sábado, 22 de mayo de 2010

El Club de lo Soso

Cuentan que en Londres hay un club consagrado a la insulsez y a los lugares comunes. Allí los miembros se reúnen para hablar sólo de tópicos y naderías —del clima, o de lo caro que está la vida, o de que una golondrina solitaria no hizo verano—, y parece que si alguien osa deslizar en la conversación alguna anécdota interesante o una idea aventurada, es expulsado o por lo menos suspendido de inmediato.

Como es un club muy exclusivo, resulta casi imposible ya no digamos ser admitido, sino conocer bien sus reglas, y a veces me pregunto si lo que escapa a lo anodino pero todavía no roza lo excéntrico amerita entre ellos una multa, una ronda de whiskey para todos, por ejemplo, o cerrar el pico durante el resto de la velada. No sé cómo se denomine a sí mismo, ni si sus miembros mantienen ese ambiente de clausura y secreto que suele distinguir a ese tipo de congregaciones; tal vez, para no llamar la atención y permanecer como una mera reunión de sosos, se conoce simplemente como “el club”. Con la licencia de no pertenecer a él, con la distancia de no tener que bajar el listón obligatoriamente, se me ocurre bautizarlo como el Club de la Fruslería o, quizá, como el Club de lo Chato. También, si adivino bien sus intenciones, podría llamarse el Club Antipedante.

Aunque Londres haya sido desde siempre la cuna de muchos clubes y negocios raros, tanto de corte exquisito como más bien palurdo, supongo que al interior de un club de estas características estará prohibido hablar de la existencia de otro club que, como él, se aboque a la más estricta medianía; su propia gestación sólo es concebible al margen de su regla principal, pues como idea, como mera posibilidad, el veto de todo lo llamativo, la expurgación de cualquier protuberancia que se aproxime a lo original, se antoja estrafalaria y atractiva así sea por recalcitrante. Un poco como el club imposible al que no entraría Groucho Marx (puesto que lo aceptaría como miembro), en este club de la antipedantería sería expulsado ipso facto quien viniera con la ocurrencia, totalmente jalada de los pelos, de fundarlo.

Es probable que surgiera como un remanso en medio del torrente de mamonería e infatuación que nos arrastra, o bien como una tregua ante la obsesión por las curiosidades y lo “interesante” que manifiestan todos los medios masivos. Es evidente que en su gestación también intervino cierto hartazgo —se podría decir que justificado— ante las conversaciones elevadas, aquellas en que las réplicas son siempre irónicas y ágiles o demasiado sesudas, o en las que el nombre de Lacan corre de boca en boca a mayor velocidad que el vino. Pero la razón última del club exige de sus socios una extraña destreza, la habilidad sobresaliente de no salirse nunca de la monotonía, de no traicionar lo insustancial —existe el riesgo de que alguien diga cosas tan ñoñas y consabidas que empiece sospechosamente a destacar—, de modo que si en un principio se planeó como un reducto para el reposo y el vaciamiento de la mente, es probable que pronto la vigilancia mutua hiciera de esas selectas reuniones un arduo sino es que inspirado ejercicio. Así como en los viejos salones franceses reinaba la chispa del ingenio por miedo a hacer el ridículo, en este club de la sosería habría de reinar la grisura como una forma invertida del mismo miedo al ridículo. Dos formas contrarias —separadas previsiblemente por el Canal de la Mancha— de entender el arte en decadencia de la conversación, que exigen, cada cual, una cuidada esgrima verbal.

Ensalada de nabo. El platillo oficial del Club de lo Soso

Necesitado continuamente de una buena plática sobre la inmortalidad del cangrejo o sobre si Maradona fue mejor que Pelé, cuando supe por primera vez de la existencia de ese club sentí unas ganas tremendas de ingresar a él, pero muy pronto consideré que, con lo caro que está la libra esterlina, no hacía falta tomar un avión a Londres; aun sin reglas estatuidas ni una férrea estructura de logia, calculé que hay miles de clubes así regados por todo el mundo, muchos de ellos amontonados en este país. Clubes de la Chabacanería que llevan años en funciones sin que sus miembros se den cuenta de nada, fascinantes como el paisaje del papel tapiz; Clubes de los Escrutadores del Estado del Tiempo, Sectas Estentóreas del Cliché y de Más de lo Mismo (pero en distinto orden), Asociaciones para la Exégesis de la Insipidez de los Demás. Reuniones periódicas en las que lo decisivo es no decir nada, dejar que todo permanezca como estaba, sin relieve, sin peligro de trepidación, como si nunca hubiera tenido lugar.

El problema es que muy pronto descubrí que estos proliferantes clubes, por más ufanos que estén de la paja en la que pacen, carecen de todo mérito, pues en ellos, a diferencia del club londinense al que sin saberlo replican, si las conversaciones no alzan el vuelo no es por convencimiento y contención, sino por complacencia e incapacidad. Su medianía es constitutiva, no buscada. Es verdad que a veces tejen impensables filigranas en los bordes de las ideas recibidas, pero eso nada tiene que ver con algo parecido a una elección. Y aunque seguramente algún miembro del Club de lo Soso que viniera de Londres se sentiría a sus anchas en una de estas reuniones, quizás un tanto aturdido por la naturalidad y falta de esfuerzo con que las veladas transcurren sin nada digno de ser recordado, monótonas y sin fondo como el charco de la lluvia de ayer, tarde o temprano el visitante se percataría de que las fronteras de estos clubes trasatlánticos están extrañamente extendidas, como si se hubieran salido de control, y que sus principios rectores no conocen descanso, como si de este lado del mundo lo soso contara entre sus miembros a casi todos los ciudadanos.

“La ordinariez no sabe de sí misma. Por eso es dichosa”. Se trata de una de las frases quizá más repetidas entre los antiguos escépticos, que propugnaron por la suspensión del juicio como medio para alcanzar la felicidad; una frase que ahora se antoja la divisa de los tiempos (sino es que la cúspide de la civilización), pero que no podría estar grabada en el frontispicio del Club de lo Soso. Si allí los miembros procuran en cada reunión lo intrascendente y huyen de lo extraordinario como de una enfermedad contagiosa, es porque aspiran a esa forma perversa de la dicha en que la ordinariez se alcanza con dedicación y esmero, es decir, con conocimiento de causa.

En el remoto caso de que uno de esos miembros londinenses advirtiera que su club tiene aquí tantos espontáneos, tantos adeptos naturales, me temo que en lugar de maravillarse, en lugar de mudarse de país, más bien se vería aquejado de un ataque incurable de melancolía.

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