgir una nueva cabeza para abastecerla.

A estas alturas, abrir cualquier periódico o sintonizar cualquier noticiario debería bastar para dejar en claro que el combate penal es demasiado costoso para el Estado y para la sociedad; tan costoso en términos económicos, de inseguridad, corrupción y sobre todo de vidas humanas, que es necesario replantearlo y hacer tabula rasa.

¿Es racional el gasto que se invierte en el combate a la marihuana comparado con los daños que podría causar si se dejara de hacerlo? ¿No es más dramático y gravoso que mueran miles y miles de hombres por ese combate si se contrasta con los problemas de salud e incluso con los delitos que ese consumo podría provocar?

Y desde el punto de vista moral (que tanto parece importar, aunque nunca se haga del todo explícito), ¿no es más reprobable la corrupción a todos los niveles que ha propiciado el narcotráfico que la simple falta, la bajeza de fumarse un churro?

No hay que olvidar que todas estas aristas de la situación tienen además repercusiones en la legitimidad de la lucha misma contra la droga, es decir, repercusiones que alcanzan la legitimidad de la acción del Estado:

En primer lugar, como los recursos públicos están mal enfocados en este rubro (se utilizan fundamentalmente para el combate y no para la educación y la prevención), en muchas comunidades los propios narcotraficantes son los que financian escuelas, complejos deportivos, parques y sitios de recreo, etcétera, de manera que son ellos los que se convierten en héroes, en ejemplo a seguir.

En segundo lugar, como se mueven asombrosas cantidades de dinero gracias a la prohibición vigente, la corrupción inunda la lucha desde su base, al punto de que en muchos lados de esta llamada “guerra” la pregunta sobre quién tiene el control, el narco o el Estado, no es una pregunta retórica.

En tercer lugar, a fin de mantener la prohibición, se genera un clima de inseguridad y muerte desproporcionado en función de aquello que se pretende proteger.

Dinero mal invertido, corrupción, inseguridad, muertes que se cuentan por miles… ¿No es ya tiempo de renunciar al paradigma prohibicionista? ¿Quiénes son los más interesados en que este paradigma se perpetúe? ¿Quiénes son los más beneficiados? La respuesta a estas preguntas, que inequívocamente apuntan en la dirección de los narcotraficantes, es motivo suficiente para abandonar la política prohibicionista con respecto a la marihuana.

Aunque la forma en que ha de dejarse atrás este paradigma desfondado todavía está por construirse (a mi juicio, la mera despenalización, es decir, la renuncia a sancionar la posesión de pequeñas cantidades de droga destinadas al consumo personal es por muchas razones insuficiente), la legalización completa de la marihuana —de su consumo pero también de su cultivo y venta regulados— permitiría que el Estado utilice mejor su dinero: millones de pesos que hoy sirven para ese combate se podrían destinar a educación y cultura, además de a campañas informativas en materia de drogas y al fortalecimiento de los centros de rehabilitación. Legalizar no es promover; con los recursos canalizados adecuadamente habría mayor conciencia de los riesgos del consumo de marihuana. Y si digo que hay que aumentar la inversión en educación y cultura en este país (que por cierto está muy por debajo de las recomendaciones de la UNESCO), se debe a que no sólo es necesario aportar conocimientos farmacológicos objetivos para el consumo responsable de la marihuana, sino que además se deben proporcionar las condiciones culturales y educativas que propicien un ambiente en que el ciudadano deje de asumirse y de ser visto como un menor de edad en muchos respectos, no sólo en su relación con las sustancias tóxicas.

Y no hay que desestimar que si, además de despenalizar, el Estado se decide a gravar el consumo de marihuana, es decir, se apuesta por una legalización controlada (si lo regula de una forma parecida al alcohol), tal vez a través de expendios autorizados o de fumaderos, en lugar de derrochar dinero va a obtener ganancias.

Otro beneficio de abandonar el paradigma prohibicionista es que probablemente baje el consumo: después de un esperado aumento inicial (provocado entre otras cosas porque la gente confiesa más su afición que cuando era ilegal), una vez que el brillo de lo prohibido quede cancelado, es muy factible que el consumo de marihuana se mantenga estable o por debajo de los niveles actuales. El caso de Holanda es elocuente en este sentido: el porcentaje de consumidores está por debajo del promedio europeo, a pesar de que muchas naciones cuentan con legislaciones más punitivas.

Por lo demás, se daría un golpe artero a las estructuras del narcotráfico en el rubro más importante: el de la desaparición de buena parte del mercado negro que controlan. No es un dato menor que por lo menos 60% de las ganancias en Estados Unidos en materia de narcotráfico corresponde a la cannabis. El clima de inseguridad sería por lo mismo menos agudo y se podrían combatir de manera más eficaz a las organizaciones delictivas, que como se sabe tienen otros giros más allá de la venta de estupefacientes.

Aunque probablemente estas consecuencias positivas no se verían reflejadas sino hasta que el cambio de paradigma con respecto a la marihuana se expanda a nivel global, o por lo menos a los Estados Unidos (el principal consumidor de las 45 millones de toneladas que se producen anualmente en el mundo), quiero enfatizar una de las razones primordiales que animan la legalización de la cannabis. Se habla mucho de la escalada en el consumo de drogas, sobre cómo el acceso a la marihuana propicia el salto hacia otras drogas llamadas “duras”; si en efecto hubiera algo de razón en este argumento, con el cambio de paradigma se cortaría de tajo este peligro, puesto que los accesos a una y a otras drogas serían distintos y claramente delimitados. Esto es lo que se ha pretendido hacer en Holanda con la denominada “separación de mercados”, gracias a la cual los dealers de drogas duras y de marihuana, estos últimos establecidos en coffee shops, ya no son los mismos.

Pero quizás el beneficio más importante que arrojaría este cambio de paradigma consista en que se volvería a reivindicar una parcela de la libertad humana hasta ahora menoscabada; se recuperaría cierto terreno en la ya por demás maltrecha mayoría de edad del hombre. Pues el objetivo último, aunque se encuentre por ahora lleno de escollos, sería no sólo llegar al reconocimiento de la plena autonomía individual en materia de consumo de drogas —algo así como la defensa de un “derecho universal a la ebriedad”—, sino al reconocimiento de que las personas, y no el Estado, tengan jurisdicción exclusiva sobre lo que introducen a sus cuerpos, esto es, a una soberanía efectiva sobre las lindes de nuestra piel.

∗ Ponencia presentada el 14 de abril de 2009 en el Palacio Legislativo de San Lázaro, durante los Foros de debate sobre la regulación de la planta cannabis en México.

sábado, 4 de abril de 2009

La mosca en la sopa

Amuleto del vagabundo
Andar por el mundo siempre con un dado en la mano. O al menos con la actitud que su peso impondría a nuestro ánimo.

Atracciones súbitas
Es curioso constatar cómo hay una serie de libros que tras haber pasado inadvertidos o hasta despreciados por largo tiempo, de pronto nos incitan y nos hacen guiños; nos gritan, como los frasquitos a Alicia, léeme, o incluso a veces róbame.

Maravilla del mundo
La curiosidad, a diferencia del asombro, es una mosca ruidosa que no se detiene en ningún sitio. Con el asombro, a diferencia de la curiosidad, se corre el riesgo de que la mosca acabe por interesarse en nuestra boca abierta.

Último axioma del humanismo
Debajo de los tics, la vulgaridad y las frases hechas, todavía es posible encontrar al hombre.

Prolegómenos a toda historia universal del porvenir
Tal vez la historia del hombre no es más que una broma contada a una velocidad tan lenta que, arrastrados por su inercia, no podemos captarla.

Alabanza de la mosca en la sopa
Una ligera desviación, una pequeña mancha, dan a lo que creemos perfecto ese toque último de perfección del que de otro modo carecería por su total homogeneidad.

Vanidad de la rebeldía
También se ensayan frente al espejo las muecas revolucionarias.

Ensalmos repentinos
A veces somos poseídos por la cantinela de una oración cualquiera, por un estribillo ni demasiado musical ni especialmente agudo, que anida en nuestra cabeza para darnos primero tranquilidad y después molestia y desesperación. Habría que investigarse por qué el sinsentido que se produce con el frotamiento de esa oración en nuestras terminaciones nerviosas acarrea efectos semejantes a los de un rezo, un rezo privado y sin duda idiota.

Furia gallarda

Siento nostalgia del bastón. Del bastón que no he tenido. Nostalgia de apartar con elegancia todo cuanto se cruce en mi camino.

Mensaje sideral

Gritar todos al mismo tiempo una sola palabra a los marcianos. La cuestión no es ¿para qué? sino ¿cuál?

En deuda
De pronto te toca en suerte la parte del acreedor, le prestas dinero a alguien y por casualidad lo vuelves a encontrar tiempo después, escabulléndose avergonzado. Lo desconcertante es que tú también agachas la cara y pasas de largo, como si de algún modo estuvieras en deuda con él.

Superstición de la casualidad

El azar, los encuentros fortuitos, las coincidencias, despiertan en nosotros una sorpresa pueril, una alegría supersticiosa. ¡Pero cuántas veces no habrán recorrido las calles dos personas en un estado muy cercano a la brama, y tras coincidir en una esquina han seguido de largo sin reconocerse!

La carrera de la tortuga
Convertirse en aquel que quisiéramos ser, dar alcance a esa imagen fugitiva que hemos formado de nosotros mismos, exige la voluntad de la aceleración, cierto afán e histeria que es fácil confundir con el desasosiego. Convertirse en aquel que ya somos, en cambio, que la imagen alejada que tenemos de nosotros finalmente nos dé alcance, implica ejercicios de calma y hasta de holgura y parsimonia —la paciencia de saber perder el tiempo.

El llamado de la naturaleza
Las incomodidades y asperezas del campo transmiten la confianza de que todavía será posible limar en ellas las callosidades de los sentidos.

La vestimenta del mundo
No nos satisface del todo la superficie de las cosas, su desnudez casi ofensiva, y entonces la cubrimos con los velos de nuestras obsesiones, con los ropajes a menudo espesos de nuestras expectativas, hasta convertirla, sólo por ese proceso de recubrimiento, en algo deseable y misterioso, en una realidad vestida.

El declive del tacto
El dedo no es más un fósforo que arde al recorrer la superficie de las cosas, ni un bisturí que hurga en las entrañas. Hoy más que nunca el dedo es sólo un huérfano de guante.

Ojo de cerradura
Comprendo muy bien esa forma de carácter que consiste en envolver de oscuridad y misterio cada uno de los actos y de las frases dichas. Incluso un cuarto vacío llega a ser inquietante cuando se le mira a través de un ojo de cerradura.

miércoles, 18 de marzo de 2009

De algunos castigos que se infligen con el lápiz

Si hemos de creer que toda creación es en el fondo autorretrato, es escandalosa la cantidad de autores que tienen en tan baja estima su figura.


Uno de los riesgos de afilar demasiado el lápiz es que terminamos por introducirlo distraídamente en nuestra oreja.


Lo que en todo momento debe combatir el escritor es el ingenio. Una vez que los primeros chispazos se han apagado de la mente del lector, lo que sus ojos buscan son más bien las evoluciones del humo.


Quien procura a toda costa la originalidad descree de la palabra justa.


Las ocurrencias, como las pompas de jabón, ignoran la elegancia de simplemente desinflarse.


No por capricho ni por razones de velocidad prefiero escribir con lápiz y casi nunca a máquina: me pone alerta escuchar las risitas burlonas que se desprenden al rasgar el papel.


Probablemente uno toma la pluma por carecer del talento necesario para consagrarse a algún vicio realmente extravagante.


Descubro que el autor gusta de introducir al menos una barbaridad en sus discursos, como si ello contribuyera al equilibrio estético.


Ni siquiera la ejecución más perfecta tendrá nunca la belleza del plan.


La escritura es una forma de ir al encuentro de lo que uno piensa, pero todavía no ha pensado del todo.


Pulidor de lentillas de aumento para mirar la realidad, el poeta recuerda a un dependiente de una óptica anticuada y sola.


La exageración, en la escritura, delata una realidad en algún sentido decepcionante.


Libelos, volantes, desplegados. ¿No se parece al gesto de colocar mosquitas muertas de papel en la tela de la araña?


Encontrar en la página una palabra poco común se parece al encuentro de un hombre enmascarado en medio de la multitud.


Aun la frase más original debe cojear de un pie en honor al viejo estilo, pues de otra forma parecerá una forma estrafalaria de ruido.


También el canto de los pájaros es más bello cuando no persigue ni se propone nada.


Una idea, mientras más elevada y abstracta, debe resignarse a carecer de fragancia.


Aun en la inmundicia puede hallarse poesía. De allí tantos pepenadores obstinados en escarbar dentro de sus sentimientos.


Escribir en papel nos da al menos el gusto casi animal de estrujarlo, de oír el crujido de las frases al desbaratarse.


Aerodinámicamente diseñadas para viajar a contracorriente, apenas las ideas novedosas se sienten impulsadas por una brisa de aliento (o por un poco de dinero a su favor), el desequilibrio, en un comienzo imperceptible, es de tal magnitud que no tardan en caer frente a nosotros sin mayor aspaviento.


Lo único que distingue al diario íntimo de las cartas dirigidas contra uno mismo es que en el precio del bochorno no se incluyen las estampillas postales.


Las frases de mi mano izquierda son breves y directas, ligeramente banales. La mano derecha, en cambio, descontenta ante la perspectiva de sólo expresar un pensamiento, se enreda y desorienta, siente la tentación de perderse en regodeos cada vez más disparatados. Con asombro primero, y en estos últimos días ya con abierta condescendencia, he notado el impulso de ambas por convertirse en la mano contraria: por ocupar el espacio imposible de su reverso. El ademán natural que producen es un intranquilo cruzamiento de brazos.

martes, 17 de marzo de 2009

Disco de vinilo

Relucía como un tesoro falso
en el mercado de pulgas,
sumido entre la mugre y el desorden,
y aunque tenía costras
de vino y otras manchas,
pálido como un fantasma
de los años sesenta,
cómo inquietaban sus bocas abundantes
luchando por salir de la portada,
esa confusión de labios y de dientes,
quién sabe si jocosos o feroces,
con algo de circense o de Fellini.

El dependiente lo pesó en su palma
calculando su precio largamente,
y luego de un soplido lo dispuso
en el tocadiscos (que también vendía).
Eran risas, risas grabadas,
un cuchicheo creciente que estallaba
en un arrollador festín de risa;
risas de estudio, probablemente falsas
pero risas,
y la gente se acercaba a escuchar
y se reía,
y sólo el dependiente bajaba la mirada,
lejano, melancólico.

Las risas ululaban
como viejas sirenas prisioneras
en algún rincón del mercado de pulgas;
se había formado un coro contagioso,
y la risa subía, se alzaba sin porqué,
con vuelos polifónicos, gloriosa,
más tarde declinaba,
se teñía de lamentos,
de ese dolor tan propio
de la risa,
hasta apagarse en un espasmo,
luego en otro.

Cuando volvieron a estallar
no había ya duda:
había algo turbio en esas carcajadas,
una erosión tal vez,
un polvo audible,
que las volvía deformes y remotas;
un decaimiento, un trasfondo impostor,
de risas que perduran y ya han muerto,
y aunque seguía girando el disco
la gente comenzó a toser, a incomodarse,
nadie reía ya,
nadie quería escuchar la risa
de otros tiempos,
poco a poco empezaron a apartarse,
yo me marché con ellos.

lunes, 2 de marzo de 2009

Parvada de fotógrafos (o la cacería humana de los paparazzi)

Largas noches de vigilancia y espera, de acechar a su presa —y provocarla— camuflado entre los matorrales de un parque o en medio de las sombras; horas infatigables en que lo único que queda es observar a través de la mira telescópica, aguardando el momento justo del disparo; persecuciones, emboscadas y escaramuzas, en que la víctima se resiste y a veces contraataca, como si en verdad hubiera sido herida de muerte —a tal punto parece valorar su intimidad, los pocos restos de vida auténtica a los que inútilmente se aferra. Los movimientos del paparazzo imitan los del cazador, copian sus gestos y estrategias; son su continuación o si se quiere su metáfora, la vuelta de tuerca que ha transformado la bala en una instantánea a veces fuera de foco —o movida o lejana—, a menudo sin ningún mérito artístico, y que sin embargo puede lograr lo que el plomo: que la presa se derrumbe, caiga en una lenta agonía desde su pedestal de diva hasta el fango insufrible de la vida compartida, donde las jerarquías terminan disolviéndose y todos tenemos que ir a la esquina a comprar humildemente un poco de leche.

Armados con los rifles en apariencia inocuos de una Rolleiflex, un flash, un telefoto, los paparazzi son cazadores de cabezas que han entendido que la muerte es poca cosa si se compara con el desprestigio. Apostados en las esquinas como buitres de la debilidad ajena, su oficio principal es la espera y aun la provocación. Confían en que los ídolos no tardarán en caer, tropezando en una acción que los exhiba, que los descubra y modifique —una pelea doméstica, un accidente, un gesto obsceno—, y que ellos estarán allí, siempre listos para registrarla en toda su literalidad, esforzándose por despojar a su presa del aura que solía envolverla y de su posible misterio, pues, como si completaran el rito arcaico de desollar a su víctima, los paparazzi saben que el signo del escándalo es precisamente lo burdo, el hiperrealismo de lo descarnado.

La hazaña de la cacería sería poca cosa de no ser por el trofeo, esa prueba fetichista de que se venció a un ser distinto, con frecuencia superior. Completado el trance de la espera y del acecho y la persecución, una vez que se ha accionado el gatillo y se ha visto el destello de angustia en los ojos de la víctima al ser sorprendida con la guardia baja —un brillo animal de vulnerabilidad y miedo, de inocencia y dolor que anticipa el instante de la huida—el paparazzo se aleja excitado y satisfecho de su cacería urbana con el trofeo de una celebridad captada en un momento cualquiera —cotidiano, ridículo—, saboreando de antemano la hora en que la imagen saldrá a la luz y despertará murmuraciones y más fotografías, y la gente la colgará en sus paredes como a un alce disecado, como a una piel de zorro, sonrientes y satisfechos ante el mínimo escándalo de descubrir que una estrella tiene también una vida como todos, y se baña y resbala y le gustan las baratijas y frecuenta a su amante y sale a la calle en pijama y se enfurece y compra comida para llevar.

El primer paparazzo de la historia se llamó Tazio Secchiaroli, un fotógrafo italiano de origen humilde y sueldo muy bajo que publicaba sus trofeos en diarios sensacionalistas. Fue él quien sirvió de inspiración a Federico Fellini para la filmación de La Dolce Vita (1960); fue él quien prefiguró, prácticamente solo, cada una de las artimañas y maniobras de quienes en alguna época se llamaron “los cazadores de cabezas con teleobjetivos”. El impulso de la curiosidad y la indiscreción a través de la fotografía no era nuevo, pero sí el oficio de provocador. A partir de las imágenes de la nota roja, Secchiaroli supo desnudar a la fotografía de cualquier preocupación artística con el fin de aprovechar su condición documental y así exhibir la vida cotidiana en toda su crudeza. No tardó en descubrir que en esos tiempos que alguien bautizó como “La era del flash” (finales de los años cincuenta), el nuevo tipo de fotografía sensacionalista no sólo cautivaba a las masas y azuzaba su siempre insaciable sentido de la morbosidad, sino que además lo elevaba a él, el fotógrafo, a la altura de una celebridad que se codeaba con las estrellas de cine y desvelaba sus manías y sus secretos, e incluso recibía de ellos propinas o en su defecto bofetadas. Y es que la fotografía como medio para plasmar los escándalos de sociedad no es el gran invento de los paparazzi —la estampa sensacionalista existe de un modo u otro desde siempre, ya sea en prosa o en imagen—, sino más bien su insistencia y acoso, su habilidad para la provocación, que obliga a las celebridades a salirse de sus casillas y a responder de manera violenta, ya sea dándose a la fuga o golpeando a su cazador, quien lo que más busca es justo ese momento de arrebato y rabia y brusquedad animal en alguien que, siempre preocupado por su apariencia, no parece despeinarse nunca.



Tazio Secchiaroli, el primer paparazzo, en apuros.
Roma, 1958. Foto: Elio Sorci.


Secchiaroli, que acuñó la frase “cazadores de imágenes” y se refirió a los lugares en los que conseguía sus placas como un “teatro de la guerra”, transformó su resentimiento inicial, su sed de venganza frente a ese mundo inalcanzable de opulencia y desenfreno, en una nueva faceta del espectáculo, donde las propias celebridades, al advertir cómo crecía su fama tras un episodio en que el que habían sido víctimas de una parvada de fotógrafos, comenzaron a pactar secuencias y optaron por los desplantes de utilería. Armados con flashes nada discretos, cargando las bazucas de sus telefotos ostentosos, los paparazzi no podían preservar por mucho tiempo el papel de espías inocentes e invisibles. Muy pronto los incidentes los crearon ellos mismos —a propósito—, e incluso se instauró lo que en el medio llegó a conocerse como una paparazzata: sesiones previamente acordadas que más tenían de montaje que de performance, y en los que, como su nombre lo indica, el centro alrededor del cual giraba todo no eran tanto los personajes famosos sino el propio fotógrafo.

Este es el mundo que Fellini descubrió en estado larvario a lo largo de Via Veneto, la suntuosa calle romana que en las noches de verano de fines de los años cincuenta se convertía en una pasarela de actrices, aristócratas y hasta de jeques árabes, en un hervidero de aspirantes y rémoras de la celebridad, que gracias al embrujo de Cinecittà el director llevó hasta el paroxismo del refinamiento y la avidez por el escándalo, en una obra de arte que es más una reinvención exagerada que un intento de retrato. (De hecho, la Via Veneto de La dolce vita se construyó enteramente en los estudios, dando lugar a una réplica casi exacta, que sin embargo acentuaba la frivolidad de las estrellas e insistía en la presencia ubicua de la nube de reporteros). Fellini, quien con el guionista de su obra maestra, Ennio Flaiano, dio nombre a esa actividad naciente de provocador y fotógrafo, tomándola de una novela del casi olvidado George Gissing —les atrajo la palabra sólo por su dejo levemente peyorativo y su poderosa eufonía, porque recuerda a algo que aletea e importuna—, dedicó muchas tardes a entrevistar a Secchiaroli y a otros paparazzi para realizar la película. Les preguntó sobre sus trucos y estrategias, sobre sus fracasos y sus más preciados trofeos. Hoy sabemos que buena parte de las escenas más memorables del filme se basaron en anécdotas y aventuras reales que aportaron los fotógrafos, como aquella que protagonizó Anita Ekberg en el inolvidable baño nocturno en la Fontana di Trevi, que antes de ser inmortalizada en el celuloide sucedió de veras, protagonizada por la propia ex miss Suecia, bajo la mirada de dos policías agradecidos y perplejos que por supuesto se olvidaron de su deber y no dijeron nada. Anécdotas de ira y de persecución y hasta de fingida molestia que sin embargo no podían ocultar del todo una suerte de complicidad tácita entre los cazadores y sus presas, como si de pronto toda celebridad deseara íntimamente caer en falta y esperara el disparo del fotógrafo: la sola forma de redimir su desliz o su tragedia.

Al igual que la fotografía criminal, que a través el recurso de mostrar en primera plana la muerte y la catástrofe obtuvo el poder ambiguo de suscitar al mismo tiempo alivio y terror, “esa satisfacción de no ser uno mismo el cadáver, aunque lo pudo haber sido” —como escribió alguna vez Elias Canetti—, la fotografía de los paparazzi se impuso poco a poco hasta convertirse en parte de la mitología del siglo XX gracias a que apelaba a una necesidad inconsciente y acaso perversa del público: la necesidad de saberse a salvo; a que con esa serie de instantáneas robadas de la fragilidad de un estrella se conseguía redoblar, mediante un mecanismo psicológico elemental, la tibia tranquilidad que otorga el anonimato: la convicción de no haber sido uno mismo el que cayó en desgracia. “El público —escribe Diego Mormorio— se siente particularmente atraído hacia las escenas en que personajes famosos intentan huir de la mira del fotógrafo: la lucha por no perder su privacidad, que es el precio que estas celebridades deben pagar por su fama, demuestra una vulnerabilidad que en un comienzo las aleja del público en general pero que termina por acercarlas a él. Mientras más fiereza muestren las celebridades en esa batalla, mayor encantamiento despiertan en el público. En muchos sentidos esto ha hecho que los fotógrafos se conviertan en cazadores de rostros y gestos, que persiguen y finalmente capturan a su presa.”

Si la analogía con los rituales de la caza parece describir en todos sus detalles el oficio de los paparazzi, quizá se deba a una razón más profunda que a la simple semejanza entre los safaris y los disparos en la jungla de asfalto. Al provocar a una celebridad con la desfachatez de su flash, el paparazzo no sólo busca capturar una imagen inusual y de gran impacto, sino, más importante, arrancarle un gesto primitivo a esa máscara bien estudiada, una reacción feroz que lo retrate como lo que finalmente es: un animal, no importa qué tan atildado. Al acosar a su presa con lujo de impertinencia y majadería, al tenderle trampas y lanzarle toda clase de anzuelos y buscapiés, los paparazzi ansían una respuesta espontánea, radical y si se quiere zoológica de su víctima, que al menos por una vez lo desnude como un ser de carne y hueso, rompiendo en mil pedazos la figura impecable que con tanto denuedo ha construido para ofrecerla a los demás, hecha de respuestas aprendidas y maquillaje e hipocresía.

La cacería iniciada por los paparazzi, con su perseverancia de sabueso y su olfato quizá criminal, se asemeja en este respecto a la búsqueda emprendida por Diógenes el cínico, también apodado el perro, que con una linterna se esforzaba en encontrar a plena luz del día —es decir, con total desvergüenza—, al hombre, al hombre en el sentido ideal platónico, para demostrar que no existe, que no es más que una quimera. “Una sociedad vulgar que expresa su fría lujuria por vivir a través del exhibicionismo más que a través del verdadero disfrute de la vida —escribió Ennio Flaiano mientras tomaba apuntes para el guión de La Dolce Vita—, no se merece sino fotógrafos desvergonzados.”

jueves, 12 de febrero de 2009

Una temporada ante el vacío

Y de pronto, nada.

Tu mente se ha vuelto un amasijos de nudos, las puertas de la inspiración permanecen cerradas. No tanto el paisaje prestigioso de la página en blanco, sino el más apabullante de la página saturada de manchones y tachaduras y, pocos minutos más tarde, la montaña lánguida de bolas de papel estrujadas.

Cada nueva letra que consigues estampar sobre el papel es una hormiga temblorosa que se resiste a quedarse quieta sobre su renglón, una hormiga de tinta y vacilación que mientras más detenidamente la observas más parece dispuesta a desperdigarse, junto a sus insumisas hermanas, por toda la superficie de la hoja, retorciéndose de risa o quizá de dolor, o de ese dolor que después de cierto tiempo acompaña a la risa.

Se fue, se esfumó, se acabó lo que se daba. El duende está en paro, el ciclo circadiano vuelto de cabeza, la voz secreta que te dictaba tiene constipado el espíritu. ¿Para siempre? ¿Se trata sólo de un bloqueo pasajero o estás plantado definitivamente al borde del abismo?

El texto que escribías fluía alegremente, jalonado por una fuerza superior. Se hinchaba y extendía sus tentáculos hacia temas y subtramas que no habías planeado en lo absoluto, de los que no te creías ni siquiera capaz. Ya te encontrabas cerca del final, o al menos más allá del punto de no retorno, y entonces, de golpe, la sequía. La muralla invisible del ángel exterminador que no te permite dar un solo paso. La guillotina que ha cortado de tajo tu bulbo raquídeo pero te ha dejado cruelmente la cabeza puesta.

Te resistes a disfrutar del placer de ese vértigo después de haber escalado casi sin notarlo los acantilados, después de tener ante la vista nada menos que el imperio del vacío, y entonces, con las piernas débiles y las manos sudorosas, incompetente para apreciar el paisaje de la esterilidad, acudes a procedimientos desesperados. Copias diez veces un párrafo de Gogol y luego te esmeras por continuarlo. Nada. Distribuyes imanes de palabras sobre la puerta blanca del refrigerador. Nada. Te rodeas de una provisión de whisky, tabaco, anfetaminas, opiáceos, pastillas para la garganta. Nada (nada por lo menos distinto de un mareo y una reseca de aquellas que entumecen). ¿Y qué tal abrir al azar el diccionario, el directorio telefónico, el I Ching, el Quijote? Nada nada nada nada.

Es tiempo de hacer un receso, te dices. Es tiempo de unas vacaciones, de hibernar ante el televisor, de probar con una pluma bic en la banca de un parque, de pasear como un perro callejero por la orilla de los suburbios. Es tiempo, en suma, de que abandones la silla de la laboriosidad y dejes que la mente siga su propio decurso deshilachado y sinuoso; es tiempo de que te pongas al fin en movimiento, que es una forma superior de detenerte a preguntar si en verdad tienes talento.

Tres semanas más tarde has vuelto de alguna playa del Pacífico, has concursado desde tu sofá en todos los certámenes de conocimientos inútiles de la televisión, has probado el lápiz, la bic, la pluma fuente, la máquina de escribir, la computadora, la taquigrafía, la grabadora portátil, te has perdido en calles y tugurios cochambrosos a fin de probar las delicias de lo sórdido, te has sumergido en una pavorosa catarata etílica con la vaga esperanza de que después de desintegrar tu conciencia saldría a la superficie tu viejo desparpajo creativo, tus asociaciones saltimbanqui. Pero ahora que estás de vuelta frente al escritorio, con el trasero atado a tu vieja silla, no tienes más remedio que aceptar que la causa de todas tus desdichas eres tú mismo, que tus propias decisiones te han conducido hacia la orilla donde no sucede nada. Tú, que diste la espalda al mundo para recluirte como un topo a escribir, tú, que nunca supiste encontrar otra forma de existencia interior como no fuera la escritura, ahora debes sobrellevar la parálisis de tu propia mente, a la que hay que enseñar de nuevo a caminar, y para ello no cuentas con más recursos que los que tu propia mente puede brindarte, como aquel personaje que intenta salir a flote del fondo del océano tirándose de los cabellos.

¿Qué hacer? ¿Cómo reactivar una parte del cerebro que se niega a mandar señales? ¿Crear un sindicato de escritores para promover el bloqueo al rango de una enfermedad laboral? ¿Someterte a un tratamiento de hipnosis? ¿Aceptar que eres el último de la fila de los escritores que no escriben? ¿Decidirte finalmente a comprar Los 1001 tips contra el bloqueo creativo? ¿Comenzar por séptima vez un diario íntimo en el que no atinas a escribir más que nombres y fechas y, si estás inspirado, la lista del súper? ¿Contratar a un negro literario para convertirte en su esclavo? ¿Pararte de cabeza?

Después de leer un par de biografías de Jan Sibelius (quien confundido por la fama y devastado por la depresión aseguró a su público y a sus porfiados agentes que ya estaba dando los últimos retoques a su Octava sinfonía, pero se las ingenió para sostener su promesa incumplida durante cerca de treinta años hasta el día de su muerte) comienzas a sentir verdadera alarma. La falta de inspiración está inmovilizando el lado izquierdo de tu cara y, además de un hormigueo en los dedos de la mano derecha, padeces estreñimiento, urticaria y el color de tu piel guarda cada vez más semejanza con el papel —con ese bond ahuesado que se ha vuelto tu peor enemigo.

Optas por ir al médico.

Para cuando te muerdas las uñas en la sala de espera, unos minutos antes de escuchar tu nombre deletreado de forma cansina e incorrecta por la secretaria, seguramente ya habrás olvidado la larga lista de síntomas y achaques en la que habías pensado toda la semana a partir del instante en que estableciste la cita. De manera que después de estrechar la mano fría del médico y una vez que él ha pronunciado la fórmula cortés e insignificante —y por ello terrible y desestabilizadora— de “Dígame”, los primeros balbuceos que salen de tu boca, deformes y pastosos como una condensación de la invalidez que se ha ido depositando debajo de tu lengua, se interrumpen por un fogonazo de luz blanca que tiene el efecto de desconectarte por completo del mundo.

La nada nuevamente. La insidiosa reiteración del no-ser. Radiografías, encefalogramas, coprocultivos, tomografías de la cabeza. Atraviesas los pabellones del hospital como un sonámbulo cuyo dominio de su propio yo roza lo parapléjico, con la autoconciencia situada a unos diez o quince centímetros de distancia detrás de tu propia cara. ¡Qué inoportuna la autoconciencia cuando se comporta como una alimaña agazapada! Y todo ese laberinto de pasillos blancos y puertas batientes te conduce a la previsible, consabida respuesta: “Nada, usted no tiene nada. Se encuentra perfectamente sano desde el punto de vista clínico”.

Y estás allí, escupido por el laberinto del hospital, más sano y rozagante que nunca, pero inhabilitado para hilar dos enunciados declarativos sobre el papel. Y entonces, como una chispa remota y familiar pero al mismo tiempo esclarecedora pese a su aparente insignificancia, recuerdas aquel aforismo de Lichtenberg que quizá sea la solución a todos tus males: “Darle el último toque a una obra, es decir, quemarla.”

De camino a casa, mientras paladeas en silencio la imagen salvífica de tu escritorio en llamas, las hojas crujiendo por el fuego y la habitación desdibujada por el hollín, recapacitas que para que efectivamente puedas darle ese último toque, es decir, para que la hoguera sea en verdad poética y liberadora, debes terminar primero tu texto. Quemarlo y convertir todas tus palabras en humo antes siquiera de haberlo concluido sería una claudicación vulgar, una renuncia como tantas otras y no, como tú sabes que necesitas, un gesto supremo de exorcismo. Así que para seguir el consejo de Lichtenberg, para acudir al conjuro del fuego, debes primero volver a escribir, hilar dos enunciados sobre el papel y luego otros dos y otros dos más, en lugar de derrumbarte sobre tu vieja silla a pensar en todo lo que escribirías en caso de que tuvieras al menos alguna idea sobre la cual escribir en caso de que en verdad escribieras.

Acaricias perversamente la posibilidad de redactar un manual de primeros auxilios para escritores, una manual entusiasta y en el fondo sarcástico, pródigo en ejercicios de escritura pero también en dietas, estiramientos y pócimas; un manual que al mismo tiempo que te catapultaría la fama te permitiría salir de una vez por todas del eclipse del bloqueo, atravesar la muralla del ángel exterminador precisamente por esa rendija genial que consiste en describir cada uno de los procedimientos y contorsiones que has intentado hasta el día de hoy sin obtener el menor resultado.

Sonríes con toda la extensión de tu boca. Te felicitas. Truenas tus dedos como supones haría un gran pianista antes de poner manos a la obra. Ya incluso has decidido la actitud afirmativa con la que posarás en el retrato de la contraportada del libro. Pero la misma ruindad del proyecto te deja paralizado. No sólo no has conseguido avanzar un milímetro desde que te plantaste delante del abismo, incapacitado para ir más allá, sino que has retrocedido cobardemente varios kilómetros y ahora planeas libros de autoayuda en los que presentas tus fracasos como triunfos, en los que desde la turbia atalaya de no haber conseguido nada lanzas consejos a los cuatro vientos.

Te desprecias. Pero tal es la magnitud de tu bloqueo que no atinas con las palabras propicias que comuniquen el sentido de tus vejaciones.
Reconoces que eres una ruina cuando incluso los insultos que te diriges carecen de elevación.

Quieres escupir ante la imagen que te devuelve el espejo, en vista de que los reproches podrían demorarse demasiado en formarse. Y sigues allí: un hombre erguido con la mente en blanco, delante de un horizonte de tachones y manchas, como un monstruo maniatado que merodea la locura, maldiciéndote torpemente porque una vez que llegó la hora de plantarse frente al abismo no tuviste el valor de continuar más allá.

domingo, 8 de febrero de 2009

Truco gastado

De la chistera sale apenas
una nube de polvo:
migajas del festín de las polillas.
Antes, por la copa de ese sombrero,
se despeñaba jubilosa Alicia,
y hoy cuando mucho dormita en sus abismos
una gastada pata de conejo.
Se terminó la magia,
se esfumó la belleza
después de ser diseccionada cada noche
para regocijo del público.
El sombrero de copa del poema
era después de todo
un adminículo vetusto.
No hay red de protección
para tanto doliente equilibrismo,
reina si acaso la tela de la araña
o cuando menos su atmósfera.
Y allí, bajo un reflector que pocos se imaginan
cuánto humilla,
ante cuatro o cinco gatos fraternales,
saca de la mascada el mago
la consabida, amarillenta, manoseada rosa.
Abracadabra insulso
—ni siquiera insolente—
que abochorna a los niños.

Publicado en Letras Libres