jueves, 16 de abril de 2009

Tampoco Pekín existe

A pesar de que se descubrieran las ruinas de Herculano bajo las
cenizas, unos pocos años sepultan las costumbres de una sociedad
más rotundamente que todo el polvo de los volcanes.

Barbey D’Aurevilly



El reverso de China es China misma. Su negación no está del otro lado del mundo sino en su interior. El acto fundacional de su historia es la abolición del pasado y, a partir de entonces, cada dinastía, cada nuevo gobierno ha soñado con la quimera del recomienzo, con la pureza engañosa de la tabula rasa. Antes de China está la abjuración de China. Lo que viene después es siempre el gesto de darse la espalda a sí misma. La ilusión máxima del contorsionista. Voltear de revés las cosas hasta encontrar su límite. Hasta casi quebrarlas. Romper con todo lo que ha sido.

Si el primer emperador, Shih Huang Ti, ordenó la escrupulosa quema de los libros y pergaminos anteriores a él, para así reescribir la historia desde cero, la ira iconoclasta de la revolución cultural no hizo sino reiterar el celo aniquilador, el afán —o quizás el rito— de cortar de tajo con el pasado. No sin regusto a paradoja es lo mismo que intenta en nuestros días, con su renovado sable, la economía de consumo, la enjundiosa entelequia de la modernización y el libre comercio. En China, volver a empezar forma parte de una tradición milenaria.

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Nunca he puesto un pie en China. Escribo desde la ensoñación de un país que arrastra sus decapitaciones y fantasmas. He leído que tampoco Boris Vian, autor de El otoño de Pekín, estuvo en China, ni tampoco Max Frisch, que publicó Mi o el viaje a Pekín. Y a decir verdad ni siquiera los protagonistas de sus novelas llegaron finalmente a Pekín. La ciudad imperial era el propósito de sus respectivos viajes, la parada última, y no llegaron. Quizá porque China es un espejismo. Lo que está más allá, al otro lado del mundo. Lo que para la imaginación debe permanecer a la distancia, como sustento de la lejanía. China es lo inalcanzable. Aquello apenas entrevisto al final de una bocanada de opio.

Dudo que Kafka, que escribió el cuento “La construcción de la muralla China”, haya deslizado la palma de su mano sobre esas piedras musgosas, laboriosamente apiladas, que tanto lo inquietaban. Y quién sabe si Ezra Pound o Salvador Elizondo, atraídos por las posibilidades poéticas que rigen el funcionamiento de los ideogramas, siguieran las huellas de Chuang Tzu más allá de las gastadas páginas de las enciclopedias. Borges, que en un sugestivo ensayo quiso dilucidar el misterio, la contradicción obsesionante de por qué un solo hombre, Shih Huang Ti, dispuso que se prendiera fuego a todo los libros y al mismo tiempo mandó construir la muralla, la casi infinita muralla, se refería a China como aquellas “tierras que no veré”.

Y no hay que olvidar que una respetable sarta de historiadores y sinólogos ha puesto en duda que el propio Marco Polo hubiera visitado Cambaluc, nombre que recibía Pekín durante la dominación mongola. Pues da qué pensar e invita a la suspicacia que en sus relatos el veneciano no mencione jamás el té, ni los pies vendados de las mujeres conocidos como “lotos de jade”, y mucho menos la Gran Muralla, que aun cuando por aquellos tiempos estuviera en desuso, abandonada a su suerte, desmoronándose bajo la sonrisa del yugo de Kublai Kahn, habría debido impresionar al viajero por su vastedad apabullante, incluso por su misma obsolescencia. Y si es verdad que Marco Polo introdujo en Italia la pasta, la ahora omnipresente pasta, extendiendo la larga estela de los fideos desde el Oriente hasta el Mediterráneo, resulta curioso que tampoco se detuviera a reseñar en ninguna página de Il Milione el uso de los palillos chinos.

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No he puesto un pie en Pekín, ni me he perdido en sus serpenteantes y lúgubres callejones —los hutongs— en los alrededores de la Ciudad Prohibida, alguna vez atestados de fumaderos de opio y de santuarios para la prostitución, pero es que hoy nadie puede llegar a Pekín, a aquel Pekín. No se trata simplemente de que ahora, como para enfatizar que de nueva cuenta se ha arrasado con el pasado, Pekín se llame Beijing; sino que los hutongs, con todo lo que incluían o representaban, han sido sistemáticamente demolidos, dando lugar a grandes avenidas y pasos a desnivel y rascacielos. Y si todavía queda alguno, perdura como escenografía turística, como una sucursal a domicilio de Disneylandia, como monumento o dudosa reserva de lo pintoresco.

La postal de una ciudad invadida por grúas, por estadios en construcción, por escombros y cimientos, sumida por completo en la fiebre edilicia, poco tiene que ver con aquella ciudad después de todo no tan remota en la que se aventuraban los eunucos en sus días de asueto, en peregrinación silenciosa hacia el santuario de los hombres diezmados. O con la aún más reciente ciudad de mansiones y jardines que recorrían bamboleantes las mujeres de clase alta, los pies todavía vendados, algunas calzadas con los imposibles zapatos de plataforma de la nobleza manchú. Tampoco tiene que ver con las disciplinadas calles que vigilaban las brigadas comunistas, ataviadas con sus obligatorios cuellos mao, prestas a la arenga o al canto o a una elaborada demostración de calistenia. Y ya casi no guarda relación con la ciudad que escuchó, conteniendo el aliento, las pisadas de un hombre solitario en el momento en que se plantaba y hacía frente a un tanque de guerra en la plaza de Tien An Men.


Atardecer en Pekín. (2006)

Todas esas ciudades ya no persisten, ni siquiera a la manera de las cajas chinas, unas adentro de otras, ocultas pero latentes y secretas. Han desaparecido. La Ciudad Prohibida, alguna vez eje del universo, que en tiempos de Qianlong (siglo XVIII) fue sede del imperio más vasto y rico de la Tierra, hoy ha sido reducida a un museo, a una muda y gigantesca maqueta de sí misma. Sobreviven si acaso sus pagodas y sus fastuosos pabellones; están allí, alineados rigurosamente con la estrella polar, pero toda China las niega y les da la espalda, con un gesto enfático de desdén y acaso de vergüenza. El último de los eunucos, Sun Yaoting, que siendo muy joven sirvió dentro de esas murallas al último emperador, Puyi, murió hace no mucho, apenas en 1996, y sin embargo hacía ya décadas que se había convertido en una reliquia, en un incómodo emisario del pasado, de ese pasado lejanísimo pero inexplicablemente próximo que a toda costa se quería abolir.

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Ni el célebre pato laqueado, ni la ópera, ni el postre de castañas, ni los exuberantes funerales blancos de Pekín, ni los dragones del año nuevo lunar tienden un hilo de continuidad entre las ciudades negadas y la ciudad contemporánea. Pese a la impresión de abigarramiento y sobrepoblación y caos, pese a tantas imágenes de agitación, pujanza y vitalidad, de bullicio y a veces desenfreno ya no únicamente en bicicleta, al interior de Pekín sólo hay cajas vacías que resguardan más y más cajas vacían que sólo protegen su nada. Pekín es ya una ciudad imaginaria.

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La nostalgia es el opio de Occidente. El viejo Pekín, que hojeo necesariamente en un libro, Old Beijin, in the Shadow of Imperial Throne, y releo en las espléndidas memorias de David Kidd, Historias de Pekín (traducidas en fechas recientes por Manel Ollé para Libros del Asteroide), sólo existe en las brumas de nuestra necesidad de fijeza. Si Pekín ya no existe es porque nunca se situó fuera del tiempo, tal y como correspondería a nuestra imagen de cartón del lejano Oriente. No era parte de esa exótica ucronía de emperadores sabios y gran refinamiento que tanto nos hemos empeñado en construir, para inmovilizarla, a la manera de una fría ciudad de porcelana; que hemos pretendido mantener al resguardo de todo cambio y flujo, de toda contaminación cultural o “traición”, a fin de que no subvierta nuestras idealizaciones, nuestros pacatos esquemas, la sed de pintoresquismo más que de otredad. Pero Pekín, fiel a su propio impulso, siguió creciendo, devorándose, devastándose, hasta ser suplantada, como todo en China, por ella misma.

Pekín, la ciudad en la que nunca puso un pie Marco Polo, Pekín, “adonde nunca podré llegar”, como anota en la última línea de su novela Max Frisch, no era más que el vago fulgor de lo lejano. Y hoy tampoco existe.

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