jueves, 20 de septiembre de 2012

La escuela del aburrimiento (dos fragmentos)


Un par de fragmentos de La escuela del aburrimiento (Sexto Piso, 2012): el arranque del libro y un inciso sobre el punk.


Un día encontré al aburrimiento echado en mi sillón, las manos detrás de la cabeza, desparramado a sus anchas. Estaba allí, se diría que esperándome, aunque en realidad no parecía esperar ya nada de nada. Me miraba fijamente, sin curiosidad, sin emoción, y yo en cambio no podía sostenerle la mirada. Lo eludía y más bien me comportaba como si él no estuviera allí, en mi propio sillón, con esa pinta desenfadada de inquilino incómodo, con ese aire de desafío que adoptan los que ya no piensan irse nunca de la casa.
Aunque se había apoderado de mi habitación, lo que más me desconcertaba era no conseguir mirarlo de frente; había algo en su presencia bostezante que me hacía sentir un intruso; algo en sus facciones, en su manera insistente y hueca de mirar, me arrastraba hacia un extraño abismo de somnolencia, atormentándome con la pregunta “¿para qué?” Incapaz de convivir con él, pasaba la mayor parte del día fuera de mi departamento. Vagaba por las calles sin ninguna dirección, del mismo modo intranquilo y sediento con que Louis Aragon iba a la deriva por un París que empezaba a derrumbarse. Entraba a un café y, al cabo de unos minutos, me salía; visitaba un museo: me salía; compraba un libro: lo dejaba. Podría haber incluso asesinado: ¿para qué?; también podría haberme matado: desistía. Al rato entraba simplemente a otro café. Es posible que hubiéramos intercambiado papeles y, abriendo y cerrando puertas sin curiosidad, abandonando planes sin motivo alguno, me hubiera convertido en el Espectro Errante del Aburrimiento. Probablemente para entonces mirara a la gente en la calle con la misma distancia inquisitiva que él me regalaba en todo momento.
Como estaba claro que no tenía intenciones de marcharse y ya en el sillón se había marcado su contorno, la tibia insolencia de su peso, decidí probar a hacer su retrato. De esa manera —pensé—, me obligaría al menos a mirarlo de frente. Tal vez la misma tarea de pintarlo, de ensayar toda clase de bocetos del natural, sería una forma de contrarrestarlo, de hacer que desapareciera; quizá de ese modo su figura odiosa se trasladaría al papel en una suerte de conjuro.
Tengo que reconocer que no se ha ido. Tengo que reconocer que, como un hábil y silencioso extranjero, se ha establecido en mi cerebro con la misma desfachatez que antes desplegó en mi sofá. Y tal vez porque ya habíamos intercambiado papeles descubrí que en el retrato, en ese retrato obsesionante y maléfico, que me hacía bostezar continuamente y al mismo tiempo me quitaba el sueño; en ese retrato con el que fastidiaba a medio mundo, con el que empantanaba cualquier conversación y que al final del día terminaba por doblegarme, por hundirme en un estado plomizo y fúnebre; en ese retrato acaso del todo imposible, que ya antes otros intentaron sin demasiado éxito, quizá porque se requiere de mucho talento para pintar el vacío, o quizá porque en este caso el modelo se mueve demasiado poco y acaba por contagiarnos su desgana, su hastío, su sopor; en ese retrato, decía, descubrí que fue apareciendo mi rostro.

 ////////////////////////////////////////////////////////////

 

Viejos discos de punk

Estoy encerrado en mi habitación, leyendo los Pensamientos de Pascal y escuchando a todo volumen viejos discos de punk. La música o, mejor dicho, ese largo grito apenas articulado que parece desplegar su propia destrucción o invocarla, ese estrépito que sale de las bocinas como un reclamo de anarquía y negación, esas guitarras abrasivas, esa melodía imposible, hecha de cosas derrumbándose, que pregona el trastornamiento de los valores, me parece que contiene toda la furia del aburrimiento, toda su rabia cautiva y espumosa, y de pronto la música retumba en mis oídos como una exacerbación infernal del bostezo.
Al escuchar a las Slits, un grupo de chicas peligrosas que Greil Marcus señala como uno de los momentos más ácidos del punk, creo entender que, más que una arcada, más que la convulsión de la náusea, el punk fue una forma extrema de hacer audible el bostezo: la respuesta de unos jóvenes aburridos e intransigentes ante una sociedad que los había condenado al borde de la inacción; la respuesta descarnada —muchos de ellos hubieron de desaprender a tocar sus guitarras eléctricas para alcanzar mayor estridencia— frente a una sociedad que les exigía no ser nada, nada al menos distinto de un espectador o un consumista.
Cuando termina la canción “A Boring Life” [Una vida aburrida] de las Slits, después de que los últimos acordes (¿pero se puede llamar a acordes a esto?) retiemblan en las paredes de mi habitación como un estribillo del fin del mundo que contrasta con la prosa refinada de Pascal (una prosa en la que, sin embargo, es fácil advertir cierta impaciencia y también a veces estruendo), me parece entender que el punk, con sus percusiones primitivas y su compromiso con el caos, no fue sino la manera de devolverle a la sociedad, con toda la alharaca y la insolencia al alcance de sus pelos pintados, el aburrimiento salvaje que esa misma sociedad les prometía.
Quien confunde el aburrimiento con la atonía y la pasividad, con un cuadro no del todo alarmante de distimia, y casi nunca con el sabotaje o la insatisfacción, es seguramente porque no ha prestado demasiada atención al punk. Porque no ha percibido que, además del polvo de la apatía, hay cierta pólvora que se arremolina durante las horas muertas.

El tedio de las tardes dominicales, que arrastró a De Quincey al opio, dio también nacimiento al surrealismo: horas propicias para la fabricación de bombas. (Connolly)
 
Quito el disco sin título ni portada de las Slits (un disco que según algunos se llama Érase una vez en una sala de estar, pero que también pudo llamarse, por su explosión feroz e impaciente, Érase vez en una sala de espera) y pruebo a hacer una lista de los grupos que cantaron al aburrimiento desde el aburrimiento mismo, desde ese estado anímico en que se interrumpe la inercia de creer en el futuro: “No hay futuro no hay futuro no hay futuro para ti —aullaban los Sex Pistols—; no hay futuro en el sueño de Inglaterra / no hay futuro para ti no hay futuro para mí / no hay futuro no hay futuro para ti.” Los Buzzcocks con su estupendo “Boredom” [Aburrimiento] del lado B de Spiral Scracht; Iggy Pop con su “I’m bored” [Estoy aburrido], canción en la que se declara “el presidente de los aburridos” (sé de muchos que le disputarían ese título); los Sex Pistols nuevamente, llevando hasta sus últimas consecuencias la canción de los Stooges, “No fun” [No es divertido]. El bostezo convertido en estridencia y desplante, en conflagración y náusea. La extraña cercanía entre la arcada y el bostezo.

(El libro se puede comprar aquí.)

miércoles, 5 de septiembre de 2012

lunes, 9 de julio de 2012

Mareos conceptuales


El striptease del emperador

Un artista tiene la siguiente ocurrencia: en una exposición colectiva, su contribución será redactar las cédulas, las guías de sala y los textos del catálogo en un lenguaje deliberadamente oscuro, repleto de referencias filosofantes y saltos mortales lógicos, abusando de conceptos científicos mal empleados y una sintaxis que ni siquiera Lacan o Hegel en sus momentos más crípticos. Lo mueve un afán paródico; quiere poner en evidencia las teorías más bien gaseosas que abundan en el mundo del arte, la vaciedad de los discursos que han encumbrado a movimientos y artistas, la arrogancia con que un curador siembra de términos técnicos su “apuesta” en contextos que resultan de risa loca (aunque desde luego nadie se ría).
Pone manos a la obra: revuelve, deconstruye, toma retazos de otros textos y los pega con un alto sentido del disparate, con una irresponsabilidad que fácilmente se podría confundir con inspiración —el sinsentido siempre tiene algo de tónico. Pero su pieza pasa inadvertida; fracasa en cuanto desmitificación. Logró ser a tal punto incongruente y confuso, puso tanto esmero en que la sarta de necedades resultara pomposa e intimidante, que nadie nota la broma. Al contrario. Aquí y allá lo animan a que siga por ese camino, que no abandone esa “veta crítica” que se tenía tan escondida pero que tan bien se le da. Está perplejo; una posibilidad siniestra se forma en su cabeza y no lo deja en paz: lo que era un revés para la sátira puede convertirse de pronto en un doble triunfo de la impostura.
            No es improbable que este artista haya existido en realidad y, dejándose llevar por el impulso, haya hecho una influyente carrera como curador o crítico. A fin de cuentas, con tan buena acogida en el plano de las pretensiones intelectuales, no habría tenido mucho caso que explicara que todo había sido un malentendido, que la pieza era un dispositivo por desgracia fallido para desnudar al emperador, que el acto de desmontaje sucede en el subtexto, etcétera, etcétera. Para bien o para mal, era una ocasión inmejorable de dar un giro a su carrera y transformarse en una suerte de agente doble: un sutil y profundo teórico, por un lado, y, para sus adentros, un artista iconoclasta. No había razón tampoco para entregarse el prurito ético: siempre quedaría la opción de revelarlo todo antes de morir. En vez de llamar al cura para ir al cielo con la conciencia tranquila, podría llamar al comisario de la Bienal de Venecia y explicarle, ante una sala abarrotada, que todo había sido una elaborada farsa, con la ventaja añadida de que, en el paroxismo del enredo, esta confesión también podría tomarse por un performance.
Si el emperador en su lecho de muerte anuncia que siempre estuvo desnudo, que desde el comienzo lo supo y más bien era como si el engaño se sostuviera a sí mismo, no nos quedaría sino sonreír, confiados en que se trata de un chiste casi póstumo. Cual obedientes chambelanes, aun en el cortejo fúnebre cuidaríamos de que no toque el suelo su traje inexistente.


Una sospecha desterritorializadora

Esta pieza anticonceptual o broma imposible pasó por mi cabeza hace casi quince años, poco después de que Alan Sokal perpetrara su célebre travesura en los cimientos del posmodernismo. Corría el año de 1996 cuando el profesor de física francés publicó en la prestigiosa revista Social Text su artículo paródico “Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica”, que a la larga evidenciaría muchos de los abusos o “licencias poéticas” en que incurren los intelectuales y filósofos al valerse de una terminología científica. Ya se había encendido la mecha de la polémica, los nombres de Baudrillard y Deleuze, Kristeva y Guattari comenzaban a figurar en primera plana por las razones equivocadas (esto es, como pensadores en la picota, acusados de extrapolaciones locas y de inexactitudes que cortan el aliento), y yo me encontraba en la sala de un museo leyendo, en laboriosas letras recortadas en vinilo, una avalancha de confusiones en negro sobre blanco, un tejido casi azaroso de “procesos rizomáticos” y “dispositivos lúdicos”, un monumento a la profundidad chapucera. Seguramente influido por el ambiente de parodia y desenmascaramiento que reinaba entonces, advertí que todo el aparato conceptual que rodea y apuntala al arte contemporáneo se prestaría para una gracejada intelectualoide, y desde entonces admito que no puedo entrar a la sala de una galería sin la sospecha un tanto paranoica de que el curador o el responsable de los textos —y no necesariamente (o no solamente) los artistas— nos quieren tomar el pelo.
¿Una parodia de este tipo saldría a la luz en el mundillo del arte? ¿Alguien se daría cuenta de que, como decimos en mi barrio, no se trata más que de puro-choro-mareador? Hay veces en que la vaguedad de los textos es tan envolvente y la charlatanería roza tal altura de audacia y desinhibición argumentativa, que mi primer impulso es reírme a mandíbula batiente. Pero como suele ocurrir que, frente a esos escritos esotéricos, todos mantienen un aire sesudo y circunspecto, y siguen su recorrido por la sala con el ceño fruncido de quienes están rumiando un inciso particularmente difícil del Tractatus de Wittgenstein, mejor opto por cruzarme de brazos.
La duda, sin embargo, no se disipa por completo: basta que el prólogo del catálogo en turno comience a parecerme demasiado rebuscado (un indicio: que la palabra “desterritorializar” figure más de un par de veces) para que la sospecha de una broma vuelva a roer las puntas de mis nervios. ¿Y si en medio de esta gravedad filosofante hay un artista socarrón, heredero de Alan Sokal y de Jonathan Swift, un provocador más que un artista, que por supuesto ha abjurado de los pinceles y las gubias, que ha hecho de la incoherencia su única paleta, y que tal vez ahora, con languidez inocultable, se pregunta cuándo comenzarán a leer sus escritos en el tono de sorna que originalmente les imprimió?

Elementos para un discurso elevado

En primer lugar, ha de experimentarse una genuina repulsión por el enunciado declarativo llano. Aquello de sujeto-verbo-predicado es una etapa tan superada como la pintura figurativa. En particular, han de extirparse del discurso las frases que puedan ser asimiladas sin problemas por un niño de ocho años (siempre es mejor ser tachado de barroco que de banal). Ello se consigue de muchas maneras, pero una muy efectiva es traducir palabras simples como “mesa” a una jerga de apariencia filosófica del tipo: “estructura sólida en el espacio-tiempo post-euclideano sustentable en uno o cuatro nodos”.
En segundo lugar, ha de preferirse la sugerencia a la argumentación, y la metáfora a cualquier forma de inferencia válida conocida. Sin embargo, sin ton ni son, pero con cuidado de que no parezcan muletillas, se recomienda incluir conectores lógicos y alguna que otra forma de implicación, todo con el fin de que las ideas más deshilachadas se conviertan en las premisas de un razonamiento sutilmente esbozado.
En tercer lugar, hay que hacer asociaciones descabelladas, que tiendan básicamente a demostrar nuestra erudición, aun cuando no podrían estar en juego de ninguna manera en la obra. Un pata de silla rota ha de conducir, a campo traviesa mental, a la reflexión de si el globo terráqueo es el pedestal inevitable de cualquier escultura, como ya había intuido Piero Manzoni (y antes los prearistotélicos, con la imagen de la tortuga como sustento del cosmos).
En cuarto lugar, debe evitarse a toda costa condescender a las explicaciones y mucho menos a elucidar conceptos. Es obligación del lector estar a la altura, familiarizado no sólo con las discusiones estéticas más recientes, sino también con los últimos gritos de la moda en sociología, filosofía, psicoanálisis, estudios postcoloniales y de género. Mientras más alusiones cifradas se acumulen, el subtexto será más rico y misterioso, predisponiendo al lector (o al visitante) a que, una vez traspasado el umbral del catálogo (o de la galería), ha llegado la hora de leer solamente entre líneas.
Un corolario del punto anterior es que las explicaciones, en caso de ser necesarias, han de hacerse a contrapelo, es decir, procurando explicar lo turbio con lo oscuro y no, como es habitual, con lo más claro. Si hubiera que introducir lo que es una cinta de Moebius, por ejemplo, en vez de describirla en términos de una tira de papel torcida y pegada en sus extremos (o presentando nociones básicas de topología), se acudirá a la teoría de la neurosis de Lacan, donde el recorrido continuo de la cinta se equipara con la estructura de la mente del enfermo.
En quinto lugar, ha de contarse con una lista abundante de términos eruditos y consagrados por la academia y luego meterlos a la licuadora. No tiene caso terminar un párrafo sin incluir alguna de las siguientes palabras, no importa si vienen a cuento o no: “otredad”, “pliegue”, “posminimalismo”, “descentramiento”, “especularidad” y otras por el estilo. También se pueden formar compuestos libremente con ellas: “álgebra del significante”, “interpelación semiótica”, “transterritorialidad de las emociones-tipo”, “experiencia material opaca”, “intervención sensualizada”, “síncope sincrónico”. Las palabras que corren el riesgo de estar en boca de cualquier vecino es preciso revitalizarlas con prefijos: “oral” tiene menos caché que “trans/oral”, y “lúdico” puede sonar demasiado manido a menos de que lo redimamos como “poslúdico”. Desde luego todo esto se inscribe en las filas del neopretencionismo.
Por último, deben citarse a pensadores cuyos nombres aparezcan más de una vez en los corrillos de las exposiciones (ojo: en conversaciones no peyorativas ni irónicas), de preferencia aquellos que muestren una sincera inclinación por la frase abigarrada. En caso de nunca haberlos leído, bastará hacerles atribuciones osadas.
Un buen modelo de página perfecta es esta que copio a continuación, redactada por la experta en arte y cultura poscolonial Jean Fisher, a propósito de la obra de Gabriel Orozco:

En el ordenamiento racionalizante del mundo, el plano divide y secciona el tiempo-espacio, colocando y organizando los sujetos y objetos que se encuentran en su interior en jerarquías. No es difícil vislumbrar que se trata de una maniobra cartográfica bajo la dirección de una mirada colonizante. La violencia de esta mirada fue capturada por Carl Andre cuando describió su escultura como una “cortada” en el espacio. Cuestión de semántica, quizá, pero aun así es indicativa de la ambivalencia de este plano en el minimalismo estadounidense y el grado en el que permaneció fijado —no importa cuán inconscientemente— al sujeto cartesiano, a pesar de que dicho minimalismo tuvo un fuerte sesgo hacia la democratización del objeto.

Charlatanería trascendental

¿Pero no será que mi mente es demasiado estrecha y la incomprensión tiene que ver más bien con mi cortedad y no con la pomposidad o la arrogancia de los autores? Escribir sobre arte no tiene por qué ser una empresa didáctica, y hasta cierto punto es inevitable que, dada su propia dinámica interna, tenga que echarse mano de un vocabulario especializado para dar cuenta de él, una jerga sólo apta para iniciados, que por lo mismo sonará pedante o abstrusa a quienes se hayan quedado al margen.
            Aunque desde luego no todo lo complejo responde a una voluntad de retorcimiento, mi sospecha es que la mayoría de los vicios sintácticos, las licencias terminológicas y la atmósfera infatuada de los escritos sobre arte responden a una intención demasiado humana: la de impresionar. El párrafo apenas citado de Jean Fisher quizá sea no sólo pertinente sino también iluminador para acercarse a la obra de Gabriel Orozco, pero le urge un baño de humildad (además de un curso básico de argumentación). No es que no tenga nada que enseñar a los lectores, pero parecería que su principal carburante es infundirnos la sensación de no merecerlo.
En un medio afecto al deslumbramiento y a la codificación espontánea, que ha rentabilizado el aura y encuentra resonancias y guiños hasta en la mancha accidental, el avasallamiento conceptual permite, entre otras cosas, la cotización a la alza de las obras que se comentan. Como nos hemos acostumbrado a que una pipa no sea una pipa, hasta la ocurrencia más chabacana puede poner en jaque la historia del pensamiento occidental, al menos tanto como un inocente globo de helio es capaz de subvertir nuestras nociones de peso, espacio, escultura, objeto cotidiano y ya ni se diga de campo gravitacional. Así, una calavera llena de incrustaciones de diamante no es solamente eso, una calavera llena de incrustaciones de diamante, y tampoco una pieza de joyería excesiva o un desplante de necrofilia fácil, mucho menos una bravuconada kitsch de millonario con exceso de tiempo libre, sino “una exploración de los temas fundamentales de la existencia humana”, una pieza “provocativa” que “hunde raíces en la tradición del memento mori” y de la que además “emana una luz celestial”, es decir, “un homenaje a los cráneos sacrificiales de los aztecas”. ¿Por qué se desata esta fiebre especulativa? Porque así suben sus bonos.
            Si detrás de estos textos esotéricos hubiera una intención esclarecedora, lo que sería de esperarse es que el camino entre la pieza y el espectador fuera más despejado, no que se cubriera de obstáculos; si comportara un afán interpretativo, los hilos tendidos desde la obra no tendrían por qué enredarse como suelen; si los moviera una motivación crítica, su contundencia estaría en proporción directa a su claridad; si fuera por dar salida a una vocación literaria, no se entendería que incurrieran desde el comienzo en la pesantez y lo arcano, y en fin, si los animara un impulso paródico, bueno, es porque ya se habría acumulado una gran masa cantinflesca que parodiar.
            En el mundo paralelo del arte, la mercadotecnia no se estila con jingles pegajosos ni con eslóganes de una sola línea, sino con ejercicios complicadísimos de vaciedad. Lo que bien podría caracterizarse como batiburrillo estético —o charlatanería trascendental— inspira un respeto boquiabierto, un mareo apantallador, que desde luego se cotiza muy bien en las subastas.
Pero lo que impresiona a fuerza de oscuridad, la reputación basada en la autoridad divagante, en el fondo representa las tendencias más conservadoras de la actividad artística. Como nadie entiende gran cosa, como las figuras que se forman en la cortina de humo son hipnóticas a su manera, los artistas y teóricos están encantados de que todo siga así, de ser posible de manera indefinida, felices de que la espuma de la champaña suba, las cifras en los cheques se multipliquen, todo muy profundo y sugerente, todo lleno de connotaciones exquisitas, todo como un tour de force descomunal y glamoroso, cargado de segundos tonos, de destellos inteligentes, de sobreentendidos, y claro, sin que nada tenga la menor incidencia en el mundo.

           
 Publicado originalmente en Galleta china.

sábado, 19 de mayo de 2012

Ráfagas sobre el ensayo


En en el número de marzo de Letras Libres, se publicó una crítica de Rafael Lemus a mi escrito “El ensayo ensayo”. Esta es mi respuesta.


Hubo un tiempo sin ensayos. Antes de 1580, fecha en que Montaigne usa la palabra para referirse a sus tanteos, había formas de escritura que guardaban cierto parecido de familia: disertaciones, diálogos, sumas, epístolas, tratados, etc., en algunas de las cuales reconoce a sus precursores. ¿Qué terquedad o confusión, qué ligereza de juicio, lleva a que ahora casi cualquier cosa se haga pasar por ensayo bajo la sonrisa complacida del crítico?

Referirse a Montaigne como una suerte de comparsa en la historia del ensayo; creer que el acento personal del género es una especie de “moda”: indicios de que no orbitamos en la misma galaxia.

El ensayo, al menos hasta hace muy poco, carecía de pedigrí. Era el apestado de las investigaciones serias, el irresponsable que no quiere llegar a ningún lado, el rumiante un tanto gagá que reflexiona al margen. Algún cataclismo debe de estar sucediendo para que, desde todos los rincones imaginables, se reclame el derecho, no tanto a ensayar, sino a ostentar el nombre.

A fin de recuperar ese talante subjetivo, resueltamente provocador que lo recorre desde Montaigne hasta, digamos, John D’Agata o Luis Ignacio Helguera, se ha hablado de ensayo “informal”, “anecdótico”, “personal”, “creativo”, “moral”, “lírico” y también “verdadero”. Mi tautológico y machacón “ensayo ensayo” era un homenaje a aquel “enfático ensayo” de Adorno, pero también una reducción al absurdo para apuntar hacia un ensayo sin adjetivos.


Las inscripciones en la torre de Montaigne


Se tacha de “esencialista” el intento de perfilar el ensayo. Una condena que pasa por alto que, incluso en la caracterización más ceñida, la ortodoxia del ensayo es herejía.

Por su carácter proliferante, movedizo y promiscuo, definir el ensayo se antoja descabellado; pero la idea de problematizarlo, de preguntar por sus fronteras porosas, de reflexionar sobre sus límites, parece no solo pertinente sino que, de algún modo inesperado y oblicuo, pone el dedo en la llaga. ¿De qué otra manera retomar su impulso experimental y llevarlo más allá?

Del mismo modo que la estela de un barco no determina su curso, destacar el linaje del ensayo no equivale a plantear una preceptiva.

Si hay un aire conservador en todo esto, estaría en la insistencia de escolarizar al ensayo, en darle la espalda a su propia tradición para volver a la forma cerrada de la teoría, en vestir de toga y birrete a Huckleberry Finn. En olvidarse de su carácter elástico para enfatizar –¡qué audacia!– lo escolástico.

En lugar de subjetivo, el crítico lee “egotista”; en lugar de tentativo, resume olímpicamente “impresionista”. En ese afán de caricaturización se encuentra, más que el meollo del debate, el autorretrato involuntario del crítico.

Nada de qué asombrarse: los pedales de mucha de la crítica contemporánea son la caricatura y el gusto por amontonar descalificaciones.

No es infrecuente que se invoque el nombre de Adorno como elemento decorativo. Sin embargo, habría que cuidar de que al hacerlo, como quien coloca un florero en medio de la habitación, no quede de cabeza.

T. W. Adorno no oficia las bodas del ensayo y la teoría. Defiende que, sin importar su eje subjetivo, sea capaz de alcanzar un tipo de verdad, de objetividad, diferente. Su medida no es la verificación de tesis, sino la experiencia humana individual.

Hay que tener una idea muy rupestre –o muy laxa– de lo que es una teoría para pretender que “el uso crítico, indisciplinado, antisistemático de los conceptos” autoriza a hablar de un ensayo teórico. En ocasiones es tropiezo lo que tomamos por salto.

Aunque picotee aquí y allá, absorba teorías y maneje conceptos, el ensayo procede desde la sospecha: frente al método, frente a las reglas del juego teóricas, frente a la especialización erudita, frente al ideal de una construcción cerrada, que agota su tema. Su rasgo no es la afirmación, sino la incertidumbre.

Detrás del ensayo suele estar el error.

“El ensayo –escribe Adorno– es a la vez más abierto y más cerrado de lo que puede ser grato al pensamiento tradicional.” Más abierto, pues se resiste a los residuos de la escolástica y a las infiltraciones de los filosofemas ya empaquetados y listos para consumo. Más cerrado “porque trabaja enfáticamente en la forma de la exposición”, porque se obliga a una intensidad mayor que la del pensamiento discursivo.

Lejos de entregar un informe sobre las cosas, de limitarse a su representación objetiva, en el ensayo las cosas cobran una nueva forma a través de la imaginación y la escritura. Si hay una verdad en todo ello, es de tipo poético, puesto que el ensayo es una variedad de la poesía.

Aun el enfant terrible del ensayo, Ander Monson, quien ha visto en él una forma de hackeo, no pierde de vista los límites del género y avanza desde su interior para ampliarlos, para llevarlos a su tensión máxima: “Los temas tácitos de todos los ensayos son el ensayo mismo, la mente del escritor, el yo en el proceso de tamizar y percibir, incluso si el yo es tácito, nunca evidente, oculto.”

Lo que hace un niño con su bola de plastilina está más cerca de la escultura que una tesis de grado de la ensayística.

El ensayo incomoda porque se mueve en las intersecciones, en las zonas de nadie, en ese desfiladero donde cada nuevo paso parece realizarse en el aire, fuera de lo literario pero también de lo académico. Porque “con conceptos querría abrir de par en par lo que no entra en conceptos” (Adorno).

Su soberanía frente a lo fáctico, su libertad de movimiento frente a la teoría, pueden hacer pensar que el ensayo se desentiende de la realidad. ¿Cómo podría hacerlo, si aspira a verter la experiencia humana sobre la página?

El ensayo como membrana –como interposición– entre la mente y el mundo. El ensayo como ósmosis o, mejor, como bitácora del flujo y reflujo en ese diminuto poro que llamamos el yo.

Porque subordina la crítica a la experimentación personal, por antropomorfista y polimórfico, por ametódico e inestable, por disperso y anacrónico, pero sobre todo porque antepone la búsqueda de la felicidad a la verdad, el ensayo no es solamente un género literario ni una práctica más o menos extendida. Es un proceso, una vía de transformación, en primer lugar de uno mismo, a través de la escritura.



Quien percibe en las divisiones de género cierto tufillo de cárcel y presiente comisarios y cancerberos pasa por alto que, en todo caso, el ensayo es “una prisión de mínima seguridad” (David Shields). Salir de ella comporta al menos el sentido del riesgo.

El crítico se molesta cuando le desacomodan los libros de su biblioteca. Le gustaría que todo se ajustara a su criterio, que el orden implícito que guía sus lecturas –y sus estantes– no fuera alterado. Pretende, tal vez, que todo se quede como está.

¿Dónde está el escándalo de tomar, digamos, Lenguaje y significado de Alejandro Rossi, y retirarlo del librero del ensayo? ¿O Logoi: una gramática del lenguaje literario de Fernando Vallejo? ¡Fuera!

O El deslinde de Alfonso Reyes. Pero antes de expulsarlo, no estaría mal que lo repasara. ¡Es de teoría literaria! Y allí se pregunta lo que según esto ya no tiene sentido: si cabe distinguir entre literatura y no literatura.

Lo de menos, desde luego, es el orden de la biblioteca. La cerrazón, la actitud recalcitrante, tiesa, estrecha, retrógrada (¡qué fácil es descalificar!), está en no permitir que se cuestione toda esa masa de textos que, con la coartada de lo ensayístico, pero sin nada de invención, de impulso experimental, se limitan al confort de opinar.

Si delinear los contornos movedizos del ensayo es anatema, ¿habría que contentarnos con la etiqueta mercadológica de la no-ficción? ¿O con esta gema de la lucidez: el ensayo es prosa, prosa discursiva? Pero no olvidemos que Alexander Pope publicó en verso su Ensayo sobre el criticismo y que ahora proliferan videoensayos como los de Laura Kipnis.

“La hospitalidad del término no-ficción: un vestidor completo etiquetado como no-calcetines” (David Shields).

¿Qué se gana con decir que las tareas escolares, los reportajes periodísticos, los libros de divulgación, las colecciones de artículos, las promesas de campaña y en general toda la doxa encuadernada son ensayo? ¿No es mucho más lo que se pierde?

El ensayo: esa pregunta. Esa forma anacrónica y siempre abierta. Sin embargo, parafraseando a Kant, el ensayo no se engrandece confundiendo sus límites: se desfigura.

Una cosa es expandirse en todas direcciones y otra muy distinta es ser amorfo. Uno de los temas recurrentes del ensayo es el ensayo mismo, sus limitaciones, sus bordes, pues esos bordes coinciden con los de la propia mente, que gracias al ensayo se resiste a anquilosarse.

Una prueba de que el ensayo no es cualquier tipo de prosa, mucho menos esa práctica quién sabe qué tan maquinal para proferir opiniones y teorías al vapor, es que no se cruza de brazos ante sus bordes muchas veces cortantes. Que al llegar al filo de lo que conoce, de lo que es aceptable y consabido, se atreve a ir más allá.


Publicado originalmente en Letras Libres.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Una defensa de las humanidades


A propósito del libro de Martha Nussbaum, Sin fines de lucro (Buenos Aires, Katz, 2010).

¿Quién no adora al ídolo de la rentabilidad? En su nombre se reorientan las políticas de las naciones, se reordenan las relaciones laborales, se reforman los programas de estudio. Con la coartada de propiciar beneficios rápidos y cuantificables, de garantizar el crecimiento económico y la competitividad en el mercado global, se implementan una serie de medidas que, por el hecho de incidir directamente en el PIB, parecen justificarse. Qué importa que esas políticas no contribuyan a mejorar la calidad de vida, que sean depredadoras y contaminantes, que no promuevan el bien común a largo plazo; lo decisivo es rendir tributo al ídolo dorado, lo que cuenta es la caja registradora.

El discurso de la rentabilidad ha llevado, entre otras cosas, al desdén de las disciplinas humanísticas, a una tendencia cada vez más generalizada a despreciar su enseñanza por “inútiles”, reducidas a simples ornamentos en los que no vale la pena perder el tiempo ni mucho menos invertir. Lo mismo en las escuelas primarias que a nivel universitario, la filosofía, la literatura y las artes se encuentran en la picota por el presunto pecado de ser demasiado etéreas, por no tener los pies en la tierra ni producir beneficios —por “lujosas”, “ociosas”, “peligrosas”—, por no preparar a los estudiantes para el mundo real. Ya sea a través del célebre Proceso de Bolonia, con el que se busca normalizar la educación superior europea bajo parámetros que muchos consideran empresariales, ya sea a través de políticas locales que destinan menos recursos y propician la desaparición de enteros departamentos universitarios, la educación humanística está cada vez más amenazada, más relegada y pauperizada. Tanto en Europa como en Estados Unidos, en Asia como en México, hay vastas áreas académicas en serio peligro de extinción.

Si en Nueva York, la universidad estatal SUNY (por sus siglas en inglés) anunció hace tiempo el cierre de los departamentos de Teatro, Estudios Clásicos, Franceses, Rusos e Italianos, en México, a través de la RIEMS (Reforma Integral de la Educación Media Superior), la Secretaría de Educación Pública parece haber dado un golpe mortal a la filosofía escolarizada. Con el eufemismo de convertirla en una disciplina “transversal” —que más valdría llamar fantasmal—, materias como ética, lógica, estética e introducción a la filosofía se esfumarán de las escuelas aún más de lo que ya estaban: un acta de defunción para lo que había quedado en el abandono, entregado a las telarañas, y en la práctica se consideraba, al igual que muchos adornos, un auténtico estorbo.

La pregunta inmediata que se desprende de este panorama es por qué la rentabilidad debería ser el principal rasero; por qué lo que antes se concebía como un medio ha sido elevado a fin supremo. El caso de la China contemporánea, cuyo poderío económico a estas alturas es incuestionable, bastaría para ponernos sobre aviso. La rentabilidad puede convivir muy bien con la limitación de las libertades individuales, con las prácticas comerciales abusivas, con los regímenes de corte totalitario. ¿Puede entonces perseguirse el beneficio a cualquier precio? ¿No se corre el riesgo de que la urgencia de rentabilidad y la ambición lleven a que perdamos en el camino una serie de valores esenciales? ¿No hay en el fondo del discurso hegemónico, con su énfasis ciego en el intercambio y la explotación (de recursos pero desde luego también de personas), con su tendencia siempre latente a convertir las relaciones humanas en relaciones de interés y utilización, una amenaza para los valores democráticos? ¿Las propias disciplinas humanísticas no tienen nada qué decir frente a esta inversión de valores que tanto las margina y degrada? ¿Qué hay más allá de la exigencia de producir ganancias que contrarreste, matice y ponga en perspectiva la ideología que la entroniza?

Martha Nussbaum, filósofa de la universidad de Chicago que lleva muchos años interesada en el declive de las humanidades, ha escrito una sustanciosa y bien documentada defensa que tiene como objetivo mostrar no sólo por qué la educación humanística es y ha sido importante a lo largo de la historia, sino en qué sentido se ha vuelto crucial para el fortalecimiento de las democracias contemporáneas, para apuntalar una serie de valores civiles a los difícilmente estaríamos dispuestos a renunciar. De la mano de textos y prácticas educativas como las de John Dewey en Estados Unidos y de Rabindranath Tagore en la India, la estrategia argumentativa de Nussbaum se despliega principalmente en dos frentes: por un lado, pondera el papel de las humanidades en el marco de la obsesión por el lucro; por otro, muestra las limitaciones de ese marco a fin de construir un sólido alegato a favor de esas disciplinas en un terreno distinto: el ético y el político.

El primer frente se diría que es más débil y circunscrito, puesto que cae dentro de la misma lógica utilitaria que ha llevado al desprestigio de las disciplinas humanísticas. Sin embargo, se trata de un frente necesario y a su manera estratégico, ya que muchas de las políticas educativas han terminado por regirse por criterios cuantitativos, relacionados de una u otra manera con el crecimiento económico. Desde la época de Margaret Thatcher, primero en Gran Bretaña y luego en otros países, la importancia de una disciplina académica se mide atendiendo a su contribución directa o indirecta a la economía nacional. Como si la educación no pudiera concebirse más que como parte de un modelo de mercado y sus beneficios hubieran de equipararse con el de los avances tecnológicos, los proyectos de investigación se evalúan en términos de “impacto”, “usuarios externos” y “repercusiones materiales”, mientras que a los estudiantes se les inculca dirigir sus aspiraciones a la obtención de empleos bien remunerados. Según Nussbaum, las humanidades son importantes incluso dentro de este esquema pragmático puesto que el pensamiento crítico y la capacidad de imaginación se han vuelto pilares de la cultura empresarial. En sentido contrario a la formación de trabajadores obedientes y bien capacitados (ejércitos de maquiladores entendidos como engranes de la mecanización productiva), la rentabilidad de las empresas más exitosas está relacionada cada vez más con la innovación y el juego, la creatividad y el debate, capacidades que suelen fomentarse precisamente con la educación humanística. En sentido inverso sucede algo parecido: aquellas empresas que excluyen de su planta trabajadora ese perfil de apertura creativa, flexibilidad y recursos críticos, entran en un rápido estancamiento. De modo que si las universidades están empeñadas en apegarse a un modelo empresarial, parecería que lo están haciendo del modo más obtuso y tradicionalista, atendiendo únicamente a la fórmula del costo/beneficio, sin enterarse de que las empresas innovadoras y de mayor crecimiento siguen un camino muy diferente.

El segundo frente de su argumentación es más general, y consiste en señalar los efectos indeseables que arrojan las políticas de la rentabilidad cuando se extrapolan y empiezan a regir en los centros educativos, con especial énfasis en las repercusiones que estas políticas generalizadas tienen en la convivencia democrática. Glosado en pocas palabras, su punto es el siguiente: llevados por una avidez unidimensional, los estados nacionales y sus respectivos sistemas de educación están dejando de lado la formación de ciudadanos críticos, autónomos y cabales, con la capacidad de cuestionar a los gobiernos que los representan y de participar activamente en la toma de decisiones. Cuando la sed de ganancia no se complementa con el ejercicio del pensamiento crítico, termina por hacer que la democracia penda de un hilo, o al menos la convierte en un elaborado y —lo sabemos en México— costoso juego de simulaciones. Sin el desarrollo de las facultades del pensamiento y la imaginación, los individuos se convierten en meras “máquinas utilitarias”, aptas para la producción y el consumo, pero cuya participación política se reduce, cuando mucho, al llenado de una papeleta electoral.

Como ya antes había argumentado en su libro El cultivo de la humanidad, la educación humanística contribuye, mediante la “imaginación narrativa” y el “autoexamen socrático”, al fomento de la empatía, a desarrollar la capacidad de ver a las personas como un fin en sí mismo y no como un medio. Esta capacidad de ponerse en el lugar del otro, de entender sus sentimientos, deseos y expectativas, no sólo modifica la experiencia cotidiana y conduce en el mejor de los casos a que prevalezca el respeto y la búsqueda de diálogo, sino que también, en una época en que los problemas que afrontamos tienen alcance mundial, en que los desafíos ambientales, económicos, políticos y religiosos presentan un marcado cariz planetario, propicia la formación de “ciudadanos del mundo”, de personas con conciencia cosmopolita, en cuyo horizonte prevalezcan la razón y la compasión. Tal vez esa educación humanística no sirva para ganar dinero —concluye la Nussbaum—, pero sí sirve para generar otro tipo de riqueza: riqueza cultural, riqueza crítica, riqueza emocional y lógica, que entre otras cosas permite compensar las falacias, el egocentrismo, la angostura de espíritu y las prácticas depredadoras y abusivas en que suelen incurrir quienes se orientan fundamentalmente a la obtención de beneficios económicos.

A pesar de que aquí y allá, en discursos y estatutos, con fácil insistencia de ritornelo se encomian y difunden las bondades de los valores democráticos, al mismo tiempo parece pasarse por alto que ninguna democracia puede fortalecerse y ser estable si no cuenta con el apoyo de ciudadanos educados para ese fin, con una masa creciente de ciudadanos críticos, participativos, en estado de alerta. Cuando falta esta discrepancia y capacidad de juicio —cuando falta propiamente la ciudadanía—, la democracia no pasa de ser una chapuza, una astracanada monumental y prestigiosa, detrás de cuya fachada de legalidad y participación los individuos no son sino puntos porcentuales manipulables por el circo mediático.

Planteamientos como el de Martha Nussbaum, que en el fondo no hacen más que traer a cuento la vieja aspiración de convertir la escuela filosófica —la Academia— en una paideia, en ese ensanchamiento del alma que nos conduzca a reconocer a todos los seres humanos como nuestros parientes —el entrenamiento hacia una “humanidad política” en la que el hombre se reconozca al fin como kosmopolités, como ciudadano del cosmos—, planteamientos de este tipo, decía, es común que se desestimen arguyendo que es bastante dudoso que las humanidades generen mejores ciudadanos, seres humanos más integrales y participativos. Incluso es frecuente que se llegue al extremo de citar el caso de la Alemania nazi como una muestra de sociedad educada en los más altos parámetros artísticos, literarios y humanísticos que, sin embargo, no por ello se convirtió en un paladín de la empatía hacia el prójimo ni en un campeón de los valores democráticos.

En su libro, Nussbaum no se distrae con el examen de estas objeciones. Afrontarlas equivaldría, en última instancia, a remontarse a la época optimista, griega, de la filosofía, en que el concepto mismo de escuela, de educación, comportaba la transformación de los niños de ciudad en cosmopolitas adultos, y en que la verdad no se alcanzaba por éxtasis o revelación, sino a través de la investigación, las pruebas, los argumentos. Responder a esas críticas supondría —como en otro contexto ha hecho el filósofo alemán Peter Sloterdijk—desandar el camino hasta hacer ver en qué sentido la paideia siempre fue entendida como una educación hacia lo más alto, hacia la amplitud de miras, hacia la creación de una ciudadanía “de mente elevada”: en suma, como una introducción a la sensatez adulta que, muchas veces se nos olvida, es lo que significa la palabra humanitas. Martha Nussbaum no se ocupa directamente de nada de esto, pero lo implica y lo sugiere al defender que los valores democráticos están en riesgo con la actual crisis educativa mundial y, en particular, con el abandono de las humanidades que esta crisis ha consentido. Y uno de los riesgos principales —vale la pena insistir en ello— es que en el marco de la urgencia por la rentabilidad, en un ambiente impregnado de codicia, con los ojos fijos en los indicadores macroeconómicos, las relaciones humanas terminen reducidas a meros vínculos de manipulación, explotación y utilización.

En un país como México (donde por cierto ha amasado su fortuna el hombre más rico del mundo), podría pensarse que se trata de minucias, que hay problemas y desigualdades más acuciantes, cataratas de asignaturas pendientes que hay que aprobar antes de que dejemos que nos quiten el sueño las viejas materias optativas… Sin embargo, las señales de alarma que arroja la miseria educativa están desperdigadas por todos lados, y la falta de una columna vertebral humanística se hace evidente de manera lastimosa y trágica. No es sólo que la estrechez de miras de los gobernantes haya llevado a la ruina generalizada del sistema escolarizado, ni que la propia dirigente del Sindicato de Maestros (SNTE), Elba Esther Gordillo, sea una auténtica maestra en anteponer la manipulación y utilización de las personas por encima de cualquier ideal formativo. Esas señales de alarma están también implícitas en los brutales enfrentamientos entre los cárteles de la droga, en los valores que subyacen a la delincuencia organizada, en esos fines utilitarios, despiadados e insensibles que, toda proporción guardada, emulan en clave salvaje a los que se propalan día y noche desde las cúpulas tecnócratas, siempre tan amigas de sobarle la panza al ídolo de la rentabilidad. Entender al otro fundamentalmente como un instrumento para obtener ganancias o, en su defecto, como un obstáculo que se interpone en el camino, no es sino el reflejo de la incapacidad de ver a las personas como seres humanos y no como objetos. Los feminicidios en Ciudad Juárez, los inmigrantes secuestrados en su paso hacia los Estados Unidos, los descabezados y miles de muertos y desaparecidos de la guerra contra el narco, difícilmente pueden entenderse sin apelar a una profunda incapacidad de comprensión e interés humano que ya más bien se está convirtiendo en epidemia nacional.


Hace no mucho, los dirigentes del SNTE, repentinamente consternados por la “falta de valores” que priva entre sus filas, decidieron invitar al Dalai Lama para que sirva de ejemplo y bañe de espiritualidad a sus agremiados. Como era de esperarse, nunca les pasó por la cabeza la idea de invitar a alguien como Martha Nussbaum a fin de que los asesore, oriente y también confronte. Y mientras esperaban ser bendecidos por la súbita revelación de una dimensión espiritual en sus vidas, los mismos que dicen estar al frente de la educación del país y en cambio han perpetrado su hundimiento, imponiendo un proceder corrupto y faccioso al interior del gremio magisterial, se apresuran a tomar medidas que, con el pretexto de “vivir mejor”, ponen todavía más contra la pared a la ya muy vilipendiada formación humanística.