martes, 19 de abril de 2011

Contra el consumo de donas

Es frecuente que la intelectualidad nacional pida resolver el problema de la obesidad infantil. Yo también estoy a favor de ello, pero estoy más a favor de que mientras las donas sean vendidas por empresas sin escrúpulos —que no advierten a los consumidores de los daños que generan— seamos radicales: renunciemos al consumo de donas.

Vamos al grano: el consumidor de donas mexicano, junto con el gringo, es el patrocinador directo de todo este problema de salud pública.

El consumidor de donas paga sueldo de empresas y panaderías, subsidia misceláneas, picha la publicidad, financia el lobby en la cámara de diputados y, claro, las donas se siguen vendiendo al por mayor en todos lados. Y le vale. Quiere pasársela “bien”. Lavado de manos a la Poncio Pilatos.

Los consumidores comunes de donas son los señores reales de la diabetes y la obesidad. Sus jefes de piso.

La dona es la religión de los intelectuales.

Una vez dije esto en un foro. Casi me linchan.

Si te parece poco “realista” renunciar por ética al consumo de donas, entonces, no te quejes. Comprar donas inevitablemente genera —en lo privadito o en lo público— destrucción de cuerpos de modo rutinario.

La dona es el meta-capitalismo.

“Esta obesidad no es nuestra”, ¿neta?

Y, sí, todos estamos hasta la madre. Hasta la madre de donas, cabrones.

No + obesidad infantil = No + donas.

O si usted patrocina la enfermedad y los problemas de salud pública, perdón, si usted desea consumir sus donitas a gusto, sin que lo saquen de onda constantes noticias desagradables, por favor, pida a sus socios (a la Bimbo) que no la chinguen y oculten esos cuerpos obesos de manera más eficiente.



Este alegato es sólo una ligera alteración (mutatis mutandis), del argumento que esgrime Heriberto Yépez para responsabilizar al consumidor de drogas en la guerra del narco.

Es frecuente que la intelectualidad nacional pida la legalización. Yo también estoy a favor de ella, pero estoy más a favor de que mientras la droga sea traficada por personas sin escrúpulos —narcos o policías, militares, funcionarios corruptos— seamos radicales: renunciemos al narco-consumo.

Vamos al grano: el consumidor de droga mexicano, junto con el gringo, es el patrocinador directo de todos estos asesinatos.

El consumidor paga sueldo de sicarios y autoridades, subsidia sobornos, picha las armas, financia las células y, claro, redes de prostitución y esclavitud asociadas. Y le vale. Quiere pasársela “bien”. Lavado de manos a la Poncio Pilatos.

Los consumidores comunes son los señores reales del narco. Sus jefes de piso.

El opio es la religión de los intelectuales.

Una vez dije esto en un foro. Casi me linchan.

Si te parece poco “realista” renunciar por ética al consumo, entonces, no te quejes. Comprar droga a criminales inevitablemente genera —en lo privadito o en lo público— destrucción de cuerpos de modo rutinario.

La droga es el meta-capitalismo.

“Esta guerra no es nuestra”, ¿neta?

Y, sí, todos estamos hasta la madre. Hasta la madre de coca, cabrones.

No + sangre = No + droga.

O si usted patrocina la corrupción y al narco, perdón, si usted desea consumir su droguita a gusto, sin que lo saquen de onda constantes noticias desagradables, por favor, pida a sus socios (los narcos) que no la chinguen y se deshagan de los cuerpos de manera más eficiente.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Los impasibles del tablero



Entre más se delimita una mente, más toca por otro lado el infinito.
Stefan Zweig

Tantas veces se ha elevado el ajedrez a símbolo del universo que con frecuencia se olvida que para ciertos hombres el ajedrez es el universo. Abismados frente al tablero como si se sometieran a una disciplina de meditación esotérica y no a un “simple juego”, inmóviles y hieráticos sin que nada en su expresión delate la serie de cálculos y ramificaciones que se agita en sus cabezas con el ruido de una batalla ancestral, para quienes ya son víctimas del ajedrez —y no meramente unos aficionados o cautivos— no hay lugar para la alegoría, no existe aquella otra cosa con la cual se pueda elaborar el símil y de la cual sería un remedo.

No se trata únicamente de que a lo largo de la partida de ajedrez el jugador concentre toda su creatividad y energía analítica al cometido si se quiere estéril de acorralar al rey contrario, ni de que durante las horas que dedica a su entrenamiento la realidad se nuble y pierda sus colores hasta reducirse a una contienda de fuerzas negras y blancas, entretejidas según la lógica del instinto asesino, que es una lógica más obsesionante y primitiva que la que impera en la búsqueda de belleza y aun de perfección; se trata de que la imagen del tablero acompaña al jugador en todo momento, día y noche, como una sombra maléfica incluso cuando se supone que debería descansar, cuando el sueño debería disolver el estremecimiento que experimentó tras una ligera vacilación en su estrategia y el enemigo podía capitalizar una fisura apenas vislumbrada; se trata de esa pregunta que todo gran ajedrecista se plantea sin descanso, ya no digamos al comienzo de cada torneo importante, sino cuando coloca las piezas para una nueva partida, no importa qué tan formal; esa pregunta en apariencia sencilla y se diría excesiva, pero de consecuencias imprevisibles cuando se formula de manera espontánea, y que Vladimir Nabokov coloca en el centro de su novela La defensa: “¿Qué otra cosa existe en el mundo fuera del ajedrez?”

Una de las razones por las que este juego milenario (este “triste desperdicio de cerebros” como lo denominó Walter Scott), puede ser tan absorbente, tan tentador y a su manera tiránico, radica en que aun la partida más breve se sitúa en un punto limítrofe entre la armonía y el vértigo. Hay una plasticidad elemental, pero al mismo tiempo inagotable, en ese enfrentamiento de fuerzas simétricas que tanto se parece a la lucha siempre seductora de la mano izquierda contra la derecha; pero también hay algo más profundo y desconocido, algo insondable en el ensamblaje a veces secreto de las piezas sobre el tablero, que es capaz de erizarnos la piel y despertar el temblor frente a lo infinito.

Pese a que tenga como escenario una retícula de apenas 64 escaques que puede plegarse y caber en el bolsillo, no hay nadie que se interne en los meandros del juego sin la conciencia de que su dominio, su domino cabal, es imposible para el hombre. Basta estudiar la posición de una partida entre dos grandes maestros, con su entramado de ataques potenciales y equilibrios, con esa fragilidad soterrada de tensiones y contrajuegos, para advertir su apabullante inmensidad; y aun cuando en medio de la contienda, apremiados por la presión del tiempo, tengan que decidirse por una jugada, siempre queda la sospecha de que algo se les escapa incluso a ellos, de que inadvertido entre el follaje de variantes siembre habrá un movimiento mejor, más elegante y letal. El total de partidas diferentes que caben en el mantel a cuadros es un número tan monstruoso que bastaría para construir un universo paralelo, en el que los constituyentes básicos, en vez de átomos, fueran juegos completos (los electrones serían los movimientos), de allí que no deba parecer descabellado que un hombre se pierda con facilidad y en ocasiones no sepa muy bien cómo volver de ese cosmos en miniatura —paradójicamente más vasto que el propio universo.

* * *
El ajedrez goza del prestigio de ser un juego de inteligencia y habilidad, que sin embargo en una época no muy lejana ni siquiera pretendía disfrazar su condición de vicio. La tensión que genera, sutil y persistente como la telaraña, alcanza tal voltaje y demanda tal constancia de las capacidades de la mente exigidas al máximo que la sensación liberadora que sobreviene después de encajonar al enemigo en una red de mate sólo se compara con un nudo que por fin se deshace en algún punto de unión entre el cuerpo y la conciencia; algo parecido a una descarga de euforia, pero de euforia pacífica, que a la larga se torna adictiva.

Los temperamentos atraídos por el ajedrez se distinguen por la naturalidad con que se desplazan entre las entidades abstractas, así como por una concentración agudísima que dirigen a un reducido abanico de asuntos, hasta el punto de que a veces son poseídos por el demonio de la idea fija. Quizá debido a la formidable focalización de la que hacen gala, muchos genios del ajedrez han sido torpes e imprácticos en su vida diaria, han adquirido manías que uno no sabe si calificar de excéntricas o llanamente de supersticiosas, y se han visto aquejados por brotes esporádicos de paranoia o megalomanía, hasta que un día terminan por salirse literalmente de sus casillas. Entre los grandes jugadores que han padecido desórdenes mentales relacionados con su afición al ajedrez, o que cuando menos se han comportado fuera del tablero de manera a tal punto excéntrica de parecer un alfil con arranques de caballo, se cuentan Steinitz, Morphy, Pillsbury, Torre, Rubinstein y Fischer, por sólo mencionar a ajedrecistas de primera línea, dos de ellos campeones del mundo.

Un carácter propenso a la introversión cae con facilidad en las arenas movedizas de este juego silencioso y autista que no precisa establecer una plática, que si acaso, como el go de los orientales, se aproxima a una “conversación de las manos”, a un “diálogo manual”, y una vez allí, una vez absorbido por sus arenas envolventes y áridas, por sus exigencias no exentas de recompensas y alegrías, nada es más natural que complete el círculo vicioso exacerbando su aislamiento y dándole la espalda al mundo. “Lo que es preciso recalcar es un hecho muy sencillo —escribe George Steiner en su libro sobre el campeonato mundial entre Fischer y Spassky, Campos de fuerza—: un genio del ajedrez es un ser humano que concentra dones mentales vastísimos, poco y mal comprendidos hasta ahora, y que se desvive por lograr la culminación de una empresa en definitiva trivial. De un modo casi inevitable, esa concentración genera síntomas patológicos de estrés nervioso, de irrealidad.”

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En una página célebre el ensayista inglés Joseph Addison escribe que las ruinas de Babilonia no son un espectáculo tan conmovedor como la mente humana desbaratada por la locura. Pero quizás haya un espectáculo aun más conmovedor, y es el instante en que la mente de un ajedrecista, después de adentrarse en el laberinto de combinaciones que representa un nuevo movimiento —un laberinto en cierta medida familiar pero a la vez aterradoramente desconocido, lleno de trampas y salientes súbitas y callejones sin salida—, logra sortear los desfiladeros de la locura y sostenido por algo tan delicado como un cabello se las arregla para desandar el camino de sus pensamientos hasta volver a la realidad.

Cada tanto, lo mismo en los torneos de alto nivel que en las partidas entre aficionados, se da uno de esos trances de pasividad introspectiva en que la disposición de las piezas produce un inadvertido laberinto sobre el tablero, un laberinto capaz de eclipsar por completo el mundo —y al tablero que ha fungido de entrada— mientras el reloj avanza con el sonido maquinal de una condena. El espejismo de una jugada brillante, un sacrificio que análisis más detallados presentan como ineficaz, puede detonar ese ensimismamiento que en algunos casos se prolonga de manera alarmante hasta traducirse en derrota. Después del fogonazo de la genialidad, el jugador se descubre de pronto extraviado en el espeso bosque de combinaciones, donde no sólo ya no encuentra las migas de pan que le servirían de guía para volver a la superficie del tablero y completar al fin su movimiento, sino donde también ha entrevisto las honduras impenetrables del ajedrez y ha comprendido su horror, se ha visto a sí mismo conducido a través del túnel de la monomanía hasta los umbrales del infinito, y aunque esté convencido de que la clave de la mejor continuación se encuentra allí, en algún lugar de esas profundidades cuya mirada es incapaz de abarcar, sabe también que jamás tendrá el valor de emprender su búsqueda sistemática.

Durante la segunda partida del cuarto enfrentamiento por el título mundial entre Anatoli Karpov y Garry Kasparov, en 1987, la mente del joven campeón fue tragada por un remolino sólo en apariencia estático, por una vorágine de variantes y contraataques de un dinamismo perturbador. Apenas en el décimo movimiento, después de un gambito sorpresivo que Karpov había preparado hacía pocos años para su duelo con Kortchnoï, y que por una razón u otra no había utilizado de nueva cuenta, Kasparov, como si alguien hubiera oprimido un interruptor en su nuca, se desconecta del mundo. Su mente se abstrae de la sala de competiciones, se esfuerza por evaluar los alcances de esa novedad emponzoñada y, de improviso, arrastrada por una fuerza superior, comienza a vagar por los bordes del tablero como quien guarda el equilibrio en las inmediaciones de un precipicio. Cambia el apoyo de la cabeza de una mano a la otra, con frecuencia se lleva un dedo distraídamente a los labios, pero es claro que no está allí, que aun su repelente enemigo se ha desvanecido en la bruma, lo mismo que las piezas, que hace ya tiempo dejaron de mostrarle su perfil despiadado y perdieron toda sustancia. Una hora y veinte minutos más tarde el Ogro de Bakú vuelve en sí y realiza su movimiento, pero hay una sombra de extrañeza en su rostro, cierta estupefacción en su actitud delata que el peón en su mano ha dejado de ser una pieza de ajedrez y se ha convertido en otra cosa, en algo ajeno y desusado e improcedente, en un obtuso pedazo de madera. El despilfarro de tiempo, que a la postre habría de costarle el encuentro y estuvo a un milímetro de comprometer la confirmación de su título mundial, es sólo el dato anecdótico, la contraparte estadística de ese descenso angustioso a los infiernos del tablero acerca del cual los ajedrecistas prefieren no hablar demasiado —a veces ni siquiera evocar—, como si esa reserva, ese empecinado alzarse de hombros, conjurara de algún modo el peligro de una recaída aún más catastrófica.


La inadvertida entrada al laberinto. Posición después de 9…e3,
en una partida crucial de campeonato entre las dos grandes Ks.

Es difícil aceptar que alguien que suspende la vista durante horas sobre un tablero intacto, mientras sostiene la cabeza con ambos manos a manera de pedestal, esté en verdad reflexionando sobre los caminos que lo conducirán a una posición ganadora. Cualquiera que conozca el espíritu del ajedrez sabe que la concentración que demanda no puede mantenerse incólume después de cierto tiempo, y que la tensión que se acumula debe encontrar a veces su válvula de escape en un movimiento profiláctico o no del todo intrépido, siempre y cuando no tenga visos de ser un error garrafal. Pero en ocasiones lo que obsesiona al ajedrecista no es tanto la bullente combinatoria de secuencias que diez o doce jugadas más adelante lo guiarán a una ventaja tan infinitesimal como incierta, sino la cercanía de una continuación obvia, la seguridad incoercible de que cualquier mirón que echase un vistazo al tablero desde fuera atinaría en un dos por tres con la variante que daría sentido y hondura a todo el plan hasta entonces desarrollado. Es esa cercanía, la sombra de esa posibilidad escurridiza y quizá flagrante, como la carta robada de Poe, la que tortura y hace vacilar al jugador, y que posándose como un ave de mal agüero sobre su cráneo sudoroso, comienza a picotearlo en la sien, una y otra vez, se diría de manera sarcástica, cegándolo con la negrura de sus alas y dando un nuevo sentido, más aterrador y opresivo, a la idea de amenaza, que es el arma más sutil en el ajedrez, pero que dirigida contra uno mismo termina por convertirse en una prueba de cordura.

Antes de Kasparov, muchos otros ajedrecistas han experimentado esa suerte de trance en el que la conciencia no sólo se evade de la realidad, sino que enfrascada como se encuentra en los recovecos de una posición no necesariamente compleja, termina por alejarse de ella hasta que, precipitándose por la puerta de atrás hacia el infinito, ya no le significa nada. En el sexto movimiento de una Ruy López —quizá la apertura más estudiada y recurrente del ajedrez—, Viktor Kortchnoï se ausentó cierta vez sobre su silla por cerca de una hora y media, para regresar del abismo con la recompensa de una jugada consabida. Efim Bogoljubow, el malhadado aspirante al título mundial durante los años veinte del siglo pasado, demoró una hora y cincuenta y siete minutos mientras meditaba una posición de la que por cierto no salió muy airoso, y hay constancia de que en 1980 el Maestro Internacional Francisco Trois, de Brasil, ocupó la desconcertante cantidad de dos horas y veinte minutos para completar su séptimo movimiento frente a Luis Santos, siendo que al parecer sólo tenía que considerar dos movimientos posibles de su caballo.

¿Cómo entender esos lapsos prolongados de hipnosis, esa niebla súbita de extravío y turbación que aguarda al ajedrecista a la vuelta de un movimiento que nadie juzgaría especial? ¿Qué puede la mente humana, aun la mente aguda y privilegiada del ajedrecista, frente a algo que no tiene indicio alguno de lógica y que es impredecible y desasosegante y de consecuencias funestas? Si consideramos que en los torneos actuales cada jugador cuenta con dos horas para completar los primeros cuarenta movimientos, dejarse llevar por los vuelos de una especulación vagarosa se antoja descabellado, sino suicida, y se aviene muy mal con la imperturbable disciplina a la que debe someterse el jugador de nivel. ¿Cabe describir esa hipnosis como una forma magnificada de la indecisión, como ese punto limítrofe en que la duda se convierte en pasmo y por tanto en inacción?

El inconstante Siegbert Tarrasch, que también era médico, bautizó como amaurosis schacchistica la ceguera repentina en el ajedrez, ese insidioso lapsus en que el jugador pierde la conciencia de una pieza o de una zona del tablero con desenlaces casi siempre lamentables. ¿Habría tal vez que abordar este bloqueo profundo desde el punto de vista de la medicina y entonces bautizarlo como apoplejía schacchistica, es decir, como una variante de la parálisis que deja girando a la mente alrededor de sí misma? ¿No puede ser, simplemente, un revoloteo inoportuno del ala de la imbecilidad ensañándose con aquellas mentes que han pretendido ir más allá de lo que les permite su genio? ¿Y qué es exactamente lo que cruza por la cabeza de los grandes maestros durante tanto tiempo de meditación, qué los subyuga o hechiza con tal improcedencia y los mantiene a kilómetros de distancia del tablero, de ese mismo tablero que sin embargo escrutan de arriba abajo con aire de perplejidad como si se tratara de un jeroglífico?

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Mikhail Tal, amo de las combinaciones fantásticas y de los sacrificios deslumbrantes, capaz de encontrar vetas inexploradas en las posiciones en apariencia más anodinas y estancadas, solía dejar que su mirada planeara como una ave de rapiña sobre el tablero en busca del salto de la liebre de lo extraordinario, lo cual sucedía con frecuencia, pero también lo llevaba a internarse en callejones sin salida con los que él mismo se obstaculizaba el análisis. No por nada conocido como El mago de Riga, durante una de esas fugas intempestivas a los márgenes de la realidad, Tal se las ingenió para que su mente se deslizara del frío escenario de Kiev a un pantano del África, y de la tentación de un sacrificio intrépido se sacara de la chistera un hipopótamo, un aberrante y sin duda adiposo hipopótamo en aprietos. “Nunca olvidaré mi encuentro con el maestro Evgeni Vasiukov durante uno de los campeonatos de la URSS —comenta Tal—. La posición en el tablero era muy compleja, y yo pensaba sacrificar un caballo. No era una variante muy clara, puesto que existían muchas posibilidades. Comencé a calcular y me horrorizó la idea de que el sacrificio fuera vano. Las ideas se amontonaban en mi cabeza: a una respuesta correcta del enemigo en determinada situación la traspasaba otra variante, y allí, naturalmente, ese movimiento era del todo inoportuno. Lo concreto es que en mi cabeza se formó un montón caótico de movimientos, a veces incluso sin ninguna relación entre sí, y el “árbol del análisis”, tan recomendado por los entrenadores, comenzó a crecer de manera monstruosa. No sé por qué, pero en ese momento recordé la célebre poesía infantil de Chukovski: ‘¡Oh, qué difícil es el trabajo / de sacar a un hipopótamo del pantano!’ No podría explicar a causa de qué asociación este hipopótamo se metió en el tablero, pero la verdad es que, mientras los espectadores creían que estaba analizando la posición, yo pensaba en cómo demonios podría sacarse a un hipopótamo del pantano. Recuerdo que mi cabeza pronto se llenó de cabrestantes, palancas, helicópteros e incluso de una escalera de cuerda. Después de numerosos intentos no encontré ningún método aceptable de sacarlo del pantano, y pensé con amargura: ¡pues que se ahogue!”

Aunque para dar cauce a sus devaneos sin sentido Tal se valió en aquella ocasión de la figura nada discreta de un hipopótamo, es claro que se trataba de un mero pretexto; a quien debía sacar del atolladero era a sí mismo, y ya se sabe que para que la mente encuentre una salida al intrincado encierro que ella misma se ha fabricado no hay palanca ni escalera que valga. El paréntesis se extendió sólo cuarenta minutos, y hay que decir que tuvo un efecto benéfico: Tal volvió a la realidad con la cabeza despejada, y de un vistazo se decidió por hacer caso a la intuición y no al cálculo. “Hay tres tipos de sacrificios: los correctos, los incorrectos y los míos”, gustaba de señalar Tal, y aquel caviloso día de 1964 el sacrificio de caballo, no sin cierto dramatismo funambulesco de quien improvisa el número de apoyarse únicamente en un dedo, le redituaría una celebrada victoria.

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Si hoy estas excursiones a los abismos cenagosos del tablero se presentan como una fatalidad aquí y allá, cuando el reloj se ha convertido en el más fiero antagonista del ajedrez (un antagonista que obliga a que cada jugador se enfrente en primer lugar contra sí mismo, contra su propia dispersión e inconstancia), en las épocas en que todavía no se instituían límites para la reflexión había partidas que llegaban a extenderse hasta lo inimaginable, y después de varias eras geológicas en que se diría que el mundo había quedado en suspenso, no era raro que los contrincantes fueran confundidos con figuras de cera. Sin la presión del tiempo que introdujo la invención del reloj mecánico de ajedrez, los movimientos dependían del sentido del decoro de cada jugador, sentido que parece estar muy mal repartido entre los hombres. Se cuenta que en 1851 el historiador británico Henry Thomas Buckle redactó dos capítulos de su History of Civilization in England mientras su rival reflexionaba una sola jugada, y hubo partidas memorables, como la decisiva entre Anderssen y Staunton, que para apenas 29 movimientos requirieron cerca de nueve horas.

También en ese mismo año de 1851, que debería recordarse como el de los movimientos más exasperantes de todos los tiempos, Elijah Williams, durante el Torneo de Londres, tenía la mala costumbre de abismarse sobre el tablero sin esforzarse en la mímica de la concentración, transformando el noble juego del ajedrez en una prueba de resistencia, que exigía del rival la fortaleza interior de un monje budista, si no para el dominio de las descargas de ansiedad y aburrimiento, sí para desarrollar el temple necesario a fin de permanecer sobre una silla la mayor parte del día. Las partidas de Williams eran tan dilatadas que algunas veces rebasaban las veinte horas, y aunque ese lapso le habría bastado a un general de la Armada Británica para la conquista de una ciudad exótica, según los reportes de aquella época las escaramuzas que protagonizó fueron más bien lerdas y esporádicas, y las emociones que regaló al público sólo se comparaban con las que podía despertar el papel tapiz del decorado. En The Even More Complete Chess Addict se sugiere que más que una peculiaridad de su carácter flemático la tardanza proverbial de El perezoso de Bristol comportaba una estratagema para sacar de balance a sus rivales, una burda maniobra que no tardaría en ser conocida como Sitzkrieg o “Guerra de la silla”.

Tomarse las cosas con excesiva calma puede ser, en efecto, una artimaña tan eficaz como una celada, que destroza los nervios del contrincante y lo hace caer en la desesperación o en el error que, como se sabe, son los verdaderos enemigos contra los que debe lidiar todo ajedrecista. Howard Staunton, organizador del torneo y antiguo profesor de Williams, se sintió con el derecho a amonestar a su ex pupilo cuando le tocó el turno de medirse con él, recriminándolo por su estilo tardo a pesar de que él tampoco sobresalía en celeridad: “¡Elijah, no se supone que estés allí simplemente sentado, se supone que debes estar allí sentado y ponerte a pensar!”, le gritó. Pocos movimientos más tarde, y tras varias horas de presuntos análisis quién sabe qué tan profundos pero en cualquier caso irritantes, Staunton estalló. Los modales victorianos de ese gran caballero que defendía el espíritu deportivo del más civilizado de los juegos se hicieron de pronto añicos ante el ritmo acompasado de aquel individuo que parecía estar hecho de mármol y que no le importaba aplazar hasta lo indecible la hora del té. Aunque ese gesto habría de costarle uno de los primeros puestos, Staunton abandonó la partida con una declaración infamante: “¡Yo no admito la lentitud de la mediocridad!” Elijah, con una sonrisa diabólica que tardó varios segundos en formarse, saboreó como nunca la victoria.

Pero llevar el Giuoco piano hasta las fronteras de la inmovilidad presenta el inconveniente de que nada obliga al rival al apresuramiento, y en realidad se expone a que éste le pague con la misma moneda de la lentitud. En su duelo con el desconocido James Mucklow, El perezoso se enfrentó con un espejo, apenas un poco menos pausado y abúlico, al punto de que entre los bostezos que reinaban en la sala se formó la hipótesis de que los contendientes se habían aficionado al opio. Staunton, cuya actitud hacia las partidas que rebasaban las diez horas pasó de la indulgencia a la mala voluntad y luego a la reacción alérgica (no por nada se convertiría en el principal promotor del reloj de arena como tercero en discordia) describió los aportes de Williams y Mucklow a la historia del ajedrez en los siguientes términos: “No es necesario subrayar que sus partidas, de la primera a la última, son notables únicamente por su invariable y nunca antes conocida somnolencia”.

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Todos estos ejemplos de enajenación transitoria en los que el alelamiento colinda con la profundidad metafísica y aun con el desequilibrio mental, y que bajo la apariencia del rigor analítico encubren la vulnerabilidad del ajedrecista, sus excursiones involuntarias al reino del no ser y la ceguera, son apenas un suspiro comparados con la parsimonia desquiciante de Louis Paulsen, férreo ajedrecista alemán que durante la segunda mitad del siglo XIX destacó por la pulcritud de su juego defensivo y por la gravedad con que afrontaba cada aspecto de la partida, y que sin importarle el agotamiento mental que derivaba de sus cálculos, invertía más tiempo que nadie en el descubrimiento y anulación de las maquinaciones del contrario.

Paulsen fue quizás el primer ajedrecista de la historia en dudar del ataque brillante, en descreer de la genialidad entendida como fuego de artificio; su estilo se basaba en la premisa de que el ajedrez ha de ser una batalla sorda y que para todo lance temerario siempre habrá una defensa que mostrará su inanidad. Era por supuesto un enemigo del juego efectista y romántico, un meticuloso aguafiestas del tablero, y si se mostraba reacio a participar en los grandes torneos internacionales era debido a que sus escrúpulos le exigían detenerse ante cada avance del rival hasta refutarlo, como si se tratara de un desafío teórico, lo cual muchas veces sucedía horas después de que ya su bandera había caído y se le adjudicara la derrota.

Paulsen nació en 1833, y fue contemporáneo y rival de Morphy y Steinitz. De haber nacido treinta años antes quizá habría sido un ajedrecista imbatible, dada la precisión y fortaleza de su juego, dada la solidez de sus innovaciones en las aperturas, pero tuvo la mala fortuna de figurar justo en una época en que la liberalidad concedida al análisis comenzaba a restringirse. El reloj se empleó por primera vez de manera oficial en 1867, en el torneo de París, y no transcurrieron ni siquiera veinte años para que se aprobara el reloj mecánico dual, inventado por Thomas Bright Wilson, que desde entonces se impuso en todo el mundo, con gran mortificación de los jugadores calmos y meditabundos.

Aunque destacó en las exhibiciones de simultáneas a ciegas, Paulsen se interesaba menos en la victoria que en la verdad; era un ajedrecista de una sutileza sin precedentes, mas no del tipo competitivo. Antes de tocar una pieza se cercioraba de que su movimiento fuera tan riguroso que alcanzara el estatus de “científico”, y en cierta ocasión ese prurito lo llevó a rumiar durante once horas ininterrumpidas una sola jugada, que sin embargo no sabemos si fue, en compensación, a tal punto eficaz. Esas once horas son toda una proeza para la mente humana carcomida por una sola idea; también, del lado del oponente, representan un hito de tolerancia, espíritu deportivo y hasta de abnegación, pues de haber sabido que Paulsen se resistiría a meter las manos al tablero durante tanto tiempo, como si estuviera obligado a inferir cuál de todas las piezas era la única que no detonaba un explosivo, con toda seguridad se habría excusado y se habría ido a la cama hasta nuevo aviso. Si excluimos el ajedrez postal, se trata de la respuesta más dilatada de la que se tenga noticia en un juego que ponga cara a cara a dos contrincantes. Ni siquiera el go, cuando estuvo regido por los despaciosos ritmos orientales y no por el cronómetro, produjo tal prodigio de reflexión y silencio, a pesar de que entonces una sola partida de campeonato solía asignar cuarenta horas a cada jugador, lo cual hacía que las contiendas se prolongaran durante semanas e incluyeran prácticas propias del Zen y numerosos aplazamientos.

* * *
Con su reputación de jugador absorto y solemne, de auténtico quelonio del ajedrez, Paulsen no sólo provocó la ira y a veces el abandono de sus rivales, sino que dio lugar a toda clase de equívocos sobre las reglas de etiqueta que habían de guardarse frente al tablero, y no faltó quien se preguntara si el genio alemán dominaba el arte de quedarse dormido con los ojos abiertos. En una de las anécdotas más famosas del ajedrez —la anécdota favorita de Bobby Fischer— Paulsen se sume en una de sus colosales meditaciones en una partida contra Paul Morphy, cuya maestría para el juego abierto era tan audaz como relampagueante, y que a partir de que le asestara uno de los sacrificios de Dama más espectaculares de todos los tiempos bien podía ser considerado su Némesis. Al cabo de cinco horas, Morphy, un caballero habituado a compases de espera inhumanos, en los que evitaba a toda costa mesarse los cabellos de hastío o importunar a su contrario con un bostezo, se decide tímidamente a romper el silencio y exclama: “Perdone, ¿pero por qué no juega de una vez?” Y ante esa pregunta que resonó con un timbre acerado que pertenecía a otro mundo, a un mundo distante donde todavía existía el cambio y la variación, y que atravesó el cuarto de un extremo a otro como lo haría una daga en un globo henchido de sopor, Paulsen volvió en sí con una sacudida y repuso: “¡Oh!, ¿en verdad es mi turno?”

No está de más preguntarse si episodios como éste no desatarían la perturbación mental que aquejaría a Morphy con el paso de los años, un oscurecimiento de sus capacidades intelectuales mezclado con manía persecutoria y desasosiego que lo llevaría a hablar solo mientras vagaba sin rumbo por las calles de Nueva Orleáns, y a la larga desembocaría en que la sola mención del juego de ajedrez le produjera arranques de cólera. Y hay que notar que también Steinitz, quien declaró que nada le inspiraba tanto temor como enfrentar a Paulsen en un match, quizá porque lo intimidaba su estilo defensivo tanto como su ensimismamiento y lentitud, terminaría protagonizando excéntricas partidas celestiales con el probablemente menos impasible Jehová, a quien, por cierto, se permitía dar las blancas y peón de ventaja.

Pero a diferencia del juego acompasado de Elijah Williams, que tenía como fin la provocación, crear un malestar persistente para que al cabo reinara la impaciencia, Paulsen no se preocupaba por el semblante o la psicología del contrario, ni por ningún detalle que fuera ajeno al tablero. Una vez que se zambullía en una partida, ésta ocupaba por entero el espectro de su voluminosa cabeza, y aun cuando del otro lado el rival comenzara a hacer aspavientos y se revolviera en su silla como un simio aprisionado en una jaula, sus sentimientos y modales, como por lo demás su misma existencia, le tenían sin cuidado.

En realidad Paulsen no buscaba medirse con otros ajedrecistas; tampoco entendía el ajedrez como una prueba contra sí mismo. Jugaba, si es que esto tiene algún significado preciso, contra el ajedrez y desde el ajedrez, como un engranaje lento y mal aceitado de un mecanismo superior cuyo cometido es llevar hasta sus últimas consecuencias las posibilidades del juego. Si un contrincante lo derrotaba en una partida, era de la opinión de que sólo podía ufanarse de haber capitalizado alguno de sus errores, aquellas flaquezas y puntos débiles que él, Louis Paulsen, un hombre propenso a la melancolía, descuidó, pero era materia de discusión si la secuencia de movimientos victoriosos eran del todo inobjetables, objetivamente mortíferos.

Y las once horas de reflexión incesante que alguna vez dedicó a un solo movimiento, aquella ausencia desorbitada que queda como una prueba de su disposición a prescindir de la mejor parte de la realidad, quizá pueda ser entendida, más que una labor penosa de escudriñamiento y tanteo, como un método para perder la conciencia de sí mismo a través de la contemplación de un punto fijo del tablero; una vía tortuosa de penetración e indiferencia, que a través de la esmerada negación del mundo, de conseguir quedarse tan inmóvil como las piezas, le abriría la puerta trasera del infinito, llevándolo a alcanzar, así fuera por el lapso brevísimo e insatisfactorio de once horas, lo que más había querido en la vida: fundirse y ser uno con el ajedrez.*

*Ensayo del libro Los disidentes del universo, de próxima aparición.

lunes, 28 de febrero de 2011

No te pierdas este miércoles 2 de marzo la presentación del libro:

Los disidentes del universo
de Luigi Amara

un libro de realismo conjetural o ensayística ficticia

Con la presencia real y genuina de Fernando de León
y del mismísimo autor

La cita, para disidentes y no tanto,
es a las 7pm en la Feria de Minería,
Pabellón del Estado de México, planta alta, Sección XVI.

lunes, 10 de enero de 2011

En contra

Al menos por una vez hay que estar en contra de todo, incluso de las propios principios, así sea para completar el viaje de 360 grados alrededor de uno mismo.

martes, 23 de noviembre de 2010

Jueves literarios

Dentro del ciclo “Leer, viajar, escribir..." de la Casa Refugio Citlaltépetl, conversaré este próximo jueves sobre:

El viaje estático y los clastronautas
(los viajeros entre cuatro paredes)


Jueves 25 de noviembre, 2010.
19:30 hrs.
Entrada libre.
http://www.casarefugio.com/programa/juevesliterarios.html


La roulotte de Raymond Roussel,
con la que viajaba sin poner un pie fuera de ella.


La cita es en:
Citlaltépetl No. 25
entre Ámsterdam y Campeche
Colonia Hipódromo Condesa
06170 Delegación Cuauhtémoc
México, D.F.

Las experiencias del viaje y de la literatura son muy cercanas, y al buscar en "otra parte" se reúnen esas dos actividades. Este ciclo presentará las posturas de escritores que analizarán las relaciones entre la literatura y el viaje.

sábado, 6 de noviembre de 2010

El llano de las avestruces (o variaciones sobre el mismo tema)

Primero fue un dedo en el buró,
un dedo huérfano
al apagar la lámpara de noche;
después la oreja que colgaba
como un pendiente macabro
de tu lóbulo;
más tarde eran cabezas,
cabezas rodando en el boliche
insospechado del pasillo,
cabezas servidas en bandeja
con todo y jugo de naranja,
cabezas tras la puerta no cerrada
de una frase.

Debíamos continuar, fingimos
que no estaba la lengua
envuelta en el periódico,
que las manchas de las sábanas
no eran mensajes con faltas de ortografía,
que no había un cuerpo en la cajuela
tras las bolsas del súper.
(En los actos oficiales se citaba
sorprendentemente a Kawabata:
“Cualquier clase de inhumanidad
se convierte, con el tiempo, en humana.”)

Fue entonces que empezamos a perder
la cabeza:
niños jugando con muñecos sin cabeza,
plazas llenas de estatuas sin cabeza,
edificios sin cabeza, árboles sin cabeza,
moscas volando sin cabeza, cabezas sin cabeza.
(El lápiz con que escribo se quedó también
sin cabeza.)

Y ahora, mientras quiero girar
mi falta de cabeza,
veo que alrededor todos esconden
bajo tierra la cabeza.


Salta a: Nuestra aparente rendición.

martes, 26 de octubre de 2010

Caja Negra //// Poemas de la vida cotidiana


Poemas de la vida cotidiana


Laboratorio de poesía en el PEC

(Programa de Escritura Creativa del Claustro de Sor Juana)

A partir de acercamientos como el de “lo infraordinario” de Georges Perec y la “revolución de la vida cotidiana” de la Internacional Situacionista, buscaremos ampliar el espectro de “lo poético” hacia zonas se diría más prosaicas (o menos consagradas por la tradición), de modo que el material del poema sea el entorno inmediato, lo familiar y sin embargo extraño.


No hace ver nada extraordinario. Ya es mucho lo que se ve. (Robert Walser)

Que la imaginación poética ponga al menos un pie en la tierra en donde se impulse para saltar. (Frank O'Hara)


Imparte: Luigi Amara
Martes de 6 a 8pm
Inicia: 9 de noviembre de 2010

Programa de Escritura Creativa
Universidad del Claustro de Sor Juana


Informes:
escrituraclaustro@gmail.com
Tel. 51303300 Ext. 3461, 3310 y 3311
http://escrituraclaustro.blogspot.com/

lunes, 18 de octubre de 2010

Nicolás Gómez Dávila o el antimoderno recalcitrante


En contraste con el revuelo que despertó en Italia y Alemania, donde filósofos y escritores de la talla de Ernst Jünger, Roberto Calasso y Franco Volpi lo dieron a conocer, la obra de Nicolás Gómez Dávila (1913-1994) es prácticamente desconocida en el orbe hispanoamericano, y aun en Colombia, su país natal, apenas cuenta con unos pocos adeptos, lo cual no es de extrañar dado el talante aristocrático y radical de su pensamiento. Más que un “raro”, cabría decir que es un escritor “impar”, un intempestivo, un reaccionario exquisito, incómodo hasta lo urticante, que algunos han tenido la desmesura de apodar “el Nietzsche de los Andes”.

La obra de Gómez Dávila es en realidad un mismo libro sostenido por largo tiempo bajo títulos ligeramente diferentes. En 1977 dio a la imprenta Escolios a un texto implícito, al que siguieron otros de intención y factura análoga (que él mismo calificó de “concéntricos”): Nuevos escolios a un texto implícito y Sucesivos escolios a un texto implícito. Compuestos de notas breves y en apariencia fugitivas, que admiten el nombre de “aforismos” o “fragmentos”, se trata de libros provocadores y salvajemente antimodernos que, gracias a un método “puntillista” de escritura, combinan lo inflexible con lo vacilante, lo dogmático con el descreimiento. (“Las verdades no se contradicen sino cuando se desordenan.”)

Convencido de que vivimos en una época en la que ya “no hay por quien luchar, solamente contra quien”, Gómez Dávila dirige toda su virulencia crítica, todo su apasionado escepticismo, contra los ídolos que aún permanecen de pie, contra los dogmas jamás reconocidos como tales: la democracia —esa “religión antropoteísta”—, la igualdad, la confianza en la perfectibilidad del hombre, la técnica, el progreso. Es un reaccionario, desde luego, pero de ese tipo lúcido y rabioso que pondría a temblar a los conservadores de toda laya, pues ha dejado de creer que haya cosas que merezcan la pena de ser conservadas.

Su estilo es a la vez sencillo y elíptico, y su abstracción casi nunca pierde de vista lo sensorial. Alguna vez Álvaro Mutis dijo de él que no conocía antecedente en castellano “de una más transparente y hermosa eficacia”. Está más cerca de Pascal que de Chamfort, y más de Nietzsche que de Schopenhauer, y si bien comparte con Cioran y con Caraco cierto timbre de intransigencia y desencanto, su lucidez no deriva de la desesperación ni la amargura, sino que tiene la insolencia de los filósofos del linaje socrático, que sabían hundir el dedo en la llaga por medio de preguntas incómodas que denotaban un pensamiento insobornable. Su pesimismo, su escasa fe en el hombre y ya ni se diga en “el pueblo”, están tan bien afincados que incluso sus dudas y cuestionamientos resuenan con un dejo perentorio. Domina el arte de irritar, pero su impertinencia es abierta, franca, llena de buen ánimo. El hecho de que su pensamiento se sepa de antemano fuera de lugar, condenado a la herejía, lo hace menos propenso al énfasis retórico. No cede, no se resigna, pero en el fondo no deja de sonreír provocativamente. Tal vez lo que más enerva de sus escritos es percibir esa extraña, inaceptable sonrisa del que nos hace ver que ya nada tiene remedio.

La autonomía del aforismo exige que el lector no eche de menos la argumentación; que se sostenga en cuanto destello. Tal y como lo practica Gómez Dávila, sin embargo, se presenta como la aclaración o contrapunto de otro texto mayor al que interpela o con el cual conversa (“escolio” significa literalmente “comentario”), un texto que, para acentuar la paradoja, no está allí, frente a nosotros, sino que permanece “implícito”. De manera que nos encontramos ante una colección de apuntes que, sin renegar de su condición parasitaria, se han independizado de su origen para vibrar solos sobre la página, pero además con el enigma de que ese pretexto y origen no está a la vista, sino que más bien se da por sentado y deliberadamente se omite. ¿Ese “texto implícito” será la tradición occidental, la suma de todos los libros, la gran biblioteca borgeana? ¿Será quizá, como sugiere Franco Volpi, “la obra ideal, perfecta, tan sólo imaginada, en la que se prolongan y se cumplen las proposiciones de don Nicolás”? Sospecho que responder a estas preguntas es menos importante que reconocer el ethos de marginalidad que rige su escritura, un compromiso con las orillas que lo mismo significa humildad y afán de exégesis que distancia crítica. La discreción de la nota es aquí una conquista de la libertad de pensamiento; lo transitorio del apunte refleja su resistencia a los grandes relatos. Esa escritura al margen comporta, en cualquier caso, cierto pudor ante los edificios teóricos y las ideologías; un impulso instintivo por estar siempre lo más cerca del silencio. (“En filosofía lo que no sea fragmento es estafa.”)

Como sería de esperarse en alguien que defiende los privilegios de una aristocracia de la inteligencia, Gómez Dávila fustiga con especial encono las ideas políticas de raigambre marxista, pero no se arredra frente a la herencia de la tradición liberal y democrática, esa tradición gestada en el Iluminismo que hoy se considera inamovible, más allá de toda duda, aun cuando día a día sea puesta en entredicho por la barbarie general y la miseria misma de los tiempos. Desde una posición insostenible, escandalosa, pero a su manera elegante, que se asume como derrotada sin dejar por ello de ejercer su vigilancia y sospecha, Gómez Dávila supo perforar, con la insistencia y soledad de la carcoma, los pilares sacrosantos de la sensibilidad moderna. Si sería exagerado afirmar que sus escritos son demoledores, habrá que reconocer que punzan, sacan de quicio, se clavan como aguijones de ironía y exactitud. Ello explica tal vez el desdén que ha merecido su obra, una obra genial, crítica, exasperante, no apta para conformistas y pusilánimes, anatema para los papagayos de los valores democráticos, que ya en su oportunidad Álvaro Mutis saludó como “obra prima del pensamiento occidental”.


Publicado originalmente en la página web de Letras Libres.

Los aforismos completos de Gómez Dávila están publicados por Villegas Editores (Colombia) y por Atalanta (España), sello que además ha reimpreso Textos.

domingo, 15 de agosto de 2010

Viejos héroes

Como dioses caídos
que han de vivir de pie
contemplando su ruina,
olvidados y expuestos al desprecio
de la lluvia y los hombres,
en medio del escándalo de un viernes,
humillados sin duda, ya deformes,
gritan los viejos héroes
desde la impotencia de la estatua.

La nariz se ha perdido,
las flores que reciben son orines
de sus perros devotos;
de aquella mano que quizá saludaba
asoma sólo el esqueleto,
un fierro viejo del que cuelga a veces
el trapo inmundo de los limpiacoches.

Se ha borrado el recuerdo
y el brillo de sus ojos rotos.
Perduran entre el tizne,
gastados y sin nombre,
enmoheciendo.
Y en su frente gallarda se destaca,
ya no el laurel,
la caca auspiciosa de paloma.




lunes, 26 de julio de 2010

Perdidos después de "Lost"

Es por miedo a que la conversación decaiga. Por ese malestar, con frecuencia parecido al pánico, que se produce cuando un hueco de silencio crece hasta convertirse en un abismo, una fractura en medio de lo que hasta entonces parecía bien plantado y estable. A pesar de que tal vez bastaría cualquier gracejada para salir al paso, la falta de palabras nos mortifica y desorienta, nos hace trastabillar; de pronto todos los presentes nos hemos puesto pálidos, desencajados y, lo más alarmante, sin un tema salvador bajo la manga, como si cada quien estuviera contemplando en sus adentros la posibilidad de arrojarse por la ventana. No es un ángel ni un fantasma lo que cruza cuando todos permanecemos callados: es el escalofrío funeral de cuando ya no nos queden palabras en la boca.

La televisión, más que un artefacto para pasar el rato, más que una caja de publicidad o un simulador de compañía, es un esfuerzo gigantesco para que la conversación no decaiga. Hablar de lo que se ha visto por televisión, casi constatar que los otros han pasado la tarde viendo los mismos programas, en eso radica su “magia”. No en las horas lánguidas y un tanto anticlimáticas que pasamos absorbidos por el sofá, no en el fastidio de baja intensidad saltando de un canal a otro en busca de un escape duradero, sino en la estela de referentes compartidos, en la creación de una comunidad frente a la fogata gélida del horario estelar. Si hubo un tiempo en que los hombres se reunían para contarse historias alrededor del fuego, si alguna vez acostumbraron discutir los asuntos de la polis en la plaza pública, hoy nos reunimos para comentar el último capítulo de Lost. Incluso es probable que la narrativa incoherente y disparatada de ésta y otras series recientes, llenas de cabos sueltos y elementos sobrenaturales, osos polares en la jungla o fantasmas asesinos, haya sido dictada por cierta sed especulativa innata en el ser humano, una sed que, por encima de todo, precisa de una buena provisión de pistas, de rastros por seguir en tribu, aunque a la larga no conduzcan a nada. Mientras más enrevesada o inconexa y tal vez arbitraria sea la historia, más tela de donde cortar durante la sobremesa. —¿Y la verosimilitud? —Una superstición anticuada.

Laura Palmer, de Twin Peaks.

Recuerdo que en los años noventa llegó a ser un éxito arrollador la pizza “Twin Peaks”, bautizada en honor de la serie pionera de David Lynch. No estoy seguro de que incluyera ingredientes especiales —setas del bosque donde supuestamente se encontró el cadáver de Laura Palmer—, pero como nadie estaba dispuesto a perdérsela un instante preparando un maldito sándwich, las entregas a domicilio alcanzaron su apogeo. Los únicos que no comentaban al día siguiente los pormenores del capítulo eran los repartidores de pizza. Y, bueno, yo. Cualquiera sabe lo que se siente estar marginado de la conversación, sin referentes comunes, la mente como un kleenex que distraídamente estrujamos con la mano, esclavos de esa sonrisa idiota del que se ha quedado sin sarcasmos. En mi caso, sin embargo, nunca había sentido la exclusión de forma tan abrumadora como cuando todos mis amigos y enemigos, mi novia y mis ex novias, se habían mudado imaginariamente a ese pueblo maderero en la frontera entre Estados Unidos y Canadá. Entonces descubrí lo que es oír hablar de la mano de dios de Maradona y creer que está pintada en la Capilla Sixtina, el bochorno de enfrascarse en un debate sobre el color de los ojos de Madame Bovary y preguntar si usaba pupilentes. Aunque ya no tengo forma de reproducirla, todavía conservo la caja de videocasetes VHS con la serie completa de Twin Peaks que compré para ponerme al corriente y no vivir como un afásico televisivo, como un pálido ausente conversacional.

Quizá porque las salas de cine están demasiado vacías para garantizar un suelo firme común, o porque hablar de libros o de obras de arte suele deparar una experiencia sobrecogedora de solipsismo, la televisión, lo que pasa y está sancionado por ella (partidos de futbol, aviones cayendo sobre edificios, series interminables y disparatadas), ocupa el sitio de lo que antes llamábamos, quizá un tanto pomposamente, la cultura. A nivel formativo, la lógica unidireccional de la tele, que apenas admite réplicas —y que tal vez por ello pone constantemente en escena discusiones y diálogos—, se compensa con las mesas redondas improvisadas que a cada momento se forman en el café de la esquina o en el receso para fumar. Allí es donde la televisión se socializa y cobra todo su sentido como algo más que “mero entretenimiento”. Allí es donde las ocho horas vagamente culpables frente a la pantalla adquieren más importancia que cualquier experiencia vivida, donde toda una adolescencia patética y solitaria se redime a la hora de citar sin un parpadeo a los guionistas de el programa piloto de Friends.

Hace unos años, eran muy pocos los que se atrevían a ensalzar la estatura artística de las telenovelas, pero hoy es de lo más frecuente defender que las series de televisión, de Six Feet Under a Lost, y de The Wire a Flashforward, son los artificios más complejos y refinados que ha dado la civilización en los últimos tiempos, o que por lo menos son “el mejor cine” que se está haciendo hoy (que Carlos Monsiváis se estremeciera ante una telenovela como El maleficio es comprensible y hasta cierto punto obligado, en vista del personaje que construyó de sí mismo, pero que Javier Marías, cinéfilo de la vieja guardia y escritor todavía a máquina compare Los Soprano con la Comedia humana es, por decir lo menos, sumamente revelador). Incluso he llegado a escuchar que si Mozart y Lorenzo da Ponte hubieran vivido en esta época no habrían compuesto óperas sino series para el canal de Sony. La exageración vale precisamente en cuanto impide que la conversación decaiga, pero es muy poco probable que, dentro de doscientos años, cuando todas las salas de ópera hayan sido demolidas y la televisión por hologramas haya casi sustituido al acto de soñar, el Dr. House sea más recordado que, por ejemplo, Don Giovanni. Ni siquiera creo que Tony Soprano vaya a tener mayor peso ontológico que Don Corleone, mayor contextura simbólica o fuerza iconográfica. Formalmente, en términos de montaje, concepción artística, fotografía, actuación, etcétera, y ya no se diga en la cauda de asociaciones y recuerdos que ha dejado en mi cabeza, El padrino me parece muy superior a su descendiente televisivo.

Ya sé que esto último puede sonar a cosa de la edad, a una trampa de la nostalgia; pero quizá solo haya una cosa que envejezca más rápido que el periódico de ayer, y ese algo son las series de televisión, demasiado ancladas a un momento determinado, a esas “temporadas” en las que todos hablan de ellas. ¿Qué sería de una serie sin el eco de comentarios e hipótesis, sin los foros de discusión y los finales paralelos y conjeturales que estruendosamente genera? El hecho de que las series sean concebidas en entregas es crucial no sólo desde el punto de vista de su estructura y comercialización, sino de su riqueza semántica, pues la expectativa compartida y el asedio a un misterio común es lo que les insufla cierta vida. Si en la trama hay un enigma, lo decisivo es que lo hayamos presenciado simultáneamente; así discutiremos hasta el fin de los tiempos (es decir, hasta el decepcionante desenlace), cómo diablos pudo ocurrir, quién fue el asesino. Discrepo de que se hable de los programas porque sean buenos; son buenos gracias a que la conversación los anima y levanta. Al fin y al cabo, no importa cuál sea la programación, siempre se habla de la serie en turno.

Hay quien se pregunta con toda seriedad si las inconsistencias argumentales de Lost (y, mucho antes, las de Twin Peaks) no representan un cambio de paradigma narrativo, un viraje sin precedentes en lo que entendemos por contar una historia. De ahora en adelante, aseguran, las historias se sostendrán más sobre giros inesperados que sobre el desarrollo dramático, y menos sobre la relojería del clímax que sobre la confusión deliberada de los espectadores. Pero creer que la falta de ilación se volverá la norma equivale a creer en la falacia de que un día las mentiras llegarán a ser más importantes y numerosas que la verdad. Por más que los guionistas de las grandes cadenas supongan lo contrario, no se puede fundar una religión alrededor del deus ex machina.

Acorralado por el lanzamiento de la nueva serie Flashforward, he vivido en carne propia una fractura en el tiempo —por un momento pensé que mi cerebro se desmoronaba como una figura de migajón—, y durante 137 segundos entreví mi futuro, me vi a mí mismo dentro de seis meses, pálido, desencajado, ausente, presenciando cómo todo el mundo comentaba los últimos episodios de la serie Flashforward, cómo manoteaban y alzaban la voz y se desgañitaban por resolver el misterio. Yo estaba allí, en medio de toda esa agitación más bien histérica o desesperada, como un condenado en su campana de cristal, pensando, con más desgana que un genuino afán aguafiestas, sino sería mejor que, al menos por una vez, la conversación finalmente decayera.


Publicado en la columna "Una temporada flotante" de Metapolítica.