lunes, 5 de abril de 2010
Consignas camineras
De un marcha repentina a favor de... ¡la marcha! (O la deambulación o el paseo o la deriva o el callejeo o la caminata.)
El sonsonete es el acostumbrado.
¡El mundo está al revés:
que reinen ya los pies!
¡Olvídate del iva,
deambula a la deriva!
¡Ebrard, la neta,
libera la banqueta!
¡La silla es tu prisión,
la calle un reventón!
¡Peatón, inmóvil,
ya deja el automóvil!
¡Que vuelva la sorpresa:
los pies a la cabeza!
Peatón, ¡cuidado!
¡Ahí viene el soldado!
¡Chilango, güevón,
conviértete en peatón!
¡La nueva ley acosa:
la tira es sospechosa!
¡Vecino camina,
tu vida contamina!
¡Becado o no becado,
lo quiero caminado!
martes, 30 de marzo de 2010
martes, 16 de marzo de 2010
Presentación de "A pie" en el DF
martes, 9 de marzo de 2010
El dentista
Era una de esas consultas de rutina,
la boca abierta, la luz inquisitiva,
y el ruido del taladro
como una prefiguración del dolor.
Tal vez era mi baba burbujeando
o esa atmósfera de asepsia demencial
en que todo parece rendirse
al dios del cloro,
pero el caso es que allí entendí
de golpe (mientras un grito imaginario
hacía estallar los matraces, las jeringas,
el florero de la recepcionista),
que él no luchaba contra el sarro,
no combatía la muerte ni siquiera
bajo la forma ladina de las caries,
sino que era su sombra, su sonriente emisario:
con qué tesón sacaba brillo a los molares,
qué minuciosidad para pulir mi calavera.
la boca abierta, la luz inquisitiva,
y el ruido del taladro
como una prefiguración del dolor.
Tal vez era mi baba burbujeando
o esa atmósfera de asepsia demencial
en que todo parece rendirse
al dios del cloro,
pero el caso es que allí entendí
de golpe (mientras un grito imaginario
hacía estallar los matraces, las jeringas,
el florero de la recepcionista),
que él no luchaba contra el sarro,
no combatía la muerte ni siquiera
bajo la forma ladina de las caries,
sino que era su sombra, su sonriente emisario:
con qué tesón sacaba brillo a los molares,
qué minuciosidad para pulir mi calavera.
sábado, 27 de febrero de 2010
domingo, 17 de enero de 2010
Exabruptos contra la prisa
La adrenalina de la prisa está diluida en congoja.
Aun sin nada concreto que hacer, el hombre de acción ejecuta la pantomima de la prisa, pues con ella debe impresionar en primer lugar su propia imaginación.
Tanta premura quizá no se explica por el ansia de llegar, sino por la urgencia de alejarse de uno mismo.
Los artificios para ahorrar tiempo, para dominarlo, nos tienen demasiado ocupados con su sarcasmo.
Llegar tarde y tener prisa son desatinos engendrados el uno al otro.
Vivir a contrarreloj produce el espejismo de estar alcanzando logros.
La prisa introduce la negación del paisaje, o cuando menos su ubicación en el lado ciego.
A veces basta caminar con suma lentitud para alcanzar la ilusión de que hemos cambiado de camino.
La prisa ha consagrado la moral de la línea recta.
¡Qué lejanas esas épocas en que las distancias se medían por la duración de la pipa del caminante!
Dar rodeos es una forma concupiscente de postergar el desencanto.
Aun sin nada concreto que hacer, el hombre de acción ejecuta la pantomima de la prisa, pues con ella debe impresionar en primer lugar su propia imaginación.
Tanta premura quizá no se explica por el ansia de llegar, sino por la urgencia de alejarse de uno mismo.
Los artificios para ahorrar tiempo, para dominarlo, nos tienen demasiado ocupados con su sarcasmo.
Llegar tarde y tener prisa son desatinos engendrados el uno al otro.
Vivir a contrarreloj produce el espejismo de estar alcanzando logros.
La prisa introduce la negación del paisaje, o cuando menos su ubicación en el lado ciego.
A veces basta caminar con suma lentitud para alcanzar la ilusión de que hemos cambiado de camino.
La prisa ha consagrado la moral de la línea recta.
¡Qué lejanas esas épocas en que las distancias se medían por la duración de la pipa del caminante!
Dar rodeos es una forma concupiscente de postergar el desencanto.
sábado, 26 de diciembre de 2009
La papa caliente del elogio
Pocas cosas se dilapidan más que el elogio. Aquí y allá vemos a escritores y artistas lanzarse flores unos a otros sin el menor recato, como si se tratara de un juego en el que la papa caliente del halago no debe caer jamás al suelo. En una de mis pesadillas recurrentes me encuentro en una fiesta en la que los invitados me dedican alabanzas desproporcionadas, rimbombantes, casi diría cósmicas, y yo, empequeñecido por tanta desmesura —que es lo que secretamente se propone el clan de los elogiadores—, no logro corresponder, ponerme a la altura de las circunstancias, pues las loas y ditirambos se niegan a formarse en mi boca cada vez más pastosa y seca a causa de la enrevesada humillación, así que, asediado por el estruendo de los aplausos, lo único que de verdad consigo es que se incremente mi rabia universal contra el género humano.
En el mundo de cabeza en que vivimos, mientras más elevado sea el elogio más sospechas despierta. Los superlativos entusiastas se diría que esconden segundas o terceras intenciones: favores que se pagan, guiños tristemente arribistas, súplicas de atención. De tan manoseado y enrarecido, se trata de un estado de ánimo al que es cada vez más difícil ceder por escrito, pues está claro que comenzar un texto con un anuncio del tipo: “los elogios que se incluyen a continuación son todos sinceros” resultaría tan desconcertante como estampar al margen una leyenda que dijera: “este escrito no incluye risas grabadas”.
Al igual que la propia sombra, que por más que se alargue y suba por las paredes no puede modificar nuestro cuerpo, las lisonjas parecen haber perdido todo efecto sobre quien las recibe (por insustanciales y huecas y a veces intercambiables); a lo sumo comunican un alivio agridulce, la tranquilidad anticlimática de comprobar que no se trató de un insulto atinado o de un KO técnico por la vía del derechazo crítico.
Leo en el explosivo Tratado del estilo de Louis Aragon una definición perfecta del payaso: “Un señor que quiere estar a la altura de los acontecimientos.” Han pasado más de ochenta años desde que se escribieron esas palabras y, al parecer, las cosas han cambiado muy poco. Quizá sólo lo suficiente para que, en lugar de payaso, ese señor que quiere estar a la altura de los acontecimientos se haya convertido en un malabarista, en el esforzado malabarista que no debe dejar caer al suelo la papa caliente del elogio.
En el mundo de cabeza en que vivimos, mientras más elevado sea el elogio más sospechas despierta. Los superlativos entusiastas se diría que esconden segundas o terceras intenciones: favores que se pagan, guiños tristemente arribistas, súplicas de atención. De tan manoseado y enrarecido, se trata de un estado de ánimo al que es cada vez más difícil ceder por escrito, pues está claro que comenzar un texto con un anuncio del tipo: “los elogios que se incluyen a continuación son todos sinceros” resultaría tan desconcertante como estampar al margen una leyenda que dijera: “este escrito no incluye risas grabadas”.
Al igual que la propia sombra, que por más que se alargue y suba por las paredes no puede modificar nuestro cuerpo, las lisonjas parecen haber perdido todo efecto sobre quien las recibe (por insustanciales y huecas y a veces intercambiables); a lo sumo comunican un alivio agridulce, la tranquilidad anticlimática de comprobar que no se trató de un insulto atinado o de un KO técnico por la vía del derechazo crítico.
Leo en el explosivo Tratado del estilo de Louis Aragon una definición perfecta del payaso: “Un señor que quiere estar a la altura de los acontecimientos.” Han pasado más de ochenta años desde que se escribieron esas palabras y, al parecer, las cosas han cambiado muy poco. Quizá sólo lo suficiente para que, en lugar de payaso, ese señor que quiere estar a la altura de los acontecimientos se haya convertido en un malabarista, en el esforzado malabarista que no debe dejar caer al suelo la papa caliente del elogio.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Villancico negativo
Los buenos deseos me sacan ronchas. Los villancicos me hacen amar el heavy metal. Me gustaría que aparecieran dinosarios tras las colinas de papel maché de los nacimientos, y que devoraran al niño dios y a los pastores y las ovejas los destruyeran por completo. Ya sé que este sentimiento antinavideño está tan extendido que incluso tiene un nombre entre las enfermedades del fin de los tiempos, por ello, en vez de destilar rabia como espuma de sidra santoclós, copiaré un villancico de Sánchez Ferlosio, escrito cerca del año de mi nacimiento, un villancico para cantar secretamente mientras se brinda por la felicidad y la salud:
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si amanece la arrogancia
de la fuerza y el valor,
niño débil y cobarde,
niño noche y deserción.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si relumbran los fusiles
de la blanca afirmación,
niño oscuro, niño inerme,
niño niebla y evasión.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si los médicos prescriben
la alegría y la salud,
niño triste, niño enfermo,
sin niñez ni juventud.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si en el quicio de la carne
la palabra se escindió,
niño niño, niño niña,
niño luna, niño sol.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si a la luz de la justicia
toda culpa se aclaró,
niño bueno, niño malo,
sembrador de confusión.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si la lógica decide
de la verdad y el error,
niño cierto, niño falso,
blanco de contradicción.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si entre la carne y el verbo
imposible fue el amor,
niño nadie, niño nunca,
miño nada, niño no.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si amanece la arrogancia
de la fuerza y el valor,
niño débil y cobarde,
niño noche y deserción.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si relumbran los fusiles
de la blanca afirmación,
niño oscuro, niño inerme,
niño niebla y evasión.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si los médicos prescriben
la alegría y la salud,
niño triste, niño enfermo,
sin niñez ni juventud.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si en el quicio de la carne
la palabra se escindió,
niño niño, niño niña,
niño luna, niño sol.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si a la luz de la justicia
toda culpa se aclaró,
niño bueno, niño malo,
sembrador de confusión.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si la lógica decide
de la verdad y el error,
niño cierto, niño falso,
blanco de contradicción.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si entre la carne y el verbo
imposible fue el amor,
niño nadie, niño nunca,
miño nada, niño no.
lunes, 30 de noviembre de 2009
El sustito
Sonó el teléfono, era una grabación: “Si ve algo sospechoso o sabe de algún ilícito, denúncielo”. Me sentí poderoso como un espía. Un furor malsano se encendió en mí: ¿a quién le puedo meter un sustito? Empezaba a repasar mentalmente la lista de mis odios, cuando advertí que estaba cayendo en la trampa del gobierno. Con el pretexto de la guerra a las drogas, ahora cualquiera puede ser el enemigo. Pero, ¿y si esa llamada era el verdadero sustito? Sentí a mis espaldas la mirada de los vecinos. El que se sabe vigilado se convierte en un vigilante feroz.
Visita La Comunidad inconfesable.
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jueves, 19 de noviembre de 2009
La acústica del cráneo
Estética de larvas
Muchas veces la larva de una idea impresiona más que su desarrollo, y entonces clavamos un alfiler en su cuerpo para así capturar la posibilidad en estado puro, esa fase de promesa, de inminencia, que precede a la mosca y su fastidio habitual.
El rasero de Hugo Ball
Estar dispuestos a que todo lo que damos a la imprenta pueda también ser tatuado en nuestra piel.
Leyes contrarias
Distintas y aun contrarias son a veces las leyes que rigen dentro y fuera de la caja del cráneo. Mientras más ahuecado y vacío sea el recinto que acoge las palabras, menor será la resonancia y la durabilidad de su eco.
La condena del juicio
No decidir, no comprometerse, ni siquiera calificar… A tal grado pesa sobre nuestros hombros la condena del juicio que nos rebelamos fingiendo una suerte de vacío evaluativo, una parálisis de nuestras facultades, una neutralidad babeante.
Uroboros
¿Por qué una idea se contenta con morderse la cola, cuando podría continuar su labor hasta indigestarse de sí misma y alcanzar la perfección de desaparecer?
La decadencia de la queja
La queja es la forma más elemental del pensamiento, hasta el punto de que no se distingue del bufido. Al artista de la queja, en consecuencia, sólo le quedan los aspavientos del mimo.
El embotamiento de la ligereza
La debilidad del juicio, la pereza en el discernimiento, el cinismo en la improvisación, han hecho que rindamos tributo a los olvidos rápidos. En vez de detenernos a experimentar el paso de las cosas por nuestro paladar crítico —o bien apurarlas con el trago de la mala leche— preferimos saltar cuanto antes a lo que sigue y de allí a lo que sigue y de allí...
Agonía de la polémica
Aun las posiciones más encontradas entre sí recurren a las mismas palabras y estrategias argumentativas como si se trataran de talismanes. Y no hay que esperar mucho para que acaben hermanadas en el espejo del aburrimiento.
Hartazgo de la significación
Esa expresión lerda y desdeñosa a la que llegan, al final del día, las manos de los mudos.
Apariencia de lo definitivo
Una publicación puede parecer redonda y acabada, pues se la juzga con la misma distancia con la que juzgamos a los muertos. Pero para el autor esa misma obra, como la vida antes del retoque de la muerte, era algo imperfecto, vacilante, un lugar en el que reinaba la promesa.
Duelos en verdad sentidos
La burla es un vínculo más poderoso que el odio. La desaparición del blanco de nuestros sarcasmos amputa una parte importante en nosotros.
Distancia artificial
Escribo hoy con el pie para alejarme de lo que pienso.
Dar la espalda a la melodía
Con sonidos distantes y dispersos no puede aspirarse a una melodía. La ruptura del discurso, el rechazo de la linealidad e incluso la tensión interna que se crea mediante la acumulación de unidades autónomas, produce un efecto parecido al de las percusiones, al estruendo aislado de un platillo, de un triángulo, de un gong, o, tal vez mejor, al efecto inesperado y a veces risible del triángulo después del gong.
Sentimientos fraternales
¡Oh lector, mi semejante, mi hermano. No sabes cuánto me satisface no tener que conocerte!
Muchas veces la larva de una idea impresiona más que su desarrollo, y entonces clavamos un alfiler en su cuerpo para así capturar la posibilidad en estado puro, esa fase de promesa, de inminencia, que precede a la mosca y su fastidio habitual.
El rasero de Hugo Ball
Estar dispuestos a que todo lo que damos a la imprenta pueda también ser tatuado en nuestra piel.
Leyes contrarias
Distintas y aun contrarias son a veces las leyes que rigen dentro y fuera de la caja del cráneo. Mientras más ahuecado y vacío sea el recinto que acoge las palabras, menor será la resonancia y la durabilidad de su eco.
La condena del juicio
No decidir, no comprometerse, ni siquiera calificar… A tal grado pesa sobre nuestros hombros la condena del juicio que nos rebelamos fingiendo una suerte de vacío evaluativo, una parálisis de nuestras facultades, una neutralidad babeante.
Uroboros
¿Por qué una idea se contenta con morderse la cola, cuando podría continuar su labor hasta indigestarse de sí misma y alcanzar la perfección de desaparecer?
La decadencia de la queja
La queja es la forma más elemental del pensamiento, hasta el punto de que no se distingue del bufido. Al artista de la queja, en consecuencia, sólo le quedan los aspavientos del mimo.
El embotamiento de la ligereza
La debilidad del juicio, la pereza en el discernimiento, el cinismo en la improvisación, han hecho que rindamos tributo a los olvidos rápidos. En vez de detenernos a experimentar el paso de las cosas por nuestro paladar crítico —o bien apurarlas con el trago de la mala leche— preferimos saltar cuanto antes a lo que sigue y de allí a lo que sigue y de allí...
Agonía de la polémica
Aun las posiciones más encontradas entre sí recurren a las mismas palabras y estrategias argumentativas como si se trataran de talismanes. Y no hay que esperar mucho para que acaben hermanadas en el espejo del aburrimiento.
Hartazgo de la significación
Esa expresión lerda y desdeñosa a la que llegan, al final del día, las manos de los mudos.
Apariencia de lo definitivo
Una publicación puede parecer redonda y acabada, pues se la juzga con la misma distancia con la que juzgamos a los muertos. Pero para el autor esa misma obra, como la vida antes del retoque de la muerte, era algo imperfecto, vacilante, un lugar en el que reinaba la promesa.
Duelos en verdad sentidos
La burla es un vínculo más poderoso que el odio. La desaparición del blanco de nuestros sarcasmos amputa una parte importante en nosotros.
Distancia artificial
Escribo hoy con el pie para alejarme de lo que pienso.
Dar la espalda a la melodía
Con sonidos distantes y dispersos no puede aspirarse a una melodía. La ruptura del discurso, el rechazo de la linealidad e incluso la tensión interna que se crea mediante la acumulación de unidades autónomas, produce un efecto parecido al de las percusiones, al estruendo aislado de un platillo, de un triángulo, de un gong, o, tal vez mejor, al efecto inesperado y a veces risible del triángulo después del gong.
Sentimientos fraternales
¡Oh lector, mi semejante, mi hermano. No sabes cuánto me satisface no tener que conocerte!
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