domingo, 26 de diciembre de 2010

Lejos de la peluquería

No me simpatizan los peluqueros, mucho menos en su versión audaz y un tanto estridente conocida como “estilistas”. Me gustan, siempre me han gustado, “esos raros peinados nuevos” de la canción de Charly García, pero no los encargados oficiales de ponerlos en circulación. Los peluqueros, lo mismo los de las viejas barberías que los de salón de belleza, son demasiado parlanchines y sociables, y eso llega a ser particularmente incómodo cuando ocupan su lugar natural en el mundo, que es justo detrás de nuestras orejas, armados con sus tijeras bien entrenadas y su lengua inquieta y de escaso filo, deslizándose a la manera de una sombra extrovertida, invisibles pero inequívocos, como si la voz de la conciencia se hubiera vuelto de golpe un cuchicheo efusivo. A diferencia de los sastres, que tienen inclinación al carácter taciturno y escueto (como descubrió Charles Lamb), los peluqueros son tan desenfadados que serían capaces de cantar mientras emparejan un fleco, y aunque desde luego atraviesan momentos de inacción y languidez y no escapan al embrujo de la melancolía, todo ello lo compensan, tan pronto ha aparecido un cliente, con un parloteo insustancial, incontenible y desmedido, que parece activarse mediante un interruptor.

Pese a que nunca faltan temas de conversación con los peluqueros, rara vez tengo de qué hablar con ellos. Mi enmudecimiento comienza cuando me preguntan cómo quiero el corte, cuestión siempre peliaguda y hasta cierto punto abstracta y para mí indecidible, que por lo regular resuelvo alzándome de hombros o, si estoy en verdad comunicativo, diciendo que igual que como está pero tres o cuatro dedos más corto. No sé por qué esa pregunta me resulta tan odiosa y paralizante; quizá porque supone que uno tiene claro lo que quiere —o lo que le conviene a una cara modelada por un largo repertorio de muecas y vicios—, que pasa horas frente al espejo meditando cuál será el corte perfecto que se oculta bajo esa maraña indomable. Es posible que ellos, al igual que Miguel Ángel veía la escultura en el bloque de mármol, hayan desarrollado un sexto sentido para intuirlo, para que se les presente con toda nitidez entre los mechones; pero entonces que no pregunten. Yo sólo puedo darles indicaciones vagas y balbucientes, de esas que suelen arrojar consecuencias lamentables.

Las pocas ocasiones en que, después del tropiezo de la pregunta inicial, he conseguido sostener una conversación con algún peluquero, me ha parecido que les falta pasión al hablar, que no se comprometen ni exaltan (como sí sucede con los taxistas, otro oficio propenso a la verborrea), de modo que es inútil tocar temas que saquen chispas, a no ser que versen sobre la farándula y sus desaguisados o su inminente ruina —de lejos su tema preferido. Hablan por hablar, de esto o lo otro, para pasar el rato, para dejar de oír el bisbiseo mortal de las tijeras. No hablan por convicción, sino por los codos. Lo suyo decididamente es la cháchara. Paul Léautaud, el casi olvidado autor de ese Diario literario que consta de más de siete mil páginas, escribió que para gustar a las mujeres hay que tener algo de peluquero en el espíritu y en las maneras. Como personalmente tengo muy poco que decir sobre la ondulación del cabello o el contorno de las cejas, y menos aun sobre el cosmos cambiante de los champús y las cremas, es posible que eso explique mi más bien escasa fortuna en la materia.

Este recelo mío hacia la estirpe de los peluqueros, que por supuesto no llega a convertirse en aversión, me obliga a visitarlos muy poco, cuando mucho una o dos veces al año. Periodos tan prolongados de inasistencia me privan de establecer un trato íntimo con ellos —que a fin de cuentas están a cargo de una parte crucial de mi imagen, de mi rostro—, lo cual probablemente tenga repercusiones en esa ligera decepción que me acompaña al abandonar sus locales. Sobre este punto he llegado a pensar que si los tratara con más regularidad tal vez podríamos conversar mejor, alcanzar alguna forma de complicidad que por lo menos obrara a favor de mi apariencia; es posible que el principal obstáculo que me separa de los peluqueros sea tener que romper el hielo cada vez. Si los visitara con frecuencia, si acudiera a ellos para el cuidado de mi barba, lo más seguro es que lograríamos una relación entrañable, quién sabe si al grado de la confidencia, pero que al menos, en esas sillas elevadas que algo tienen de nave espacial, recostado y mirando al techo, se podría confundir con una forma de terapia.

Así que no descarto que estas reflexiones sean injustas de principio a fin, pues nacen del desconocimiento de un gremio respetable y útil, por lo que entiendo milenario, que se ha extendido a todo el orbe. Quizá yo me he perdido de uno los placeres que nos tiene reservado este planeta: estar allí, confiado a las manos de un hombre armado con navaja, escuchando dócilmente su chismorreo. De hecho no excluyo que aparezca alguien con más suerte que yo que enaltezca su oficio, su lengua fácil y frívola, sus tijeras convertidas en un sexto y séptimo dedo; alguien que sienta la necesidad de ensayar un sincero elogio de los peluqueros. Creo recordar que fue Ramón Gómez de la Serna quien escribió que el mejor lugar para escuchar música son las sillas reclinables de las peluquerías (aunque no necesariamente con la cara embadurnada de espuma); si en un futuro esos sillones peluqueriles alcanzan gran demanda entre los melómanos y las salas de concierto vanguardistas empiezan a preferirlas a las butacas rígidas, aceptaría de buena gana que esa contribución a la humanidad basta para justificar su oficio. Lo importante, para los efectos de este escrito, es que intimidado por esa incomprensión del peluquero que sospecho es proporcional y recíproca, por esa incompatibilidad de temperamentos y casi podría decir de visiones del mundo, pospongo todo lo que puedo la cita fatal.

Antes de continuar aclararé que los dioses menores de la capilaridad han sido benévolos conmigo, y que además siento predilección por las melenas, por esas greñas desbocadas que se estilaban en los años setenta, pero sobre todo por las antiguas y un tanto desaliñadas (o acaso simplemente naturales), como las que lucían los filósofos modernos, Descartes a la cabeza, ignoro si como sustituto o más bien como rechazo a las pelucas (tal vez yo me confundo y eran todas pelucas). No me detendré aquí a elucubrar sobre las razones de esta inclinación, y ni siquiera creo que sea el momento para adelantar hipótesis sobre la simbología del pelo largo en los varones; baste decir que, con independencia de las asociaciones consabidas y tercas que lo vinculan al sentimiento de libertad o al carácter indómito (cuando no a la pura y llana mariconería), dejarse el pelo largo trae aparejadas ciertas comodidades, entre las que se cuenta, y no en un lugar despreciable, la de abstenerse de entregar una ofrenda bimestral, en dinero sonante, a esos dioses de la capilaridad antes mencionados. Pero la mayor de todas, que más que una comodidad se antoja una bendición, es que nos exime de tener trato con peluqueros.


Confieso que por superchería o necedad o, como me gustaría que quedara establecido aquí, por extensión —pues no descarto la posibilidad de un nexo animista que contagie a estos objetos de los males del peluquero—, también me desconciertan los peines. Hace décadas que no empleo uno y su sola aparición imprevista, como cuando alguno asoma del bolsillo trasero del pantalón de un caballero, me pone literalmente los pelos de punta. No sólo me parecen adminículos de una era ya enterrada, mucho más relamida y tiesa que la nuestra, comparables al monóculo o al corsé, sino que los encuentro del todo prescindibles y quién sabe si hasta incluso dañinos y contra natura. ¡Como si no contáramos ya con diez dedos largos! Si acaso, en alguna época, he sentido interés por aquel peine de un solo diente ideado por Macedonio Fernández, que siempre me he preguntado si se confundiría con un lápiz o con un palillo chino —¡qué enigma la de ese diente soltero, antisocial, sin duda anacoreta, útil tal vez para los peinados a raya!—, pero nunca por los peines ni por los cepillos. Hay quienes sostienen que esos utensilios estimulan el cuero cabelludo, sobre todo una serie de diminutas glándulas que se alojan en los folículos; en mi fuero interno me pregunto cuántas calvicies prematuras no se deberán directamente a la afición viciosa y condenable del peine.

Dejarse el pelo largo, en especial cuando a uno no le molesta que crezca desmañadamente, a su propio ritmo disparejo y caprichoso, tiene la ventaja de que mantiene a buena distancia la conjura de los peines; después de todo, si no hay un corte de pelo al cual hacerle justicia, un peinado que sirva de causa final a nuestro afanes, ¿qué sentido tiene esmerarse con el peine y ya ni se diga con las tenazas o la gomina? Es cierto que entonces nos ronda la amenaza de los nudos, pero sobra decir que no hay ninguno que resista la cirugía de una navaja, la cual uno mismo puede llevar a buen término en la comodidad de su hogar, y que, llegado el caso, siempre contamos con el recurso de elevar esa aparente molestia a la categoría de rastas, con lo que de paso rendimos tributo a Bob Marley.

Ahora que lo pienso, una buena razón para planear un viaje a Jamaica, además de sus playas y música, y más allá de la calidad legendaria de su cannabis, sería la animadversión que con toda seguridad sienten sus habitantes por los peluqueros; no se requiere de gran perspicacia para comprender que allí no es demasiado próspero ese negocio y que cruzarse con uno de sus oficiantes podría incluso ser de mal agüero. Pero no me tocó en suerte vivir en un lugar donde el pelo pueda crecer a su aire como las palmeras y, pese a mis esfuerzos, no he logrado esparcir aquí la superstición de que el trato con peluqueros es más desaconsejable que romper un espejo. De manera que, a riesgo de terminar confundido con un cavernícola, no me queda más remedio que traspasar una vez al año el umbral de la peluquería, ese umbral que antes solía anunciarse con un cilindro hipnótico —¿de qué otra manera atraer a la clientela?— con los colores de Francia.

He intentado convencer a mi mujer de que ella misma se encargue de podar mi mata, pues con ella sí que podría hablar animadamente de cosas aun demasiado elevadas para la circunstancia, pero se ha negado de tajo. El argumento que esgrime es que, en caso de fallar, en caso de dejarme como príncipe valiente o, peor aún, como señora, se lo reprocharía durante semanas y se convertiría en una nueva amenaza para el equilibrio conyugal; el argumento que se calla, pero que sospecho que está detrás del otro, es que ella podría desquitarse inconscientemente con las tijeras de alguna vieja rencilla, quizá dejándome como príncipe valiente o como señora, resultado que yo le reprocharía infinitamente y así hasta el divorcio.

Una vez en la silla neumática, mudo y desencajado como si fuera el día de mi ejecución, el peluquero en turno suele hacer toda clase de insinuaciones y preguntas para saber cuándo fue la última vez que requerí los servicios de alguno de sus colegas. En realidad, lo que le interesa es mostrar su repudio frente a alguien que puede andar por las calles con una greña como la mía, que a sus ojos es casi como portar un estandarte que anuncia el declive de su modus vivendi. Yo, que he descubierto que mantener mi cabellera de esta forma, a buena distancia de las tijeras y el peine, resulta benéfico para sobrevivir en una ciudad como el D.F. (estoy convencido de que al darme una apariencia un tanto astrosa, un halo de vagabundaje y desorden, me ha puesto a buen resguardo de los asaltos y secuestros que abundan en la urbe[1]), eludo entrar en demasiadas aclaraciones y, en vez de perder el tiempo intentando convencer a un fundamentalista, invento alguna excusa que no lo sobresalte demasiado, que no contravenga sus valores más básicos, no vaya a ser que mis orejas sufran las consecuencias.

Como sé que no me conoce, y en caso de que me haya visto un año antes es poco probable que me recuerde, le digo que me desenvolví como extra en una película de piratas, o que vengo de un largo viaje por Sri Lanka, donde está prohibido cortarle el pelo a los extranjeros, o que en mi religión así se expresa el duelo por la muerte de un ser querido. El peluquero sonríe y asiente, casi siempre queda satisfecho con estas salidas, no importa qué tan descabelladas sean —para él lo más inverosímil, lo más aberrante, sería que le contara la verdad: que no me gustan las peluquerías y ni siquiera los peines—, y entonces se agarra de algún detalle que yo haya dicho para hacerme plática y empezar a perorar sin descanso de aquella vez que estuvo a punto de convertirse en el peluquero de una película de época, o de cuando viajó a Belice y se quedó horrorizado de no encontrar una sola estética unisex, o del duelo que hizo cuando pasó a mejor vida su perrita Rebeca, que era una de esas pug que ahora están tan de moda, originaria de China, aunque ella nació en México, no vaya uno a creer; una raza muy cariñosa, de perros fieles y juguetones, a los que les interesa más estar con humanos que con otros perros, de tan falderos y arrimados que son, perorata ante la cual no me queda más remedio que cerrar los ojos, llenar una y otra vez de aire los pulmones para no impacientarme, y entonces transportarme lejos, muy lejos, de la peluquería.


[1] No me extrañaría que una investigación sobre los patrones de la criminalidad que prestara atención a los cortes de pelo, terminaría por descubrir que son precisamente los acicalados, y ya ni se diga si están recién salidos de la peluquería, quienes corren más riesgo de caer víctimas de un robo o un secuestro, desde luego con violencia.

2 comentarios:

Maldonado dijo...

Estimado Luigi;

Me temo que este no es el mejor medio para alcanzarte, pero ha sido imposible tener tu correo. Soy Miguel Maldonado y no hemos tenido el gusto de conocernos, no al menos de frente, pues he leído algunas cosas tuyas. Actualmente me encargo de una revista de cultura y pensamiento, Unidiversidad, antes hacíamos la revista Revuelta no sé si la conociste?... Me gustaría que te animaras a colaborar con nosotros, en tema y extensión libres, hago votos porque te encuentres en la disposición...
Abrazos
Miguel
maldonado.miguelangel@hotmail.com

Álvaro Ancona dijo...

Divertido y profundo. Saludos, Luigi.