Como dioses caídos
que han de vivir de pie
contemplando su ruina,
olvidados y expuestos al desprecio
de la lluvia y los hombres,
en medio del escándalo de un viernes,
humillados sin duda, ya deformes,
gritan los viejos héroes
desde la impotencia de la estatua.
La nariz se ha perdido,
las flores que reciben son orines
de sus perros devotos;
de aquella mano que quizá saludaba
asoma sólo el esqueleto,
un fierro viejo del que cuelga a veces
el trapo inmundo de los limpiacoches.
Se ha borrado el recuerdo
y el brillo de sus ojos rotos.
Perduran entre el tizne,
gastados y sin nombre,
enmoheciendo.
Y en su frente gallarda se destaca,
ya no el laurel,
la caca auspiciosa de paloma.
domingo, 15 de agosto de 2010
lunes, 26 de julio de 2010
Perdidos después de "Lost"
Es por miedo a que la conversación decaiga. Por ese malestar, con frecuencia parecido al pánico, que se produce cuando un hueco de silencio crece hasta convertirse en un abismo, una fractura en medio de lo que hasta entonces parecía bien plantado y estable. A pesar de que tal vez bastaría cualquier gracejada para salir al paso, la falta de palabras nos mortifica y desorienta, nos hace trastabillar; de pronto todos los presentes nos hemos puesto pálidos, desencajados y, lo más alarmante, sin un tema salvador bajo la manga, como si cada quien estuviera contemplando en sus adentros la posibilidad de arrojarse por la ventana. No es un ángel ni un fantasma lo que cruza cuando todos permanecemos callados: es el escalofrío funeral de cuando ya no nos queden palabras en la boca.
La televisión, más que un artefacto para pasar el rato, más que una caja de publicidad o un simulador de compañía, es un esfuerzo gigantesco para que la conversación no decaiga. Hablar de lo que se ha visto por televisión, casi constatar que los otros han pasado la tarde viendo los mismos programas, en eso radica su “magia”. No en las horas lánguidas y un tanto anticlimáticas que pasamos absorbidos por el sofá, no en el fastidio de baja intensidad saltando de un canal a otro en busca de un escape duradero, sino en la estela de referentes compartidos, en la creación de una comunidad frente a la fogata gélida del horario estelar. Si hubo un tiempo en que los hombres se reunían para contarse historias alrededor del fuego, si alguna vez acostumbraron discutir los asuntos de la polis en la plaza pública, hoy nos reunimos para comentar el último capítulo de Lost. Incluso es probable que la narrativa incoherente y disparatada de ésta y otras series recientes, llenas de cabos sueltos y elementos sobrenaturales, osos polares en la jungla o fantasmas asesinos, haya sido dictada por cierta sed especulativa innata en el ser humano, una sed que, por encima de todo, precisa de una buena provisión de pistas, de rastros por seguir en tribu, aunque a la larga no conduzcan a nada. Mientras más enrevesada o inconexa y tal vez arbitraria sea la historia, más tela de donde cortar durante la sobremesa. —¿Y la verosimilitud? —Una superstición anticuada.
Recuerdo que en los años noventa llegó a ser un éxito arrollador la pizza “Twin Peaks”, bautizada en honor de la serie pionera de David Lynch. No estoy seguro de que incluyera ingredientes especiales —setas del bosque donde supuestamente se encontró el cadáver de Laura Palmer—, pero como nadie estaba dispuesto a perdérsela un instante preparando un maldito sándwich, las entregas a domicilio alcanzaron su apogeo. Los únicos que no comentaban al día siguiente los pormenores del capítulo eran los repartidores de pizza. Y, bueno, yo. Cualquiera sabe lo que se siente estar marginado de la conversación, sin referentes comunes, la mente como un kleenex que distraídamente estrujamos con la mano, esclavos de esa sonrisa idiota del que se ha quedado sin sarcasmos. En mi caso, sin embargo, nunca había sentido la exclusión de forma tan abrumadora como cuando todos mis amigos y enemigos, mi novia y mis ex novias, se habían mudado imaginariamente a ese pueblo maderero en la frontera entre Estados Unidos y Canadá. Entonces descubrí lo que es oír hablar de la mano de dios de Maradona y creer que está pintada en la Capilla Sixtina, el bochorno de enfrascarse en un debate sobre el color de los ojos de Madame Bovary y preguntar si usaba pupilentes. Aunque ya no tengo forma de reproducirla, todavía conservo la caja de videocasetes VHS con la serie completa de Twin Peaks que compré para ponerme al corriente y no vivir como un afásico televisivo, como un pálido ausente conversacional.
Quizá porque las salas de cine están demasiado vacías para garantizar un suelo firme común, o porque hablar de libros o de obras de arte suele deparar una experiencia sobrecogedora de solipsismo, la televisión, lo que pasa y está sancionado por ella (partidos de futbol, aviones cayendo sobre edificios, series interminables y disparatadas), ocupa el sitio de lo que antes llamábamos, quizá un tanto pomposamente, la cultura. A nivel formativo, la lógica unidireccional de la tele, que apenas admite réplicas —y que tal vez por ello pone constantemente en escena discusiones y diálogos—, se compensa con las mesas redondas improvisadas que a cada momento se forman en el café de la esquina o en el receso para fumar. Allí es donde la televisión se socializa y cobra todo su sentido como algo más que “mero entretenimiento”. Allí es donde las ocho horas vagamente culpables frente a la pantalla adquieren más importancia que cualquier experiencia vivida, donde toda una adolescencia patética y solitaria se redime a la hora de citar sin un parpadeo a los guionistas de el programa piloto de Friends.
Hace unos años, eran muy pocos los que se atrevían a ensalzar la estatura artística de las telenovelas, pero hoy es de lo más frecuente defender que las series de televisión, de Six Feet Under a Lost, y de The Wire a Flashforward, son los artificios más complejos y refinados que ha dado la civilización en los últimos tiempos, o que por lo menos son “el mejor cine” que se está haciendo hoy (que Carlos Monsiváis se estremeciera ante una telenovela como El maleficio es comprensible y hasta cierto punto obligado, en vista del personaje que construyó de sí mismo, pero que Javier Marías, cinéfilo de la vieja guardia y escritor todavía a máquina compare Los Soprano con la Comedia humana es, por decir lo menos, sumamente revelador). Incluso he llegado a escuchar que si Mozart y Lorenzo da Ponte hubieran vivido en esta época no habrían compuesto óperas sino series para el canal de Sony. La exageración vale precisamente en cuanto impide que la conversación decaiga, pero es muy poco probable que, dentro de doscientos años, cuando todas las salas de ópera hayan sido demolidas y la televisión por hologramas haya casi sustituido al acto de soñar, el Dr. House sea más recordado que, por ejemplo, Don Giovanni. Ni siquiera creo que Tony Soprano vaya a tener mayor peso ontológico que Don Corleone, mayor contextura simbólica o fuerza iconográfica. Formalmente, en términos de montaje, concepción artística, fotografía, actuación, etcétera, y ya no se diga en la cauda de asociaciones y recuerdos que ha dejado en mi cabeza, El padrino me parece muy superior a su descendiente televisivo.
Ya sé que esto último puede sonar a cosa de la edad, a una trampa de la nostalgia; pero quizá solo haya una cosa que envejezca más rápido que el periódico de ayer, y ese algo son las series de televisión, demasiado ancladas a un momento determinado, a esas “temporadas” en las que todos hablan de ellas. ¿Qué sería de una serie sin el eco de comentarios e hipótesis, sin los foros de discusión y los finales paralelos y conjeturales que estruendosamente genera? El hecho de que las series sean concebidas en entregas es crucial no sólo desde el punto de vista de su estructura y comercialización, sino de su riqueza semántica, pues la expectativa compartida y el asedio a un misterio común es lo que les insufla cierta vida. Si en la trama hay un enigma, lo decisivo es que lo hayamos presenciado simultáneamente; así discutiremos hasta el fin de los tiempos (es decir, hasta el decepcionante desenlace), cómo diablos pudo ocurrir, quién fue el asesino. Discrepo de que se hable de los programas porque sean buenos; son buenos gracias a que la conversación los anima y levanta. Al fin y al cabo, no importa cuál sea la programación, siempre se habla de la serie en turno.
Hay quien se pregunta con toda seriedad si las inconsistencias argumentales de Lost (y, mucho antes, las de Twin Peaks) no representan un cambio de paradigma narrativo, un viraje sin precedentes en lo que entendemos por contar una historia. De ahora en adelante, aseguran, las historias se sostendrán más sobre giros inesperados que sobre el desarrollo dramático, y menos sobre la relojería del clímax que sobre la confusión deliberada de los espectadores. Pero creer que la falta de ilación se volverá la norma equivale a creer en la falacia de que un día las mentiras llegarán a ser más importantes y numerosas que la verdad. Por más que los guionistas de las grandes cadenas supongan lo contrario, no se puede fundar una religión alrededor del deus ex machina.
Acorralado por el lanzamiento de la nueva serie Flashforward, he vivido en carne propia una fractura en el tiempo —por un momento pensé que mi cerebro se desmoronaba como una figura de migajón—, y durante 137 segundos entreví mi futuro, me vi a mí mismo dentro de seis meses, pálido, desencajado, ausente, presenciando cómo todo el mundo comentaba los últimos episodios de la serie Flashforward, cómo manoteaban y alzaban la voz y se desgañitaban por resolver el misterio. Yo estaba allí, en medio de toda esa agitación más bien histérica o desesperada, como un condenado en su campana de cristal, pensando, con más desgana que un genuino afán aguafiestas, sino sería mejor que, al menos por una vez, la conversación finalmente decayera.
Publicado en la columna "Una temporada flotante" de Metapolítica.
La televisión, más que un artefacto para pasar el rato, más que una caja de publicidad o un simulador de compañía, es un esfuerzo gigantesco para que la conversación no decaiga. Hablar de lo que se ha visto por televisión, casi constatar que los otros han pasado la tarde viendo los mismos programas, en eso radica su “magia”. No en las horas lánguidas y un tanto anticlimáticas que pasamos absorbidos por el sofá, no en el fastidio de baja intensidad saltando de un canal a otro en busca de un escape duradero, sino en la estela de referentes compartidos, en la creación de una comunidad frente a la fogata gélida del horario estelar. Si hubo un tiempo en que los hombres se reunían para contarse historias alrededor del fuego, si alguna vez acostumbraron discutir los asuntos de la polis en la plaza pública, hoy nos reunimos para comentar el último capítulo de Lost. Incluso es probable que la narrativa incoherente y disparatada de ésta y otras series recientes, llenas de cabos sueltos y elementos sobrenaturales, osos polares en la jungla o fantasmas asesinos, haya sido dictada por cierta sed especulativa innata en el ser humano, una sed que, por encima de todo, precisa de una buena provisión de pistas, de rastros por seguir en tribu, aunque a la larga no conduzcan a nada. Mientras más enrevesada o inconexa y tal vez arbitraria sea la historia, más tela de donde cortar durante la sobremesa. —¿Y la verosimilitud? —Una superstición anticuada.
Recuerdo que en los años noventa llegó a ser un éxito arrollador la pizza “Twin Peaks”, bautizada en honor de la serie pionera de David Lynch. No estoy seguro de que incluyera ingredientes especiales —setas del bosque donde supuestamente se encontró el cadáver de Laura Palmer—, pero como nadie estaba dispuesto a perdérsela un instante preparando un maldito sándwich, las entregas a domicilio alcanzaron su apogeo. Los únicos que no comentaban al día siguiente los pormenores del capítulo eran los repartidores de pizza. Y, bueno, yo. Cualquiera sabe lo que se siente estar marginado de la conversación, sin referentes comunes, la mente como un kleenex que distraídamente estrujamos con la mano, esclavos de esa sonrisa idiota del que se ha quedado sin sarcasmos. En mi caso, sin embargo, nunca había sentido la exclusión de forma tan abrumadora como cuando todos mis amigos y enemigos, mi novia y mis ex novias, se habían mudado imaginariamente a ese pueblo maderero en la frontera entre Estados Unidos y Canadá. Entonces descubrí lo que es oír hablar de la mano de dios de Maradona y creer que está pintada en la Capilla Sixtina, el bochorno de enfrascarse en un debate sobre el color de los ojos de Madame Bovary y preguntar si usaba pupilentes. Aunque ya no tengo forma de reproducirla, todavía conservo la caja de videocasetes VHS con la serie completa de Twin Peaks que compré para ponerme al corriente y no vivir como un afásico televisivo, como un pálido ausente conversacional.
Quizá porque las salas de cine están demasiado vacías para garantizar un suelo firme común, o porque hablar de libros o de obras de arte suele deparar una experiencia sobrecogedora de solipsismo, la televisión, lo que pasa y está sancionado por ella (partidos de futbol, aviones cayendo sobre edificios, series interminables y disparatadas), ocupa el sitio de lo que antes llamábamos, quizá un tanto pomposamente, la cultura. A nivel formativo, la lógica unidireccional de la tele, que apenas admite réplicas —y que tal vez por ello pone constantemente en escena discusiones y diálogos—, se compensa con las mesas redondas improvisadas que a cada momento se forman en el café de la esquina o en el receso para fumar. Allí es donde la televisión se socializa y cobra todo su sentido como algo más que “mero entretenimiento”. Allí es donde las ocho horas vagamente culpables frente a la pantalla adquieren más importancia que cualquier experiencia vivida, donde toda una adolescencia patética y solitaria se redime a la hora de citar sin un parpadeo a los guionistas de el programa piloto de Friends.
Hace unos años, eran muy pocos los que se atrevían a ensalzar la estatura artística de las telenovelas, pero hoy es de lo más frecuente defender que las series de televisión, de Six Feet Under a Lost, y de The Wire a Flashforward, son los artificios más complejos y refinados que ha dado la civilización en los últimos tiempos, o que por lo menos son “el mejor cine” que se está haciendo hoy (que Carlos Monsiváis se estremeciera ante una telenovela como El maleficio es comprensible y hasta cierto punto obligado, en vista del personaje que construyó de sí mismo, pero que Javier Marías, cinéfilo de la vieja guardia y escritor todavía a máquina compare Los Soprano con la Comedia humana es, por decir lo menos, sumamente revelador). Incluso he llegado a escuchar que si Mozart y Lorenzo da Ponte hubieran vivido en esta época no habrían compuesto óperas sino series para el canal de Sony. La exageración vale precisamente en cuanto impide que la conversación decaiga, pero es muy poco probable que, dentro de doscientos años, cuando todas las salas de ópera hayan sido demolidas y la televisión por hologramas haya casi sustituido al acto de soñar, el Dr. House sea más recordado que, por ejemplo, Don Giovanni. Ni siquiera creo que Tony Soprano vaya a tener mayor peso ontológico que Don Corleone, mayor contextura simbólica o fuerza iconográfica. Formalmente, en términos de montaje, concepción artística, fotografía, actuación, etcétera, y ya no se diga en la cauda de asociaciones y recuerdos que ha dejado en mi cabeza, El padrino me parece muy superior a su descendiente televisivo.
Ya sé que esto último puede sonar a cosa de la edad, a una trampa de la nostalgia; pero quizá solo haya una cosa que envejezca más rápido que el periódico de ayer, y ese algo son las series de televisión, demasiado ancladas a un momento determinado, a esas “temporadas” en las que todos hablan de ellas. ¿Qué sería de una serie sin el eco de comentarios e hipótesis, sin los foros de discusión y los finales paralelos y conjeturales que estruendosamente genera? El hecho de que las series sean concebidas en entregas es crucial no sólo desde el punto de vista de su estructura y comercialización, sino de su riqueza semántica, pues la expectativa compartida y el asedio a un misterio común es lo que les insufla cierta vida. Si en la trama hay un enigma, lo decisivo es que lo hayamos presenciado simultáneamente; así discutiremos hasta el fin de los tiempos (es decir, hasta el decepcionante desenlace), cómo diablos pudo ocurrir, quién fue el asesino. Discrepo de que se hable de los programas porque sean buenos; son buenos gracias a que la conversación los anima y levanta. Al fin y al cabo, no importa cuál sea la programación, siempre se habla de la serie en turno.
Hay quien se pregunta con toda seriedad si las inconsistencias argumentales de Lost (y, mucho antes, las de Twin Peaks) no representan un cambio de paradigma narrativo, un viraje sin precedentes en lo que entendemos por contar una historia. De ahora en adelante, aseguran, las historias se sostendrán más sobre giros inesperados que sobre el desarrollo dramático, y menos sobre la relojería del clímax que sobre la confusión deliberada de los espectadores. Pero creer que la falta de ilación se volverá la norma equivale a creer en la falacia de que un día las mentiras llegarán a ser más importantes y numerosas que la verdad. Por más que los guionistas de las grandes cadenas supongan lo contrario, no se puede fundar una religión alrededor del deus ex machina.
Acorralado por el lanzamiento de la nueva serie Flashforward, he vivido en carne propia una fractura en el tiempo —por un momento pensé que mi cerebro se desmoronaba como una figura de migajón—, y durante 137 segundos entreví mi futuro, me vi a mí mismo dentro de seis meses, pálido, desencajado, ausente, presenciando cómo todo el mundo comentaba los últimos episodios de la serie Flashforward, cómo manoteaban y alzaban la voz y se desgañitaban por resolver el misterio. Yo estaba allí, en medio de toda esa agitación más bien histérica o desesperada, como un condenado en su campana de cristal, pensando, con más desgana que un genuino afán aguafiestas, sino sería mejor que, al menos por una vez, la conversación finalmente decayera.
Publicado en la columna "Una temporada flotante" de Metapolítica.
domingo, 18 de julio de 2010
La escuela del desorden
Antifábula
Algo que comenzó al otro lado del mundo como una tormenta llega hasta nosotros convertido en un aleteo de mariposa.
Sensibilidad a las condiciones iniciales
Por enfrentarnos a lo que quizá no ha de ocurrir, introducimos una perturbación en lo que está ocurriendo.
La otra cara de la moneda
El orden, visto desde cierta perspectiva, siempre puede parecer desorden; de allí que todo desorden sea en verdad un desafío teórico.
Amuleto de la razón
La línea recta existe gracias al esfuerzo del hombre. La ha concebido, la ha trazado y poco a poco la ha insertado en la naturaleza. Y ahora se sienta satisfecho a contemplarla, como si fuera la explicación y fundamento de todo.
Equilibrio precario
La realidad no se desintegra gracias a la discordancia entre sus partes, a que cada cosa lucha contra las otras y realiza su juego para sí. Más que sostenida por alfileres, se antoja sostenida por la esgrima entre esos alfileres.
Premisa epicúrea
Debajo de toda regularidad visible yace una turbia confusión que la apuntala.
Virtud fecunda
Cierta capacidad de desorden es una de las disciplinas fundamentales del artista. ¡Pero con cuánta frecuencia se convierte en la única!
Sistemas ideales
Algunos defienden la futilidad teórica de construir castillos por el sueño de perfección y belleza que comporta. Pero en tal caso sería de mucho mayor provecho construir en el aire pechos de colegiala.
Lo temido
Las disonancias se presentan como una amenaza, ya que plantean la posibilidad de una armonía superior en que resulten necesarias.
Comportamiento errático
Incluso el vuelo de la mosca podría reducirse a una fórmula matemática, pero ello no lo volvería menos irritante.
Calma chicha
El equilibrio, al menos el equilibrio del ánimo, se antoja más bien una fase lánguida del caos.
Bola de nieve
El esfuerzo de instaurar un orden engendra a cada paso desajustes concomitantes que entonces demandarán ordenamientos sucesivos.
El prestigio de la confusión
También el enredo y lo insoluble embriagan. Me ha tocado ver a hombres retozando como cerdos en el lodazal de un malentendido.
Inercia
Un desorden que se repite, que al día siguiente nos envuelve y arrastra, ya nos parece un principio de orden.
Sin pies ni cabeza
También la incoherencia es una forma de defenderse de los ataques.
Perspectiva del bosque
El orden depende del ojo del observador. Un bosque de árboles perfectamente alineados, que fueron sembrados a distancias regulares, también es una jungla para el que se ha perdido en su espesura.
Statu quo
Lo radicalmente nuevo sería para nosotros una forma de ruido, pues sólo sabemos escuchar ecos y resonancias.
Termodinámica del estilo
La frescura del desenfado está a sólo un grado centígrado de convertirse en el frío de la equivocación.
La teatralidad del genio
¿Quién no ha desordenado a propósito su mesa de trabajo para recibir visitas?
Falsas escaramuzas
El desorden nos reta a que luchemos contra él, y así, beneficiado por nuestra injerencia, redobla su impulso.
Algo que comenzó al otro lado del mundo como una tormenta llega hasta nosotros convertido en un aleteo de mariposa.
Sensibilidad a las condiciones iniciales
Por enfrentarnos a lo que quizá no ha de ocurrir, introducimos una perturbación en lo que está ocurriendo.
La otra cara de la moneda
El orden, visto desde cierta perspectiva, siempre puede parecer desorden; de allí que todo desorden sea en verdad un desafío teórico.
Amuleto de la razón
La línea recta existe gracias al esfuerzo del hombre. La ha concebido, la ha trazado y poco a poco la ha insertado en la naturaleza. Y ahora se sienta satisfecho a contemplarla, como si fuera la explicación y fundamento de todo.
Equilibrio precario
La realidad no se desintegra gracias a la discordancia entre sus partes, a que cada cosa lucha contra las otras y realiza su juego para sí. Más que sostenida por alfileres, se antoja sostenida por la esgrima entre esos alfileres.
Premisa epicúrea
Debajo de toda regularidad visible yace una turbia confusión que la apuntala.
Virtud fecunda
Cierta capacidad de desorden es una de las disciplinas fundamentales del artista. ¡Pero con cuánta frecuencia se convierte en la única!
Sistemas ideales
Algunos defienden la futilidad teórica de construir castillos por el sueño de perfección y belleza que comporta. Pero en tal caso sería de mucho mayor provecho construir en el aire pechos de colegiala.
Lo temido
Las disonancias se presentan como una amenaza, ya que plantean la posibilidad de una armonía superior en que resulten necesarias.
Comportamiento errático
Incluso el vuelo de la mosca podría reducirse a una fórmula matemática, pero ello no lo volvería menos irritante.
Calma chicha
El equilibrio, al menos el equilibrio del ánimo, se antoja más bien una fase lánguida del caos.
Bola de nieve
El esfuerzo de instaurar un orden engendra a cada paso desajustes concomitantes que entonces demandarán ordenamientos sucesivos.
El prestigio de la confusión
También el enredo y lo insoluble embriagan. Me ha tocado ver a hombres retozando como cerdos en el lodazal de un malentendido.
Inercia
Un desorden que se repite, que al día siguiente nos envuelve y arrastra, ya nos parece un principio de orden.
Sin pies ni cabeza
También la incoherencia es una forma de defenderse de los ataques.
Perspectiva del bosque
El orden depende del ojo del observador. Un bosque de árboles perfectamente alineados, que fueron sembrados a distancias regulares, también es una jungla para el que se ha perdido en su espesura.
Statu quo
Lo radicalmente nuevo sería para nosotros una forma de ruido, pues sólo sabemos escuchar ecos y resonancias.
Termodinámica del estilo
La frescura del desenfado está a sólo un grado centígrado de convertirse en el frío de la equivocación.
La teatralidad del genio
¿Quién no ha desordenado a propósito su mesa de trabajo para recibir visitas?
Falsas escaramuzas
El desorden nos reta a que luchemos contra él, y así, beneficiado por nuestra injerencia, redobla su impulso.
miércoles, 16 de junio de 2010
Declaración de las Editoriales Independientes Mexicanas

La primera Feria del Libro Independiente, que reunió durante 15 días a 50 sellos editoriales mexicanos en la Librería del Fondo Rosario Castellanos, ha mostrado la vitalidad de un fenómeno editorial con gran tradición en México y ha subrayado el papel de la edición independiente como un factor decisivo para la diversidad cultural.
Una lógica concebida cada vez más desde criterios puramente comerciales ha llevado, entre otras cosas, a un proceso de concentración empresarial en el mundo del libro que pone en peligro no sólo la producción local en México, sino también la bibliodiversidad, un valor reconocido internacionalmente por instancias como la UNESCO. En contraste con esta tendencia de alcance global, las editoriales independientes se distinguen por la producción de libros concebidos para leerse, para perdurar, dirigidos a los lectores y no exclusivamente a los consumidores. Libros con espíritu de riesgo, que apuestan por propuestas diferentes, por autores y temas heterogéneos, más allá de las modas y las prisas del mercado, y que de no ser por la existencia de estas iniciativas difícilmente podrían editarse y llegar a los lectores.
La experiencia de esta primera feria pone de manifiesto la fuerza que tiene el trabajo asociativo de las editoriales independientes, y también deja en claro que lejos de desvirtuar su papel y sus propósitos, la colaboración con instituciones públicas —en este caso el Fondo— ha resultado de provecho para ambas partes, y en particular para los lectores, quienes durante los quince días que duró la feria vieron ampliado significativamente su horizonte de lectura, con una oferta de más de 1,500 títulos que no siempre encuentran los mejores espacios de exhibición y distribución.
Los editores independientes participantes en esta primera feria declaramos:
Que la cultura —y en específico el libro y la lectura— deben considerarse un eje central del desarrollo y la transformación social, y que para ello es decisivo que se tomen en cuenta los proyectos alternativos que sirven de contrapeso —y en buena medida de resistencia— al giro, a veces avasallante, hacia la uniformización y hegemonía cultural.
Que la legislación en materia cultural debe ser equilibrada y velar tanto por los derechos de autor como los del lector, garantizando el acceso al libro y a la cultura escrita, y promoviendo aquellos proyectos que enriquezcan la pluralidad y la producción local.
Que a través de programas y acciones concretas ha de compensarse la enorme desigualdad en el intercambio del libro entre México y España, así como propiciar la circulación e intercambio en el orbe latinoamericano.
Que asumimos el compromiso, compartido con las instituciones públicas, de acercar el libro a los lectores y de colaborar en prácticas de fomento a la lectura que no sigan modelos verticales y autoritarios.
Asimismo, manifestamos:
Que como un colectivo horizontal y diverso de sellos editoriales nos interesa participar en la planeación de políticas y acciones públicas que hagan del libro uno de sus ejes rectores, en las cuales se respete la identidad de las propuestas independientes.
Que nos parece urgente la colaboración entre los muchos actores que intervienen en la cadena del libro a fin de establecer y aplicar políticas públicas que promuevan y al mismo tiempo den viabilidad a la industria independiente y nacional del libro.
Que es necesario impulsar la circulación del libro independiente en condiciones de equidad, a través de una mayor y más duradera exhibición de los libros mexicanos en las librerías del Estado, a través de medidas de fomento para librerías y editoriales independientes, y de permitir una representatividad activa de estas iniciativas en las estrategias actuales de promoción de la lectura.
Que es prioritario dar continuidad, aplicar y cumplir en toda su extensión la ya aprobada Ley del Libro, con la generación de programas específicos que impidan que sea letra muerta.
Que para las editoriales independientes los cambios tecnológicos en el mundo del libro y la facilidad de acceso e intercambio digital representan una oportunidad pero también un desafío, que entre otras cosas obligan a un examen de las leyes vigentes en materia de derechos de autor y a repensar las estrategias de fomento a la lectura y la concepción misma del libro.
Por último, nos comprometemos:
A seguir enriqueciendo la bibliodiversidad con libros bien editados, audaces y diferentes, en los que se priorice la publicación de autores y géneros desatendidos pero de calidad.
A dar continuidad a los proyectos de difusión y distribución en conjunto de las editoriales, tanto a través de ferias itinerantes como de redes y alianzas solidarias, con el objetivo de lograr una mayor visibilidad del libro independiente a nivel regional y nacional.
A construir mesas de diálogo, análisis y trabajo entre las editoriales independientes y las instituciones públicas, para el diseño de una política del libro que reconozca y promueva su carácter plural y heterogéneo.
México D.F. a 15 de junio de 2010
miércoles, 26 de mayo de 2010
Feria del libro independiente
FERIA DEL LIBRO INDEPENDIENTE
50 editoriales mexicanas en el Fondo
Del 1 al 15 de junio
ACTIVIDADES
Martes 1 de junio 18:30 horas
Inauguración
Palabras de bienvenida de Joaquín Díez-Canedo
19:30 horas Mesa redonda
Dime con quién publicas y te diré quién eres…
Los autores cuentan anécdotas y experiencias de publicar con distintos sellos editoriales y desmenuzan algunas de las implicaciones de ser "fichados” por los grandes consorcios.
Jorge F. Hernández
Fabrizio Mejía Madrid
José de la Colina
Ana García Bergua
Mario Bellatin
Moderador: José María Espinasa
21:00 horas Coctel
Jueves 3 de junio 19:30 horas Mesa redonda
Edición independiente: Alto riesgo
Editores y críticos discuten sobre el tipo de apuesta de las editoriales mexicanas independientes, en busca de esclarecer el porqué de su ebullición, así como el grado de vitalidad que le imprimen al panorama libresco y analizan los retos a futuro.
Vivian Abenshushan
Adolfo Castañón
Leonardo Da Jandra
Víctor Manuel Mendiola
Rafael Lemus
Marcial Fernández
Moderador: Tomás Granados Salinas
Viernes 4 19:30 horas Mesa redonda
El libro y los derechos del lector en la era del marketing
Convertido en una mercancía más en los supermercados, pero ahora también al alcance de muchos gracias a internet, el libro se reconfigura y vuelve los ojos hacia los derechos de los lectores (y no sólo de los autores)
Luigi Amara
Alejandro Zenker
Edwin Culp
Felipe Garrido
Ilán Semo
Gerardo Jaramillo
Moderador: Nicolás Alvarado
Martes 8 19:30 horas Mesa redonda
Las políticas del libro
Se ponen sobre la mesa asuntos candentes alrededor del libro: la amenaza a la bibliodiversidad, el papel del Estado en la edición, la promoción de la lectura en un país sin lectores...
Laura Emilia Pacheco
Diego Rabasa
Heriberto Yépez
Martí Soler
Carlos Anaya
Néstor García Canclini
Moderadora: Déborah Holtz
Sábado 12 de junio De las 17:00 a las 22:00 horas
Fiesta de autores
Presencia de un importante número de autores que, además de firmar libros, se encontrarán con lectores, editores y público en general.
Martes 15 19:30 horas
Publicación del Manifiesto o Declaración de los editores participantes
20:30 horas Reconocimiento a Editorial Aldus por su trayectoria editorial
Coctel de clausura
50 editoriales mexicanas en el Fondo
Del 1 al 15 de junio
ACTIVIDADES
Martes 1 de junio 18:30 horas
Inauguración
Palabras de bienvenida de Joaquín Díez-Canedo
19:30 horas Mesa redonda
Dime con quién publicas y te diré quién eres…
Los autores cuentan anécdotas y experiencias de publicar con distintos sellos editoriales y desmenuzan algunas de las implicaciones de ser "fichados” por los grandes consorcios.
Jorge F. Hernández
Fabrizio Mejía Madrid
José de la Colina
Ana García Bergua
Mario Bellatin
Moderador: José María Espinasa
21:00 horas Coctel
Jueves 3 de junio 19:30 horas Mesa redonda
Edición independiente: Alto riesgo
Editores y críticos discuten sobre el tipo de apuesta de las editoriales mexicanas independientes, en busca de esclarecer el porqué de su ebullición, así como el grado de vitalidad que le imprimen al panorama libresco y analizan los retos a futuro.
Vivian Abenshushan
Adolfo Castañón
Leonardo Da Jandra
Víctor Manuel Mendiola
Rafael Lemus
Marcial Fernández
Moderador: Tomás Granados Salinas
Viernes 4 19:30 horas Mesa redonda
El libro y los derechos del lector en la era del marketing
Convertido en una mercancía más en los supermercados, pero ahora también al alcance de muchos gracias a internet, el libro se reconfigura y vuelve los ojos hacia los derechos de los lectores (y no sólo de los autores)
Luigi Amara
Alejandro Zenker
Edwin Culp
Felipe Garrido
Ilán Semo
Gerardo Jaramillo
Moderador: Nicolás Alvarado
Martes 8 19:30 horas Mesa redonda
Las políticas del libro
Se ponen sobre la mesa asuntos candentes alrededor del libro: la amenaza a la bibliodiversidad, el papel del Estado en la edición, la promoción de la lectura en un país sin lectores...
Laura Emilia Pacheco
Diego Rabasa
Heriberto Yépez
Martí Soler
Carlos Anaya
Néstor García Canclini
Moderadora: Déborah Holtz
Sábado 12 de junio De las 17:00 a las 22:00 horas
Fiesta de autores
Presencia de un importante número de autores que, además de firmar libros, se encontrarán con lectores, editores y público en general.
Martes 15 19:30 horas
Publicación del Manifiesto o Declaración de los editores participantes
20:30 horas Reconocimiento a Editorial Aldus por su trayectoria editorial
Coctel de clausura
viernes, 14 de mayo de 2010
domingo, 11 de abril de 2010
Montaigne o una Biblia pagana

Cualquier pretexto es bueno para leer a Montaigne, pero la ya no tan reciente edición de J. Bayod Brau en un solo tomo en El Acantilado, en un papel que por suerte no llega a ser tipo biblia, invita a que le rindamos culto cotidiano e irreverente pleitesía. Aunque no me convence, pese a las explicaciones aducidas en el prólogo, el título de Los ensayos en lugar de los Ensayos, presenta la novedad de que retoma la versión que Marie de Gournay, la hija electiva o amiga o “fille d’aliance” de Montaigne, editó en 1595, y no la que se impuso durante el siglo XX de la mano de Fortunat Strowski, a partir del así llamado Ejemplar de Burdeos, y además la complementa con una nutrida muestra de los diferentes estratos del texto, pues es bien sabido que Montaigne corregía y corregía su libro, a veces incluso directamente sobre las ediciones que acababan de salir de imprenta (como el propio Ejemplar de Burdeos, por mucho tiempo reputado como el más cercano a las intenciones del autor).
Muy completa y redonda pero sin la obsesión de ser exhaustiva y recoger todas las variantes, esta nueva edición es apta tanto para la lectura erudita como para la puramente hedonista, ya que esos estratos, frondosos y exuberantes como la misma prosa de Montaigne, no entorpecen la lectura, sino que le dan un aire de segundo pensamiento o incluso de vacilación o de cambio de perspectiva. Las notas al pie rara vez son ociosas y las citas explícitas en latín y griego están todas traducidas (incluye un apéndice con las célebres sentencias grabadas en las vigas de su biblioteca circular).
El papel crema característico evita los reflejos de las lámparas, a la vez que le da cierto aire antiguo, y el empastado parece estar concebido a prueba de lecturas frecuentes y apasionadas y no tanto para el respeto o la lectura por ósmosis. Si bien, dado su peso y tamaño: ¡1728 páginas!, no es un libro recomendable para la cama (ya en un par de ocasiones se me cayó de lleno en el rostro, confieso que no por sueño), tampoco está pensado exclusivamente para los cubículos de los investigadores o los escritorios, y sólo en cierta medida justifica el impulso a que encendamos la chimenea (imaginaria) y tomemos cognac en la compañía silenciosa —y deliciosa— de Michel Eyquem (el alto precio del libro, importado de España, quizá haga que nos sintamos de alguna manera condes o habitantes de un castillo). Definitivamente no es para la playa.
La traducción, también de J. Bayod Brau, además de muy cuidada es asombrosamente fluida, y uno no deja de agradecer la suerte de leer a un Montaigne muy próximo, casi de cuerpo presente aunque un tanto desfasado, quizá por voluntad propia, y previsiblemente arcaizante, en vez de, como sucede con muchas ediciones francesas que pretenden ser “fieles” al autor, en francés antiguo. Una joya.
lunes, 5 de abril de 2010
Consignas camineras
De un marcha repentina a favor de... ¡la marcha! (O la deambulación o el paseo o la deriva o el callejeo o la caminata.)
El sonsonete es el acostumbrado.
¡El mundo está al revés:
que reinen ya los pies!
¡Olvídate del iva,
deambula a la deriva!
¡Ebrard, la neta,
libera la banqueta!
¡La silla es tu prisión,
la calle un reventón!
¡Peatón, inmóvil,
ya deja el automóvil!
¡Que vuelva la sorpresa:
los pies a la cabeza!
Peatón, ¡cuidado!
¡Ahí viene el soldado!
¡Chilango, güevón,
conviértete en peatón!
¡La nueva ley acosa:
la tira es sospechosa!
¡Vecino camina,
tu vida contamina!
¡Becado o no becado,
lo quiero caminado!
martes, 30 de marzo de 2010
martes, 16 de marzo de 2010
Presentación de "A pie" en el DF
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