martes, 24 de marzo de 2009

Caja de muñecas japonesas

Uno
El primer atisbo llegó a través de la literatura. En La casa de las bellas durmientes, Yasunari Kawabata describe el placer deforme de dormir con jovencitas sedadas a las que sin embargo no se les puede hacer nada de “mal gusto”. En ese burdel refinado, donde los ancianos comienzan a despedirse de la vida al lado de cuerpos hermosos pero inertes, velando su respiración imperceptible que por momentos parece haberse extinguido del todo, la felicidad consiste en dejar que la desnudez sea la única que hable, en que las muchachas, reducidas a mera carne narcotizada, se acerquen a la condición tranquilizadora —paradójicamente tranquilizadora— de los cadáveres o los maniquíes: cadáveres todavía tibios; maniquíes que en cualquier momento se despertarán. El elemento perturbador de esos cuartos de hotel proviene de que allí no se verifican relaciones “humanas”. Gracias a la mudez de las mujeres, a su pasividad insensible, los vejetes les hacen decir justo lo que quieren; recostados sobre unas sábanas de seda silenciosas como la nieve, ejecutan un acto retorcido de ventriloquia y humillación: recuperar, mediante esas figuras inciertas, mitad prostitutas mitad fantasmas, sus recuerdos más lejanos.

Cuando leí por primera vez ese relato entendí erróneamente que se trataba de una forma quizá demasiado sofisticada de necrofilia, y no fue sino hasta tiempo después que descubrí que el deleite que prometían esas mujeres inanimadas guardaba relación con la figura de la muñeca, o mejor dicho, con el simulacro de la mujer eterna, fija e inmutable, que hace de su piel y su docilidad lo más próximo a la madera tallada o la porcelana. Todavía no cruzaba por mi mente la suposición de que la libertad que experimentaban aquellos ancianos en la proximidad de las bellas durmientes era un trasunto de la sensación de dominio que nace en nosotros cuando manejamos a nuestro antojo el mundo yerto de los juguetes.


Dos
En el segundo atisbo coincidieron una noticia del periódico y un cuento de Junichiro Tanizaki. La noticia, fechada en julio de 2005, anunciaba el fin de la era de las muñecas inflables y refería que desde hace diez años Japón es el principal productor de muñecas rellenas de látex y silicón. Según el artículo, en los últimos cinco años se multiplicaron por veinte los ingresos en la industria de las muñecas sexuales dentro de la isla, gracias entre otras cosas al perfeccionamiento tecnológico, que ha posibilitado que los nuevos modelos se armen a gusto del consumidor, en materiales cada vez más cercanos al tacto humano, con vello púbico natural o postizo, lacio o rizado, rubio o negro, de tamaño y peso reales, si bien de proporciones tan fantásticas como se quiera o se soporte. Aun cuando el empaque que las protege, tan grande como un ataúd, me remitió de nueva cuenta a la sospecha de algún resabio de necrofilia, en la página del periódico se citaba un dato incidental que no tardó en recordarme los ambientes silenciosos del libro de Kawabata: a pesar de la tendencia hacia la interacción y la robótica en materia de fantasía sexual (en este caso al ensamblado de muñecas capaces de cobrar vida, con sensores en los pechos que responden a estímulos verbales, motores que las hacen succionar y hasta humectarse, bocinas a través de las cuales emiten una respiración agitada en el momento preciso), el portavoz del centro de marketing de Orient, la fábrica nipona de muñecas, aventuraba una explicación más simple —más inquietante— de la afición imparable por las réplicas lúbricas: “Muchos de nuestros clientes prefieren las mujeres de silicona porque no hablan”.

En ese entonces, en vísperas de un viaje al Japón, me encontraba leyendo un cuento de Tanizaki, “La historia del señor Colinazul”, incluido en El club de los Gourmets, en el que cierto personaje maléfico consagra sus días a la realización del “mapa” de una mujer, Yurako (una actriz de cine cuyas películas ha observado hasta la saciedad), a partir de fragmentos de otras mujeres que se le asemejan: los hombros de una prostituta, las mejillas de una colegiala, las nalgas de una mujer en Nagano… Ese mapa, como el mapa mental que flota en su cabeza a partir de retazos de celuloide (y, como pronto advertí, de manera análoga a la confección de una muñeca sexual en la fábrica Orient), apenas remite a una mujer de carne y hueso, y ya ni siquiera guarda relación con la actriz Yurako —que inevitablemente ha envejecido—, sino con el ideal o la esencia de una mujer en estado puro, con su arquetipo en la cima de su belleza y juventud. Un mapa o rompecabezas irresistible que está más allá del tiempo, al margen de la corrupción o la voluntad, que es ya únicamente representación pura, y con el cual suplanta a la mujer que le dio origen hasta convertirla en una sombra, una copia dudosa, un pretexto lejano pretexto. Como si perfeccionada por la obsesión, la idea de Yurako resplandeciera por encima de todas las mujeres que alguna vez compartieron con ella un rasgo —los hoyuelos de la sonrisa, la tersura de las corvas—, al margen de que la modelo original hubiera terminado por degradarse y empequeñecerse, prisionera de su materialidad como corresponde a todo avatar de carne.

Quizás esté de más revelar que el hombre maléfico del cuento de Tanizaki se valdrá de aquel mapa minucioso de Yurako —de una Yurako imposible, sobrehumana y etérea— para fabricar réplicas exactas de goma, en posiciones y estados de ánimo distintos, con las que va poblando su casa en las afueras de Kyoto; construye cerca de treinta réplicas lascivas, todas más impecables y silenciosas de lo que nunca fue la mujer que ya sólo por inercia o necedad decimos que es la “verdadera”, la “real” Yurako.


Tres
Un par de meses más tarde, durante mi viaje al Japón, aquellos atisbos todavía inconexos cobraron finalmente forma y se tradujeron en el estremecimiento de cruzarse día y noche con muñecas falsas. Cuando abordé el avión, yo no iba en busca de ninguna muñeca, y apenas si sabía de la importante tradición, originaria del norte de la isla, de fabricar juguetes mecánicos que parecen moverse por sí solos y que nosotros llamamos autómatas y allá se denominan karakuri-ningyo. Tampoco tenía conocimiento de la creencia ancestral, anterior a la publicación de Pinocho, según la cual una muñeca que ha sido querida por su dueño y de la que no logra desprenderse por más que lo intente, podía llegar a adquirir una alma.

Todo mi bagaje al respecto de las muñecas japonesas se limitaba a un capítulo en blanco y negro de Señorita Cometa, intitulado, si no mal recuerdo, “La rebelión de los juguetes”, que por alguna razón dejó una marca permanente en mi concepción de la cultura del sol naciente. Y sucede que tan pronto como descendí del avión me vi rodeado de legiones de muñecas sonrientes y mudas, abordando un vagón del metro, reunidas a la entrada de un templo sintoísta, lamiendo con aire distraído su bola de helado de té verde. Hordas de jovencitas que imitaban el paso maquinal de las muñecas de madera y miraban hacia el vacío como si algún resorte interno hubiera saltado de golpe ocasionando al interior de sus cabezas un daño irreversible.

Al caminar por las calles de Tokio, uno tiene la sensación de que ya no puede haber faltas morales, sólo atuendos y apariencias inaceptables. Poco importa —cualquier lo perdonará— si algunos han mentido o han robado calzones en el supermercado; de lo único que se proclaman responsables es de su propia imagen y, por supuesto, del parado exacto de su cabellera estrafalaria, a la que más que cuidar, vigilan. Vestidas para gustar, las muchachas japonesas han llevado hasta sus últimas consecuencias la idea desconcertante de convertirse en una versión apocalíptica de la muñeca de porcelana. La elección tiene algo de perverso por lo que tiene de infantil, y esa estudiada palidez en el rostro consigue crear la distancia necesaria para que nos preguntemos si estamos ante algo vivo. El simulacro es fácil de lograr después de todo: polvo blanco, rubor, listones, faldas de tul, holanes, calcetas de colegiala y un tocado en el pelo que imita el de las muñecas de trapo… Salen entonces a la calle a la manera de maniquíes inocentes, con apenas la soltura necesaria para consentir el movimiento, tan torpes como inconmovibles, pero sobre todo mudas, sin permitirse un solo temblor que delate la presencia de carne palpitante.

Uno da vuelta a la esquina y las encuentra allí, inmóviles y lánguidas, habitantes de un sueño en tecnicolor; sin otra ocupación comprobable que la de salir en las de fotos, sin esperar gran cosa como no sea capturar las miradas de los paseantes ocasionales y despertar en ellos el asomo del deseo. Por algo han elegido el papel equívoco de la muñeca: su valor depende sólo de su imagen; todo se resuelve en un asunto de qué tan deseables puedan ser. Está además la ventaja de que ellas mismas no deben poner en riesgo sus propios deseos; iconos de la vulnerabilidad, del fetichismo asumido, sus cuerpos han alcanzado el punto máximo de invulnerabilidad emocional, escudadas tras su fingido automatismo. Muñecas de la seducción mecanizada, se ofrecen para un juego en el que es inútil esperar respuestas humanas, ya ni se diga algo parecido al amor, ni siquiera un leve erizamiento o una palabra. Y es que la cúspide de su seducción consiste también en impedir que nos acerquemos a ellas.


Cuatro
Mientras caminaba por las calles a veces laberínticas y a veces amplias y deslumbrantes de Tokio, resonaba en mi cabeza, del mismo modo que repiquetea una pieza suelta al interior de un mecanismo averiado, una frase de La casa de las bellas durmientes de Kawabata: “Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana.” Presa ya de la fiebre del simulacro, y decidido a internarme como fuera en el orbe paralelo de las muñecas, quise seguir la pista que me condujera hacia ese lugar, cualquiera que fuera, en el que las réplicas redimen y acaso justifican la imperfección de la realidad. Me interesaba descubrir el secreto detrás de esa simetría aberrante que llevaba a las muchachas a copiar el atuendo y las maneras de las muñecas, mientras por otro lado los hombres se mostraban cada vez más fascinados por los juguetes sexuales que, desde su mudez característica, confundían con mujeres dormidas o narcotizadas.

Pero el reino de las muñecas japonesas es elusivo y no estaba reservado a un diletante como yo, que por si fuera poco contaba apenas con un par de semanas para emprender la búsqueda. Cuando pregunté por la fábrica Orient, o por cualquier tienda que exhibiera muñecas de tamaño natural, invariablemente obtuve por respuesta la misma contraseña decepcionante: “Internet”.

Una mañana, en el parque Korakuen, donde Basho escribió su célebre haikú del salto del sapo en el estanque, vi a dos mujeres que fotografiaban muñecas de mediana estatura en posiciones que me hicieron pensar en una gesta entre duendes y hadas. Pero tan pronto como me acerqué a ellas, guardaron rápidamente sus muñecas en estuches parecidos a los de un violín y se alejaron recelosas.

Otro día, resignado ante la noticia de que la temporada de bunrako, el tradicional teatro de marionetas japonés, había concluido hacía pocos días, inquiriendo por una tienda de segunda mano en la que pudiera encontrar muñecas de cualquier clase, un hombre se inclinó ceremoniosamente ante mí para repetir tres o cuatro veces la palabra “Sachiko”. No sabía a qué diablos podía referirse, pero la pronunciaba con tal seriedad, con tal dedicación, que decidí apuntarla en mi libreta. La palabra, como era de esperarse, creció como una mancha en mi cabeza hasta convertirse en obsesión. "Sachiko", repetía una y otra vez, "Sachiko…" Sachiko en el fondo del vaso de sake, Sachiko al momento de abordar el shinkansen. Tras varios días de búsqueda y de preguntar aquí y allá, descubrí que Sachiko era el nombre de una actriz, Sachiko Hara, que en diversas oportunidades había representado el papel de muñeca gracias a que dominaba el arte de imitar el comportamiento de la madera. Incluso encontré un libro espléndido dedicado a ella, Ma poupée japonaise, con fotografías de Mario A. y un cuento de Masahiko Shimada, que ahora mismo hojeo con la reverencia que sólo se concede a un talismán.


Sachiko

Una de las muchas pistas falsas que seguí me llevó a una esquina en la que se reunían diez o más colegialas disfrazadas de muñecas. Las había de todos los gustos imaginables: muñeca inglesa, muñeca tradicional japonesa, Hello Kitty e incluso de la variedad que uno llamaría despostillada. Seguí a una de ellas que se separó del grupo, vestida de azul eléctrico, parecida a un dibujo de animación. La seguí durante poco tiempo, pues apenas unas cuantas cuadras más adelante se introdujo en una librería. Cuando espié los libros ante los que se detuvo no pude ocultar un sobresalto: se trataba de una sección completa dedicada a las muñecas; eran dos o tres libreros repletos de revistas especializadas, libros ilustrados, libros pornográficos, cuentos clásicos narrados a través de marionetas... Al sentir la insistencia de mi mirada, ella se alejó dejando tras de sí un libro abierto. En la página señalada, cubierta de ideogramas, sólo había una palabra en caracteres occidentales: Takara. Cuando días más tarde este nombre comenzaba a transformarse en mi propia Yurako, en una nueva y más subyugante Sachiko, y me convencía de que aquella chica me había dejado un mensaje cifrado, descubrí —un niño me lo comunicó— que Takara es el equivalente japonés de la Barbie, decepción que a la postre significó poner fin de la manera más abrupta a mi incipiente carrera de cazador de muñecas japonesas.

Y es que quizá aquella chica que se confundía con un dibujo animado, sin necesidad de pronunciar una sola palabra, me había dedicado después de todo un mensaje. Un mensaje rotundo —aunque pareciera sutil— que más o menos decía lo siguiente: “No sabes nada de este mundo; es necesario que comiences desde el principio”.

5 comentarios:

Yago Gallach dijo...

Apreciado Luigi Amara:
Soy Yago Gallach Pérez, de la revista de ajedrez JAQUE.
Estamos interesados en ponernos en contacto con usted para publicarle algunos escritos en la revista.
Por favor, póngase en contacto con nosotros en jaque@jaque.tv
Un saludo cordial,
Yago Gallach Pérez

I.L dijo...

Me da gusto saber que retomas el blog. Saludos!

monserrat loyde dijo...

Luigi, ¡encontré el museo de las pelucas!

Luigi Amara dijo...

Monse:
Urge que visites ese museo y me hagas la crónica pormenorizada, o de perdida compres el catálogo, si es que lo hay en alguna lengua occidental...
Saludos

monserrat loyde dijo...

prometido.