domingo, 25 de noviembre de 2012

Yo alguna vez plagié a Bryce Echenique


Lo confieso: hace algunos años no resistí la tentación de escribir como Bryce, de convertirme por unos momentos en Bryce, y tras renunciar de inmediato a la búsqueda del modelo apropiado de lentes, pero ya metido en el personaje —con el copete abultado hacia atrás y la bienhechora asistencia de una botella de whisky— perpetré, sin más, el plagio. Fue uno de esos plagios por anticipación que inventarió el OuLiPo, el Taller de Literatura Potencial que tanto celebraba el adelgazamiento o la engorda de textos preexistentes o, como en el caso que ahora refiero, futuros.
En mi descargo puedo decir que yo entonces era muy joven y no había escuchado ni una sola palabra sobre el compromiso ético del oficio de escritor. Que estaba abriéndome paso en el mundo de las letras y, en lugar de los acostumbrados empujones y codazos, opté por la bofetada con el guante blanco de la intertextualidad —por entonces muy en boga, aun cuando Bryce no estuviera ni cerca del ojo del huracán.
La historia sucedió así. En el remoto año de 1999, mientras un grupo de escritores y artistas planeábamos la revista Paréntesis y nos empeñábamos por sacarla a la luz —más con imaginación que con recursos—, escribí un ensayo que era una imitación, una burda copia de un artículo periodístico que Bryce publicaría en la revista española Jano en 2007 (revista no por nada de título bifronte, como bifronte sería, a partir de entonces, la autoría de ese texto). Mientras que el artículo del autor de Un mundo para Julius llevaba el escueto pero sugestivo título de “Colocación de las revistas”, el mío, con un descaro digno de premio, se publicó con uno más rebuscado y quizá anacrónico: “Del lugar de las revistas”.
Decidido a copiar sólo lo esencial, mi talento recién conquistado de prestidigitador de frases me hizo caer en el entusiasmo y, al final, viendo cómo esas frases se volvían de alguna forma mías, multipliqué por cinco o seis el breve texto del autor peruano y acabé mandando a la imprenta un ensayo de mediana extensión. La verdad es que, tan pronto me apropié del título con una ligera torcedura de sintaxis, el camino hacia la nueva originalidad de la copia estaba allanado y parecía arrastrarme en su pendiente.
En ese entonces, absorbido por la labor —demandante como pocas— de concebir y editar una revista, no dejaban de rondarme por la cabeza, más como tábanos que como aves de mal agüero, preguntas sobre la perdurabilidad de esta clase de impresos, sobre el sitio que ocupan en nuestra vida lectora y también, si es que no terminan en la basura, acerca de dónde guardarlas en nuestros hogares. Y aunque eran preguntas urgentes para mí y, dadas las circunstancias, incluso cargadas de cierto peso emocional, no dejé de abrevar en el texto de Bryce, quien, desde la posición ventajosa de un colaborador inveterado en docenas de ellas, además de lector especialmente ávido de sus materiales reciclables, no había dejado escapar la oportunidad de reflexionar sobre el asunto. Así, después de un comienzo prácticamente calcado del de Bryce, llegué a la pregunta que me interesaba plantear, pregunta que por razones de oblicuidad estilística y propensión al rodeo no pude conseguir sino hasta el tercer párrafo, y además con una dicción más torpe y ampulosa que la de mi modelo. Mientras Bryce, con esa concisión y naturalidad de quien tiene las preguntas apropiadas en la punta de la lengua, anot, que ﷽﷽﷽﷽izca de original,  ibtear preguntas inolvidables, de esas que calan, habe utiliza, por ejemplo, la Direcció:

La lógica imperante en la reunión y acomodo de las cosas con las que cohabitamos parece haber desdeñado a las revistas.

Yo, más farragoso y petulante, con esa rimbombancia de quien se esmera en plantear observaciones inolvidables, de esas que te sacuden en tu asiento, escribí, en cambio, lo siguiente:

La lógica imperante en la reunión y acomodo de las cosas con las que cohabitamos parece haber desdeñado a las revistas.

Pese a que para algunos censores mi escrito carecería de mérito desde que no incluye ninguna idea novedosa —ya no digamos propia—, para mí, que lo escribía en medio de las aguas turbulentas de un largo parto editorial, el ensayo sobre las revistas tenía la razón de ser de la brújula y, en no poca medida, se confundía con un laboratorio mental. ¿Para qué hacer, todavía, una revista de papel (para colmo de papel costoso) en la era de Internet? ¿Tenía sentido embarcarse en un proyecto que acapararía mi tiempo, mi paciencia y creatividad y que, probablemente, como muchos otros proyectos de ese tipo, terminaría arrumbado en un desván de la memoria, condenado, como insiste Cyril Connolly con una distancia pasmosa (no hay que olvidar que él editó durante años la revista Horizon), a una “iridiscente mediocridad”?
Bryce, como era de esperarse, se había detenido exactamente en las mismas cuestiones, sólo que las supo abordar de forma directa y descarnada, como un problema circunscrito a lo doméstico, en vez de irse por las ramas, en lugar de convertir esas perplejidades en un temblor metafísico. Así, sin rodeos filosofantes, con la astucia de quien aspira a dirigirse lo mismo a los ratones de biblioteca que a las mucamas, escribió:

He sabido de gente que ha fabricado su cama con enciclopedias y diccionarios y que ha encontrado en las revistas el mejor colchón. Y se las ha encontrado también junto a la taza de un váter, amontonadas debajo de unas escaleras, o simplemente arrojadas debajo de una cama.

A fin de aprender la lección, me esforcé en copiarlo palabra por palabra, sin alterar nada, sin temblores metafísicos. Después de todo, Bryce lo había dicho ya de un modo insuperable, con esa plasticidad que sólo se encuentra en las frases que caen sobre la página como un regalo. Entonces, sin rubores de ningún tipo, saqué las tijeras y en un ipo, saqué las tijeras y en un rs, con esa plasticidad del ojo avezado para capturar e utiliza, por ejemplo, la Direcciparpadeo copié y pegué (un lapsus mecanográfico me hizo escribir “copié y pequé”). Mi párrafo, aunque idéntico, no era, no podía ser, el mismo, pues si bien no añadí ni una coma, se había enriquecido por la ruidosa discusión que se agitaba en mi cabeza, además de que, ya que se publicaría en el primer número de una nueva revista literaria, en la que además yo figuraba como Jefe de Redacción, saldría modificado, acaso beneficiado por el contexto. El párrafo, gracias a la nueva caja de resonancia, como era de esperarse se leía completamente de otra manera:

He sabido de gente que ha fabricado su cama con enciclopedias y diccionarios, y que ha encontrado en las revistas su mejor colchón; también de gente que ha desobedecido la máxima “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” hasta el punto de contentarse con vivir en medio de inestables pilares de revistas y diarios que a veces, aquí y allá, permiten entrever un mueble, una ventana, o incluso un rostro. Los hay también quienes prefieren amontonarlas debajo de las escaleras, recluirlas en cajones y archiveros —sobre todo si han publicado algo en ellas— o exhibirlas en canastas —bajo el supuesto de que es chic ofrecerlas a sus invitados como frutas secas. En lo personal, confieso mi desagrado ante esas revistas que terminan junto a la taza del baño…

Es inútil multiplicar los ejemplos. Más de una década después, cuando la revista Paréntesis tiene para mí algo de espejismo y quizá de leyenda, haber cometido un plagio por anticipación de Alfredo Bryce Echenique no tiene más valor que el de una anécdota. Ya es suficiente sorpresa que dos individuos, alejados en el tiempo y el espacio, coincidan de tal modo en sus puntos de vista y en la forma de enunciarlos y se atrevan a firmar los textos que ahora quedarán hermanados por más que un parecido de familia, como para preocuparse por la dimensión moral del asunto. Sí, de acuerdo, yo no soy Bryce Echenique y quise escribir como él, adelantándome a su columna en la revista Jano; pero ¿quién nos dice que Bryce Echenique es Bryce Echenique? ¿Quién nos asegura que el individuo que responde a este nombre no busca escribir como otro fulano, por ejemplo como el primero que se cruza en el camino de sus ojos o, en términos más abstractos, que pretende escribir como cualquiera? “La pluralidad de autores es ilusoria”, decía Borges; tan ilusoria como la identidad personal, que postula una continuidad un tanto fantasmal en la sucesión de individuos que hemos sido y en las azarosas páginas que hemos escrito.
Al igual que James Joyce y George Perec, al igual que George Moore y Ben Jonson, al igual que un abultado etcétera, que incorporaron a su obra páginas y páginas de otros escritores, yo sólo quise poner en entredicho los límites del sujeto y obré del modo más osado —¿más cínico? — que tenía a mi alcance: puesto que plagiaría ni más ni menos que a Bryce Echenique, me le adelantaría alevosamente unos cuantos años, tal como la tortuga hizo con la liebre, para que entonces él, que nunca me daría alcance, pasara por impostor.
Por todo esto me niego a aceptar la acusación de robo que pudiera pesar sobre mi acto, y no tanto porque defienda una concepción panteísta o ecuménica de la literatura, sino porque después de todo no le robé nada —no al menos en el sentido en que podría robarle los lentes o la cartera—, ni siquiera el dinero que no cobré por mi texto publicado en Paréntesis, pues tampoco Bryce lo habría podido cobrar, ya que no estaba invitado a colaborar en ese número (como tampoco yo a la revista Jano).
Pero en particular me rehúso a portar la estrella amarilla del plagiario durante toda la eternidad, tal como pretenden las buenas conciencias de este país, que se hacen de la vista gorda ante atropellos y corrupciones de toda laya, pero no pueden tolerar que haya dos textos literarios semejantes circulando por el mundo, cada uno firmado por autores distintos. En lo personal, quiero creer que el texto de Bryce no le pertenece solamente a Bryce, pues al menos mientras yo lo redactaba y quería adivinar lo que Bryce habría escrito —quizá porque entonces confundía ingenuamente a mis autores favoritos con la Literatura—, fue también, de algún modo íntimo e inesperado, incuestionablemente mío.



Notas

1. Debo a Fabiola Ramírez la noticia de que el texto de Bryce que plagié por anticipación se había publicado en la revista Jano y puede leerse aquí.

2. Para los interesados en el plagio por anticipación, además de los trabajos pioneros del OuLiPo y en particular de François Le Lionnais, está el libro de Pierre Bayard (a quien el propio Le Lionnais plagió ventajosamente), Le plagiat par anticipation, París, Editions de Minuit, 2009.


Del lugar de las revistas

Una vez que la revista ha estado en nuestras manos, una vez que la hemos hojeado distraídamente o la hemos escudriñado con placer o con esa escrupulosidad morbosa que nos demanda la irritación, su destino es de la mayor importancia. Qué hacemos con ella, dónde la colocamos y por cuánto tiempo, más que medir nuestra manía por la acumulación y el desorden, tiende a definir el cariz y la intensidad de nuestra experiencia lectora, y hasta comporta una declaración de principios. 

Si hemos optado por conservarla, la misma posición de almacenamiento, su cercanía con otros impresos y publicaciones, o el deseo de encuadernarla junto con números ya pacientemente apilados, no sólo indican algo sobre su naturaleza y calidad y contornos; también reflejan el lugar exacto que ha ocupado en nuestra estima y gusto. Si, por el contrario, hemos decidido deshacernos de ella y, tanto como sea posible, alejar su molesto o su insustancial influjo, pocas cosas revelan de manera más plástica y significativa el daño infligido a nuestra mente que la falta de elegancia con la cual la arrojaríamos, si la ocasión llegara a presentarse, a la cara del desalmado editor responsable —de cuya afición por la infamia nunca estaremos suficientemente protegidos. 

Aunque la retórica gestual asociada con el disgusto y el rechazo esté abundantemente diversificada, y ofrezca muchas más posibilidades de solaz y maravilla al ojo del observador que la del entusiasmo, su estudio únicamente permitiría acercarse al tema de “la revista imaginaria ideal” por la vía negativa, por los tortuosos y variados y no necesariamente desapacibles senderos de la aberración y la ignominia. En cambio, el gesto de guardar un ejemplar o de coleccionar compulsivamente los números de una publicación inconstante, toda la serie de pequeños pero fundamentales juicios involucrados en esas decisiones, así como los hábitos relacionados con su posterior acomodo, a pesar de que no encierran demasiadas sorpresas, bien pueden ser entendidos como indicios de su aparente o verdadera valía. Y ya sea que el impulso de conservarla haya sido motivado por el placer que ha despertado en nosotros, por la convicción de que algún día alcanzaremos la fortaleza de carácter requerida para digerir catorce artículos dedicados al problema de la “otredad”, o porque su filiación con el esperpento y el disparate la han convertido en objeto de colección envidiable, nos encontramos en la situación de tener una revista en nuestras manos, pero ante una infinidad de sitios que incomprensiblemente la rechazan.

La lógica imperante en la reunión y acomodo de las cosas con las que cohabitamos parece haber desdeñado a las revistas. Quizá haya contribuido a ese desdén la atmósfera de caducidad que insistentemente las envuelve y que ha terminado por condenarlas, cuando no a abultar la clase variopinta de los entes prescindibles y fútiles, sí al menos, con justa y espontánea frecuencia, la de los entes desechables y proclives a la fugacidad. En razón de su tamaño, las revistas no siempre son admitidas en los estantes polvorientos de nuestras bibliotecas; y a causa de su naturaleza transitoria, no siempre nos decidimos a colocarlas en el apartado de los libros de arte, donde físicamente —y a veces espiritualmente— podrían ser acogidas. Los dispositivos denominados “revisteros”, específicamente diseñados para ese propósito, debido a su raigambre aristocrática y a su jactancioso y derrochador refinamiento, exigen la renovación constante de los ejemplares allí acumulados, por lo que sólo posponen y multiplican el problema de su final ordenación. Y aun cuando en las cajas de cartón y en los sótanos sean de sólito bien recibidas (como en toda suerte de covachas, desvanes y armarios), el acto de alojarlas allí no señala, en realidad, más que nuestra predilección por convertir los rincones lóbregos en atiborradas sepulturas; lo cual casi siempre equivale a abandonarlas solemnemente a la lenta fuerza corrosiva del olvido y del moho.

La posición vertical, consagrada a la firmeza y perdurabilidad del libro, es quizá el fin mayoritariamente acostumbrado para una revista y, al mismo tiempo, el más equívoco. Poner de pie aquello cuya estructura endeble y ausencia de lomos parecía solicitar únicamente una visitación pausada tendidos en nuestro sofá favorito, denota cierta extroversión del arrebato, cuando no la abundancia de anaqueles vacíos. Existen revistas que son apreciadas como azarosas o planeadas antologías de adelantos, excentricidades y manifiestos, y cuyo lugar natural es al lado de los libros que prologan o critican. Otras, quién sabe si menos afortunadas o de mérito indigno, llenan los huecos temporales en los estantes, y sirven para conservar una prudente distancia entre las diversas literaturas. Conozco a quien, por ejemplo, habiendo ordenado su librero según el alfabeto, se vio en la necesidad de disponer veinte o treinta revistas entre los tomos de Harold Bloom y Léon Bloy, tal era la discrepancia y la animadversión que percibía entre ellos. 

La vecindad de revistas y libros en un mismo estante —como por lo demás la de ciertos libros con otros—, se ha enfrentado desde la invención de la imprenta a la dificultad de la inmortalidad literaria. Cyril Connolly escribió al comienzo de The Unquiet Grave que “cuantos más libros leemos, mejor advertimos que la función genuina de un escritor es producir una obra maestra y que ninguna otra finalidad tiene la menor importancia” (frase cuyo desafío y punzante verdad no le impidió colaborar asiduamente en distintas revistas, ni abocarse a la creación de una de ellas: la célebre Horizon). Sin embargo, cualquier persona familiarizada con las publicaciones periódicas —e incluso con las publicaciones en general— habrá tenido innumerables ocasiones de constatar que son terreno fértil para la proliferación de escritos contrarios a la idea de Connolly; y que nueve de cada diez impresos parecen concebidos por un conciliábulo de embaucadores que, con perseverancia temible y entristecedora, no escatiman la oportunidad de demostrar su abierto antagonismo contra esa idea meritoria.

(A manera de anécdota diré que he podido comprobar que en una biblioteca ajena, el acto de deslizar un ejemplar del Selecciones entre las obras de Carlos Fuentes puede ser interpretado como un acto político, o incluso como un insulto imperdonable, siendo difícil determinar cuál de ambos). 

El destino horizontal que se reserva a los amasijos de páginas es, como desafortunadamente no siempre su interior, imprevisible y variado. He sabido de gente que ha fabricado su cama con enciclopedias y diccionarios, y que ha encontrado en las revistas su mejor colchón; también de gente que ha desobedecido la máxima “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” hasta el punto de contentarse con vivir en medio de inestables pilares de revistas y diarios que a veces, aquí y allá, permiten entrever un mueble, una ventana, o incluso un rostro. Los hay también quienes prefieren amontonarlas debajo de las escaleras, recluirlas en cajones y archiveros —sobre todo si han publicado algo en ellas— o exhibirlas en canastas —bajo el supuesto de que es chic ofrecerlas a sus invitados como frutas secas. En lo personal, confieso mi desagrado ante esas revistas que terminan junto a la taza del baño; no tanto por razones de higiene o por afrentas al así llamado buen gusto, sino por el atentado que implican contra la idea del cuarto de baño como santuario; por amenazar la soledad de ese último reducto espiritual en el que todavía podemos escuchar, con la atención y ceremonia debidas, las regurgitaciones que brotan desde las circunvoluciones paralelas del cerebro y los intestinos.

En contraste, estimo que yacer sobre la mesa, entre unas cuantas migajas, y al lado de una taza de té recién vacía pero aún débilmente olorosa, es un fin que toda revista digna de su nombre debe desear. La escena irresistible que esa combinatoria de evidencias y detritos ofrece a la imaginación no puede ser otra que la de una tarde dedicada enteramente al disfrute. Cualquiera que tuviese en suerte pasar frente a ella no podría dejar de añorar esos momentos en los que dando la vuelta a una hoja sutilmente equilibrada entre atractivos visuales, mala leche vivificante y alguna curiosidad, nos hemos dado tiempo de atender esas “consideraciones carnales bajo la forma de té y galletitas” acerca de las que tanto y tan admirablemente habló De Quincey. 

No importa si amarillentas o manchadas de enigmáticos líquidos, las revistas que permanecen largamente sobre la mesa del té, y cuya liviandad y agudeza de contenido puede acompasarse muy bien con el estado en que la mente se encuentra en esos momentos de pausa y esparcimiento, son precisamente aquellas que habiendo sido emplazadas a ese lugar determinado para potenciar nuestro deleite, no sólo no nos han defraudado, sino que han resistido el vaivén de nuestras “afinidades electivas”, y han burlado la aduana de nuestras no tan mudables aversiones. Factores que, si se les mira bien, no son nada despreciables, y a los que habría que sumar el valor añadido —nunca adecuadamente ponderado— de que si esas revistas han perdurado allí es en parte debido a que gracias a su flexibilidad y portada lustrosa nos han sido de inestimable utilidad para otras actividades no menos placenteras y edificantes, como por ejemplo, ponchar flautines o matar moscas. 

Distantes por igual tanto de la avidez de actualidad de los periódicos como de la continuidad de atención exigida normalmente por los libros, se trata por lo regular de publicaciones misceláneas que han logrado conjuntar ese tipo de creaciones cuyas virtudes eluden la pesantez que significa figurar en un grueso volumen, y que por su extensión y naturaleza se resisten ante la desmesura que encierra la palabra “obra”. Textos e imágenes cuya inmortalidad y vigencia artística estaría cifrada en el hecho de poder ser frecuentados una y otra vez con asombro y agrado, y sin el riesgo de que su delectación se vea en absoluto estropeada por un accidente en la mesa, o por frases y preguntas del tipo “pásame la miel”, o “¿no tendrás un poco de leche?”


(Este ensayo se publicó originalmente en el número 1 de la revista Paréntesis (1999) y después como parte del libro El peatón inmóvil, Arlequín/U de G, 2003.)

domingo, 4 de noviembre de 2012

El hombre ciego a la belleza


A diferencia de los que padecen el síndrome de Stendhal, que sufren vértigo y palpitaciones ante a una obra maestra, el Hombre de la Mancha en el Ojo no experimenta nada frente a la belleza. Si acaso siente a veces un poco de estupor, ese estupor confuso y un tanto vergonzoso de quien se sabe diferente y se da cuenta de que sus cuerdas sensibles no han sido jamás rasgadas por los dedos del arte. Si está ante un cuadro, por ejemplo, le parece como si hubieran desparramado tubos de pintura de forma arbitraria y tosca; si acude a una sala de conciertos, las notas se niegan a formar relaciones armónicas en sus oídos, y más bien la música lo atormenta como si proviniera de instrumentos infernales y desarticulados sin otro fin que enloquecerlo. Si lee un poema o un cuento, es capaz de seguir el hilo, de “captar el sentido”, pero de todas formas se queda en blanco. Al igual que los que no pueden ver determinado color, está ciego a la experiencia estética; toda una franja de la realidad le ha sido por completo vedada, lo que lo hace parecer impasible, reservado y flemático, aunque por lo demás sea un hombre del todo normal.
           Cuando era niño, todos creían que esa incapacidad tenía que ver con la opacidad vítrea de su ojo izquierdo. Nació con esa especie de nubosidad permanente que, sin embargo, no alteró su visión; pero el hecho de que, a nivel auditivo, sufriera una indiferencia o insensibilidad parecida —que la música lo dejara siempre frío—, despejó el temor de que su mal proviniera directamente de la mancha. Aunque siempre habían tenido cierta aprensión con todo lo relacionado al humor vítreo de su hijo, sus padres se alarmaron por primera vez tras descubrir que él prefería ver la televisión cuando ya no había nada que ver, cuando la programación había concluido y en la pantalla sólo desfilaba un avispero de brillos y zumbidos conocido como nieve. “No es que encuentre mucha diferencia entre la nieve de la pantalla y una película —suele explicar—; pero al menos la primera me resulta más tranquilizadora, quizá porque entonces no tengo la obligación de sentir algo."
           Desde aquella madrugada en que sorprendieron a su hijo hipnotizado por una pantalla chisporroteante y sin sentido, estaba claro que su destino sería singular. Quisieron ayudarlo, “sensibilizarlo”; puesto que no sabían si se trataba de una variedad de autismo, temieron que de no abrirle los ojos a la belleza estaría condenado a convertirse en un psicópata o un criminal.
           Pero nada ha funcionado. Las cosas son indiscernibles para él desde el punto de vista estético: ya no digamos las bellas artes, la comida, la ropa, todo le da lo mismo; si le dan a elegir entre una habitación con vista a un jardín y otra con vista a un muro gris, sencillamente se alza de hombros. Pese a que le gusta jugar futbol, dos jugadas de gol en un partido —una soberbia, la otra azarosa y torpe— tienen igual peso en su ánimo en razón de que ambas alteraron el marcador. Es como si las contemplara desde la rejilla chata del sistema binario; como si entre él y la realidad se levantara un vidrio gélido e infranqueable, parecido al desasimiento o a la depresión. Alguien lo describió como aquel desdichado que nunca ha visto la tela colorida del velo de Maya; otro, como el infaltable aguafiestas que siempre ve desnudo al emperador. Antes de la pubertad, todas las niñas le eran odiosas; después de la pubertad, todas las mujeres lo excitan por igual, y él mismo reconoce que se trata de una agradable atracción puramente animal. Se entiende que enseñarlo a apreciar a los grandes maestros raya en una empresa ridícula.
           Por consejo de una amante, una vez hizo el viaje a Florencia, con el propósito de visitar la Galeria degli Uffizi, ese rincón del mundo en donde se registran más sobredosis de belleza, pero en especial para conocer la Basílica de Santa Croce, el lugar donde Stendhal estuvo a punto de desmayarse por las sensaciones celestes que le infundió la nave principal. Pero ya una vez allí, separado de la abundancia de belleza como el loro del reino del significado, el Hombre de la Mancha en el Ojo se limitó a hacer un cálculo de la gente que cabría cómodamente sentada en su interior.
           Un poco en broma, ya que lo había escuchado describir los cuadros como “meras manchas”, su hermano lo llevó en una ocasión a ver la obra de Jackson Pollock. Para su propia sorpresa, frente al primero de los cuadros, el hombre ciego a la belleza sonrío. Como si quisiera retorcer su humor más de la cuenta, exclamó que eso al menos no tenía la confusión y gratuidad de un Tiziano.

Pollock 32 (1950)




Al día siguiente, su hermano lo llevó a un taller de carpintería, donde las sierras eléctricas y los martillos creaban un auténtico aquelarre acústico, un estrépito informe y destemplado. Le pidió que se detuviera en el umbral y cerrara los ojos. “Sí, aquí hay algo”, dijo. Pero la verdad es que nunca ha pasado de allí. Un erizamiento leve de la piel, si acaso la inminencia del goce artístico de cara al desorden. Sensaciones —o subsensaciones— que lo atraviesan de vez en vez, como cuando mira un vertedero de basura o cuando se topa con niños que juegan a la orquesta con sartenes y cacerolas.
           Ya que carece de punto de comparación, es imposible hacerle entender que el mundo que habita es un mundo disminuido y trunco. Él se limita a sonreír; asegura que en ese mundo empobrecido no está solo, que incluso se atrevería a decir que son legión.